Asesino, con el arma ensangretada en la mano. Cárcel de Belén (antes convento y hospital), ca. 1935. Archivo Casasola.

Si tenías la frente de determinado tamaño, eras bajo, moreno, con el ceño fruncido, mandíbula pronunciada, o en definitiva, eras feo o fea y encima pobre, ojo, podías levantar sospechas de criminal durante el porfiriato y la época post-revolucionaria en México.

Recordemos que en la época porfiriana las élites querían copiar todo lo que podían de Europa, sobre todo de París. Los ideales de belleza, elegancia, seguridad y progreso social eran su material de exportación. Así que se construyó un discurso sobre la criminalidad afín con el proyecto de regeneración social que planteaba dicha élite, siguiendo cánones europeos.[1]

En el caso específico de la criminalidad, las ideas sobre la naturaleza de los criminales y cómo llevar a cabo su regeneración, fueron parte esencial de los proyectos de reforma social emprendidos durante este periodo, caracterizado por un acelerado crecimiento demográfico y cambio económico.[2] En medio de estas pretensiones de desarrollo social, a la fotografía pronto se le atribuyó un lugar.

Fotografía y criminalidad

En México, el uso de la fotografía como un dispositivo de control social tuvo una historia singular durante el porfiriato y el periodo post-revolucionario. Este último tuvo sus transformaciones pero conservó una línea de continuidad con los postulados porfirianos.

La fotografía basó su reputación en ser realista, formando parte de las artes más miméticas,[3] por lo que no es de extrañar que durante el porfiriato se haya tomado como un registro fiel de la realidad y considerado de gran utilidad en el ejercicio de la ley.

Las fotografías comenzaron a concebirse como registros fidedignos de las señas particulares de los prisioneros.

No es pues de sorprender que las autoridades se percataran del potencial de este medio como herramienta de control e identificación social, y pronto establecieran como política el fotografiar a los prisioneros.

Esta política tuvo su primer antecedente en Suiza en 1852, aunque en la mayor parte de los países esta práctica fue usada de manera regular hasta fines de 1816. En México este proceso inició en 1854.[4]

La declaración de J. M. Cervantes Ozta, oficial de gobierno municipal, da cuenta de cómo el uso de la fotografía en esta primera etapa era concebida principalmente como medio de identificación, que posibilitaba la recaptura de prófugos.

En una carta del año 1856, dice: Por medio del retrato se tuviera una constancia de las señas individuales de los reos que daría mejores resultados que la simple filiación y pudiera servir como se ha verificado ya, para que en caso de que algún criminal se fugase fuera más fácilmente reaprehendido, porque producidos varios ejemplares de su retrato y repartidos a los agentes de policía de la Capital o a las autoridades de fuera de ella, más fácilmente pueda conseguirse la persecución del reo.[5] La referencia que da Cervantes Ozta, es un ejemplo claro del uso pragmático con que comenzó a utilizarse la fotografía en el ámbito carcelario

A la par o en convergencia con este uso, volvemos a la ideología dominante y encontramos que esta relevancia del retrato criminal, encontró sustento en las corrientes científicas de la época, como la frenología, las cuales postulaban que existía una relación entre los rasgos físicos de un individuo y su comportamiento y actitudes.[6]

Estudio fisionómico del delincuente en el Laboratorio de Criminalística e Identificación. Ciudad de México, ca. 1935. Archivo Casasola.

Este determinismo biológico apuntaba contra las clases más bajas, concebidas “como fósiles arcaicos y atávicos, regresiones a épocas anteriores de la humanidad”,[7] siendo estas ideas tomadas como verdaderas y puntos de referencia para la construcción de una mejor sociedad. Tenemos entonces que si la fotografía era pensada como un reflejo fiel de la realidad, las fotografías de criminales hacían eco de esa potencia maligna del retratado.

La asociación de esta fidelidad mimética en la imagen fotográfica, hizo que cada vez la fotografía carcelaria fuera más usada y que los propios métodos fueran más elaborados.

En la cárcel de Belén, en el año 1895, el doctor Ignacio Fernández Ortigosa introdujo el gabinete antropométrico, que también se conoce como método Bertillon, un sistema de identificación basado en la fotografía y la medición corporal.

GABINETE DACTILO ANTROPOMÉTRICO BELEM. […]513=30 Pedro ó alberto Gallegos Sánchez [sic], ca: 1932. Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.
Louis Adolphe Bertillon comenzó a desarrollar su archivo en 1883, basado en once mediciones corporales, entre las que se incluían el tamaño de la cabeza, el pie y la oreja de un individuo. Organizó cada entrada conforme a su relación con el promedio, creando una serie de subdivisiones sucesivas que aislaban cualquier entrada individual de la masa indiferenciada de datos[8].

Niños reos. Cárcel de Belén. Archivo Casasola.
Niños reos. Cárcel de Belén. Archivo Casasola.

Estos parámetros discriminatorios del porfiriato no desaparecieron tras la revolución, muchos de ellos siguieron aplicándose. No obstante, con la Revolución el crimen obtuvo un nuevo significado, ya “no como síntoma de inferioridad y retraso de la población en su conjunto, sino al contrario, como prueba de la nueva modernidad emergente”.[9] Este cambio se vio aplicado principalmente por la prensa, donde el fotoperiodismo comenzó a ser relevante hasta ser central dentro de la labor periodística. Pero esa es otra historia.

De Los tatuages [sic] de Francisco martínez Baca, 1899.
Mujer acusada de brujería. Ciudad de México, ca. 1935. Archivo Casasola.
Pareja de ladrones en el juzgado. Ciudad de México, ca. 1935. Archivo Casasola.
Pareja de jóvenes acusados a la espera de juicio. Ciudad de México, ca. 1935. Archivo Casasola.
Muchachos detenidos en los separos de la Cárcel de Belén, México D.F. Ciudad de México, ca. 1935.
Delincuente detenido con el arma del crimen y conducido a los calabozos. Ciudad de México, ca. 1935.

 

Notas al pie

[1] Piccato, La construcción de una perspectiva científica: miradas porfirianas a la criminalidad, p. 136.

[2] Ibídem., p. 137.

[3] Sontag, op. cit., p. 79.

[4] Lerner, El impacto de la modernidad, p. 25.

[5] Ídem.

[6] Del Castillo, op. cit., p. 36.

[7] Lerner, op. cit., p. 31.

[8] Ibídem. p. 31-32.

[9] Ibídem., p. 44.

 

 

Bilbiografía

 

Del Castillo, Alberto, Conceptos, imágenes y representaciones de la niñez en la ciudad de México 1880-1920, México, El Colegio de México/Instituto Mora.

Lerner, Jesse, El impacto de la modernidad. Fotografía criminalística en la ciudad de México, Turner, 2007.

Piccato, “La construcción de una perspectiva científica: miradas porfirianas a la criminalidad” en Historia Mexicana, México, El Colegio de México, julio-septiembre de 1997, núm. 1, pp. 1333-181.

Sontag, Susan, Sobre la fotografía, México, Alfaguara, 2006.

 

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