En el recurrente reclamo publicitario del que hace uso un determinado programa radiofónico de la tarde para referirse a su comentarista cinematográfico, que los lectores identificarán al instante, se puede escuchar esta cita: «Hay películas que no es que no me gusten; es que me ponen de los nervios». Sin duda, una manera simpática y atractiva de llamar la atención. Pero también un claro y determinante modo de entender la crítica cinematográfica: como además de no gustarme, me ponen de los nervios, tales películas no son buenas. Algo así como afirmar que las cosas, para que él las apruebe, han de estar hechas a su medida. Curiosa forma de entender los valores artísticos de un filme. Y bien pensado, esto concuerda, a pesar del contrapeso de otras voces presentes en dicha emisión radiofónica vespertina, con cierto grado de testosterona que en ella se respira.

Consecuente con su particular manera de entender el comentario cinematográfico, este «analista» (escasamente dispuesto al análisis) proyecta ahora su mirada sobre Los domingos, afirmando que es una película con la que no consigue comunicar porque no entiende cómo una adolescente puede sentir una vocación religiosa; que, como él no tiene ninguna religión, le cuesta entenderlo. El paradigma de la autoestima: la consideración de su persona como principio y fin de todas las cosas. 

Tal vez, este «crítico» debería -sin por ello renunciar a su particular e inevitable condición de sujeto subjetivo- considerar que aproximarse a las imágenes y sonidos que conforman una obra cinematográfica pasa por medirlos y pesarlos con todas las consecuencias, más allá de que los comportamientos de los personajes coincidan o no con la ideología en la que él profesa.

Los personajes de un filme responden a su propia lógica personal, están condicionados por su sentir, por su biografía, por su momento vital. Es en cosas y causas como estas donde es necesario poner el foco e indagar. Y tanto, si la propuesta es del gusto del observador como si no, a la hora de hablar de ella -de palabra o por escrito- es preciso dedicarle el tiempo que ésta merece, que en buena lógica no debe ser parcial y muy dispar de la conclusión final: si me gusta, me deshago en alabanzas; si no me gusta, lo despacho, nunca mejor dicho, en dos “patadas».

Nada más lejos de con esto afirmar que el aludido comentarista sea un mendrugo, un ignorante o esté escasamente informado. Ni mucho menos. Carlos Boyero es un «personaje» self made man, con muchos años ante las pantallas y en la obscuridad de las salas y una particular cinefilia, un poquito antigua. Un comentarista con una cada vez más depurada expresión escrita, virtud que progresa al tempo que su arbitrariedad. Tal vez, su vehemencia, junto con una inasumida condición de «divino impaciente», constituyen el bosque que non le deja ver los árboles. De lo contrario, en el caso del filme de Alauda Ruíz de Azúa habría percibido la riqueza y complejidad de la estructura familiar, grupo numeroso y heterogéneo de procedencia migratoria en el que habita la protagonista, el condicionamiento de la ausencia materna y las respectivas actitudes: teóricamente buena, en la práctica equivocada, de la radicalizada tía, junto a la de un padre dimisionario de su función, ante la de la de la priora, revestida de una rara ambigüedad; y no se le habría ocultado que es precisamente el convento el único lugar de donde procede la atención y el afecto que recibe tan sensible y desprotegida joven. Y lo que no es menos importante: el telón de fondo del agitado, violento, provocador, pervertido, bochornoso y, cada vez más asumido y falto de respuesta…  contexto social del momento. Todo en el marco de una narrativa acorde, delicada, sutil, respetuosa, eficaz y una inteligente dirección actoral que se traduce en un trabajo coral de espléndidas interpretaciones. Con tales mimbres -incluso desde la correspondiente cota de subjetividad- no debería resultar especialmente complicado configurar el trenzado de un análisis. Y concluir que estamos ante una de las mejores películas españolas de los últimos tempos, que nos muestra un tan agudo y sutil, como lúcido y rotundo, retrato social de la realidad de nuestros días.

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