Afirmaba Baltasar Gracián, escritor y clérigo jesuita español del S. XVII: «Si breve, lo bueno, dos veces bueno». Tal vez este pueda ser el principio que mejor defina el cine de metraje corto. En todo caso, sabido es que la adecuación entre tiempo y narración es un deber a considerar a la hora de acometer el trabajo cinematográfico. Esto es lo que ha tenido en cuenta el director mexicano Juan Manuel González para la realización de su pieza Alivios.
En ella nos da cuenta de un episodio donde un hombre de mediana edad se preocupa y ocupa del cuidado de su madre impedida en una silla de ruedas. En consecuencia, una noche organiza el traslado a unas instalaciones balnearias para que su anciana progenitora pueda disfrutar del beneficio de un baño en agua climatizada. Desde un principio, sabemos que ha de hacerlo en el marco de unas determinadas circunstancias, fuera del horario normal. Ya en medio de la alberca, el episodio atraviesa por diversas situaciones que demandan y mantienen de modo permanente la atención de quienes estamos a este otro lado de la pantalla.
En su propuesta, el director regiomontano opta por la eficacia de la sencillez, la sutileza, el ritmo adecuado y la multiplicidad del punto de vista. Así mismo, el uso inteligente del espacio sonoro off, así como del tratamiento visual del agua -elemento ya presente como fondo del título-, con la situación de preguntas indirectas y respuestas lacónicas en boca de la mujer, que nos permiten acceder a su estado de ánimo y preludian su deseo de no ser una carga para su hijo constituyen recursos eficaces que denotan que todo ha sido calculado y medido bajo el concepto del «menos es más», del que también participa un sistema de planificación, tan austero como efectivo. En el mismo sentido, hallazgos notables, tal que el desplazamiento de madre e hijo abrazados convertido en una suerte de danza delicada merced al uso de la música y el ligero chapoteo del agua, suponen, así mismo, instantes poéticos que en su convivencia con prosaicas advertencias, en el momento de su formulación aún de sentido desconocido, contribuyen al progreso del relato.
En su seguimiento, accedemos poco después al conocimiento del cansancio existencial de la mujer, consciente de su inutilidad, y a la contrariedad de su hijo. Sin embargo, cuando este conflicto parece superado y la situación se aventura próxima a un mutuo acuerdo final, sobreviene de nuevo la incertidumbre, ahora de la mano del estímulo sonoro que nos lleva a evocar la información retrospectiva que permanecía en suspenso. Tras este giro, la forzada ausencia del escenario principal por parte del hijo introduce nuevos sentidos que nos interpelan de un modo más directo, incitandonos a abandonar nuestra pasividad espectatorial. La emoción está servida.
Cada cual deberemos gestionar su diálogo interior como sepamos o buenamente podamos. Solucionada la urgencia, de nuevo entre las sombras y las reverberantes oscilaciones del agua, el relato llega a su final. Y, muy posiblemente, de un modo que ninguno de nosotros habíamos previsto. Brillante ejercicio de la mirada que cumple a la perfección lo que preconiza su título. Magníficos en sus interpretaciones, Luisa Huerta, Óliver Cantú y Roberto Cázares. Sin duda, Juan Manuel González, por su también condición de productor, ha sabido rodearse de un nutrido equipo de trabajo competente y eficaz, con Janeth Aguire Elizondo al frente. Bajo su dirección, entre todos han logrado una película redonda, sin duda merecedora de múltiples reconocimientos.
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