Entro en la habitación y percibo un ligero olor a menta fresca, no sabría decir si proviene de las sábanas tersas o si mi imaginación lo añade. Recorro cada parte del lugar, hay pocos muebles. Mis dedos pasan sobre los bordes de un librero alto junto a un pequeño escritorio y una silla. Hago lo mismo alrededor de la cama, que mis manos y mis pies descubren al centro con sus dos mesas al lado.

También toco las paredes que me darán cobijo esa noche, son rugosas. Calculo que la casa guarda muchas décadas empotradas entre sus ladrillos. El techo debe ser de esos techos altos de los viejos caserones con madera recubriéndolo, porque la madera hace que el sonido se vuelva poroso, es decir, pausado; nuestras voces suenan así. Ahora pongo mis manos en el piso, está hecho de pequeños rectángulos macizos pero desgastados. Me gusta sentir las superficies por donde camino, me hacen experimentar el ligero vértigo de lo que posa sobre un cúmulo inmenso de materia en movimiento.

La voz de aquel hombre me sorprende al incorporarme. Es fuerte y algo en ella raspa, como si su dueño degustara en la garganta mucho tiempo cada palabra. Me cautiva. Así como él dice le atrae ver cómo me apropio del mundo al tocarlo, olerlo o saborearlo.

El tiempo con él me parece elástico, así que no sabría decir si llevamos un día, tres o cinco años de conocernos, pero para nuestros cuerpos parece indistinguiblemente una inauguración.

“Dime lo que lees al recorrer mis venas”, me pide. “Leo que me llaman, que están llenas, ansiosas de que mi lengua las cubra completas”, le contesto. Esas venas también me dicen su historia: que llegó al mundo tras unos segundos imperceptibles de silencio antes del llanto. Intuyo que así ha sido toda su vida, hombre de pocas palabras, pensadas siempre antes de decirlas. Por eso prefiero atender sus venas, su respiración, su piel eriza o el olor que cambia según su estado de ánimo, pues nada de ello puede controlarlo.

Me voy quitando la ropa lentamente mientras me desplazo por la habitación. Percibo que él se mueve en torno a mí con pasos lentos mientras también se desnuda. Escucho cada prenda caer. “Esta escena es la de presa y cazador intercambiando papeles”, le digo sonriendo. Tenemos ganas de lo mismo: hacer que la Tierra desacelerare su ritmo para que así pueda precipitarse en un movimiento lleno de pequeños y frenéticos temblores conjugados.

Él sabe que soy creadora de geografías, por eso deja que mis manos vayan por cada parte de su cuerpo, que aprieten suave o fuerte en medio de su espalda, que rocen apenas su sexo, haciendo que su deseo crezca. Paso mis manos por sus ojos que advierto cerrados, mientras sus manos también recorren mi cuerpo erguido sobre el suyo.

Distingo el cambio en su respiración con cada movimiento de mis caderas. Es una respiración que cruza el tiempo. Siento que somos la pareja primigenia y que el mundo está paralizado en torno nuestro. Se ha incorporado. Comienza el juego de las constelaciones. Imagino las figuras que nuestros cuerpos podrían dibujar en el manto celeste; él tomando mis piernas a modo de un compás que se prepara para circularlo.

Escucho los jadeos como ecos que rebotan en medio de las viejas paredes, salen desde nuestras bocas, saturan el espacio, chocan y vuelven para salpicar nuestros cuerpos que se llenan de su sonoridad; nos empapan. Siento el sudor resbalando, como si fuésemos bolsas repletas de insinuaciones oscuras que se derraman gota a gota.

Me gusta indagar en el sabor del deseo. Descubro el Mediterráneo en su pecho, el Sahara en su espalda y el Amazonas a través de sus labios. Nunca he estado en esos lugares pero mi boca llega por medio de él hasta cada uno de ellos. Hay noches en que para mí el mundo es un hombre que me seduce y al cual seducir, sin importar que yo haya nacido ciega.

Percibo su olor que viaja por cada músculo tensionado, como un caballo a galope que cierra una carrera. Lo imagino a modo de ráfagas de seda perfumada de fuertes esencias. Mi cuerpo hace lo mismo y en medio de un bombardeo de sensaciones él dice mi nombre. Rita. Cada letra es dibujada dentro de mi vientre, subrayada, cincelada una y otra vez. Sus jadeos se colapsan en medio de los míos. Entonces mis ojos son inundados por la luz más placentera, la proveniente de explorar la geografía invisible inscrita entre los cuerpos.

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