El arte de la memoria se remonta hasta la Grecia Clásica, su iniciador oficial es Simónides de Ceos (c. 556-c. 468 a.C.), poeta lírico griego. Su vida transcurrirá en medio de las cortes de dos tiranos: Hiparco en Atenas y Hierón I en Sicilia. Aunque su obra debió ser abundante sólo una pequeña muestra de ella ha prevalecido hasta hoy. Perduró sobre él un relato donde la memoria juega un papel crucial.

Simónides de Ceos

Se cuenta que estando Simónides en un banquete en Tesalia en casa del noble Scopas se vino abajo el techo del recinto, todos los allí reunidos murieron y sus cuerpos quedaron tan desfigurados que no se podía identificarles tras el derrumbe. Simónides había salido a petición de unos jóvenes justo antes de que sucediera el desastre, de esta manera sobrevivió y pudo identificar a los invitados gracias a que recordaba cada uno de los lugares en que estaban sentados en la mesa, pues los había memorizado como si se trataran de las estrellas que forman las constelaciones.

“Esta experiencia sugirió al poeta los principios del arte de la memoria del que se le consideró inventor. Reparando en que fue mediante su recuerdo de los lugares en los que habían estado sentados en la mesa como fue capaz de identificar los cuerpos, cayó en cuenta de que una disposición ordenada es esencial para una buena memoria”[1]. Es así como entra en escena el arte de la memoria en la cultura occidental.

El arte de la memoria consiste en fortalecer las aptitudes que todo individuo tiene para recordar por medio de métodos específicos, esencialmente utilizando el espacio como el vehículo para poder recordar algo.

Aquí es necesario hacer una distinción entre memoria natural y memoria artificial, la primera es la capacidad innata que todo ser humano posee para recordar, mientras que la segunda se trata de una memoria fortalecida a través de mecanismos que hacen posible acrecentar el poder de almacenamiento que tiene la memoria natural. Estos métodos son los que Simónides y tantos pensadores de la antigüedad crearon, aprendieron y cultivaron.

Portada del libro El arte de la memoria

En su obra El arte de la memoria (1966) Frances A. Yates despliega una historia minuciosa y magnífica de este arte. Nos relata cómo desde que Simónides hizo uso de su destreza la memoria paso de ser una mera capacidad natural en el ser humano para convertirse en terreno fértil del aprendizaje. Esta enseñanza consistía esencialmente en utilizar el espacio geográfico como depositario de elementos particulares a memorizar.

Los matices de este mecanismo debieron ser diversos y con múltiples manifestaciones pero en esencia compartían el uso espacial para fortalecer la memoria, la cual era un elemento valioso en un mundo donde no se tenía el acceso ni posibilidad de difusión de las obras que, con los avances tecnológicos, se logró obtener al paso del tiempo.

Recordemos que la imprenta es un recurso relativamente reciente en la historia de la civilización. En los tiempos anteriores a la imprenta la difusión y accesibilidad a las obras del conocimiento era difícil, y si nos remontamos hasta antes de la comercialización del papel las cosas se complican todavía más.

Por ello, la memoria era un recurso muy utilizado y necesario para el modelo de vida antiguo. Los filósofos, poetas y pensadores en general hicieron uso de la memoria para transmitir su pensamiento, así como para recordar, expresar sus obras y aquellas que estudiaban. Es por esta razón que los métodos nemotécnicos tuvieron gran auge e importancia, pues en esos días una mayor capacidad nemotécnica era un arma imprescindible y poderosa.

De entre la gran cantidad de escritos y metodologías nemotécnicas que debieron existir, han llegado hasta nosotros pocos vestigios, de hecho, los primeros manuales no han perdurado y sólo se conservan textos que hablan sobre esos manuales primigenios, los cuales han proporcionado la base para que conozcamos acerca de lo que alguna vez fue un floreciente arte de la memoria. Es a través de estos textos que se sabe a grosso modo en qué consistía dicho arte.

Teatro Olímpico

Por lo general se utilizaba un templo o alguna construcción imponente y amplia la cual se visitaba y recorría, a la vez que en ciertos lugares claves se depositaba el recuerdo específico que se deseaba recordar o la frase o estrofa de un poema o texto. Así, una vez dejada la imagen o las palabras en determinado lugar de la construcción elegida, cuando era momento de recordar cierta imagen, conocimiento o estrofa se recorría mentalmente la construcción en cada uno de los espacios necesarios para traer a la memoria las ideas o frases allí colocadas y que se deseaban expresar. Dos de sus máximos exponentes fueron Ramon Llull, Giulio Camillo y Giordano Bruno.

En la siguiente parte del texto nos basaremos en la información expuesta en la revista Arsgravis de la Universidad de Barcelona.

Ramon Llull y el arte de la memoria

Raimundo Lulio nació en Mallorca alrededor de 1232. En su método filosófico, con tantas coincidencias con las ideas renacentistas, asegura ser capaz de enseñar cualquier tema a base de lógica, para lo cual crea un sistema de ruedas concéntricas. En una de ellas representa, usando las nueve primeras letras del alfabeto, los nueve atributos de Dios (de acuerdo con las nueve sefirot cabalísticas). En otra aparecen figuras geométricas: con el triángulo simboliza a la divinidad; con el círculo, los cielos (siete planetas y doce signos zodiacales); con el cuadrado, los cuatro elementos. Coloca las ruedas una sobre la otra y las hace girar obteniendo gran número de combinaciones que llevarán al entendimiento por medio de la persuasión.

Antes que los humanistas del Renacimiento, fue Ramon Llull quien unió las dos corrientes clásicas del pensamiento: la plató­nica y la hebraica en su Arte Combinatoria que se basaba en la meditación y combinación de las Dignidades divinas. Al situar dichas Dignidades en los lugares representados dentro de los círculos móviles de sus esquemas combinatorios, Llull fue el primero en convertir el Arte de la Memoria en un medio de conocimiento metafísico, alejado del sistema puramente retórico conocido hasta entonces y que sólo se utilizaba para memorizar.

El arte de la memoria en el Teatro de Giulio Camillo

Giulio Camillo (1480- 1544), fue uno de los hombres más conocidos del s. XVI. Literato, filósofo, maestro de retórica y conocedor de la cábala y la alquimia, concibió un teatro basado en el Arte de la memoria cuya fama se extendió por toda Europa.

El teatro se levantaba sobre siete gradas o peldaños, que constituían las siete dimensiones de la creación de lo celeste y de lo inferior, a estas dimensiones Camillo les da el nombre de sefirot en el mundo supra celeste. Las gradas estaban divididas por siete pasarelas que representaban a los siete planetas. En cada una de las pasarelas se hallaban siete puertas decoradas con temas mitológicos y mágicos; estas puertas eran los lugares de la memoria repletos de imágenes.

 

El lugar del espectador estaba donde se hubiese tenido que situar el escenario, mirando hacia el auditorio y contemplando las imágenes que se hallaban en las siete veces siete puertas de las siete gradas ascendentes; ante él se encontraban, como en un espectáculo, las siete medidas del universo y sus emanaciones hasta alcanzar lo más concreto: el mundo supraceleste representado como hemos dicho por las sefirot, el celeste, por los planetas y sus mitos hasta llegar al séptimo grado dedicado a todas las artes hechas por el hombre.

Mediante las imágenes representadas en su teatro, pretendía despertar en el pensamiento del espectador el recuerdo de su origen celeste y sobre todo, el de la posibilidad de su regeneración. Así, Camillo como otros de sus contemporáneos, convirtió el arte clásico de la memoria en un arte hermético o mágico.

Giordano Bruno y su arte mágico de la memoria

A este dominico nacido en 1548, lulista convencido, sabio, mago convicto de herejía y viajero incansable, se le conoció también como un experto en el arte de la memoria. Publicó varios libros sobre el tema, considerándolo un arte mágico-hermético.

En la Explicación de los treinta sellos y en la Lámpara de las Treinta Estatuas, Giordano Bruno utiliza un sistema mnemotécnico inspirado en las figuras de Ramon Llull, considerando tales figuras como lugares de la memoria, que sustituyen la arquitec­tura imaginaria de un edificio de la memoria.

Estos lugares corresponden a las Dignidades o manifestacio­nes de la divinidad, imaginadas por Llull y también a las diez sefirot hebreas que Bruno amplia a treinta.

Es curioso constatar que tanto Giulio Camillo como Gior­dano Bruno se refieren a las sefirot hebreas como lugares de la memoria, y no podría ser de otro modo ya que, como hemos visto, el origen y el fin del arte de la memoria es la creación del Universo divino, representado por las sefirot.

En la Lámpara de las Treinta Estatuas, Giordano Bruno uti­liza el número treinta para describir otras tantas estatuas esculpi­das en el interior de la memoria que representan distintas causas primordiales que forman la divina creación.

Bruno, al igual que Camillo, transformó el Arte de la memo­ria y convirtió una técnica racional y objetiva para aumentar la memoria, basada en el uso de imágenes, en un arte mágico reli­gioso destinado a preparar la imaginación y despertar el recuerdo adámico sepultado en cada hombre, la débil llama destinada a atraer el divino fuego, tal y como está explicado en El Zohar, texto que tanto Bruno, ferviente admirador de Pico, como Camillo conocían perfectamente.

El arte de la memoria y el mundo actual

El aprendizaje memorístico ha caído en desuso en las últimas décadas, denostado por muchos de los nuevos modelos educativos, los cuales argumentan que aprender lecciones de memoria es un despropósito donde se anula el desarrollo de la reflexión. Sin embargo, poco a poco comienza a revalorarse el ejercicio nemotécnico, encontrando en él beneficios para el fortalecimiento cognitivo. Cosa que los antiguos sabían a la perfección, siendo un arte muy apreciado en siglos pasados y del que hemos ofrecido un breve bosquejo, basado en el extraordinario libro de Frances Yates. 

 

 

Notas al pie

[1] Yates, Frances, El arte de la memoria, Madrid, Siruela, 2005, pág.17.

 

Bibliografía

Yates, Francis, El arte de la memoria, Madrid, Siruela, 2005.

“El arte de la memoria” en Arsgravis, disponible en digital.

 

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