Más de una crítico relacionó The plague, la opera de prima de Charlie Polinger con El señor de la moscas de Harry Hook. Y es que las película tienen algunas cosas en común y no sería muy disparatado pensar que Polinger se inspiro, en parte, en el clásico moderno de Hook. 

Las dos película empiezan con sendas tomas en las profundidades de cuerpos de agua, una en una piscina, la otra en el mar. En ambas, la presencia de personas adultas es casi nula, en una tenemos a un entrenador de waterpolo, que no quiere ver los problemas de los chicos a su cargo; en la otra, un capitán de embarcación que cuando no aparece semiconsciente es porque está muerto. En las dos, la presencia femenina es nula o casi nula y sus protagonistas son niños que no rebasan los 15 años de edad. En ambas, habrá un enfrentamiento entre dos bandos de chicos uno ético y otro de moral distraída, como suele suceder en las cosas humanas de cualquier edad y tipo, el grupo de moral distraída será aplastantemente mayor (en número) que el que pretende conservar un comportamiento medianamente ético. Entre otras varias muchas coincidencias estructurales, más no narrativas, que se pueden observar de la comparación de La plaga con El señor de las moscas.

The plague se estrenó en la última edición del Festival de Cine de Cannes, en su sección paralela denominada Un Certain Regard. Posteriormente se presentaría con gran éxito, también, en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña (Sitges) en donde ganó el premio a Mejor Interpretación Masculina, por la actuación de todo el reparto masculino. Una cosa bastante rara que en el recién terminado 2025 vi dos veces, ya que pasó también en el 51 Festival de Huelva de cine iberoamericano con la película Vainilla de la mexicana Mayra Hermosillo, cuyo reparto femenino ganó el premio a mejor interpretación de reparto.

Fotograma de la película

La película sigue a Ben (Everett Blunck), un niño de 12 años con ansiedad social, según las sinopsis oficiales, que acaba de ingresar a un campamento de verano de waterpolo, en donde tratará de integrarse, de la manera menos dolorosa posible, en el grupo de niños con los que comparte todo en esos días: entrenamiento, comedor, habitación, baños, regaderas, todo.

Al ser Ben un chico blanco, simpático, no feo, ni gordo, ni ciego, ni enfermo, y acoger con cariño las convenciones sociales que nos permiten decir que somos normales, no parece tener problemas para lograr dicha integración. A pesar de que tiene por allí un problema de dicción que los chicos, expertos en ver la paja en el ojo ajeno, tal y como se lo han enseñado, por acción u omisión, sus padres en casa, no tardan mucho en identificarlo.

Los problemas empiezan a surgir cuando Ben nota la presencia y discriminación que la manada ejerce sobre Eli (Kenny Rasmussen), un chico que, aunque también blanco, tiene ciertos comportamientos que salen de la normalidad, de la convención social de lo normal; además de sufrir de algún tipo de problema en la piel que le hace tener erupciones bastante notables, en distintas partes del cuerpo. Los niños dicen que si alguien llega a tocar a Eli se contagia inmediatamente de la peste, de la plaga, si no va inmediatamente a lavarse las partes que tuvieron contacto con el niño rechazado, como si fuese un leproso, poco menos.

En este escenario, Ben se enfrenta al dilema ético de seguir confortablemente, —porque lo está— bajo el cobija de la manada de bestiecillas o, hacer caso a su pepe grillo interior, y tratar de “ayudar”, de alguna manera a Eli, ya sea pasando tiempo con él o tratándolo de integrar a la manada. Esto, a pesar de que Eli no parece, en un principio, muy mortificado con él tratamiento discriminatorio de sus “compañeros”.

La plaga fue una de las películas que más me gustó de todo lo que vi en Sitges. Que tampoco fue tanto, porque perdí la primera mitad del festival. En donde se exhibieron las películas que resultaron más alabadas y reconocidas. La cinematografía es muy buena, la estética y el impacto visual es atractivo, con un predominio del azul, como resulta lógico, al tratarse de una historia que habla de una campamento de verano de waterpolo.

Las actuaciones son muy buenas, efectivamente, la de todos los niños. Aunque pienso que entregar un premio de naturaleza individual a un grupo de actores es un despropósito, si entiendo, no justifico, las razones que los jueces tuvieron para hacer tal aberración. Todos los chicos tienen un desempaño excepcional en el largometraje. No obstante ello, el trabajo de Everett Blunck merece mención aparte. Un joven actor que sabe conectar con la trama meterse pleno en el personaje, que sabe reflejar sus emociones, sus sentimientos, sus angustias y sus cambios de estado de ánimo, de manera bastante eficiente, cosa que se dice fácil, pero que para nada lo es.

La otra gran virtud de la película es el diseño de sonido, que también es magnifico. El sonido toma un papel protagónico y sirve de herramienta narrativa, sin ser tan obvio, es decir, sin poner música de miedo, cuando queramos que dé miedo o de suspenso cuando esa sea la intención. Un diseño de sonido muy bien estructurado y mejor ejecutado que, además de ayudar a la narrativa, amplia de manera positiva la experiencia frente a la pantalla.  

Por último, aunque no menos importante, está el mensaje social del largometraje de Charlie Polinger, alguien que, aunque para algunos podría excederse en la crueldad que pueden ejercer los niños en sus relaciones de poder —aunque nada comparado con lo que pasa en El señor de las moscas—, trata de transmitir su preocupación por este mal, aparentemente moderno, del bullying.

Como decíamos, Ben se tendrá que enfrentar a una decisión ética, a diferencia de los demás niños, más primitivos algunos, más malos otros, que parece no tienen muy desarrollada su consciencia moral. Para hacer lo que es correcto o lo que parecería correcto, Ben tendría que salir, en principio, del estado de confort en el que se encuentra cobijado bajo el manto déspota de la manada. 

Una circunstancia en la que nos encontramos todos, todos los días, en diversas situaciones, en la que casi, como regla general, hemos preferido el confort de la manada que hacer lo correcto ¿Cómo exigirle a los niños hacer algo (lo correcto) que los adultos no hacemos?

Fotograma de la película

Por otro lado, aunque las cosas se van complicando conforme la película requiere ser más impactante y escalofriante, en un principio, Eli no parece estar muy mortificado por las actitudes represivas de sus “compañeritos”. Opta, de mutuo propio, por aislarse en las duchas o en los vestidores y pasar tiempo solo, no se ve que eso le cause problema. Es decir, no se advierte mortificación o vergüenza por parte de Eli. Lo que me hace pensar que Eli es un cínico, pero no un cínico de los modernos como los políticos, sino un cínico de los antiguos como el más famoso que conocemos: Diógenes. 

Como ustedes saben, los cínicos adoptaban actitudes no convencionales para provocar a la borregada que se sujetaba al nomos y a los comportamientos alienantes dictados por las convenciones sociales. Los cínicos pensaban que la vergüenza era un instrumento de coerción social y que había que despojarse de ella para poder tener una vida verdaderamente libre y auténtica; única forma de alcanzar la felicidad.

Eli, en un principio, parece ser un cínico en estos términos de valemadrismo, alguien que le importa nada que la “gente normal” lo rechace. Algo que Ben no percibe, Ben juzga la situación desde su perspectiva dominada por el nomos vigente y no concibe otras formas de vivir que las dictadas desde la propia sociedad. Por lo que Ben se preocupa por Eli. Luego, Ben pasará al bando de los vilipendiados por la muchedumbre, pero para él si es importante la aceptación social y en él sí se crea un conflicto emocional fuerte, Ben no puede vivir con el rechazo, el sí siente vergüenza y le atormenta que una bola de niños mal educados se burlen de él, es justo ahí donde la peste, la verdadera peste entra en acción. 

Si Ben fuese capaz de ignorar a la manada de bestiecillas como lo hace Eli. Si pudiese despojarse de la vergüenza, quizás realmente los alcances de este mal, de la verdadera plaga, serían menores. Pero Ben se mortifica, sufre y cae en desgracia. ¿Qué pasaría si todos nos despojáramos de la vergüenza y dejáramos de darle importancia a lo que los demás piensan de nosotros? La mayoría de las convenciones sociales que nos hacen actuar como idiotas perderían vigencia, no sólo porque ya no nos afectaría el rechazo social, sino porque la vergüenza quería despojada de todo poder coercitivo.

Diógenes vivió, dicen, una vida feliz, burlándose de los buleadores de su presente  y del nuestro, poniéndolos en evidencia, ridiculizándolos y enfocándose en las cosas que más importan para ser feliz. El día que enseñemos eso a nuestros hijos, el ethos valemadrista, el acoso escolar perderá toda razón de ser. Por otro lado, si hay acoso escolar es por nuestra culpa, porque la responsabilidad no sólo es del que lo ejecuta, sino que también de los que permitimos que se ejecute.  

Vivimos en un mundo en el que la competencia por el poder, en cualquier nivel, la preocupación por la aceptación social y la vergüenza de ser uno mismo, nos gobierna. Un mundo en el que creemos que tenemos que comportarnos peor que bestias, porque incluso en las bestias hay ciertos códigos, para sobrevivir de la mejor manera. No hemos caído en la cuenta de que la competencia entre nosotros es básicamente un absurdo y la aceptación social otro. Darwin fue perniciosamente mal interpretado, la lucha no es contra el prójimo es contra el medio ¿Para que someternos a sociedades que no nos permiten ser?

El manejo de la enfermedad en la película, de la peste, o lo que sea que produce la dermatitis a Eli, si es que la tiene, es un tanto mañoso, es un instrumento que, a veces, en una película de este tipo se puede permitir. No sabemos, a ciencia cierta, durante toda la película, si la enfermedad verdaderamente existe. Por lo que yo he llegado a la conclusión que es simbólica. La plaga no existe realmente, la plaga en todo caso somos nosotros, las sociedades, la manada de bestiecillas, cuerpos masificados y adoctrinados con pautas de comportamiento, algunas absurdas, que nos someten a intereses superiores a nosotros mismos, la competencia, la aceptación. 

La peste, la verdadera peste, no son ni los granos, ni el acoso, ni el rechazo social. La verdadera peste somos todos nosotros, seres intolerantes y egoístas que renunciamos a toda ética por mantenernos en el confort que nos proporciona la manada. Que, mientras te comportes como quieren que te comportes, no te tratará de destruir. La verdadera peste soy yo, eres tú, que nos atrevemos a juzgar a todo aquel que no cumple con la norma social. Una sociedad que rechaza al pobre, al feo, al gordo, al indígena, negro, al no blanqueado, al que no le interesa la sociedad, ni la familia, ni tener hijos, ni la navidad, ni el dinero. Nosotros somos la plaga.

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