A cien años del nacimiento de Juan José Arreola (1918-2001), sus letras siguen tan llenas de energía y vitalidad como alguna vez lo hizo su autor. A modo de homenaje reproducimos un cuento de su autoría en donde habla de su gran pasión: el Ajedrez. El mismo Arreola afirmaba que no le dedicó a su obra ni la milésima parte de lo que le dedicó a este juego.

Educador, ciclista, actor, tenista, orador, pimponista, poeta, editor y, sobre todo, ajedrecista, Juan José Arreola fue uno de los más destacados escritores de habla hispana en el siglo XX. Es un personaje icónico, tanto por sus proezas lingüísticas, como por su pluma y su vida, en la cual el ajedrez jugó un papel muy importante, menciona Guillermo Mendoza Oviedo en el blog de La Fundación Kasparov de Ajedrez, de donde extraemos la siguiente información:

Juan Jose Arreola no tuvo la oportunidad de terminar su educación primaria,  así que en la escuela sólo aprendió a leer y escribir. Su amplio conocimiento lo obtuvo de forma autodidacta, esto gracias a su inquieto y curioso espíritu y a su constante actividad con las letras. Se valía de varios recursos para aprender, leía viejos y guardados libros que conservaban algunos amigos cultos de sus padres. Esta metodología de aprendizaje autodidacta le ganó un lugar en el medio intelectual de su tiempo, llegando a ser muy reconocido en la literatura y el periodismo.

Su pasión por el juego ciencia la manifestó de diversas maneras, escribió sobre él y también fundó un club de ajedrez en el Distrito Federal, con el nombre de FilidorAl ser designado ulteriormente director de la Casa del Lago en el Bosque de Chapultepec, que empieza a funcionar en septiembre de 1959 en un predio perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, monta allí un centro de poesía y esparcimiento. En sus cuartos y jardines se podrá entonces jugar al ajedrez en una casa que se convertiría en un centro de arte, donde se podrán leer poesías y se harán importantes torneos de ajedrez.  Arte puro. En ambas facetas. En este mismo espacio se verificará en 1962 una sesión de simultáneas brindada por dos grandes jugadores soviéticos: Tigran Petrosián y Paul Keres.

El Rey Negro

J’ay aux eschés joué devant Amours.

Charles d’Orléans

Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó su última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.

Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental…

Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja… Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después…

Ahora estoy solo y vago inútil por el tablero de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice:

Artículo 12° La partida es Tablas:

Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas por lo menos han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.

El caballo blanco salta de un lado a otro, sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.

Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: El mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.

La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el triángulo de Delétang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey, y uno y dos torre.

Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para qué seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate del pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Légal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?

Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente, mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.

Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de amor. Dedicaré los días que me quedan de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.

(A Enrique Palos Báez)

Por Juan José Arreola.

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