En Rabenbruck, las personas, desde la infancia, éramos obligadas a contemplar el futuro. En el colegio se nos sancionaba ordenándonos que se retiráramos a un rincón, y allí, con los ojos perdidos, nos enfrentáramos a escenarios y personajes anticipados. Cuando terminaba la sanción, los infractores regresaban con lentitud a sus actividades, algunos temblando, otros llorando. Los profesores, por su parte, emitían un certificado. El documento describía la fecha y la duración del castigo, así como recomendaciones a los padres del revoltoso para evitar nuevas reprimendas. Algunas empresas también sancionaban de esa manera a sus empleados; el gobierno mismo aplicaba ese tipo de castigo a los ciudadanos. Al igual que en el caso de los infantes, también se emitía un certificado dando cuenta del castigo (ignoro si en alguna otra ciudad de Alemania se llevara a cabo una actividad semejante). Mi padre, ya adulto incurrió en faltas que ameritaron ese tipo de castigos. Conservó varios de esos certificados que daban constancia en una carpeta gris que guardaba en el armario del recibidor. Cuando murió, encontré la carpeta mientras vaciábamos el departamento. Había formularios, informes médicos y algunas fotografías familiares. Nada extraordinario. Lo extraño era que nunca lo hubiera mencionado. Ni a mí ni a mi madre. Parecía imposible que una persona hubiera acumulado tantos antecedentes por simples descuidos. Pero los documentos existían. Eso era suficiente.
Mi primera sanción ocurrió cuando tenía diez u once años. No recuerdo el motivo del castigo. Recuerdo la textura de la pared. La posición de la ventana. La voz de la profesora. Intento recordar el momento exacto en que regresé a mi pupitre. No puedo. Tampoco puedo recordar la salida de la escuela. Ni el trayecto hasta casa. Estaba convencido de que regresaría con una anécdota desagradable y poco más.
Durante un tiempo así fue.
Después comenzaron las imágenes. No eran visiones espectaculares. No aparecían respuestas definitivas ni revelaciones grandiosas. Lo que veía era, sobre todo, continuidad. Nuevos edificios sustituyendo a los viejos. Empresas quebrando. Otras ocupando su lugar. Generaciones enteras viviendo y muriendo en las mismas calles. Lo extraordinario no estaba en los acontecimientos sino en la distancia. Una vez que aprendías a mirar más lejos resultaba difícil detenerse.
En aquel entonces, Rabenbruck no era una ciudad particularmente importante. Los turistas casi nunca llegaban hasta allí. Los trenes continuaban su trayecto hacia destinos más atractivos, como Potsdam, o Brandenburg. Los estudiantes de la universidad técnica solían marcharse apenas obtenían empleo. Desde el centro podían verse las montañas durante los días despejados. No eran montañas impresionantes. Su presencia se parecía más a un límite que a un paisaje. Una línea oscura detrás de los edificios, las fábricas y los barrios residenciales. Cuando era niño, imaginaba que el mundo terminaba allí. Más tarde descubrí que muchas personas seguían pensando lo mismo, aunque por razones distintas.
Hasta hoy reparo en que mi padre comenzó a cambiar después de su tercera o cuarta sanción. No podría precisar el momento exacto. Hay transformaciones que sólo se vuelven visibles cuando ya han concluido. Al principio parecía cansado. Después desarrolló la costumbre de interrumpir las conversaciones para quedarse mirando algún punto indefinido del espacio. Mi madre se enfadaba porque olvidaba citas, cumpleaños o reuniones familiares. Él pedía disculpas con sinceridad, pero era evidente que algo más absorbía su atención. Con el tiempo dejó de intentar explicarse. Cada noche ocupaba el mismo lugar junto a la ventana del salón y observaba las luces de la ciudad. Los tranvías cruzaban lentamente la avenida, los anuncios luminosos se reflejaban sobre el pavimento mojado y las oficinas iban apagándose una a una. A veces yo me sentaba a su lado. Permanecíamos en silencio durante horas. Nunca tuve la impresión de que estuviera contemplando el exterior. Más bien parecía escuchar algo.
La mayoría de las personas regresaba de aquellas experiencias con una especie de nostalgia difícil de describir. Los médicos hablaban de disociación temporal. Los periodistas preferían expresiones más dramáticas. En cualquier caso, todos conocíamos a alguien que había quedado atrapado parcialmente en aquello que había visto. Algunos perdían interés por sus carreras profesionales. Otros abandonaban matrimonios que parecían estables o se obsesionaban con acontecimientos que todavía no habían ocurrido. Lo verdaderamente inquietante era que nadie consideraba relevantes estas conductas. Formaban parte de la vida cotidiana de la ciudad desde mucho antes de que nacieran nuestros abuelos. Los reglamentos cambiaban. Los gobiernos cambiaban. Las empresas desaparecían. La práctica permanecía.
Existía también otra consecuencia menos frecuente. Cada cierto tiempo alguien desaparecía. No hablo de desapariciones misteriosas ni de investigaciones policiales. Estas personas cerraban sus cuentas bancarias, vendían sus pertenencias, renunciaban a sus empleos y se marchaban voluntariamente. La mayoría se dirigía hacia las montañas. Los periódicos locales publicaban pequeñas notas durante algunos días y después el asunto dejaba de interesar a todo el mundo.
Sin embargo, había una frase que aparecía siempre en las conversaciones: Los gatos de montaña vendrán a arrastrar tus huesos. Si te quedas demasiado tiempo en el futuro, los gatos de montaña vendrán a arrastrar tus huesos
La escuché cientos de veces sin prestarle demasiada atención. Las ancianas la utilizaban como quien repite una expresión heredada. Los conductores de tranvía. Los profesores. Los empleados municipales. Nadie parecía preguntarse qué significaba exactamente. Tampoco recuerdo haber conocido a una sola persona que hubiera visto uno de esos gatos. La frase sobrevivía por pura inercia, como sobreviven ciertas palabras cuyo origen se ha perdido hace siglos.
Una tarde, mientras regresábamos caminando desde un supermercado, anunciaron en la radio la desaparición de un ingeniero que trabajaba cerca de nuestra casa. No pude evitar preguntar a mis padres si consideraban que era cierta la noticia, y si los gatos eran los responsables.
Mi padre observó el horizonte durante algunos segundos.
—Creen que todavía pueden esconderse.
No añadió nada más.
Muchos años después comprendí que aquella respuesta no estaba dirigida a mí.
Hace tres meses encontré la carpeta de mi padre.
Hace dos semanas presenté mi renuncia. Ayer vendí el departamento. Esta mañana me entregaron otro certificado. No lo he abierto.
Desde la estación ya pueden verse las montañas.
Mientras esperaba el tren escuché a una mujer decirle a su hijo que se portara bien, o los gatos de montaña vendrían a arrastrar sus huesos.
El niño se rio. Yo también me reí.
Desde aquí todavía puedo ver las montañas. Permanecen detrás de la ciudad. Oscuras. Inmóviles.
Como cuando era niño.
Durante años creí que mi padre observaba el futuro.
Ahora creo que observaba otra cosa: La misma distancia que yo. El mismo rincón. La misma pared.
Hace un momento escuché pasos detrás de mí. Pensé que era la profesora.
Pensé que venía a decirme que el castigo había terminado.
Pero los pasos siguieron avanzando.
Lentos.
Pacientes.
Como algo que lleva toda una vida acercándose, acechando, olfateando mientras mueve con ansiedad los bigotes.
Afuera, detrás de las ventanas, las montañas siguen donde siempre han estado.


























