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Existen distintas maneras de calendarizar la vida de un individuo, pero quien me hubiera dicho que una nueva forma sería por las temporadas de una serie televisiva, habría hecho que me destornillase de risa. Eso fue en el tiempo anterior a Aleph, la serie que rigió diez años de mi vida.

Buscaba un poco de distracción que me alejara de una jornada más de trabajo, de comida corrida y transporte público. Quería olvidar que al despertarme tendría que hacer casi lo mismo que ese día. Encendí el televisor y quise desquitar con todas mis fuerzas el cobro de mes a mes de ese servicio de cable. Me detuve en medio de una escena que mi memoria ha guardado y recuerda todos los días pero que me es imposible describir; las letras no alcanzan.

Quedé petrificado al terminar ese primer capítulo. Creí que una alineación cósmica había tenido lugar para que justo esa noche me topara con el primer capítulo de la primera temporada de Aleph. Mis semanas tuvieron un ritmo distinto: los días eran una nebulosa que sólo adquirían sentido y vitalidad con el nuevo episodio. Sabrán que mi vida transcurrió a modo de eclipses entre el final de una temporada y el inicio de otra.

Me he prometido que nunca más volveré a calendarizar mi vida con una serie.

Yo tenía veintidós años en ese entonces. Apenas había obtenido mi título y pensaba que con ello conquistaría el mundo. Tardé un par de entrevistas de trabajo en bajar a la realidad y un par de meses en una empresa despreciable para ser yo el sometido por el mundo y el salario. Pero allí estuvo Aleph.

Recuerdo cada temporada, la evolución de los personajes, la incorporación de algunos, la muerte de otros, su desdibujarse o adquirir relevancia; la verosimilitud con que la historia fue dando sus giros, algunos esperados otros excepcionalmente sorpresivos; la manera en que me enfurecía con los errores que cometían los protagonistas o mi sonrisa ante sus mejores jugadas. Todavía se me enchina la piel con las escenas de suspenso, cuando mi cuerpo se hundía en el sillón y mis ojos se quedaban fijos hasta resecarse un poco.

¡Y esa sensación de impotencia de no saber qué iba a pasar! Daba vueltas en la cama cuando las cosas quedaban demasiado tensas. Imaginaba distintos escenarios y posibilidades de lo que podría ocurrir. Gastaba buena parte de mis horas en el trabajo moviendo las fichas mentales en mi cabeza. Claro, también estaba la sonrisa apenas notoria que se dibujaba en mí cuando todo salía bien, aliviado de que Aleph siguiera sin decepcionarme.

Porque lo que fue Valeria, porque lo que ha sido la vida… En estos diez años vi esfumarse mi juventud de una manera fugaz y deplorable. Mis grandes planes se reducían a un par de viajes que lograba hacer en mi semana de vacaciones al año. Terminé por no ser el innovador de punta que me prometí a los quince. De mi casa propia mejor no hablamos. ¿Y de la familia? Tengo treinta y dos años y por familia la de siempre: unos padres que envejecen a mi pesar y al suyo y una hermana mayor que me miente diciéndome que su matrimonio es feliz, que ser madre es la mejor experiencia de la vida. Nunca he comprendido cómo se pierde tantas horas de esa mejor experiencia, dejando a mi par de sobrinos en guardería o al cuidado de mis padres, sus suegros o quien se pueda, mientras ella trabaja nueve horas al día –una hora menos que su marido– para que sus hijos puedan tener una “vida de calidad” y, próximamente, un kínder privado.

También recuerdo que estaba la cuarta temporada cuando murió mi abuela. La mujer que cuando niño me contó cuentos que me hacían emocionar más que cualquier cosa –incluida Aleph–. Dijo adiós a la existencia en medio de un mutismo prolongado y la rigidez de un cuerpo empotrado en cama a lo largo de cinco años. Recuerdo que uno de esos días vi el capítulo tres ininterrumpidamente todo un domingo. Fue mi manera de frenar el dolor.

Y de Valeria, nunca pudo entender que la dejara plantada el día en que íbamos a apartar la fecha para la boda porque era el final de la temporada nueve. A ella jamás le gustó Aleph. No podía soportar que a veces, en medio de mi orgasmo, la llamara Sara, como la protagonista de la serie; la mujer más seductora y enigmática que el cine o la literatura hayan creado. Valeria debió haberse sentido halagada de mi “confusión”, pero nunca pude convencerla. Menos mal que en medio de ese doble túnel oscuro que fue el final de la temporada me quedó el consuelo del inicio de la décima y última.

Me he prometido que nunca más volveré a calendarizar mi vida con una serie, a modo del buen yonki; que nunca traicionaría la memoria de Aleph con un nuevo divertimento. Ahora vivo mi vida tan gris como es, sin paliativos.

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