Un ramito de violetas, esa canción que en México es ya un clásico de fiestas por parte de Mi Banda El Mexicano, tiene una historia tan trágica como interesante, igual que el trasfondo de la propia canción.

Su autora es Cecilia Evangelina Sobredo, nacida en Madrid en 1948, quien pasó su infancia y juventud en Inglaterra, Estados Unidos, Portugal y Jordania, debido a que su padre era diplomático. Regresó a España hasta 1969. Ingresó a la carrera de Derecho que finalmente abandonaría por la música, cuyas figuras influyentes eran Dylan, Joan Baez y The Beatles.

En 1972 lanzó su primer LP en solitario, alcanzando la popularidad con el tema Dama dama, con letras que eran poco ortodoxas para la época. Fue su segundo album en el que aparecería la canción Un ramito de violetas. El disco fue un fracaso en ventas hasta la aparición del sencillo, con el que se catapultó en las listas de popularidad de ese entonces.

Cecilia no volvería a grabar ningún album más pues murió en un accidente de tráfico en 1976. Por lo tanto, tampoco pudo ver la tremenda fama que logro su sencillo ni la cantidad de versiones que ha tenido a lo largo del mundo, como lo son las interpretaciones de Víctor Manuel, Julio Iglesias, Pablo Milanés, Sole Giménez, Juan Carlos Calderón, Carlos La Mona Jiménez, Natalia Oreiro, Gian Franco Pagliaro, Zalo Reyes y más.

La inspiración fue la obra de James Joyce

La canción surgió como un cuento corto al estilo de James Joyce, uno de sus autores favoritos. Cuando Cecilia lo concluyó quedó insatisfecha con el resultado y cuentan que lo rompió, para más tarde convertirlo en un poema que daría lugar a la canción. “Canción profundamente triste pero de argumento con final agridulce, y estructurada al modo narrativo clásico, con presentación, nudo y desenlace” (Puchades, 2015).

Para Puchades la letra es conmovedora y “más allá de interpretaciones simplistas (la mujer doblegada a vivir sus pasiones en silencio, y Cecilia no iba por ahí en su cancionero), da lugar a distintas lecturas: la principal es la incomunicación de una pareja cuya existencia transcurre en la monotonía y falta de pasión, en la que el marido es incapaz de expresar sus sentimientos y lo hace mediante poemas anónimos, consciente de las ilusiones y felicidad que despierta en ella el saberse querida por un admirador anónimo. Otra, más retorcida, sería el casi buñueliano fetichismo de él al saber que ella vive una pasión amorosa imaginaria e imposible”.

Si escuchamos la versión de Cecilia y la historia de donde surgió la canción, lo que menciona Puchades tiene mucho sentido. Existe un dramatismo espléndido que adquiere un toque trágico en la voz pausada, melódica pero firme de Cecilia. Podemos sentir el aliento de lo que en un principio fue un cuento, que luego se transformó en poema para finalmente quedar fijado en canción.

El ramito en voz de Mi Banda El Mexicano lo cambia todo

¿Pero qué ocurre con la versión de Mi Banda El Mexicano? Lo digo no solo porque en México es quizá la única versión que mucho conocen, sino porque dicha versión trastoca por completo el significado de lo que expresa la canción.

En principio, pasamos de una voz femenina que narra lo que le ocurre como protagonista, y nos vamos a escuchar lo “mismo” pero en voz de un sujeto masculino, donde el protagonista deja de ser la mujer que recibe el ramito de violetas y las cartas, a ser una voz masculina la que nos cuenta a modo de narrador que nos confunde al cambiar la narración-testigo: “era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio”, a una interpelación de tú a tú: “¿quién escribía a ti versos niña, dime niña quién era?”. En la versión de Cecilia no aparecen estos cambios en la voz de la narración.

En esta versión, el conjunto mexicano hace explícito al final que el narrador es finalmente es el mismo marido, ese lejano admirador que le envía cartas llenas de poesías. De modo que con esta versión se cumple lo que Puchades denominaba como la propuesta más retorcida, donde aparecía un “buñueliano fetichismo de él al saber que ella vive una pasión amorosa imaginaria e imposible”.

Lo anterior adquiere aspectos aún más “retorcidos”, si pensamos en la carga que le impone el ser narrada de manos de una banda que representa el estereotipo de masculinidad de fin del siglo XX en México en un sector popular de la población, y que incluso sigue perviviendo con características muy similares hasta hoy.

Un hombre a quien se le ha impuesto una masculinidad rigurosa a lo largo de generaciones, donde expresar lo que siente está casi que vedado; tanto, que llega al extremo de generar un mundo ficticio en donde él puede expresar lo que siente por medio de la escritura, y en donde ella es feliz escuchando-leyendo aquello que anhela, sin importar que dicha fantasía sea casi una emulación de “infidelidad” imaginaria. Mientras todo ocurra en el plano de la imaginación, lejos del mundo real, él como hombre siente que su masculinidad está resguardada.

Sin duda, la canción en sí es extraordinaria; la historia de su propia autora es significativa, crítica para su época y trágica por su final. A la vez, pensar lo mucho que pueda cambiar una versión con unas cuantas transformaciones y en una voz masculina, con toda una carga ideológica de por medio, pone de manifiesto lo problemático que habita en las construcciones sociales que se asumen y se reproducen.

 

 

Bibliografía

Puchades, J. (2015). El cuento de violetas de Cecilia, en El País.

 

 

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