Plena tarde y yo apenas podía ver mis manos.

No me atrevía a mirar mis piernas, ni mi torso.

Apenas mis manos sin entender nada.

Cubrirme.

Por eso solo atinaba a comprobar que tenía algo en mi cuerpo con qué cubrirme el rostro.

Rasgarme.

Golpearme.

Entrecortarme.

Llevar un brazo contra el otro y mecerme como cuando has escapado de ti y no logras encontrar el camino de regreso.

Porque otras manos te expulsaron.

Te echaron pala y tierra y es como si te hubieran enterrado viva.

Ningún grito escuchado.

Ningún movimiento lograba hacerte salir de ahí.

De esa opresión.

De esa presión.

De esa asfixia.

Un dolor y una a oscuridad más que negros que todas las noches negras de todos los días del mundo.

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