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Esta reflexión es quizá altamente ociosa, sobrante, de más. Nadie la pide, es más, ya está perdiendo oportunidad. Tal vez nadie recuerde o comprenda a santo de qué, desde el lejano sur alguien pretende echar leña al fuego.

Lo haría con gusto si quemara ignorancia. Si olvidara la ley que dicta que las redes y las fast opinions son estúpidas aunque salgan de la boca y los dispositivos de celebridades.

Voy a puntuar ciertos datos.

Al grano:

Mucho se dijo acerca del carácter racista de la Argentina, de la incomprensible carencia de jugadores de color en la selección (agrego que hasta donde sé en los equipos nacionales esa carencia se repite)

Dejo la historia a los historiadores y recojo lo que en estos días de pereza mental me vino a la mente.

Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) faro intelectual de toda la América hispana, poderoso pensador, militante liberal, perseguido político y presidente del país, opina de la “raza” negra en su obra principal, Civilización y Barbarie, Vida de don Juan Facundo Quiroga (1845) Para hacer contexto recordamos que el nacionalista Juan Manuel de Rosas lo iba a detener y tomó el camino del exilio, hacia Chile. Allí publicó, en El Progreso de Santiago, en el lugar habitual del folletín, los capítulos de la biografía citada. Quería comenzar por el paisaje, el ambiente, para concluir, siguiendo la teoría determinista, que el carácter de un pueblo es el resultado directo de su entorno. Así, el gaucho que vive fuera de la ley, domina animales salvajes, hace la guerra de la independencia y se aleja de la ciudad, será eso, bruto sin remedio. Por eso los primeros párrafos los dedica al paisaje y después a los grupos humanos para concluir que el caudillo riojano Facundo es salvaje por el medio en que habita.

Los grupos humanos que forman ese pueblo son, en principio, dos que mezclándose forman medios tintes imperceptibles, españoles e indígenas. En el centro y oeste predomina la raza española pura y en Santiago del Estero el grueso de la población campesina habla el quichua. En la campaña de Buenos Aires se reconoce todavía el soldado andaluz.

La raza negra, casi extinta ya, excepto en Buenos Aires, ha dejado sus zambos y mulatos, habitantes de las ciudades, raza inclinada a la civilización y dotada de bellos instintos de progreso. 

Bastante bien para el liberal afrancesado y anglófilo sanjuanino. Pero sigamos:

De la fusión de las tres razas ha resultado un todo homogéneo que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial.

Echa la culpa a los indígenas que andaban en malón en los bordes de Buenos Aires. Y agrega:

Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos. 

Una de cal y otra de arena.

Todo esto antes de las olas grandes de inmigrantes de toda Europa a principios del s XX, que nos proveyó de una muchedumbre de blanquitos, mayoría italianos del sur, y también polacos, rusos y más españoles.

Pero se ve que nada es blanco o negro, valga el juego de palabras. Sarmiento era un cabrón, ya se sabe, basta ver su ceño.  Encima inventó la escuela. Por eso los niños hacíamos rimas vergonzosas con su apellido.

Pasemos a otro autor, José Hernández autor de El Gaucho Martín Fierro, nuestro poema nacional (dicho esto con sorna ya que esa entidad carece de todo fundamento). 

Hernández fue antagonista de Sarmiento, uno de su talla, escritor y senador, militante político, exiliado en Brasil.  Intenta con sus versos en lenguaje “incorrecto” justificar al cristiano salvaje, al huinca, que es obligado a echar a los indios de la provincia como recluta en la línea de fortines, cuando su vida idílica consistía en el trabajo rural, con su china y sus hijitos en un rancho hogar que le bastaba para ser feliz.

Hernández. Un romántico como Sarmiento o cualquier otro.

Pero vamos al tema. Fierro deserta del fortín, se hace humo y cae, borracho, a una pulpería. Esa noche, como nunca, por pelear me dio la tranca y la emprendí con un negro que trujo a una negra en ancas y palabra va palabra viene se trenzan en duelo criollo, admirablemente descripto en veloces versos. En este pasaje, el canto siete, hay múltiple referencias al antagonista de Fierro, alguna metafórica: moreno, porrudo, el de hollín. Finalmente lo deja mostrando el sebo de un revés de su facón, y se va sin seguir el altercado con la negra que gritaba, por respeto al difunto. Y agrega que después se entera de que no lo velaron, no le rezaron y lo enterraron envuelto en un cuero. Y su actitud ante el otro se cierra así: Yo tengo intención a veces/ para que no pene tanto/ de sacar de allí sus güesos/ y echarlos al camposanto.

El moreno era un paisano que frecuentaba el boliche con su mujer, que bebía junto a lo otros y la “desgracia” que acontece al criollo es matar sin querer, sin inquina, sólo por un cruce de palabras. La acción del poema transcurre en 1860 aproximadamente, se publica en 1872 y la segunda parte, escrita para responder a la popularidad insólita de la primera en 1879. Hernández se siente en deuda con ese pueblo de la campaña bonaerense que se prendó de las desdichas de Fierro y quería saber qué había sido de él. Los lectores (o los oyentes, ya que se leía en voz alta en los encuentros de paisanos) le pusieron La vuelta de Martín Fierro. La intención didáctica del autor está declarada en su mismo prólogo. Es que adhería a un proyecto político y quería integrar al pueblo al mismo, entonces, su llegada a los gauchos sería como una lección de vida. El honor, la familia, la no violencia el respeto a la mujer, el placer del trabajo son los temas de la segunda parte, más larga y menos movida que la primera. 

Y la reparación.

La acción transcurre en una pulpería, en una fiesta con la que reciben a Fierro que regresa de su autoexilio entre los indios y donde se reencuentra con sus hijos, aquellos niñitos que dejó desamparados cuando lo llevaron a la frontera. Ahora son mozos y cantores como su padre. Se desarrollan sus historias, representativas del duro aprendizaje de esa clase social entonces, pero después, en el canto 30-II, un cantor se inmiscuye entre los cantores y pide pista para payar, es decir, desafía al cantor principal en justa competencia de talento e ingenio. Es un Moreno. Se presenta, se autodescribe como pensador, humilde e iletrado, pero lleno de experiencia. Durante el extenso desafío el Moreno dice cosas como esta: Pinta el blanco negro al diablo,/ y el negro blanco lo pinta-/ blanca la cara o retinta/ no habla en contra ni a favor- de los hombres el Criador/ no hizo dos clases distintas.

Y más adelante, cuando el Moreno declara ser el hermano del que mató Martín Fierro y busca desafiarlo a duelo, responde: Mas cada uno ha de tirar/ en el yugo en que se vea;/ yo ya no busco peleas, las contiendas no me gustan/ pero ni sombras me asustan/ ni bultos que se menean

No hay más sangre derramada, MF deja la lección a sus hijos y se encaminan al desenlace.

Este pasaje, este final, no le gustó nunca a Borges. No consideraba que el poema tuviera méritos para ser declarado cifra de nuestra nacionalidad, como Lugones lo desarrolla en sus famosas conferencias recogidas en El Payador, en la década del 20, siglo XIX. Prefiere el Santos Vega de Hilario Ascasubi, una novela en verso, de autor unitario, que recorre como un catálogo las costumbres de los gauchos en medio de una trama familiar. MF es un matón cuchillero que mata por descuido y no merece encarnar el ser nacional. 

Por esa razón escribe el maravilloso cuento El fin, recogido en Ficciones (1944). En una página y media el autor zanja esta visión del gaucho con síntesis magistral. Introduce a un tercero, Recabarren, el pulpero, que ha tenido un ataque y ha quedado con la parte derecha del cuerpo paralizada. Desde allí escucha el sonido de una guitarra, que ejecuta un “pobrísimo laberinto” con infinita paciencia. Sabe el testigo que ha sido vencido como cantor justamente el día que tuvo la parálisis. El guitarrero, un negro, frecuentaba la pulpería y repetía sus modestos acordes. Entonces:

La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete. De un caballo moro (sabemos que el caballo de MF es de ese pelaje)

El negro dijo con dulzura. -Ya sabía yo que podía contar con usted, señor. El narrador se monta en el texto referido y lo continúa, que los hijos, que los consejos, que el negro recuerda que fue vencido en la payada, y salen a la llanura, para terminar el entredicho.

Desde su catre, Recabarren vio el fin. Los facones van y vienen hasta que el negro planta una cuchillada en el vientre del adversario. Y concluye:

Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho, era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

Y hasta aquí llegamos, un placer recordar las clases de literatura argentina dadas en mi juventud y mi madurez. 

Ps: agrego que el primer presidente de la Argentina era mulato, sus adversarios le decían Doctor chocolate

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Genoveva Arcaute
Genoveva Arcaute nació en La Plata, en 1953 y siempre ha vivido allí. La sátira es su elemento natural, aún rigiendo el lenguaje poético. Durante la primavera democrática se puso en escena De dulce de leche y de chocolate, obra humorística en coautoría con Jorge Goyeneche, Resultó premiada en el Festival de Teatro Independiente de 1989. En 2007 publicó una novela breve, Mandorla, y el poemario Todas somos Frida en 2010 por Huesos de Jibia. Otros poemas y algunos cuentos también fueron publicados en revistas virtuales. Después vino Diario de inminencia, poemas, en 2015, también por Huesos de Jibia. Sus blogs: www.revista-humor.blogspot.com, www.somosfrida.blogspot.com. En 2019 publicó un poemario: Partes del Simbionte (por Densas Producciones, editora artesanal) y una novela, Kiosko, (por Parque Moebius).

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