Fuente: http://naranjasdolche.es/es/inicio/8-mandarinas.html

El título hace referencia a una frase encontrada en un pequeño libro de Julio Cortázar, que él recogió de alguna calle, seguramente parisina, allá por la ya mítica década de 1960. Cuando alguien dice que para qué tanto lío con las reglas ortográficas, vuelve a mi memoria esa frase.

Creo que nunca como hoy, el reclamo que la mayoría alguna vez hicimos a las reglas ortográficas por las malas notas obtenidas en un examen, adquiere un matiz tan digno de tomarse en cuenta. El uso de dispositivos electrónicos e internet ha acentuado aún más la antigua lucha entre los ortodoxos del habla y la escritura –independientemente de si son profesores, lingüistas o personas perfeccionistas de su lenguaje– y los que no lo son.

Adentrarse en la historia y evolución del lenguaje, nos hace descubrir las razones de ser de sus reglas, pero también los cambios que inevitablemente se sucintan a lo largo del tiempo, donde los ejecutantes de cualquier idioma terminan por imperar sobre la erudición y tradición lingüística en curso. Para abordar el tema de manera breve, me centraré en el siguiente ejemplo.

Escandalizarse y vociferar contra las cada vez más abundantes expresiones del tipo: «t spero mi ksa tmb es x aki «, como una mutilación trágica del idioma español, es tomar en cuenta solo una parte del fenómeno. En los señalamientos cotidianos contra estas expresiones, e incluso los hechos por parte de algunos estudiosos del lenguaje, se alude únicamente a la parte superficial de la construcción gramatical, en el sentido de que sólo se está atendiendo a la transgresión de la norma lingüística actual que rige la escritura alfabética, en este caso del español, y no se piensa en la naturaleza misma de la escritura.

Se olvida o se desconoce que el alfabeto nació de una relación, en su mayor parte arbitraria, entre un signo o grafía y el sonido de un idioma.

De manera que utilizar los signos alfabéticos de una manera distinta a lo estipulado, es realizar cambios en la historia del modelo alfabético pero no en su naturaleza. En la expresión “ksa”, cambiar “ca” por la letra “k”, altera la relación entre el sonido o grupo de sonidos de un idioma equivalente a tal expresión gráfica, pero no a la relación entre el sonido en sí de un idioma y la expresión gráfica del mismo; es decir, el alfabeto no deja de ser la fijación gráfica del lenguaje hablado.

En el caso mencionado, existen varias contracciones gráficas. Está la letra “t” de la oración, en donde se omite el sonido vocálico “e”, que sí está presente en la expresión correcta “te”. Otro ejemplo es el “tmb”, donde se eliminan las vocales “a, i, e” e incluso la “n” final de la palabra “también”. Si sólo nos concentramos en la pérdida o alteración gramatical que esto significa, pasamos nuevamente de largo la historia del alfabeto.

Los estudios recientes sostienen que el alfabeto nació de grupos protosemíticos, donde una de las características principales era el predominio de consonantes en las palabras. Hoy tenemos el hebreo como un ejemplo, donde muchos sonidos vocálicos quedan contraídos en las consonantes. De manera que las transformaciones que están ocurriendo pueden verse como un eco del origen en común que tienen todos los sistemas alfabéticos.

Además, este tipo de alteraciones o transformaciones, ponen de manifiesto otra de las características del lenguaje: la necesidad de eficacia y economía. A todo lenguaje lo que le ha importado siempre es comunicar, transmitir información de manera óptima.

El lenguaje en su estructura básica es práctico más que poético.

En este terreno –a menos que se trate de lenguajes esotéricos–, la eficacia y la economía, han sido elementos privilegiados desde un tiempo muy anterior al celular o las computadoras.

En la actualidad, el desarrollo en los dispositivos tecnológicos como los que hoy usamos, han acelerado y le han dado forma a los cambios en la escritura alfabética. Cambios que el tiempo determinará si prevalecen o no, o cuáles son descartados y cuáles no. Tal vez la palabra “también”, en el siglo XXIII o XXIV, se considere un arcaísmo predecesor de la económica expresión “tmb”.

Creo que efectivamente la ortografía es una mandarina, de sabor agridulce, de forma geométrica alucinante, sencilla a simple vista y a la vez intrincada por dentro, hecha de cantidad de gajos jugosos. Las estructuras gramaticales y sus reglas ortográficas narran una historia, pero el análisis de esa historia nos dirá también que son los trampolines de nuevas formas comunicativas, las cuales el futuro verá «oficializadas» tras los cambios pequeños, cotidianos, grandes o bruscos en el tiempo del habla y la escritura.

No se trata de aplaudir los cambios sin más, porque claro que hay pérdidas, no sólo a nivel gramatical sino también cognitivo; pero sí de intentar comprenderlos, porque luchar por evitarlos me parece una tarea poco fructífera. Es olvidar que el lenguaje está vivo, que parte de una necesidad social y como tal funciona. Se puede hacer poesía con él, himnos sagrados, mensajes cifrados, pero ante todo su función central es hacer efectiva la comunicación, y si nuestros tiempos corren con una rapidez impresionante, ¿por qué el lenguaje habría de mantenerse estático ante ello? ¿Por qué no habría de representar el correr vertiginoso e incierto que tanto ha caracterizado al ser humano?

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