Río Li. Susurros del río Li, China.

Uno

Cristal

Dijérase el remo para hacer avanzar la barca, parecida en mucho a una brote color ceniciento. Pueden apreciarse los troncos ajustados seguramente con soga o alguna otra clase de atadura. El buen tino dicta que este hombre, un chino, ha sido capturado por la cámara en un primer plano. Pero de espaldas, hacia la parte inferior del plano. ¿será una escena calculada? ¿o lo será de la furtiva acción de un cazador de imágenes? Ha capturado el instante. Gota que cae, se toma entre los dedos. La toma es desde el envés, su torso de espaldas, mirando hacia las montañas. Aves se posan sobre los extremos seguramente firmes de la madera que sostiene sobre sus hombros. Una está más cerca de su cabeza que la otra, como si sintiera mayor confianza en ese hombre que la otra, que experimenta algo de recelo. O quizás se ha apartado por comodidad, quién puede saberlo. Los animales responden a instintos. La imagen transmite belleza. Pero tiene algo de fantasmal por su color. El río no es azul. ¿Qué aves serán? Están erguidas, firmes, seguras, orgullosas, son de tamaño mediano. Parecen dóciles. Sugestivamente, acompañan al hombre como si se trataran de mascotas. Tal es la calma del río Li, de China, como una caricia sobre la piel tersa. Su superficie da la impresión de una llanura. No presenta relieves ni concavidades. No se agita. No hay olas ni ondas. Causa más la sensación de un lago que de un río. Tiene la sutileza de ciertos pétalos. Tal es la calma de este hombre, que no guarda remolinos en su mente. O no lo parece. Tal es la calma de estas aves, que precisamente al ser tan mansas, se mantienen en ese estado porque nada las amenaza. Tampoco nada pareciera amedrentarlas. Nada las perturba. Las aves se mantienen en una suspensión etérea, aunque no vuelven. Paralizadas, no están embalsamadas. Están vivas. Si bien no están volando, están en esa inmovilidad sugiriendo que nada afecta ni su descanso, ni su permanencia sobre el remo del hombre sobre el río Li. Esa inmovilidad, prácticamente una suerte de parálisis, como si estuvieran esculpidas sobre el barro del río Li, denota una sensación, para el espectador de esta fotografía, que alimenta un estado de ánimo sereno. El color gris predominante en la fotografía: el de las ropas del chino, el de las aves (algo más oscuras, casi negras, podría decirse), de la barca (que ha sido construida con madera de árbol, digamos, parecido al color del carbón). Todo en esta imagen del río Li,  salvo quizás la luz del fondo, del otro pescador que irrumpe en la fotografía, con su lámpara o su farola inesperada. Su estampa más pequeña, casi invisible si no fuera porque la luz lo hace resaltar en un gris sobre brillante de iluminación como un estallido mundo esculpido con el que hace contraste. Eso es lo que rompe con esta heterogeneidad del gris ceniciento. O bien el cielo, cuya claridad, probablemente en pleno amanecer, hace su irrupción, al estilo de la claridad a través de un cristal, sobre estas ¿aguas tan serenas, tan calmas, que no parecen un rio? Sino un camino, un sendero, un espléndido espacio a través del cual uno podría caminar sobre las aguas porque parece una sustancia compacta de tan nítida. Las aves podrían desplazarse. Con sus vuelos rasantes, suelen pegar pequeños saltos sobre las aguas, agitando las alas y a su vez agitando las aguas de río Li. Agitando las patas. El ánade real lo hace. Y varios peces pescadores también. Dan el vuelo rasante para cazar su presa. Sin embargo estas aves parecen animales domésticos. De hecho diera toda la impresión de que lo son. No caben dudas de eso. Están paralizadas, no de miedo, no de frío, sino por propia voluntad, por tranquilidad de ánimo, de estado (mejor), junto a un hombre que no consideran un peligro sino probablemente un amo. Este chino del río Li ha sacada a pasear a estas aves. No a pescar. Juguemos a que su profesión, como de hecho sí existe en China, consiste en ser un paseador de pájaros. Pues lo hace. Pues lo está haciendo. Y lo hace bien. Porque no lo hace en jaulas. Lo hace de un modo que logra que ellas confíen en él. Se confíen a él. Las conquista. En cada extremo de su remo, el que lleva sobre sus hombros, hay un ave. Este chino también se mantiene incólume frente a lo que supone sostener un remo durante mucho tiempo. Permanece, está, existe, soporta. El remo no parece pesarle como si fuera una barra de metal. Su torso no está agobiado. Con levedad también la barca se desliza. Aunque sea muy lentamente. Pero lo hace. De modo que frente a la tranquilidad del agua, el modo en que el agua la mece, la tranquilidad de las aves, la tranquilidad del chino, todo diera la impresión de un espectáculo impactante para un occidental acostumbrado a la gente ruidosa, los lugares agitados, los yates, los espacios con aguas movedizas, las piscinas incluso, los cigarrillos, los gritos, los altoparlantes. Y, sobre todo, lo peor: los teléfonos celulares. A este río, bajo esta luz, no sé si se viene a estar en paz. Simplemente se viene. Si se viene a trabajar. A ganarse la vida. Digamos que se llega. Porque el lugar es así. No se lo elige. Se trata del ámbito concreto, espontáneo, de paisaje perfecto para la quietud de los pensamientos cuando es el momento de la reflexión. Pensemos en que el hombre también desea meditar. Tanto se habla de China y de sus técnicas de meditación, de respiración, de relajación. Motivo por el cual la presencia de las aves no lo incomoda, no lo molesta, no resulta invasiva a sus ojos. Están integradas a su universo. Ambas son, en cambio, una compañía. Una amable compañía en la cual él se siente alguien que ha arribado a un espacio, a un ámbito, a una circunscripción que le estaba reservada. Un espacio que en el que no es necesario refugiarse. Uno simplemente llega con sus pájaros. O bien sus pájaros lo esperan, lo alcanzan, lo buscan porque ya saben quién es, lo identifican, como si tuvieran olfato, y él los recibe en su remo. Los aloja en su balsa porque está trepado a ella. ¿Amanece? La luz, la claridad, esa imagen tan plástica que rebota o se derrama sobre las aguas como una leve pincelada de belleza. La copa esponjosa de los árboles. En el fondo ¿alcanzan a verlas? las riberas del río. Las orillas que son como los labios de una boca. O bien los bordes del gajo de una fruta ¿la tierra o la arena? El agua que recibe a la luz. Y sin embargo el hombre que vemos al fondo, que se encuentra allí, más atrás, lleva su farola. ¿Estaremos en el atardecer, la hora de los adioses, la hora de las transiciones? Claro que, bien mirado, todas las horas son las horas de las transiciones. Todas nos conducen hacia otras horas del día, otros momentos culminantes. Como un destino. Mañana. Media mañana. Mediodía. Media tarde. Tarde. Atardecer o crepúsculo o puesta de sol (como mejor prefieran). Noche. Medianoche. Madrugada. Amanecer. Un ciclo. Como el de las estaciones, así mismo es el del día. Como el destino al que conduce a estos dos hombres chinos, cuando se detengan en la orilla, apaguen o enciendan más farolas (otras, más o menos poderosas, más o menos idénticas). Lleguen a sus hogares. Sean recibidos (o no) por sus familias. Cenen el pescado que ese día lograron hurtar al río o como una ganancia. Y las montañas, que fueron el marco de esta postal magnífica, pictórica, del río Li, serán también las formas que queden en la memoria, en la retina de quien ha contemplado la fotografía en detalle. Lo que no logro discernir es el vínculo entre estos dos hombres. Ambos son pescadores. ¿compiten? ¿son aliados? ¿se ignoran? ¿conviven apaciblemente? ¿son compañeros, camaradas? ¿cuidan su territorio? ¿son acaso parientes? ¿padre e hijo? Río Li, aves, chinos, botes, balsas, remos, farolas, orilla, ramajes, plantas, sol. Sol negro. Una noción de conjunto que, exquisita, nos transporta a la imaginación transparente de un universo de cristal.

Dos

Fuego de día

Esta barca está llena de luz, colmada de reflejos que sin embargo una cierta opacidad disimula. Se trata de una luz opaca. Una suerte de niebla cubre el mundo. El hombre, acompañado por las tres aves (podrían ser cuatro, a una no logro discernirla), deambula por el río Li. El río Li se desliza, él se desliza por el río Li. Hay tres cerros. Hay tres cerros como hay tres aves ¿lo habían notado? Son correspondencias interesantes. Peo hay un solo hombre. Y una sola barca. Estoy viendo esta imagen tan llena de un color que bien podría parecerse a la gama de los naranjas. Claro que la barca, las tres o cuatro aves, las tres montañas, las plantas o bosques, el remo, el sombrero, su copa, sus ropas, se oscurecen con motivo de que el sol se está poniendo. Pega contra el costado que la cámara no está tomando. El sol posee esa amena claridad propia de un astro que no encandila en este preciso momento. Como podría ser la luna. La luna es un astro amistoso. No es estridente. Un astro que simplemente nos prepara para iluminarlo todo durante un tiempo prolongado del día sin ser obstáculo para el sueño con rayos extremadamente potentes (lo que obligaría a cerrar las ventanas con postigos o bien con cortinas o  cortinados o bien con persianas, esas películas de madera o metal tan ociosas pero que brindan tanta seguridad en las ciudades, sobre todo). Sin embargo este sol que se pone, que lo hace tan lentamente como la balsa, que progresa sobre las aguas del mismo modo en que caminaría un anciano en el final de su vida, sin apremios, sin posibilidad de apremios, sino más bien en una detención de su vida. Una escena que se paraliza. Diera toda la impresión de que este hombre podría estar rumiando sus pensamientos. Con las técnicas orientales que precisamente preparan a los hombres y a las mujeres a rutinas en las cuales no es necesaria la prisa. Sino más bien progresar por el mundo, avanzar por el mundo, sin arrasarlo. Como el agua del río Li. Sin pensar en que el mundo es un espacio que debe ser arrebatado. Agitado. Movedizo. Inquieto. Alocado. El mundo es un espacio por el cual, como si estuviera humectado, la mano del hombre, el cuerpo del hombre cuando toma el paso, el brazo del hombre cuando captura algo entre sus manos y está tenso pero suave a la vez. ¿Qué más puede apreciarse en esta imagen tan sutil? Un farol apagado. Un poco viejo, destartalado o en malas condiciones. También se aprecia el sombrero, lo que permite inferir que este hombre debe cubrirse del sol. Debe estar protegido a cierta hora del día de los rayos que encandilan, que queman, que provocan irritación en la piel. Que nos hacen correr el riesgo de insolarnos. Pero también del brillo del sol. Una dimensión bella de ese astro sobre las aguas. Es cierto que junto con él llega el calor sobre el rostro, sobre el cuerpo, sobre la frente en especial, que comienza a sudar. Pega en la espalda. Podría provocarle de otro modo un golpe de calor. O podría quemarlo tanto, al punto de que no pudiera salir a pescar al día siguiente. En el colmo del daño, producirle ampollas. Y eso le impediría ganar su salario, consistente en pescar para luego vender el pescado. O bien no necesariamente un salario, pero sí alimentarse él, con el resultado de su trabajo en el río Li, de China. Hay una luz, no sé si la distinguen. A la derecha de la imagen. Pegada a la barca. Un estallido de luz producto del sol, un chisporroteo, pero que bien podría no haberse reflejado en el agua. O bien podría no haber quedado registrado en la fotografía. El sol deja, plasma su huella en la corriente del río Li, río/espejo, capturado por la cámara de quien está mirando de este lado de la imagen plástica. ¿Será un turista? ¿será un fotógrafo profesional que ha elegido cuidadosamente lugar, horario, distancias, movimientos del hombre del río Li, perfil, desplazamiento de la barca a una cierta velocidad, el contraste que se produce entre ese hombre que habita la barca del río Li, con sus tres pájaros? Será alguien que ha estudiado sus movimientos durante varios días hasta desentrañar cuál era el mejor momento para registrarlo (¿sus mascotas? ¿sus ocasionales visitantes? ¿sus ropas? ¿su cesta?). Regreso a esa duda, ¿estarán siempre junto a él esas aves? ¿o solo se posan al azar, para detenerse durante la jornada, cansadas del vuelo. Pienso que ese hombre va pensando que ya quisiera estar en su casa. Un momento, unos momentos más y el sol se pondrá. Las aves se posarán sobre los árboles ¿de su casa? ¿llegarán volando al día siguiente? ¿habitarán el techo de su hogar en donde empollarán sus huevos hasta que sus pichones crezcan en tanto él los alimenta? Hipótesis, hipótesis, hipótesis. Este universo/Li me provoca una enorme sensación de extrañeza. De incertidumbre. De una deslumbrante serie de interrogantes por lo que sugiere pero no confirma. No se parece a nada que suela ver en Argentina, mi país. En La Plata, mi ciudad, este paisaje/Li sería algo inverosímil. Tampoco uno que haya visto en los países limítrofes al mío. Esos sombreros, tan típicos y al mismo tiempo que uno ha visto tantas veces en films o bien en fotografías de estos panoramas en otras imágenes. Incluso en pinturas orientales. En imágenes orientales. Estas barcas. Este río inmóvil. Junto al río inmóvil. El río diera la impresión sin embargo por su color de una especie de reflejo del fuego. De un fuego. No de noche, claro está. De fuego de día.

     Este es un paisaje no salvaje. Pero sí diría que se trata de un espacio que no es urbano. Sí diría, firmemente, que es un paisaje natural. De eso no cabe la menor duda. De otro modo habría mucho ruido, sensación de impacto, shock que produce la visión de unas luces de todos los colores, de los espasmos de la civilización en desplazamiento cuando se encuentra en estado de ebullición. La civilización a los occidentales nos ha engullido. Y en cambio este momento en el río Li es todo lo contrario. Es la diferencia, para buscar un símil, entre un baño de inmersión y una ducha. Esta imagen, la toma que puede apreciarse del río Li que observo ahora, que ustedes pueden apreciar ahora, sería un baño de inmersión. Y largo, extenso baño de inmersión. Carente por completo de toda forma del apuro. Un espacio en el cual las personas se deslizan por el mundo dejando un residuo que consiste en una estela apenas perceptible en el agua. Apenas susceptible de ser imaginada por una mirada. El remo no agita el agua, no da un golpe seco sobre ella. No. Simplemente el hombre toma su remo, lo empuña y con él lo que hace es impulsar su bote, su barca, su balsa (¿cómo definirla según términos occidentales?) hacia una zona inescrutable por lo pronto para nosotros. Las aves puede que salgan volando al tocar él la orilla. Puede que permanezcan en la barca ¿por qué no? ¿quién puede saberlo a ciencia cierta? Hasta el día siguiente. En que el sol irrumpa en el mundo, hiriendo su perfección. 

Tres

Canta

El hombre toma delicadamente con sus manos tersas (no hace falta para su trabajo tener las palmas gastadas, ásperas, lo que no conviene, entre otros, par a el momento del amor, por citar un ejemplo) el remo. Tal vez sea un remo. Puede apreciarse el brillo sobre las aguas. Un brillo que en este caso diera la impresión de mojones, que se distinguen los unos de los otros. No hay nada demasiado explícito pero sí mucho sugerido para imaginar. Además de ser un pescador ¿cómo se llama este hombre? ¿cuál es su apelativo? ¿les gustaría que lo nombráramos o bautizáramos como Lei An Po? Ese podría ser un nombre que, no sé si acorde o no a este hombre chino, pero es una clase de nombre que los chinos suelen habitualmente usar con tres expresiones. Nombres y entiendo que apellidos. O estirpes. O genealogías a secas. O familias. Así podría designarlo, para que no todo sea anónimo en este cuadro tan perfecto que es la fotografía en su quietud. Es la imagen de un momento paralizado. No exactamente de una fotografía. No. No me refiero a eso. Me refiero a que se trata de un instante en que el universo todo queda suspendido. Una clave de bóveda porque si sabemos mirar en este imagen, se nos revelarán muchas cosas. Si se fijan hay una luz central sobre el río, que diera la impresión de partirlo en dos como una grieta. Una hilera incandescente. Dos ríos. El río de dos corazones. Como el cuento de Heminway. Y luego está el sol. Con sus rayos por entre las montañas. Parecido a lo que es: una estrella. Irradia comosi fueran triángulos. Una luz que da toda la impresión de abrirse paso por entre las rocas. Una luz estelar ¿prefieren que la llame así? Una luz que impacta sobre las aguas, encandila al espectador de la fotografía porque tienen mucho brillo, al igual que el sol. Hay un ave, nuevamente. En el río Li los pescadores llevan a pescar a sus aves. No las tienen apresadas en jaulas. Sino que ellas, en libertad, van a sus hogares a ser alimentadas por trozos de pan o trozos de pescado, si son carnívoras. O quizás se alimenten de  lombrices. Tal vez las aves se domestican lentamente. Van ganando confianza frente a ese hombre que no solo no les hace daño, no las espanta, sino que las cuida brindándoles alimento. Sacándolas a pasear. Velando por ellas. En este caso, como en casi todo el resto, salvo en la primera fotografía, se trata de tres aves. Para ellas la nave se trata de un espacio de protección. No de terror o de pánico. Les otorga esa cualidad que hace noble a un hombre. No aspira a la sumisión de las aves. Sino que las inviste de un poder, de un atributo propio de seres que él adora. Como ídolos. Como en China. Que la naturaleza es adorada. Ustedes saben. En Oriente hay animales a los cuales se los venera. Las aves, pese a la sombra, tienen las alas extendidas. Hay gatos que son adorados en Pekín, como lo fueron en Egipto. La expansión de sus alas es apenas perceptible. Pero no porque vayan a echar volar. No. Simplemente porque se abren como un flor. Como una corola. O como cuando un hombre se despereza. O da un bostezo. O como cuando una ciudad entra en actividad. Se trata de un caso especial porque estas aves acompañan al hombre. Él entiendo que se sentirá menos solo si está con sus aves. Si está acompañado por sus aves. ¿Es él el que ha sacado a pasear a sus aves o son ellas las que han sacado a pasear a su amo, estimulándolo para que se despertara y saliera de su casa, de ese encierro en el que la pereza lo tenía confinado? Ellas han actuado a modo de disparador de un conjunto de medidas que ha puesto  en acción este hombre. Si siente que hay aves que se confían a él. Y él confía en ellas. Todo es serenidad en esta imagen que bien podría ser un cuadro si no tuviera tanto brillo, circunstancia que para plasmar un cuadro oriental (pero no una fotografía) no me gusta. No me agrada el brillo. En pocas circunstancias los brillos me han gustado. Muy por el contrario, no recuerdo, para no faltar a la verdad, ninguna clase de brillo que me haya agradado. Me provocan rechazo las ropas brillantes. Las joyas. Las lentejuelas. Ciertas pinturas que se ponen las mujeres. Se trata de puntos de vista. De un gusto. De apreciaciones. Es cierto. Escasamente me gustan los colores brillantes. Me gusta la  luz de luna. La luz del atardecer o del amanecer, cuando aún no ha nacido el sol. Me gusta el sol naciente. No el sol nacido. Pero sí me gusta el sol que se ha marchado. ¿Recuerdan esa frase “país del sol naciente”, referido a los orientales? China es un lugar lleno de inminencias. Pienso. De un momento a otro esta barca se acercará a la orilla. Tocará la tierra. Pienso. Esta barca quedará inmóvil en lugar de desplazarse sobre las aguas. En un embarcadero. Pienso. Este hombre descenderá de la balsa. Pondrá pie en tierra. Será alguien que ya no está flotando, bogando sobre las aguas sino alguien que se está desplazando apoyándose sobre el césped, sobre la hierba, quizás hará un alto para descansar apoyándose contra un árbol. Apoyará su espalda, algo encorvada por el trabajo del día, contra la corteza. Las dorsales se estirarán. Las cervicales se mantendrán también más extendidas. Su espalda estará recata. Su torso firme.

     Ahora sin embargo la fotografía lo plasma montado en su barca. Él, no sin prestar atención, se detiene en donde sospecha puede haber peces. O donde puede haber más peces que en otros lugares. Elige. Procura seleccionar las zonas más fecundas. Las más pobladas. Aquellas en las que ha percibido en el agua transparente a algunos de ellos. O algo más claro aún, un movimiento en el agua que delata la presencia de los animales. Pese a ser el atardecer, hay momentos en que hay ciertas especies que salen de sus guaridas de noche o al atardecer. Se mueve el agua. Son las horas en que el sol se ha puesto o se está poniendo, pero él con su farola está en condiciones de determinar cuál será el momento adecuado, el más firme, en que pueda capturar un pez. O varios de ellos. El gran pez. Luego de pescarlo lo guardará en un gran cesto de mimbre, entretejido por una mujer de la aldea. Lo ha pagado en cinco yenes. Al pez le pegará un golpe con palo, pesado y sin relieves, de esos rígidas, tallados, para que deje de agitarse y de sufrir por falta de oxígeno. Y se lo llevará a su casa. Pero ¿acaso vieron la cantidad de cerros en esta fotografía? El relieve de esta parte del río Li es uno de los más escarpados.

     Los pescados de hoy, su cosecha, ¿serán su cena de esa noche? ¿los salará para que de ese modo pueda durarle más tiempo la carne del pescado? ¿los cocerá en alguna comida deliciosa? Lo ignoramos. Imaginemos que el hombre del río Li está hambriento (ha tenido una jornada entera de pesca o acaso de navegación, a secas, aunque haya realizado alguna pausa), agobiado, y pese a que hay horas del día en que descansó porque no pescó ni buscó hacerlo. Pese a que el río no es picado sino las aguas tan inmóviles como piedras. Las aguas lo predisponen al descanso. Hará sus ejercicios espirituales, propios de su religión. Encenderá un pequeño tacho en el que ha puesto unas hierbas que despiden un aroma que espantan a los mosquitos (no ha logrado dormir con comodidad durante tres noches seguidas, está somnoliento, producto de la falta de reposo, le falta reposo, con motivo de las picaduras) para de ese modo poder reponerse hasta la jornada siguiente.

     Bebe un vaso de agua El agua es transparente porque es del arroyo que está solo a unos metros de su cabaña. El agua canta. Él lo cuida y no lo ensucia con nada. No arroja en él basura. Apenas remoja su ropa un poco para lavarla. Se sirve de unas hierbas especiales que sirven para lavar la ropa, naturales, y dejarla perfumada sin arruinar el agua con sustancias tóxicas. Se moja el rostro. Se sienta en la ribera del arroyo. Introduce un pie en el agua. La siente fresca. Luego introduce el otro. Descansa ambos pies en la corriente. Las plantas se sueltan. Es reparador ese movimiento. Es suficiente. Es lo que necesitaba para recomponerse de un día de radiación solar. De estar remando. De estar prácticamente todo el día de pie sobre la balsa con sandalias que pese a ser cómodas en cierto momento comienzan a molestarlo. Le aprietan. Le dejan marcas. De pronto, en un vuelo rasante, ve a sus aves que tocan el arroyo, beben del pico unas gotas, y se dirigen al techo de su casa. Se siente conmovido. Procura recomponerse del movimiento del remo que lo obliga a impulsarlo con sus pies. Le duelen los brazos. Por lo tanto siente su cuerpo. Siente un cuerpo que ha hecho esfuerzo. Sus pies se mueven en el agua. Percibe que su temperatura no es la temperatura del agua. Percepción. Captación. Sensación. Hasta que finalmente se rinde al mundo. Se rinde al universo. Mira las estrellas, más radiantes que nunca. Y pronuncia la plegaria que se ha guardado no digamos todo este día, sino la vida entera. El mundo por fin estalla. Y él es por fin feliz.

Las imágenes fueron extraídas de la web y enviadas por el propio Adrián Ferrero.

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Se diplomó como Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Es escritor, crítico literario y periodista cultural. Publicó libros de narrativa, poesía, investigación y una compilación de narrativa argentina contemporánea en carácter de Editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente es Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), distinguido con una Mención por la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU. y en libro en traducción al inglés. En México se difundieron cuentos de su autoría, así como artículos críticos. En revistas de México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos, a los que aportó sus prosas poéticas. Numerosas series de poemas se publicaron en revistas de cultura en español de Nueva York. Colabora habitualmente con revistas académicas y de cultura de EE.UU., México y Argentina. Obtuvo tres becas bianuales de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de su Universidad. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile. Realizó cinco audiotextos con el músico Agustín Espinosa. Su obra obtuvo premios y distinciones internacionales, nacionales, provinciales y municipales.

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