En el trascurso de este ambivalente 2026, la música se ha distinguido por ser la rescatista del año con dos álbumes extremadamente protagonistas. En marzo, el célebre bajista Flea, del grupo norteamericano Red Hot Chili Peppers, hace una sorpresiva incursión en el vasto mundo del jazz. Por otro lado, recientemente, y en el actual mes de agosto, el aclamado actor Morgan Freeman debuta como productor musical del disco de blues Morgan Freeman’s Symphonic Blues Experience.
Siendo tan sólo un niño, Michael Peter Balzary «conocido mundialmente como Flea» tiene su primer contacto con un instrumento musical, la trompeta. El padrastro, de nombre Walter Urban Jr, era un contrabajista de jazz que organizaba sesiones de jam en la sala de la casa. Indudablemente, éste jugaría un rol fundamental en el interés del pequeño por la música.

Cursando la secundaria pública Fairfax High School conocería a Hillel Slovak quien le sugirió tocar el bajo. A la postre, y varios años después, ambos se convirtieron en miembros originales y fundadores del influyente grupo de funk-rock Red Hot Chili Peppers.

Después de tocar desde 1983 con la exitosa banda californiana, parece que Flea tenía varias encomiendas en la vida: un disco en solitario, un homenaje a la tatarabuela paterna y regresar a las raíces musicales. Aquí surge la necesidad de Honora, un elepe donde se percibe cómo respira la más íntima grieta marcada por la expresión —algo que únicamente el jazz puede lograr—. El álbum consta de seis canciones originales y cuatro versionados covers de los artistas Frank Ocean, George Clinton, Jimmy Webb y Ann Ronell. También está caracterizado por una interpretación hablada al estilo spoken word. Fiel a su estilo escénico, encontramos en el videoclip del tema “A Plea”, un abrumador lenguaje comunicativo corporal «sello expresivo y distintivo que lo ha manifestado desde su historia artística».
Por otro lado, el actor, director y productor estadounidense Morgan Freeman, hace lo propio publicando un álbum conceptual extremadamente emotivo. El proyecto sonoro consta de la fusión del tradicional blues del Delta de Mississippi —marcado por la guitarra acústica, la crudeza narrativa y la áspera voz— con arreglos de la Chineke Orchestra. El disco tiene también un propósito muy personal para Freeman: rendirles tributo a los recuerdos de su infancia.

La propuesta es la de realizar un recorrido evolutivo del blues durante los últimos cien años. La obra está compuesta por doce temas orquestales y tiene una interesante lista de canciones y de músicos invitados: Keb’ Mo’, Shemekia Copeland, Lady Adrena, Anthony Big A Sherrod y el multiinstrumentista Taj Mahal, éste último fue quien interpretó el clásico “Death Letter Blues», del legendario cantante y guitarrista afroamericano Son House.

De cierta manera, Morgan Freeman rinde crónicamente un culto conmovedor —desde la profundidad de los sonidos africanos— hasta transitar y narrar con su propia voz y, en forma de testigo, la transformación del blues.
“Escuché el blues por primera vez en el porche de mi abuela en el delta del Misisipi, y desde entonces nunca me ha abandonado”, comentó Freeman al anunciar el lanzamiento del álbum.
En conclusión, la obra musical de ambos artistas, Flea de 63 años y Morgan Freeman de 89 años, tienen varias similitudes: la nostalgia, el tributo al pasado, la búsqueda inquietante de manifestarse —y encontrarse— en otro gesto y género artístico. Muestran a su público que, regresar “a casa”, después de tanto tiempo, los ha hecho crecer invisiblemente como la raíz.
Nota: Imágenes obtenidas de las redes sociales de ambas producciones.

























