Fuente de imagen: Lógara Colección

Leda y yo teníamos al deseo encadenado en el sótano. Gracias a eso podíamos comer usando cubiertos finos, doblar las servilletas sobre las piernas y dormir ocho horas seguidas sin despertar sobresaltados en mitad de la noche. También podíamos hacer el amor sin arrancarnos la ropa ni lastimarnos. Fue demasiado fácil atraparlo. Debimos sospechar desde el principio que había una trampa.

—¿Crees que aún siga despierto? —preguntó Leda una noche.

Yo escuché unos segundos antes de responder. Desde el sótano subía apenas un roce metálico, como uñas contra tuberías. Sabía que la pregunta que Leda no se atrevía a formular era “¿Crees que aún siga vivo?”

—Seguro está bien —dije.

Pero ninguno de los dos parecía convencido.

Al principio tiraba de sus cadenas día y noche. Los vecinos golpeaban las paredes. Una anciana del departamento contiguo dijo que escuchaba llorar a alguien debajo de su cocina. Después el deseo fue perdiendo la voz y el ánimo. O quizá comprendió que el silencio podía hacernos más daño.

Lo alimentábamos por culpa. Bajábamos juntos. Dejábamos platos sobre el último escalón y esperábamos arriba, oyendo las cadenas arrastrarse y después cómo algo húmedo y desesperado devoraba en la oscuridad.

—No lo mires —decía Leda.

—¿Por qué?

—Porque empieza a parecerse a nosotros.

Después dejamos de bajar con frecuencia. La vida comenzó a ordenarse sola. Aprendimos a conversar sin herirnos. Dejamos de besarnos en lugares públicos. Ya no acariciaba las piernas de Leda mientras conducía. Ya no existía esa necesidad absurda de abandonar la ciudad, cambiar de nombre o desaparecer juntos durante semanas. Ya no me excitaba subir o bajar el zipper de su vestido azul mientras rozaba la piel de su espalda. Por su parte, Leda organizaba los libros por tamaños; dormía a las diez de la noche. Acudía a las juntas vecinales.  Nos convertimos lentamente en personas razonables.

Y sin embargo algo se estaba pudriendo.

A veces me detenía en mitad de la calle para revisar los bolsillos: las llaves, el dinero, las identificaciones. Sentía un miedo inexplicable a haber perdido algo importante. No los objetos. Otra cosa. Una parte de mí que alguien pudiera recoger del suelo y reconocer.

Cuando regresaba a casa encontraba a Leda inmóvil, colocando una oreja contra las paredes, o ensimismada en las penumbras. 

—¿Qué haces?

—Escucho.

—No hay nada.

Ella tardaba demasiado en responder.

—Exactamente.

Dejó de cerrar la puerta del baño. Posteriormente prescindió de la ropa mientras se encontraba en el departamento. Yo observaba su cuerpo desnudo y perfecto desplazarse con una serenidad insoportable. Ya no sentía deseos de masturbarme frente a la foto donde se muestra desnuda y que se encuentra en el baño Ya no deseaba poseerla. Tampoco sentía tristeza. Era peor: sentía alivio. Como si por fin me hubieran extirpado una fiebre antigua.

Una noche desperté por un ruido metálico. No provenía del sótano.

Leda estaba sentada al borde de la cama, mirando hacia el pasillo oscuro.

—¿Lo escuchas? —susurró.

Entonces oí el sonido otra vez: una cadena arrastrándose lentamente sobre la madera.

Encendí la lámpara. El pasillo estaba vacío.

—Se soltó —dijo ella.

—No, no puede soltarse.

—No: nunca estuvo encerrado.

En efecto, el deseo nunca había intentado escapar realmente. Su fuerza inicial, los tirones desesperados, los lamentos nocturnos, habían sido apenas una representación destinada a tranquilizarnos. Necesitábamos creer que habíamos vencido algo peligroso. Mientras nosotros celebrábamos nuestra nueva calma, él aprendía pacientemente a vaciarnos. Se dejó encadenar porque sabía que tarde o temprano comenzaríamos a cambiar: habitaciones limpias, cuerpos tibios, conversaciones sin sobresaltos. El deseo no quería destruirnos de inmediato. Quería enseñarnos la comodidad de vivir sin él, porque sabía que, una vez amputada esa fiebre, terminaríamos buscándolo de nuevo con una desesperación mucho más dócil y definitiva para someternos de forma vitalicia, 

Bajamos al sótano.

El olor era insoportable. La bombilla parpadeaba. Las cadenas seguían sujetas al muro.

Pero vacías.

Leda comenzó a llorar en silencio.

—¿Dónde está? —pregunté.

Sentí un terror más grande que el de cualquier persecución o monstruo. Porque arriba, en el departamento, ya no quedaba nada capaz de llamarlo de vuelta, de contenerlo.

Leda comenzó a llorar.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunté.

Ella levantó la mirada hacia mí. Tenía los ojos hundidos, exhaustos, como si hubiera envejecido años en unos segundos.

—Esperar —dijo—. Estará con nosotros cuando terminemos de vaciarnos por completo.

Y mientras subíamos otra vez las escaleras, escuché algo respirando lentamente dentro de las paredes de la casa, en las tuberías, en el aire, en nuestra sangre, en nuestros genitales, extendiéndose con suavidad hacia nuestra habitación.

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