Foto: Karolina Grabowska (obtenida de Pexels).

Llegué al parque cansada. Apoyé el bolso y miré a los perros que se echaron sin más miramientos. Me senté, en el borde del escalón que rodea la fuente seca y saqué el libro con las dos manos.
Impaciencia por empezar la lectura, luz ideal con el nublado en su punto justo, el sol detrás ese mediodía, casi, de invierno.
Leí, leí, leí. Cincuenta páginas más o menos, de La broma infinita, espaciando los respiros con la mirada perdida en los árboles, la avenida de palmeras y las baldosas en formación perfecta. Eso es lo que me gusta de leer al aire libre. Pensaba y volvía, pensaba y volvía.
Cerca del cansancio y la pausa larga antes de levantar campamento, registré a la mujer, a veinte o treinta metros, próxima al cordón de la vereda, el abrigo largo, el pelo entrecano largo también, mal sujeto y alborotado, el morral de caminante. Volví a las últimas páginas que leería redondeando, y la sombra de la mujer, mejor diría su presencia, a dos pasos de mí, me hizo levantar la mirada.
-Lectora, afirmó sin lugar a dudas.
-Parece, ¿no?
-Entonces te dejo éste. Es mucho más corto. Se lee muy rápido.
Estaba buscando en el bolso, sacando un librito, delgado, blando, que me extendió.
-¿De regalo?
-Sí, claro, voy eligiendo mis lectores.
Quedé digiriendo esa frase, mirando, el objeto, lo daba vueltas en mis manos.
-¿Como uno elige sus autores? Y señalé el imponente libro que estaba cerrado sobre la piedra.
-Exacto. Así. Tal cual: uno elige qué leer, yo elijo quién me lea.
Sonrió, y agregó: Ahora sigo, voy a plaza san Martín a ver a alguien- ya estaba mirando el otro extremo del parque. –Tomo el 275, allá está la parada. Se volvió a mirarme, ahora estaba en sombra, nublada.
Tomé el librito y lo abrí, vamos a ver… un poema, es de poemas, mejor, menos palabras, después del fárrago incontinente de la novela, mejor. Juzguemos.
“nuestro adiós ha de ser de cirugía/ no ha de haber pañuelos ni miradas/ no habrá algodón/para parar la sangre”
Me gustó, me impresionó.
“Carnada y anzuelo, plomada, desde lo alto”
“Miro con ansias los trenes, por el frente”
Sí, parecía haber una sugerencia de suicidio, de fin próximo, de duda acerca de los medios. Se me ocurrió de repente que iba a matarse, y que estaba dejando su legado poético. A cualquiera. Me puse de pie, me sacudí la pollera amplia y fruncí los párpados para ver mejor, una costumbre inútil, sí, pero la vi, en el extremo del parque, frente al kiosco de diarios y revistas, estaba, no exactamente en la parada del ómnibus sino en el kiosco mismo, hablando, por los gestos pensé, con un hombre, un muchacho, y blandía uno de los libros de su morral. El otro tenía en la mano algo como un folleto, y también hacía gestos amplios con las manos. Miré a los perros, las sogas largas con las que los llevaba, y los arrié hasta los árboles, los até y crucé corriendo casi el pedazo de parque que mediaba con esa esquina.

Me planté frente al muchacho y le largué: -Veo que sos lector.
-Ya le dije que sí, y levantó la mirada hacia mí, y después buscó en la parada. Su conducta era tan transparente que me reí para adentro.
-Ese librito te lo dio una señora que iba a tomar el 275 hasta Plaza san Martín, y le mostré mi ejemplar. -Ah, y ya sé porqué te eligió, te gusta la filosofía.- el folleto que le vi de lejos promocionaba una colección de filosofía contemporánea a buen precio -Está buena la colección, es muy bajo el precio. Quería darle tiempo para lo que seguía. Sacudió la cabeza muy serio.
-¿Leíste los poemas?
-Apenas me los dio.
-Yo estaba allá, leyendo, se me acercó. Lo que leí me hace pensar que quiere suicidarse, y que nos está dejando su poesía como legado o qué sé yo.
Tomó distancia y me miró de arriba abajo, como se dice.
-¿Qué mirás? ¿Qué tengo?
Tomó distancia, dudó y con media sonrisa dijo:
–No sé… tu aspecto.
-¿Qué tiene mi aspecto?
Se tomó un tiempo demasiado largo.
-No sé, un poco, demasiado, definido… Hippie.
-Ah, ¿sí?- me miré exageradamente la falda hindú, el saco tejido oscuro, mis botas ya sin color.
-En general siento que soy más bien “indefinida”.
Entonces tomó más distancia y puso mala cara. Eso no me gustó. Cambiar el rumbo.
-¿No querés ir a la plaza San Martín y buscarla? Así nos sacamos la duda, nos quedamos tranquilos. Los poemas son muy buenos. Ahí viene el ómnibus.
-Es que no tengo plata.
-Tengo la tarjeta, la pasamos dos veces y ya.

Se decidió y subimos al primero que llegó, había lugar para sentarse, aquí y allá. Él fue a un asiento individual y yo al doble, lado pasillo, a su par. Abrimos nuestros libros y leímos, pero yo lo espiaba, levanté la vista y me miró. Bajé los ojos y lo sorprendí mirándome. Finalmente dijo que sí, que parecía tener razón en el tono de los poemas, inminencia de muerte, ruptura, despedida. Y autorreferencialidad, él usó esa palabra, me impresionó. Todos los semáforos nos frenaron.
-A propósito, soy Oscar. Dejé Letras hace un mes.
-Yo, Elisa. Empecé este año. Letras.
-¿Te gustaría acertar y salvarla, ¿no? – y puso una media sonrisa burlona.
-Sí, y hacer un grupo de lectura y llevarla y halagarla y obligarla a seguir escribiendo siempre y que termine creando una escuela literaria importante.- me reí estrepitosamente, no la voy con las medias sonrisas. – Y también tenés aspecto muy definido: ¿saco sport? ¿zapatos, ese pantalón de tela?
-¿Y qué? No estoy haciendo deporte, camino por una ciudad, necesito bolsillos.
-¿Lo heredaste de un abuelo? ¿O feria americana?
-Sí, feria, y vos también.
-No, pero casi: amiga que compra de más y no usa.

Llegamos a la plaza y nos plantamos en la vereda mirando alrededor. En cualquier momento nos tomaría la vieja pregunta ¿qué diablos estoy haciendo aquí? pero también flotaba la respuesta, obvia, de que ninguno tenía cosa mejor que hacer. O que lo que había por hacer era nada al lado de esto. Sí, esa era la respuesta.
-Bueno, dije, hay dos cruces de magnolias, ¿ves?, como las palmeras del parque que van de lado a lado. Vas por allá y yo por ésta, y barremos toda la superficie. Si llegó recién y tenía que encontrarse con alguien, debe estar por ahí.
-De acuerdo, -aceptó con resignación -Watson.
-Nos vemos en la calle 6, Watson.-creo que subrayé el nombre propio.
Y me largué por mi camino en busca de la mujer, su figura de abrigo largo, morral, botas gastadas, un aspecto nada próspero en suma, aunque no hubiera sabido decir porqué.
Sentada en un banco bajo las magnolias vi a una muchacha mayor que yo, treinta y pico, con el librito abierto entre las manos. A su lado había un portafolio. Vestía un saco bien armado, llevaba el cabello prolijo y tirante. Sí, parecía próspera.
Estaba leyendo.
Estaba leyendo.
Busqué con la mirada a Oscar, pero no lo vi. Entonces actúo por mi cuenta, me dije. Me acerqué y me senté en la punta del banco, saqué el librito de mi bolso, y dándole un poco la espalda lo abrí. Sin mirarla pero con todas las antenas de mi cuerpo alertas noté que seguía metida en las páginas. Esperé y cuando calculé que ya había leído bastante -el texto era corto- entonces sí me di vuelta y le hice burla sosteniendo a la misma altura que ella y con las dos manos el libro abierto. Los codos pegados a las costillas y el librito en el aire. Sin apoyarlo en la falda. Entonces sí, se dio vuelta de golpe y se quedó mirándome. Desconcertada, cómo no. Le pregunté ¿lo terminaste? Sí, -me dijo- lo leí dos veces, es muy corto. Y muy bueno –¿Conmovedor? Dije yo y la animé a seguir: -Además da la impresión de… -¿De qué?
-De que quiere matarse.
-¿El personaje? ¿te parece?
-…si, claro, el personaje, nadie tiene derecho a pensar que lo escribió sintiendo que…
-Sí,- dije yo -eso es correcto. En teoría literaria el autor no es el narrador, el autor no es el yo poético. -¿Entonces?
-Entonces esperame, ¿estás apurada?
-No, tengo tiempo.
-Vamos a buscar a otro lector.
Salí corriendo, atravesé los canteros y busqué a Oscar. Estaba con un señor de aspecto intrascendente, pero si tengo que describirlo: semicalvo, canoso, con anteojos, no sé, común, podía tener un bigote canoso. Vestía una de esas camperas infladas impermeables y su aspecto general era dejado, descuidado. Andaría por los 60. Oscar le estaba hablando y el hombre en vez de mirarlo miraba un librito. Cuando me vio me llamó enfáticamente con la mano.
-¡Encontré un lector!- me dijo.
-Yo también, en la otra punta de la plaza-
Ahí viene –en efecto venía el hombre que se ve que ya estaba en autos (suicidio inminente) y que deseaba obviamente, evitarlo. Vino con nosotros, y también la chica del banco que enarbolaba el libro. Yo, que llevaba la voz cantante, como siempre debe hacer Sherlock, les pregunté a todos si les había dicho adónde iba ahora.
-A la estación de tren- dijo el hombre.
-Sí -dijo la muchacha -a encontrarse con alguien allí.
Un escalofrío nos recorrió a los cuatro y Oscar me ganó de mano:
-¿Tienen tiempo? ¿Vamos?
Los cuatro, con el librito en la mano, miramos hacia diagonal 80, en el fondo de la cual se veía la cúpula de la estación. Echamos a andar. Eran cuatro o cinco cuadras de diagonal, llenas de gente. Íbamos hablando entre nosotros, con nuestros nuevos conocidos en el medio, los dos en los extremos; un cuarteto realmente salvaje, lanzado a atropellar gente, esquivando y dando largos pasos desparejos. En un momento Oscar estaba a mi lado y había pasado el brazo sobre mi hombro y se inclinaba por delante para hablar con los otros. Irá a matarse, decía. Para mí que sí, para mí que está repartiendo esto como un aviso y quiere que alguno entienda y lo evite. O quiere publicidad. Dice el hombre, en el buen sentido, aclara ante nuestras caras de reproche. A lo mejor es una poeta frustrada, alguien que nunca publicó y esta despidiéndose y al mismo tiempo… Le interrumpí ¿Por qué se lo dio a usted, tenía un libro en la mano? Pregunté con algo de crueldad.
-Yo soy dueño de una librería, la que está ahí nomas de la plaza, vendo usados y nuevos.
-Ah, ya me parecía que le veía cara conocida, estuve ahí, estudio letras y le compré, pero siempre hay una chica o casi siempre.
-Sí, es mi hija.
-Hablé muchas veces con ella y conseguí buenas cosas.
Faltaba presentarse la muchacha del portafolio. Lo traía con cierta dificultad, contra el pecho porque sostenía el librito como si fuera el mapa de una ciudad desconocida, pero caminaba con resolución sobre sus magnificas botas de taco alto. Soy abogada, me recibí grande, hace poquito.
-Pero ¿tenías un libro, estabas leyendo?
-No, no tenía nada en la mano, ¡si! un pañuelito, estaba llorando. Estaba llorando por una ruptura, que yo deseo, sí, que yo busqué, no es que las cosas no estén bien ahora, tenía que romper.
-Pero eso no está bien, dijo Oscar de golpe, a una persona triste no se le puede dar a leer sobre la muerte, sugerir la muerte.
-No, dijo la muchacha, no. Les puedo asegurar que leyendo los poemas me sentí mejor. No quisiera que esa mujer muriera, por lo menos antes de darle las gracias. Pude comparar mi pobre sufrimiento con un corazón de verdad desgarrado.
Y jadeaba, diciendo todo esto.
Pero ya estábamos allí, sobrevivimos al cruce más peligroso de la ciudad, cometimos todas las infracciones posibles, además de de pasar en forma desordenada y loca, sueltos, corriendo, frenando en seco ante los paragolpes y chirridos. Entramos bajo la cúpula, allí donde estaba la sala de espera de señoras –el cartel se conserva- entré al baño, verifiqué como un sabueso de policía todas las puertas y salí desolada. Acá ya no está.
Pasamos las boleterías despobladas, Oscar se comidió a hacer la vaga pregunta que nos acosaba: una señora así y asá, pero nada, solo consiguió pasar él por loco. Nos juntamos en el andén, buscamos en las carteleras las partidas recientes, ya que suelen tener una cierta morosidad en actualizarse, posiblemente para que los que pierden su tren lo enfrenten con el enorme reloj que preside el gran galpón lleno de ruidos y sus ecos y
nos miramos derrotados. La muchacha miró el gran reloj, y dijo bajito, para sí misma: funciona bien, ya me tengo que ir. Besó el librito que sostenía con las dos manos y lo guardó en un bolsillo del saco elegante. Sonrió apenas y se fue. El librero nos puso una mano en el hombro a Oscar y a mí, y habló, paternal -Chicos, lo intentamos, vaya a saber, Dios quiera, si no nos equivocamos todos-. Miró su libro. -Lo voy a poner a la vista para que muchos lo hojeen, y a lo mejor hago copias y lo doy a los clientes con el tique.- Nos consolaba. Oscar fruncía el ceño, negándose a aceptar el abandono de nuestro propósito, pero encontró las palabras: -¿Si me invitás un café me contás que estabas leyendo?
Acepté, claro. Una persona como yo no conoce a alguien así (de esa forma, digo) todos los días.
Mientras, una figura de contorno inestable, andaba junto a vía, ya a la altura de Ringuelet. Un morral gastado pendulaba a cada paso.

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Genoveva Arcaute
Genoveva Arcaute nació en La Plata, en 1953 y siempre ha vivido allí. La sátira es su elemento natural, aún rigiendo el lenguaje poético. Durante la primavera democrática se puso en escena De dulce de leche y de chocolate, obra humorística en coautoría con Jorge Goyeneche, Resultó premiada en el Festival de Teatro Independiente de 1989. En 2007 publicó una novela breve, Mandorla, y el poemario Todas somos Frida en 2010 por Huesos de Jibia. Otros poemas y algunos cuentos también fueron publicados en revistas virtuales. Después vino Diario de inminencia, poemas, en 2015, también por Huesos de Jibia. Sus blogs: www.revista-humor.blogspot.com, www.somosfrida.blogspot.com. En 2019 publicó un poemario: Partes del Simbionte (por Densas Producciones, editora artesanal) y una novela, Kiosko, (por Parque Moebius).

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