Fuente: El cortijo de San Benito

Leda aceptó ir a cazar un oso porque la frase apareció antes que la voluntad y el compromiso antes de la cena. «Vamos a cazar un oso» le sugirió él como se dicen las palabras que nadie firma, de las que nadie se responsabiliza en una tarde aburrida. La oración quedó flotando entre ambos, girando como un objeto blando, sin utilidad inmediata. Leda respondió «¿por qué no?» con la boca prestada, sin atreverse a reconocer —al igual que él— que no sabía qué es un oso. 

Y caminaron. El bosque comenzó antes del bosque. Empezó en la lengua, en el momento exacto en que las palabras dejaron de coincidir con los dientes. Cuando entraron, el paisaje no ofreció resistencia: era una acumulación defectuosa de árboles iguales, troncos que parecían haber sido producidos en serie y abandonados después. El suelo tenía la textura de la carne cansada. Al pisarlo, algo se contraía debajo de las suelas, un espasmo de alfombra viva, lasciva, que buscaba el calor de los pies.

—¿Y qué armas usaremos? —preguntó Leda, para comprobar que el intercambio aún funcionaba. Su voz brotó con un brillo metálico, como si hubiera usado cubiertos de plata durante toda su vida.

—Dios proveerá —respondió él, sin mirarla. Sus ojos eran ahora dos monedas de cobre empañadas.

Y sí, Dios proveyó. En el centro del camino apareció una cómoda de caoba que sangraba resina por los cajones y un par de rifles que no disparaban balas, sino adjetivos paralizantes.

—Toma uno —dijo él, señalando las armas—. Si el oso intenta significar algo distinto de lo que es, dispárale.

Leda sopesó el rifle. Pesaba lo mismo que un secreto mal guardado.

El cielo no era continuo: era una bóveda de porcelana trizada, compuesta por fragmentos mal cosidos con hilo dental y grapas de oficina. No había atmósfera, sino una suspensión de gas inerte que sabía a centavo. De las costuras del firmamento caían horas enteras que se rompían al tocar el suelo, liberando minutos viscosos que se adherían a las botas. Leda observó hacia arriba: el cielo tenía manchas de humedad que recordaban a mapas de países que había visitado hacía algunos años y que habían dejado de existir.

—Está empezando a llover —dijo Leda, sintiendo un frío seco.

—No es lluvia —corrigió él, mientras se acuclillaba fingiendo ser un cazador experto que revisaba pistas del suelo—. Es el tiempo que nos sobra. Los osos se alimentan de eso. Si dejas que se te pegue a la piel, acabarás teniendo la edad de una montaña o de un estropajo viejo.

En las grietas del azul, se veían los engranajes de un reloj oxidado que movía las nubes —que no eran vapor, sino jirones de algodón quirúrgico empapados en éter—. Nadie provocaba las desgracias que caían de allí; simplemente goteaban a través de un techo que amenazaba con desplomarse desde una fisura cenital.

El oso empezó a manifestarse como procedimiento. El aire se volvió más espeso, como si alguien hubiera añadido una capa de gelatina transparente sobre sus rostros. Algunos árboles se inclinaban para escuchar, transformando sus ramas en orejas de terciopelo. El miedo no estaba adelante: se había instalado en el espacio intermedio, en la ignorancia de ambos con respecto a lo que buscaban: ese lugar donde antes circulaban frases simples.

—¿Sientes eso? —susurró Leda.

—Es el oso ajustando su gramática —respondió él con presunción, tratando de aparentar seguridad—. Ya no somos sujetos.

Y siguieron caminando. El bosque se reconfiguraba cada vez que Leda intentaba recordar un gesto amable. Los recuerdos mutaban: aparecían sin rostros, con extremidades de más —brazos que terminaban en tenedores, ojos que eran botones de nácar—. El desamor no avanzaba. Se optimizaba como una fábrica de espejos rotos. A ratos, el suelo exudaba huellas que no correspondían a ningún cuerpo presente. Las sombras llegaban tarde o se quedaban bailando solas un vals de hormiga.

Cuando encontraron aquello que buscaban, no hubo reconocimiento. Una masa oscura, irregular, compuesta de restos de frases, saliva seca e intenciones incompletas. No tenía forma estable: a veces era una montaña de lana negra, a veces un hueco con forma de piano. Otras, una película que habían visto juntos.

—Eso es —dijo él señalándolo, y su sombra se separó de sus pies para ir a lamer la masa—. A eso lo llamaremos oso.

El nombre fue aceptado sin resistencia. Todo el mundo lo aceptó. El recién bautizado no reaccionó ante la presencia de los invasores. Su función ya estaba en curso: devorar el significado de las cosas. En algún punto del cielo, un zeppelin, un Hindenburg hecho de pan quemado comenzó a arder desde 1937  soltando cenizas que tenían el sabor de las cartas de amor no enviadas.

El bosque empezó a ajustarse. Los árboles rotaron, revelando que sus reversos eran paredes de una casa en ruinas, empapeladas con periódicos que daban noticias del futuro. En silencio, el oso se colocó entre Leda y él. No tenía ojos, pero redistribuía las miradas. No tenía boca, pero absorbía las palabras antes de que terminaran de ensamblarse.

—Eso es —dijo él. Su rostro comenzó a borrarse, convirtiéndose en una superficie lisa como un huevo de porcelana. Quiso decir, “eso es un buen oso”, pero en realidad no era un buen oso. Era un oso, simplemente. 

Leda intentó moverse, pero avanzar y permanecer producían el mismo resultado. El bosque comenzó a generar versiones defectuosas de ella: una mano autónoma, una voz que recitaba la lista de la compra en latín. No era castigo. Era reemplazo funcional.

Eso se acomodó dentro de su nuevo nombre con precisión quirúrgica. Sus costillas se convirtieron en los barrotes de una jaula donde se sentó a esperar. Leda quedó afuera. Observó cómo su lugar adquiría estabilidad, cómo la ausencia se volvía eficiente y pulcra. ¿Y el arma? ¿por qué no la usó? podría preguntarse cualquiera. Pero yo los reto a reaccionar teniendo a un oso frente a sí.

Afortunadamente para ella sólo el oso había sido bautizado, y él carecía de nombre. Era sólo un pronombre vacío, supeditado al acto de enunciar. Podía ser cualquier amante. Sin embargo, Leda no se dejó borrar. Ella sí tenía nombre. Al notar que éste caía al suelo, se agachó y lo recogió asustada. Estaba frío y vibraba como un insecto moribundo. Se lo metió en el ojo izquierdo, usándolo como una lente. Entonces vio la costura principal que unía aquel teatro de pesadilla. El bosque, el oso y el hombre sin rostro eran un solo tejido de lana agria.

Leda metió la mano en la caja torácica de él —ahora una vitrina de museo— y agarró la palabra «Vamos». Tiró de ella con la rabia de quien destripa una almohada.

El sistema se colapsó. El cielo de porcelana se desprendió en placas de yeso. El oso se deshizo en botones y agujas, en mullido peluche. Él se convirtió en un montón de perchas vacías. El bosque se encogió hasta ser apenas una mancha de humedad en una pared.

Leda no regresó. Sembró los jirones de su sombra en la blancura absoluta del no-lugar. De allí brotó una selva de guantes de terciopelo que buscaban acariciar un cielo de papel de fumar, donde los pájaros eran agujas de reloj que volaban hacia atrás. Construyó su morada con paredes de agua sólida y un suelo de pétalos de labios que susurraban secretos sin dueño.

En lugar de sol, colgó una lámpara de araña de lágrimas de cristal. Muy elegante, tal y como a ella le gustaba. El oso, ahora transformado por su voluntad, no era una amenaza, sino el tapete que la recibía cada tarde, cuando se desnudaba manteniendo sólo un collar de perlas en el cuello. Tapete sediento que recogía tanto su sudor como el de su amante sin nombre al hacer el amor. 

—¿Estás cómoda? —pareció decir su nuevo amante sin nombre; o quizá lo dijo el tapete-oso bajo su peso.

Leda no respondió con palabras, sino con un parpadeo de su ojo-nombre. Se sentó en su trono-sombra y abrió la mano. La última letra de su nombre, una «a» minúscula y cansada, salió de allí y se transformó en una mariposa-hojalata que se perdió en un horizonte-papel. Quizá en algún momento Leda la llame también “oso”. Quizá. Y quizá también en algún momento invite a otro amante a cazar un oso para que él ya no regrese. Quién puede saberlo. 

Lo que sea, finalmente será por mero gusto. Ya no necesita cazar nada. El silencio, por fin, le pertenece por contrato.

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