Fotografía: Lucía Ges

Anochecía mientras caminaba por la avenida, crucé el puente largo y blanco, donde en un par de ocasiones había visto lo rápido que pasa el tiempo y lo fluctuante que es el amor. Volteaba de vez en vez pero nadie, sólo autos a gran velocidad pasaban un tanto a lo lejos.

Apenas habían transcurrido unos veinte minutos de camino cuando estaban allí.

Vi de reojo la motocicleta. No alcancé a comprender. Un hombre con casco estaba a mi lado diciéndome necesito tu bolsa. Lo único que pensé fue ni madres y mis manos y uñas se aferraron con todas sus fuerzas al pedazo de plástico imitación piel. De valor no había nada, apenas si ascendía a unos cuantos pesos y objetos que el único valor que tenían era sentimental. Lo que sí había de más era el instinto por defender lo propio.

Él tiraba de la bolsa con la fuerza del que tiene un cometido que cumplir a la vez que con el casco golpeaba mi cara o mi brazo. Aquello se convirtió por segundos en una pelea, una lucha que nos volvió iguales: por un instante, él, ratero de poca monta, yo, mujer de pies incansables, estábamos en un ring improvisado a media avenida.

La adrenalina recorría mi cuerpo enganchado al plástico-piel del objeto en disputa. A mi contrincante no le veía el rostro pero lo maldecía junto a todos sus antepasados y descendientes; mil mentadas a la velocidad de la luz. Él seguramente pensaba que encontraría una quincena recién despachada o un celular último modelo.

Allí, en medio de la batalla, lo importante para ambos era ganar.

El que manejaba la moto le dijo ya déjala, la segunda vez que lo gritó, el otro lo hizo. Escuché que la motocicleta arrancaba mientras la mitad de mi cara se estrellaba en el piso. Sentí mi piel y mi pómulo rallar el pavimento, imaginé que salieron unas chispas mientras el calor salpicaba mi rostro.

El bolso quedó cubierto por mis manos llenas de raspones, contra mi pecho y mi estómago, como si se tratara de un preciado tesoro. Los cabrones no se habían salido con la suya y yo no me había quedado con el coraje y la impotencia unidos a los golpes y la pérdida. Mi rostro hinchado, lleno de rasguños y moretones, se recuperaría con una sonrisa al momento que frente al espejo me dijera: pero gané. Al menos en este relato.

 

 

 

 

 

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