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Amanece, todo reinicia gracias a Tonatiuh. Mi cuerpo resurge de las entrañas oscuras de la noche. La mañana está clara y fresca. Voy a trabajar la tierra con el sol naciente y me encuentro con las calles blancas de mi gran Tenochtitlán.

Mediodía, la plenitud se ha alcanzado. Las semillas de maíz han completado su germinación del día. Me detengo y recojo la coa, pero antes volteó hacia el cielo con los ojos cerrados. Puedo sentir el calor del sol pleno sobre mi cuerpo erguido y recto, le ofrezco la faena y regreso sobre mi coa con gratitud.

Comienza el declinar del día. Recuerdo la obsidiana oscura partiendo el mundo y la existencia. Lo que observo ya no es más que un reflejo, que en su desandar por el cielo, el sol va dejando. Descreo de lo que mis manos realizan o mis labios prueban con el caer de la tarde, pues aquello que es del atardecer pertenece a Meztli. La noche llega con ella sobre el cielo, ya sea completa, menguante u oculta.

Inicia entonces mi descenso en el mundo lunar.

 

Para los mexicas, cuando el sol llegaba a la mitad del cielo, topaba con un espejo negro de obsidiana y comenzaba su desandar. A partir de ese momento del día todo era parte de un espejismo. Este relato trata sobre esa cosmovisión. 

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