Invasión, estrenada en octubre de 1969, es el debut de Hugo Santiago (1939-2018), rodada cuando solo tenía 29 años sobre un guion coescrito con Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, es ampliamente reconocida como una de las obras maestras del cine argentino.

Tiene una trama fuerte y clara, aunque reducida su menor expresión: un choque de fuerzas antagónicas. La sinopsis de Borges es célebre: «La leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes. Lucharán hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita». Jamás se revela quiénes son esos invasores o cuál es el objetivo de su ataque, ni se sabe demasiado de los que resisten. Las actuaciones son asordinadas, deliberadamente inexpresivas, refiere Hernán Ferreirós, en su excelente crítica a la cinta, de la que extraemos fragmentos aquí.

La cinta fue un fracaso en cuanto a su recepción inmediata, pues estaba lejos de los productos comerciales a los que el público estaba acostumbrado. Borges atribuía este fracaso a que el argumento resultaba incomprensible; Bioy, a los «parlamentos demasiado concluidos, correctos y sentenciosos». Si bien ambas objeciones pueden ser ciertas, el mayor obstáculo que presenta Invasión a su público es que se trata de un objeto puramente cinematográfico que corta cualquier vínculo no solo con el mundo real sino también con el mundo que los espectadores esperan del cine comercial. No pertenece a ningún género establecido (no es exactamente fantástico, tampoco un thriller). No milita en el realismo psicológico, ni en ningún tipo de realismo. Borra cualquier referente (la muy protagónica ciudad, Aquilea, no existe fuera de la pantalla, no es Buenos Aires aunque está compuesta por algunas de sus partes). No ofrece sentidos transparentes, ni mucho menos un significado alegórico o político (aunque se la leyó frecuentemente en esta clave, siempre reserva una zona díscola que desmiente las interpretaciones totalizadoras).

En el volumen Siete conversaciones con Borgesel escritor evalúa su trabajo en la película: » Invasión es un film que me interesó mucho y del que puedo hablar con toda libertad, ya que me cabe a mí (si es que pueden medirse esas cosas) una tercera parte. Se trata de un film fantástico y de un tipo de fantasía que puede calificarse de nueva. No se trata de una ficción científica a la manera de Wells o de Bradbury. Tampoco hay elementos sobrenaturales. Se trata de una situación fantástica: una ciudad que está sitiada por invasores poderosos y defendida, no se sabe por qué, por un grupo de civiles… Yo he querido que el film sea finalmente épico; es decir, lo que los hombres hacen es épico, pero ellos no son héroes. Y creo que en esto consiste la épica; porque, si los personajes de la épica son personas dotadas de fuerzas excepcionales o de virtudes mágicas, entonces lo que hacen no tiene mayor valor. En cambio, aquí tenemos a un grupo de hombres, no todos jóvenes, bastante banales algunos, hay alguno que es padre de familia, y esta gente está a la altura de esa misión que han elegido».

Hacia afuera de la ficción, Invasión tiene su propia historia mítica. En 1978, en plena dictadura militar, se perdieron ocho bobinas del negativo original que permanecía en el laboratorio Alex. Algunas historias insólitas circularon en torno a este incidente: que era común robar los negativos para revender las sales del plata o que el celuloide se fundía para fabricar peines. Hugo Santiago consideró que se trató de un operativo: «Vinieron y los robaron». Recién 21 años después, el negativo pudo ser reconstruido en Francia, mediante el costoso procedimiento de crear uno nuevo a partir de las copias existentes. Esta desaparición durante el Proceso pareció avalar la idea de que este film era un artefacto peligroso para la dictadura y, en consecuencia, reforzaba la lectura política que tiene a flor de piel.

Sin embargo, para la militancia más dura, una película con semejante grado de elitismo (muchos de los colaboradores del film eran artistas de vanguardia del Instituto Di Tella), de esteticismo y una sospechosa ausencia de obreros e integrantes de las clases populares en el relato, no podía ser vista sino como un estertor de la cultura dominante y, por lo tanto, irremediablemente reaccionaria.

La colaboración de dos conservadores como Borges y Bioy no haría más que confirmar su carácter colonial y antipopular. Desde una perspectiva similar, la película puede ser entendida como una derivación más del conjunto de metáforas en torno a la «invasión» que produjo la llegada de trabajadores rurales en busca de empleo a la capital en la década del 40, en relatos como «Las puertas del cielo» o (según la exitosa lectura de Juan José Sebreli) «Casa tomada», de Julio Cortázar; incluso «La fiesta del monstruo», de los propios Borges y Bioy, que narra un 17 de octubre en Plaza de Mayo como una parodia de «El matadero». No es descabellado incorporar la película a esta tradición. Es más, se puede trazar una evidente continuidad entre los finales del unitario en «El matadero», del judío en «La fiesta…» y de Herrera en este film, todos representantes de una clase honorable e ilustrada, masacrados por la barbarie. Desde este punto de vista, Invasión narra la resistencia de la burguesía liberal ante las transformaciones violentas del peronismo y su reciente versión de izquierda radical. Cabe recordar que Bioy escribió su novela Diario de la guerra del cerdo , que consiste en una parodia salvaje de la violencia de la generación que sería llamada «la juventud maravillosa» por Perón, paralelamente a este film, refiere Ferreirós.

Hoy, la cinta está disponible en YouTube para que como espectadores a una distancia de más de medio siglo podamos observar el film con la perspectiva que deseemos. Aquí la puedes ver:

Y aquí podrás ver una entrevista con Hugo Santiago sobre las variaciones del guion:

 

Fuente: Ferreirós, H. (2019). Invasión, una obra maestra del cine nacional que unió a Borges y Bioy Casares, y que fue un fracaso, en La Nación.

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