Comienzo pensando que el arte contemporáneo es una especie de licuado colmado por el concepto “experiencia” como eje principal. La historia del arte nos ha dejado un gran legado en un lenguaje multiforme, del cual el artista hoy en día camina en una disyuntiva constante; por un lado pretende desligarse de la técnica y la tradición pero por el otro no deja de aprehender cosas ya existentes registradas a lo largo del tiempo.

Si bien, el mundo de las ideas y del proceso creativo del artista actual está respaldado por una serie de conceptos reconstruidos, intenta a la vez crear preceptos nuevos haciendo una especie de licuado colmado por la experiencia como la idea que la sostiene. “No es la modernidad la que murió, sino su versión idealista y teleológica” (Bourriaud, 2008, pág.11). Lo que nos posiciona ahora en un periodo que no permite definirnos, es como nadar en un mar de oleaje constante, pero es tan fuerte su ir y venir y tan revuelto que a veces provoca perderse. La historia del arte, las corrientes, las vanguardias, han alimentado nuestra memoria en una especie de base de datos que de un tiempo a la fecha se repiten sin cesar.

“Las obras ya no tienen como meta formar realidades imaginarias o utópicas, sino  constituir modos de existencia o modelos de acción dentro de lo real ya existente, cualquiera que fuera la escala elegida por el artista. (Bourriaud, 2018, p.12). Bien lo expresa Nicolas cuando dice que el artista ahora, existe y forma parte de las circunstancias que el presente le provee y de ahí es que decide transformar esa relación con el mundo, desde lo sensible y hasta lo conceptual, creando un cosmos que no para de crecer, que se reconstruye y se vuelve, firme, duradero, extenso.

Es justamente en esta apertura de la que habla Nicolas Bourriaud, de la que parto con mis reflexiones para aterrizar en un contexto específico, con el arte contemporáneo en México, con un período, una generación y la obra de una artista que se desprende de este movimiento. A finales de los años ochenta principios de los noventa surgen en la Ciudad de México una serie de espacios alternativos y de artistas que hicieron posible la apertura y desarrollo de dichos espacios los cuales surgieron de esa necesidad de los creadores por salir de los museos, de las técnicas establecidas, de la tradición que los acogía donde ellos querían romper las estructuras y crear así nuevas formas y nuevos lenguajes en el arte.

Artistas como Sofía Taboas, Abraham Cruzvillegas, Eduardo Abaroa, Damián Ortega, Daniel Guzmán, Luis Felipe Ortega, entre otros, pertenecen a esta generación y fueron creadores y promotores de estos espacios y lo más importante, de un lenguaje artístico que en sus inicios rompía con las normas, las cuestionaba y se reflexiona a profundidad al respecto. Fueron diversos los espacios, uno de ellos llamado Temístocles44; donde varios de los artistas antes mencionados promovían un diálogo entre todos: pensadores, investigadores, creativos los cuales cuestionaban justamente los límites del arte. A la vez que usaban el espacio como galería para mostrar sus obras, también practicaban la experimentación y se documentaban investigando sobre todos sus intereses en común. Crearon una serie de seminarios y cursos así como publicaciones periódicas que validaban su conocimiento y sus carreras relacionadas con las artes visuales, la literatura y la filosofía.

Creo que en gran parte, es una generación que no ha sido superada, y es porque muchos de estos artistas siguen produciendo y figurando como los modelos a seguir para la nuevas generaciones pero por otro lado también creo que no ha llegado una generación que traiga un nuevo diálogo y formas de expresar que se aparten en su totalidad de lo propuesto por estos artistas. Luis Felipe Ortega, nace en la Cd. de México en 1966. Filosofía y letras es su formación central, y como artista experimenta entre el video, la fotografía, el dibujo, la arquitectura, la instalación y la escultura.

Es muy extensa la obra de Ortega, por lo tanto, aquí hablaré de una obra en específico, titulada: “Paisaje y geometría (para P.P.P.)”. La primera vez que Ortega realizó esta pieza fue en el CaSa, en Oaxaca, en enero de 2017. Ese mismo año hizo una versión pequeña en Oslo y en 2018 presentó otra versión en Roma. Es evidente que existe un profundo y detallado planteamiento teórico que respalda la obra de Luis Felipe, así como la experiencia y la presencia de los materiales que evocan un sin fin de pensamientos al estar observando la obra.

Paisaje y Geometría (para P.P.P.) te hace sentir parte de ese tejido y de esa resistencia que accionan en la obra. Donde un bucle infinito hace una cohesión poderosa.La obra de Ortega es explosiva, es detallada, es racionalizada, hace una estetización del espacio de forma oportuna, la contemplación se hace presente todo el tiempo, y es el eje central, de ahí la experiencia como forma de interactuar con la obra, con la percepción, con lo que tenemos delante aunque quizás existan momentos diversos para comprenderla en su totalidad, por lo tanto es exigente. Con esto, creo que después de esta generación que ha cuestionado al arte contemporáneo de formas específicas, no existe algo más fuerte que lo supere aún, quizás se esté gestando y en sumado el tiempo lo veremos claramente, o quizás también es una generación que ha dejado su propia firma la cual es difícil de superarse.

Pero de alguna manera nos ayuda a pensar el concepto de arte, la vacuidad del torrente que trajo consigo el pensamiento posmoderno, dejando un licuado espeso y difícil de interpretar en muchas ocasiones o como diría Jean Baudrillard: “En el espacio de la comunicación, las palabras, los gestos y las miradas están en estado de contigüedad incesante, y sin embargo jamás se tocan. Y es porque ni la distancia ni la proximidad son las del cuerpo al que rodean. La pantalla de nuestras imágenes, la pantalla interactiva, la pantalla telepática, están a la vez demasiado próximas y demasiado lejanas: demasiado próximas para ser verdaderas (para tener la intensidad dramática de una escena), demasiado lejanas ser falsas ( para tener la distancia cómplice del artificio). Baudrillard, (1991).

Entonces, atendiendo a esto, nos vemos envueltos en una revoltura espumosa que nos sumerge en conceptos, información y reflexión pero también nos distrae y nos enreda. No obstante, en “Paisaje y Geometría (para P.P.P) no existe una confusión aunque la tensión y los anclajes del pensamiento se vean materializados en esos lazos y esas rocas que se conectan entre si. Es una obra rizomática, donde lo importante es como se sostiene el contenido, lo puesto ahí, lo observable, en cómo deviene y no en cómo termina, no en el resultado como tal, sino en la experiencia, esa que sostiene al arte contemporáneo y que Luis Felipe Ortega trabaja de forma acertiva.

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