Fuente: http://www.riomoros.com/2012/11/el-arrayan-myrtus-communis.html

La ciudad de la que hablo es tan caótica como inaudita y generosa, no necesitas comprar souvenirs para recordarla, te regala experiencias que desbordarán tu memoria. Sobre todo la recuerdo a través de dos imágenes: la primera proviene de las largas caminatas que sola o acompañada realicé. Eran caminatas extensas como las piernas de una mujer ancestral fundada sobre un trazo perfecto de avenidas regidas por el sol naciente, luego mancilladas, destruidas, vueltas a echar andar sobre prótesis coloniales. Mucha de la gente que camina esa ciudad es insumisa; pienso que el ambiente tiene impregnados los días de gloria insubordinada de su pasado.

La otra imagen es un pastel cubierto por una costra fina de miel de arrayán, junto a un hombre delgado, alto y moreno, con quien recorrí alguna noche un buen tramo del Paseo de la Reforma. Una ida y vuelta que me hizo creer en la anulación del tiempo. Ese recorrido narra a través de sus construcciones y grietas, una parte de la historia de la ciudad. Observas edificios gigantes de grandes corporaciones comerciales que como buitres acechan a un dorado Ángel de la Independencia. Recuerdas que esa avenida fue mandada hacer por el cándido Maximiliano de Habsburgo para la que, tras su muerte, terminaría por ser su Carlota la loca.

De regreso a mi acompañante, debía tener unos cuarenta y pico años. Un semblante de hombre certero. Nos conocimos en la fiesta de una amiga jugando billar. Lo comencé a observar y quizá él me descubrió, quizá no, pero las miradas comenzaron a ir y venir mientras el juego seguía. En algún momento sentí sus ojos sobre mis mallas ajustadas. Tal vez solo fue mi imaginación o mis ganas de que viera mis piernas a través de las mallas.

Se terminó el juego y nos despedimos. Dijo que había sido un placer conocerme y preguntó mi nombre. Me llamo Rita, ¿y usted? Se llamaba Ernesto y era amigo del padre de mi amiga. Al despedirse me pidió mi número y se lo di. No creí siquiera que lo recordaría, menos que me hablaría unos días después. Esa voz de hombre experimentado me contactó para invitarme a cenar. Acepté con un vestido verde olivo. Me dije: este hombre pertenece a quienes a esas alturas de la vida piden inocencia o perversión extremas. Podía intentar con la primera, mi cara me delataba.

La cena fue en un restaurante sobrio, en una planta alta con vista al Palacio de Minería, en un espacio apartado de las demás mesas. Lo conocían en el lugar. Me contó de su vida. Yo asentía sorprendida y le contaba mis historias de mujer queriendo descubrir el mundo. Una copa de vino, otra más. El tiempo se iba como los comensales a nuestro alrededor, ambos sin notarlos, hasta que prácticamente estuvimos solos.

De pronto, acercó su silla a la mía. Pensé, ya está, me besará y me dirá que soy una joven hermosa y… No. Acercó sus dedos a su boca, los pasó sobre su lengua y entonces los deslizó lento entre mis piernas, a las que tomaron por sorpresa. Las separó con movimientos ágiles, acompañados de una sonrisa que me paralizó y me hizo ver lo bien alineados que estaban sus dientes. Siguió contándome sobre su afición a no recuerdo qué.  Lo tibio de la saliva en sus dedos hizo que perdiera la concentración. Sonreí nerviosa pero antes de que pudiera decir algo se acercó a mi oído y dijo: deja que mis manos te hablen de mí. Atajé de golpe la alarma en mi cabeza y lo dejé hacer.

Llegó un momento en que apenas podía disimular mis gestos. Sus dedos entraban suave entre mis piernas, alternados con el vaivén de la cuchara que tenía en su otra mano, con la que partía pequeños trozos del pastel de arrayán que había pedido como postre y llevaba de vez en vez hasta mi boca. Su voz seguía estando cerca de mi oído y me contaba algo de su viaje a no sé qué lugar.

Un escalofrío, un movimiento pequeño pero brusco en mi silla y se alejó. Deslizó su lengua por la pequeña cuchara con que partía el pastel y comió mientras sus ojos contemplaban mi rubor.

Todavía me recorre un ligero escalofrío al recordar el sabor de esa miel de arrayán, en medio de esa ciudad de piernas largas que conducen al infinito y que esa noche nos dedicamos a caminar.

 

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