Siempre tomo la línea D. No porque sea la más rápida. Es la única que llegaba hasta allí. Me gusta viajar del lado derecho. Después de DeKalb Avenue el paisaje cambia poco a poco. Deja atrás los edificios de ladrillo oscuro y comienzan los patios, las azoteas bajas, los almacenes, las avenidas demasiado anchas para la cantidad de coches que pasaban por ellas. Poco antes de llegar a la terminal aparece el mar. Apenas unos segundos. Una franja gris entre edificios bajos. Después el tren vuelve a ocultarlo. Es un mar intermitente. Tímido e intermitente. Siempre me ha gustado viajar, ver el mundo indiferente desde una ventana. Ahora que lo pienso, no sé porqué siempre he viajado del lado derecho. O quizá eso sólo lo he hecho en la línea D. 

La estación es el final de la línea. La gente sale deprisa. La mayoría va hacia el parque de diversiones. Otros hacia el malecón. Los seguía durante unos minutos. Hay puestos donde venden salchichas, limonada, helados. Hay música. Niños. Bicicletas. El olor dulce del azúcar quemada. Todo eso queda atrás muy pronto.

Basta seguir caminando.

El paseo de madera termina sin anunciarlo. Las últimas tiendas desaparecen. Después desaparecen los pescadores. Después las parejas. Más adelante sólo quedan algunas bancas torcidas por el salitre y unas dunas bajas sujetas por cercas de madera que el viento ha comenzado a inclinar hacía muchos años. Nunca vi que nadie las reparara.

Siempre pienso que la ciudad acaba allí. No porque ya no haya edificios o comercios. Porque ya no parece importar que los haya. Siempre pienso que mi vida acaba allí. 

El mar ocupa todo.

No es un mar violento, tampoco está quieto. Es un mar que se toma su tiempo. 

Respira.

Eso es todo.

Respira.

Hay días en que el agua parece de plomo. Otros en que adquiere un color casi blanco. Nunca consigo recordar cómo había sido el día anterior. El mar borra sus propios colores con una facilidad que termina por contagiar a las demás cosas.

El sol allí es distinto. Al de Coney Island, por ejemplo. El sol de Coney Island es distinto. No sabría decir en qué consiste esa diferencia. La luz es abundante. A veces obliga a entrecerrar los ojos.

Pero el aire sigue frío.

La arena sigue fría.

Las bancas siguen frías.

Después de un rato uno deja de esperar que el cuerpo entre en calor.

Acepto que allí las cosas funcionen de otra manera.

Con el tiempo empecé a sospechar que la playa también tenía costumbres. No eran fáciles de descubrir. Había que permanecer mucho rato sin hacer nada. Al principio uno cree que el viento es siempre el mismo, que las bancas esperan indistintamente a cualquiera, que las dunas son apenas montículos de arena detenidos por unas cercas viejas. Después empieza a notar pequeñas diferencias. Las bancas, por ejemplo. Durante meses me senté en la misma. Nunca estaba ocupada. No llegaba particularmente temprano y, sin embargo, la encontraba libre. Un miércoles vi a una mujer leyendo en ella. No me molestó. Elegí otra unos metros más atrás. Desde allí las rocas parecían más pequeñas y el mar más ancho. Al jueves siguiente la banca había vuelto a quedar vacía. Pensé que todo había sido una casualidad. Después comenzó a ocuparse algunos miércoles más. Nunca los lunes. Nunca los viernes. Sólo los miércoles. Terminé creyendo que aquella banca reservaba ese día para otras personas.

También están las cercas. Había una que siempre encontraba inclinada hacia el mar, como si hubiera pasado demasiados años escuchándolo. Una mañana estaba recta. Alguien la había reparado durante la noche. Sentí una incomodidad difícil de explicar. No porque prefiriera verla torcida. Porque la había imaginado incapaz de cambiar. Durante varias semanas seguí mirándola esperando que recuperara su antigua inclinación. No ocurrió. Nunca ocurrirá.

Las cosas tardan mucho en modificarse allí. Quizá por eso cada cambio parece excesivo. Una boya nueva basta para alterar la distancia del horizonte. Un tronco arrastrado por la marea permanece varios días sobre la arena y termina pareciendo tan antiguo como las rocas. Luego desaparece. Nunca veo el momento en que el mar se lo lleva. Simplemente deja de estar.

Empecé a pensar que esa playa no conserva realmente nada. Lo que hace es acostumbrarse. Se acostumbra a una boya. A un tronco. A una banca. A una persona. A la tristeza de las personas. Después deja de hacerlo con la misma lentitud con que el viento borra unas huellas. Sin ruido. Sin intención. Como si olvidar fuera otra de las tareas del mar. O al menos de esa playa. 

Nunca he sabido si realmente las rocas están tan lejos o si la neblina modifica las distancias.

Me siento siempre allí.

No es una costumbre. Es algo más sencillo: cuando llegaba, la banca estaba.

Yo me sentaba.

Eso era todo.

Tardé bastante en descubrir que el mar no era lo primero que veía al sentarme. Durante mucho tiempo creí que sí. Después empecé a notar que antes aparecía la madera de la banca. Las vetas, las grietas donde se acumulaba una arena más fina que la de la playa, los pequeños cristales de sal que algunas mañanas brillaban como si alguien los hubiera colocado durante la noche. Un pequeño corazón dibujado en el respaldo. Apoyaba la mano sobre el asiento antes de mirar el agua. No era un gesto deliberado. Si alguna vez lo olvidaba, tenía la impresión de haber llegado demasiado deprisa.

La madera cambiaba muy despacio. Había una astilla cerca del respaldo que todos los inviernos parecía desprenderse un poco más y todos los veranos seguía exactamente en el mismo sitio. También había una mancha oscura cuya forma nunca conseguía recordar. Algunas veces me parecía el perfil de una isla. Otras, el de un perro dormido. Después volvía a ser solamente una mancha. Las cosas no permanecían iguales. Era mi manera de mirarlas la que cambiaba.

Nunca he visto a nadie reparar aquellas bancas. Pienso que el viento las mantiene vivas. Las gasta, sí, pero también les impide quedarse quietas del todo. Cuando sopla desde el mar, la madera produce un crujido muy leve. No es un ruido constante. Hay que esperar. A veces transcurren varios minutos sin oírlo. Luego vuelve. Como si la banca respirara con una paciencia distinta de la nuestra.

La primera vez que vi a la mujer ya caminaba junto al agua. No recuerdo haberla visto llegar. Tengo la impresión de que ya estaba allí.

Como las rocas.

Como las dunas.

Como el viento.

Caminaba despacio. Muy despacio. No parecía cansada. Tampoco parecía dirigirse a algún sitio.

Simplemente caminaba.

Tenía la piel pálida y los brazos y la cara rojísimos. Llevaba un bañador oscuro. Usaba gafas oscuras y un gorro que siempre se me antojó infantil. Cuando alcanzaba una determinada parte de la playa entraba en el agua. Siempre hasta las rodillas.

Permanecía inmóvil. Veía al horizonte. 

Luego salía.

Después continuaba caminando.

Nunca hizo otra cosa.

Nunca la vi acompañada.

Nunca la vi correr.

Nunca la vi mirar hacia las bancas.

Durante mucho tiempo pensé que llevaba siempre la misma ropa. Después comprendí que no estaba seguro. Quizá cambiaba de bañador. Quizá de gorro. Era mi memoria la que insistía en vestirla siempre igual. Había mañanas en que el viento le cubría las piernas con arena muy fina y, desde lejos, parecía que caminaba envuelta en una niebla baja. Otras veces el sol reflejado en el agua borraba durante unos segundos la mitad de su cuerpo. Pero nunca desaparecía del todo. Sólo dejaba de ser precisa.

Tampoco caminaba exactamente igual todos los días. Había jornadas en que se detenía antes de entrar al agua. Miraba el horizonte. Esperaba. Quizá esperaba. Como Penélope. Otros días seguía avanzando sin vacilar, como si el mar ya la estuviera esperando. Una vez la vi recoger algo de la arena. Pensé que era una concha. Después imaginé que podía ser un trozo de vidrio pulido por el agua. Nunca llegué a saberlo. Lo guardó en el bolsillo del bañador y continuó caminando. Al día siguiente no volvió a agacharse. Durante varias semanas encontré mi mirada buscando el lugar donde se había detenido, como si allí hubiera quedado algo que el mar no había conseguido llevarse.

Con el tiempo empecé a darme cuenta de que no esperaba verla a ella. Esperaba el momento en que el paisaje terminaba de ordenarse. Primero estaban las rocas. Después la línea del agua. Después el viento inclinando el pasto de las dunas. Y, por último, ella. No era la figura principal. Era la última pieza. Como esas pequeñas sombras que un pintor añade al final y que, sin ocupar mucho espacio, hacen que todo lo demás encuentre por fin su lugar.

Hace unos días, un hombre pasó empujando un carrito con bolsas de basura. Las ruedas hacían un ruido seco sobre las tablas del paseo. Lo veía casi todas las semanas. Era bajo. Tenía las manos muy grandes. Se detuvo unos metros delante de mí. Miró el mar.

—Hoy vino poca gente.

No supe si me hablaba a mí.

—Sí.

Esperó un momento.

—Mañana vendrán otros.

Después siguió caminando. El carrito tardó varios minutos en desaparecer.

Sí, siempre hay otros.

Volví a mirar el mar. La mujer seguía allí.

Los días comenzaron a parecerse. Gracias a la mujer, reparé que los días comenzaron a parecerse. 

El mismo tren.

La misma estación.

Las mismas tablas.

La misma banca.

Las mismas rocas.

El mismo viento.

A veces cambiaban las nubes. A veces la marea. No mucho más.

Había mañanas en que llegaba antes que ella.

Me sentaba. Miraba el agua. Esperaba. Después aparecía. No sé desde dónde. Nunca conseguía verla llegar. Simplemente, de pronto, caminaba otra vez junto al agua. Y entonces la playa recuperaba una forma que durante unos minutos había parecido incompleta.

Después dejó de aparecer.

No ocurrió nada.

El viento siguió soplando.

Las olas siguieron rompiendo sobre la arena.

Las cercas continuaron inclinándose.

El hombre de las bolsas vació los contenedores.

Un perro atravesó la playa.

Todo siguió igual. Yo seguí yendo. Pasó bastante tiempo. No sabría decir cuánto.

Una mañana había otra mujer caminando junto al agua.

Era más joven. Más guapa.  

Entraba menos al mar. No permanecía inmóvil tanto tiempo. Sólo iba, curioseaba. Nada más.

Al tercer o cuarto día dejé de comparar sus pasos.

Después dejé de pensar en ello.

El invierno llegó sin hacer ruido (el invierno siempre llega de puntillas a las playas). 

Las bancas comenzaron a cubrirse de una capa blanca de sal. Las gaviotas permanecen quietas durante largos intervalos. Las gaviotas siempre están quietas. 

A veces pasa una hora sin que nadie camine por la playa.

O eso parece.

Porque al levantar la vista descubro siempre alguna figura muy lejana.

Un hombre.

Una mujer.

Alguien sentado en otra banca. Mirando el agua. O mirando hacia donde yo estaba.

Nunca puedo saberlo. Nunca puede saberse. 

Sigo tomando la línea D. Sigo caminando hasta el final del paseo. Sigo sentándome en la misma banca.

A veces pienso que, si un día dejo de ir, la madera tardará unas semanas en perder la marca de mi peso. Después la lluvia hará su trabajo. El viento también. Al cabo de un tiempo otra persona elegirá esta banca.  No porque sea distinta de las otras. Sólo porque está aquí. Como todas las cosas del mundo. Se sentará. Tendrá mi misma tristeza. Pensará que el sol aquí es distinto. Al de Venice, por ejemplo. 

Y mirará las rocas.

Y mirará el agua. A las gaviotas estáticas y mudas. 

Y, sin darse cuenta, terminará esperando que aparezca una mujer caminando junto al mar bajo aquella luz que sigue iluminándolo todo y que, sin embargo, nunca llegará a calentar la arena.

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