Imagen creada por Gemini

Querida suegra:

1/f = 1/do + 1/d) | S = k x ln(I)

Esto tiene de humilde la tecnología: la aniquilación absoluta. Y si lo digo así es porque estoy escribiendo sobre la misma página en blanco sobre la que antes desperdicié cinco años. No es de papel: la pantalla me muestra un rectángulo blanco sobre el que voy escurriendo mis ideas, lamentables o no, como llevo haciendo desde que comencé a escribir mi biografía. En papel no podría haber practicado la misma hecatombe: no podría haber seleccionado las mil doscientas sesenta páginas y borrarlas de golpe. Me habría desollado las manos rompiendo hoja por hoja y quizá habría encontrado en la pereza un aliciente para conservar las palabras. Suprimir no es lo mismo que dejar de ver. Si hubiese, por ejemplo, preservado los papeles impresos, anillados, amparados tímidamente por la carátula de feo plástico amarillo, sobre una silla del parque o al azar sobre la mesa de una librería cualquiera, el hueso de mis elucubraciones estaría aún rondando la posibilidad de la mirada, de la lectura, aunque no fuese la mía…

Accedo a este aparato cuando me place. Escribo, por ejemplo, una mujer como yo: ella camina de la mano de un hombre en la playa. Quien no haya visto la luna en una noche como esta no conoce aún el lenguaje de lo eterno. ¿Fue inevitable la infidelidad? Creo que sí, pero ahora están bien. Juntos se ven bien. Hace tan solo un año, cuando la mujer vivía a costa del dinero de sus padres en otro país y solía emborracharse cada fin de semana, la noche le parecía minúscula, como escrita en letras diminutas sobre la filigrana del tiempo. Quizá por eso sintió tan escaso el año que pasó allá. Él estaba esperándola en el aeropuerto a su regreso. Ella, aunque no lo sabía en ese entonces, había contraído una enfermedad vergonzante. Él había llenado el hogar con azucenas y lirios para celebrar su llegada. Ella no sabe cómo decírselo ahora, mientras el reflujo del mar vomita aguarrás sobre el color de la arena.

Y no lo hará. Volverán a casa después del fin de semana en la playa. Ella no le habrá hecho ver la verdad. Él seguirá trabajando, preocupándose por ella; será idóneo, en su pasmosa ignorancia, para envejecer a su lado sin mayor resistencia que la propia debacle. Ella retomará sus estudios. Cursará los semestres y abundará ideas garabateadas en la blancura perfecta del rectángulo que le facilita la pantalla. Pero no tiene sentido, pensará (pienso), sin embargo, sermonear en mayúscula sobre el asombro de los días cuando se ha condenado a muerte a quien amas…

¿El millar de páginas, irrecuperables ahora, me habrían justificado? No, pero hubo, estoy segura, una deliberada forma de autopreservación en cada frase, en cada guiño al mundo, a su repugnante atrás, a su infeliz adelante. ¿Bastó con “suprimir” aquello para volcarme sobre la pálida constatación de que esta escritura mía es poco más que un mito contaminado por coartadas y treguas? Sí, pero no importa. Cambiaré, esto es lo esencial, el tiempo de los verbos para que el hombre aparezca mañana bajo la luz intacta de la luna y no haya muerto como aquel que enterré esta mañana —asfixiado por la rabia y la decepción—, y aquel que ya no existe aquí, en lo consignado. Creo que el futuro es apenas un síntoma de la memoria, que descartar lo imprevisible y lo insalvable constituye, acaso, el único tropiezo con el éxito que nos es dado conocer antes de la supresión definitiva. Apreciará esta humildad absoluta, estoy segura, quien conozca el infierno.

El espíritu de la historia devora a sus hijos

LTV=ARPU / Churn rate

Repetitivo, pordiosero de tan redundante, es el lenguaje de la suscripción. Oí que lo inventó algún genio de Silicon Valley. De ahí que no fuera ninguna genialidad realmente. Tolkien hizo lenguaje y luego mundo con su conocimiento, otros hacen lo que pueden con el conocimiento de Tolkien. En fin, me resulta curiosa la insistencia patológica del sistema en degenerar en cobros adicionales. Escribo esto allanando mi lucidez restante. No sé cómo acepté la suscripción: no recuerdo contratos ni advertencias. Un día desperté debiendo pagar para inutilizar los esponjosos zorrillos de veneno que ofrecen como bienvenida para nuevos usuarios. Después de algunos días, las criaturas del insomnio comenzaron a gritar en mi cabeza hasta que yo abonaba algunos pesos a la deuda frenética y creciente. Soporté, como soportaron otros antes que yo, seguramente, con mayor solvencia, la tempestad de alucinaciones rellenas de plumas de pato y piedra de riñón de res cada vez que me excitaba… Esta es la primera enfermedad, que yo sepa, de transmisión lingüística. Los síntomas son espectaculares si se los compara con el ruido que los engendra, el sonido que te convierte en todo un moribundo hombre en deuda (Stimilli, 2022).

El desarrollo de la afección supera los cuidados paliativos: beber 100 ml de agua al día — lo mínimo para asegurar el funcionamiento de la máquina humana—, aumenta mi déficit en un siete veces siete por ciento. La sed ha hecho que la jerga neoliberal se extendiera hasta el tuétano. Descreía, al principio, del remedio más recomendado en las redes sociales porque me resultaba más absurdo que la enfermedad. Pero ahora que me he convencido de su buen rendimiento, me despierto cada día suplicando morir antes de practicarlo. La cancelación de lo fatal es imposible. No soy el primer desahuciado producto de este trastorno. La suscripción termina junto con el usuario. Seré claro: una mujer del sur de Tchula, estado de Misisipi, solicitó el traslado de la suscripción a uno de los hijos de sus hijos…

Llegado el día, y asumiendo que aún exista el patético dios que me acosa con sus cobros demenciales por el acceso a la tranquilidad, al descanso, la creatividad y la salud (a la libertad, en definitiva), será uno de mis nietos quien claudicará ante la presión, haciéndose más fuerte sin embargo, más capaz de lo que yo soy ahora para defenderme de esta calamidad. Habiendo nacido con tales mutilaciones y razonablemente autorizado para revolcar mi nombre en toda la inmundicia que conozca a lo largo de sus días, ayudará a encontrar la cura, tengo fe, para la suscripción. Si me decido hacerlo, viviré con la culpa, sí, pero no atormentado. Y en mi lápida hallarán escrita esta frase de agradecimiento: «Sísifo si nace varón, Danaide si es una niña».

A fuego lento

dP / dt =KP

—Así que esta es la famosa receta… 

—No creo que “famosa” sea la palabra correcta. Además, ya no se puede comer nada de esto… 

—¿Cómo no va a serlo si Amy no deja de decirlo? Te juro que me pudro de envidia cada vez que ella dice: tienes que probarlo, es lo mejor que he probado en la vida. Y lo hace porque sabe que detesto esos malditos lugares comunes: lo mejor que ha probado en la vida, claro… 

—Bueno, igual, ya no tiene importancia. Pediré una pizza o tal vez…

—¡Claro que la tiene! El camino más corto al corazón de un hombre es el estómago, ¿no? Eso es lo que siempre dice Amy, al menos…

—La cocina es un arte y yo no quiero discutir si tú piensas que yo… 

—Un arte. Sí. Hasta el más mínimo detalle puede transformar todo en un gran fiasco. Así deberíamos definir el arte, ¿no te parece? Cualquier cosa que pueda estropearse sin remedio aún por lo más mínimo… 

—Sí… De hecho, el tiempo de cocción es muy importante (susurra mientras lava la olla). 

—Te dije mil veces que yo no tuve la culpa. Le dije a Amy que estuviese atenta. Y a mí nadie me dará nada a cambio por esto.

—¿De qué estás hablando?

—Eso. Que si me dieras… algo… a cambio… yo no habría… 

—¿No habrías qué?

—No, no. Quise decir que yo habría estado más atenta y… 

—¿Lo hiciste a propósito? 

—No hice nada. Yo también quería probar la “deliciosa” receta y…

—Sabías que faltaba un ingrediente. Te dije que iba a buscarlo. Podrías haber… 

—Estás equivocado, como siempre. 

—Te la pasas sentada todo el día, haces lo menos posible con tu vida como si tuvieses miedo de que se te acabara antes… ¿No te cruzó por la cabeza levantarte de la maldita silla para apagar el fuego cuando comenzó a quemarse la comida?

—No, no se me ocurrió. Y sí, me da miedo de que se me acabe la vida antes de… 

—¿De qué? Deja de balbucear estupideces. ¡Di lo que tengas que decir y ya!

—De amar…

—¿Qué?

—Tengo miedo de que se me acabe la vida antes que a ti…

—No entiendo

—¿No te das cuenta?

—Me doy cuenta de que tengo que ir a la tienda otra vez, comprar bicarbonato, fregar esta estúpida olla, ah y esperar hasta que el olor del humo desaparezca. Eres la peor rommie que he tenido. No creo ni por un segundo que estés enamorada de mí. ¡Y además, Amy es tu amiga! ¡Tu amiga! ¡Tú la trajiste y yo solo…!

—Tal vez. Pero… 

—¿Qué?

—La vi meter su ropa interior en la olla. Es lo que hacen las brujas como ella: meten sus bragas en la comida del hombre que les gusta para que se enamore de ellas. Y yo no iba a comer esa porquería, así que… 

—¿Y de verdad pensaste que eran suyas?

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Arturo Hernández González
Poeta, traductor y docente colombiano. Especialista en Pedagogía y Magíster en Literatura y Cultura. Su obra ha sido premiada e incorporada en publicaciones de prestigiosos medios culturales y literarios, así como traducida al italiano, rumano, búlgaro, francés, inglés, griego, albanés y coreano. Es autor de obras como Olor a Muerte (2011; 2012), Breviario de lo incierto (2017; 2024), Presagios del insomnio (2025), Terca materia inexacta (2025) y Arquetipos del infinito (2026). Ha recibido el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (México, 2017), el IV Premio Nacional Plenilunio de Poesía ‘Leopoldo de Quevedo y Monroy’ (Colombia, 2023), el IV Concurso poético ‘Cezarina Dos Santos Álvarez’ (Uruguay, 2023) y fue finalista del XII Premio Nacional de Cuento (Fundación La Cueva, 2025). Dirige desde hace más de una década la Revista internacional de cultura y artes Noche Laberinto y la Editorial Toská.

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