Padre ha muerto una vez más. Esta vez con la cara entre los fideos. Cayó con pesadez, vencido, haciendo volar la comida fuera del plato. Un fideo quedó colgado de su oreja izquierda. Otro fue a parar debajo del refrigerador, donde seguramente permanecerá hasta que alguien se decida a moverlo. Ya había muerto otras veces, pero pienso que ésta es la definitiva. Lo sé por el ruido que hizo su cabeza al chocar contra el plato. No fue un ruido especialmente fuerte, sino contundente, decidido. Se parecía al de una fruta demasiado madura cuando cae de un árbol. Padre nunca había soportado que comparáramos las cosas con otras. Una manzana era una manzana, decía, y no había necesidad de convertirla en algo distinto. Tampoco soportaba que dejáramos comida en los platos. Ahora −¡Qué divertido!− tiene la boca, los ojos llenos de fideos y nadie se atrevería a reprochárselo.
Nunca lo he constatado, pero sé que ellos son los responsables. Ellos no tienen ojos, por eso no saben lo que hacen. Si pudieran ver, no se habrían reído al escuchar el sonido de la cabeza de Padre chocando con la comida. No son capaces de dimensionar sus acciones. Por eso los perdono. Viven en el calendario de la cocina, el que muestra una playa de arena dorada conteniendo un mar verde intenso. En la fotografía no hay personas, sólo están ellos y un sol rabioso y perfecto. Se alcanza a distinguir una sombrilla cerrada y algo que podría ser un perro corriendo cerca del agua. Padre decía que era una piedra. No le gustaban los perros porque había conocido a uno que lo seguía por todas partes y terminó por arrojarle agua hirviendo. Eso sucedió antes de que yo naciera. Me lo contó él mismo, mientras desayunábamos, y después me pidió que le alcanzara la mantequilla. Creo que fue la primera vez que deseé su muerte, aunque no puedo asegurarlo. Los deseos también envejecen y llega un momento en que resulta imposible reconocerlos. Quizá sólo deseé que callara. Ya no tiene importancia. Como la mayor parte de las cosas de la vida.
Ellos no tienen ojos y tampoco se enamoran. No son como nosotros. Nunca los he visto. Quizá yo tampoco tengo ojos. No los he visto, pero los conozco porque Leda Rendón los describe en sus libros. Con otras palabras, claro. Siempre con otras palabras. En uno de sus relatos aparece una mujer que debe dormir con las manos debajo de la almohada porque durante la noche alguien intenta llevárselas. En otro, un hombre descubre que las habitaciones de su casa han comenzado a respirar y decide no contárselo a su esposa. Estoy seguro de que Leda sabe quiénes son. A veces pienso que los protege. Otras veces sospecho que ha signado un pacto con ellos. Padre no creía en esas cosas. No creía en nada. O simplemente no creía en las palabras de Leda. Decía que los escritores eran haraganes que no les gustaba trabajar y que por eso pasan el día inventando quimeras. Nunca comprendió que una desgracia puede ocurrir sin necesidad de que alguien la invente.
Quizá Padre murió por primera vez una tarde de noviembre. Estábamos viendo la televisión cuando dejó de respirar. No se llevó las manos al pecho ni hizo ningún esfuerzo por levantarse. Permaneció sentado, con los ojos abiertos, mientras en la pantalla una mujer explicaba cómo eliminar las manchas de grasa de la ropa. Recuerdo que esperé a que terminara el programa antes de acercarme. Su piel estaba fría. Le cerré los ojos porque había escuchado que eso debía hacerse con los muertos. Me dio asco. A la mañana siguiente lo encontré en la cocina, cortando una pera en cuatro partes iguales. Me preguntó por qué había dejado encendida la televisión durante toda la noche. No mencionamos lo sucedido. Era claro que el viejo tenía lagunas. Después vinieron otras muertes, algunas breves, otras más trabajosas. En una ocasión permaneció tres días tendido en el pasillo. Tuve que pasar por encima de sus piernas para llegar al baño, o para salir al colegio. Cuando volvió a levantarse, se quejó de que alguien había pisado sus pantalones. Le dije que había sido yo. Era cierto.
Con el tiempo aprendí a distinguir las señales. Antes de morir, Padre comenzaba a mirar las cosas como si estuvieran colocadas demasiado lejos. Se llevaba la mano a la boca, se frotaba las encías con el pulgar y preguntaba qué día era. Nunca preguntaba el año. Una vez me pidió que abriera la ventana porque olía a carne quemada. Afuera estaba lloviendo y el aire olía a tierra mojada. Dos minutos después cayó de rodillas junto a la mesa. Aquella muerte duró menos de una hora. Cuando despertó, dijo que había soñado con una mujer que llevaba un vestido amarillo y había escrito un cuento amarillo. No quiso contarme nada más. Yo había leído algo semejante en un libro de Leda y durante varios días lo busqué, pero no conseguí encontrarlo. Los libros también tienen maneras de esconder las cosas. A veces basta con cerrarlos para que una frase, o algo del mundo cambie de lugar.
No sé cuándo llegaron ellos a la casa. Es posible que hayan estado aquí desde antes de que Padre comprara el calendario. O antes de que existieran las playas. El primer indicio de ellos en casa, fue una mancha de humedad que apareció debajo de la fotografía de la playa. Tenía la forma de una boca pequeña, con los labios separados. Después comenzaron a desaparecer objetos. Una cuchara, un botón, la mitad de una fotografía donde aparecía Madre. Padre culpaba a los ratones. Compró trampas y las colocó detrás de los muebles. Todas las mañanas encontraba el queso intacto y las trampas cerradas. Una noche escuché algo parecido a una conversación detrás de la pared. No eran voces. Era el ruido que producen las uñas cuando se frotan contra una superficie rugosa. Me acerqué para escuchar mejor y sentí calor en la mejilla. Del otro lado de la pared estaba la playa del calendario. Comprendí que ellos se reunían allí para tomar el sol.
Desde entonces procuro no molestarlos. Hay días en que el papel del calendario se curva por el calor y la arena parece desplazarse hacia el mar. Ellos permanecen inmóviles durante horas. No sé cómo consiguen disfrutar de algo que no pueden ver. Quizá la felicidad consiste precisamente en eso. Padre, en cambio, necesitaba comprobarlo todo. Si alguien decía que hacía frío, salía al patio para averiguarlo. Si yo le contaba que había tenido un sueño, me preguntaba dónde había sucedido y a qué hora. No comprendía que los sueños carecen de direcciones. Cuando le hablé por primera vez de los seres sin ojos, acercó una silla a la pared y descolgó el calendario. Lo examinó por ambos lados, arrancó la hoja del mes anterior y volvió a colocarlo en su sitio. Durante varios días la cocina olió a papel quemado. Padre no percibió nada. Nunca tuvo buen olfato.
Madre se marchó cuando yo era pequeño. No recuerdo su cara completa. En las fotografías siempre aparece mirando hacia un lado, como si alguien la hubiera llamado en el instante en que se disparaba la cámara. Padre decía que tenía los ojos demasiado juntos. A veces repetía que las mujeres con los ojos demasiado juntos terminaban por acostarse con cuantos hombres pueden y abandonan a sus hijos. Son unas putas, dijo. No sé de dónde había sacado esa idea. Cuando Padre murió por tercera vez, aproveché para registrar sus bolsillos. No buscaba dinero, sabía que el viejo nunca tenía dinero. Buscaba cosas más importantes. Y las encontré: una fotografía de Madre que yo no conocía. Estaba sentada en una playa, bajo una sombrilla cerrada. La arena era casi blanca y el mar tenía un color verdoso. No había nada extraordinario en la imagen, excepto que Madre aparecía sin rostro. Sin ojos. La fotografía estaba intacta. Simplemente, en el lugar donde debían encontrarse sus ojos, su nariz y su boca, había una extensión de piel lisa. Guardé la fotografía entre las páginas de uno de los libros de Leda. Después olvidé cuál.
Siempre que leo a Leda hablo con ella como si estuviera acodado en la barandilla de un crucero, con la mirada perdida en el mar del calendario. Llevo una camisa blanca y unos pantalones que nunca se arrugan. A veces sostengo una copa. Otras veces fumo (aunque en realidad ya no me gusta fumar). Leda permanece a mi lado sin decir nada. El viento le aparta el cabello negrísimo del rostro y puedo observar sus ojos tristes, pero nunca consigo recordar su color. Finalmente podemos imaginarnos como queramos con quien sabemos que nunca nos va a escuchar. Le cuento cosas que no le contaría a nadie. Le digo que Padre ha vuelto a morir y que esta vez estoy seguro de que no regresará. Le digo que he comenzado a preocuparme por los seres sin ojos porque el sol del calendario se está acercando demasiado al horizonte. Ella escucha con una paciencia que no he conocido en ninguna otra persona. Nunca me interrumpe. Nunca me pide que repita una frase. Si me quedo callado, permanece a mi lado hasta que encuentro algo más que decir.
Padre detestaba que hablara, porque decía que lo hacía solo. Una tarde me encontró en el comedor, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla. Me preguntó con quién estaba hablando. Le dije que con Leda. Quiso saber dónde estaba. Señalé al calendario. Padre se acercó y miró hacia la fotografía. Después fue a la ventana para cerrar las cortinas y me pidió que dejara de hacer estupideces, que ya era un adulto. Aquella noche murió mientras se lavaba los dientes. Lo encontré inclinado sobre el lavabo, con el cepillo todavía entre los labios. La espuma había comenzado a endurecerse alrededor de su boca. O quizá era la misma espuma que le brota a quienes sufren ataques epilépticos. Pensé en retirarle el cepillo, pero recordé que no le gustaba que tocáramos sus cosas. Al día siguiente se levantó muy temprano y salió a comprar pan. Regresó con dos bolsas de naranjas. Dijo que el pan estaba demasiado caro. Nunca antes había comprado tantas naranjas. Pronto comenzaron a pudrirse.
Hay cosas que Leda no escribe. Lo sé porque he leído todos sus libros y porque algunas noches, cuando cierro los ojos, puedo escuchar el ruido de las palabras que permanecen fuera de las páginas. No son palabras incompletas. Son palabras que han sido apartadas, como los muebles que se colocan en la calle cuando alguien muere y ya no hay sitio para guardarlos. Creo que los seres sin ojos viven entre esas palabras. Leda les permite quedarse allí porque sabe que no tienen otro lugar. Quizá les tiene cariño. O lástima. Yo también se las tengo. Imagino que debe ser terrible vivir sin conocer el aspecto de las personas a quienes hacemos daño. Se puede romper una pierna, arrancar una uña o hundir la cabeza de alguien en un plato de fideos sin comprender por qué los demás gritan. Ellos no gritan. Solo se ríen cuando algo cae al suelo.
Ahora Padre continúa sentado a la mesa con la cara plantada contra su plato. Han pasado varias horas y la salsa se ha secado sobre su mejilla. Una mosca camina por el borde del plato. No la espanto porque sé que volvería. He pensado en levantar la cabeza de Padre, pero temo que ese pequeño movimiento sea suficiente para devolverlo a la vida. Otras veces bastaba con tocarle el hombro. Una vez despertó cuando intenté quitarle los zapatos. Me preguntó si había terminado mis obligaciones y volvió a dormirse. No quiero que suceda lo mismo. Esta vez necesito que permanezca muerto. No porque lo odie. El odio exige una atención que hace mucho tiempo dejé de prestarle. Necesito que permanezca muerto porque estoy cansado de esperar su siguiente muerte. Nadie debería tener que acostumbrarse a la desaparición de una persona que siempre regresa para pedirle que limpie la mesa.
El sol del calendario ha descendido un poco. La sombrilla proyecta una sombra más larga sobre la arena. Me acerco y apoyo la palma de la mano contra el papel. Está tibio. Quisiera estar allí. Del otro lado siento un movimiento pequeño, semejante al de varios animales acomodándose para dormir. Me pregunto si ellos saben que Padre ha muerto definitivamente. Tal vez se han reído porque todavía no lo saben. Tal vez creen que volverá a levantarse y que dentro de unos minutos les arrebatará el calendario para comprobar si detrás de la fotografía hay algo más que una pared. No me gustaría que estuvieran decepcionados. Han pasado mucho tiempo esperando este momento. Yo también.
Yo también.
Mientras se cepillaba, Padre volvió a morir en el patio, junto a las macetas vacías de Madre. Llovía. Su cuerpo quedó tendido boca arriba, con los brazos abiertos y la lengua asomando entre los dientes. Lo observé desde la ventana durante mucho tiempo. La lluvia le llenó la boca. Pensé que si permanecía allí hasta la mañana siguiente, los pájaros comenzarían a beber de ella. Me pareció una imagen hermosa y quise contársela a Leda. Me imaginé en la cubierta del crucero, pero el mar estaba demasiado agitado y no conseguía mantenerme de pie. Cuando regresé a la ventana, Padre había desaparecido. Lo encontré en la cocina, secándose el cabello con una toalla. Me preguntó por qué había dejado abierta la puerta del patio.
Esta tarde, mientras su cabeza permanece hundida en los fideos, he vuelto a imaginar el crucero. Leda está junto a mí. Lleva un vestido claro que el viento pega contra sus piernas. No le he dicho que Padre ha muerto. Quiero esperar un poco. Hay noticias que se vuelven más importantes cuando se guardan durante varias horas. O meses. El barco avanza con lentitud y algunas personas se reúnen en cubierta para contemplar la puesta del sol. No consigo ver sus rostros. Todos miran hacia el mismo lugar. Leda también. Le pregunto si alguna vez ha sentido lástima por alguien a quien no conoce. No responde. Le pregunto si es posible amar a una persona sin haberla visto. Tampoco responde. Me gusta que sea así. Puedo hacerle preguntas durante toda la tarde sin temor a que una respuesta me obligue a cambiar de opinión.
En la cocina comienza a oscurecer. He encendido la luz que está encima de la mesa, pero no alcanza a iluminar el calendario. La playa conserva una claridad que ya no pertenece a esta casa. Ellos siguen allí, recibiendo los últimos rayos del sol. Me pregunto qué harán cuando anochezca. Nunca he sabido dónde duermen. Quizá no duermen. Quizá permanecen despiertos, esperando que vuelva a amanecer en una fotografía que nadie se ha molestado en cambiar desde hace años. Quizá esperan a que Padre vuelva a morir para volver a asesinarlo. Y así, una y otra vez. Padre decía que debíamos comprar un calendario nuevo, uno que tuviera números grandes y espacio suficiente para anotar las fechas importantes. Nunca lo hizo. Tampoco yo. Me he acostumbrado a ese mar verde, a la sombrilla cerrada, al perro que quizá es una piedra. A veces pienso que yo sería incapaz de reconocer una playa verdadera.
He recogido los fideos que cayeron al suelo. Algunos estaban pegados a las patas de la silla. Otros habían comenzado a secarse y se rompían entre mis dedos. Los he colocado nuevamente en el plato, alrededor de la cabeza de Padre. No sé por qué lo he hecho. Me pareció indecente dejarlos tirados. Cuando terminé, descubrí que tenía las manos manchadas de salsa y fui a lavármelas. En el espejo del baño había una pequeña grieta que no recordaba. Comenzaba cerca de mi frente y descendía hasta la altura de la boca. Me acerqué para observarla mejor. No conseguí encontrar mis ojos. No estaban cerrados ni cubiertos por los párpados. Simplemente, la grieta atravesaba el lugar donde esperaba verlos. Me alejé del espejo. No sentí miedo. Pensé que tal vez llevaba mucho tiempo mirándome de aquella manera y que nunca había prestado suficiente atención.
Regresé a la cocina. Padre seguía muerto. Me senté frente a él y traté de recordar la última vez que me había mirado con cariño. No pude. Recordé, en cambio, una mañana en que me enseñó a pelar una naranja. Me dijo que había que hacerlo despacio, introduciendo el pulgar bajo la piel y siguiendo la curva de la fruta. Si uno tenía paciencia, la cáscara podía retirarse de una sola pieza. Lo intenté varias veces hasta conseguirlo. Padre sonrió. Después colocó la cáscara sobre la mesa y dijo que parecía un animal muerto. No volvimos a hablar de aquello. Durante años, cada vez que pelaba una naranja, procuraba que la cáscara conservara su forma. Ahora me pregunto si Padre recordaba aquella mañana. Quizá sí. Quizá las personas conservan cosas que nunca llegan a decirse y terminan muriendo con ellas, como si tuvieran la boca llena de pequeñas frutas que nadie puede sacar.
Los seres sin ojos han dejado de reír. El silencio me resulta más desagradable que sus carcajadas. Me acerco al calendario y descubro que el sol ha desaparecido detrás del mar. La playa está vacía. La sombrilla continúa cerrada y la piedra, o el perro, permanece cerca del agua. Por primera vez siento lástima por ellos. No pueden ver que la tarde ha terminado. Seguramente continúan esperando el calor, con las manos extendidas hacia un sol que ya no está. Quisiera explicarles que mañana volverá a salir, pero no sé si pueden llegar a tener fe. Nunca he permanecido despierto el tiempo suficiente para comprobarlo.
En el crucero también ha anochecido. Las personas regresan a sus camarotes y la cubierta queda vacía. Leda permanece junto a la barandilla. El viento ha dejado de soplar. Quisiera decirle que Padre murió con la cara entre los fideos y que esta vez estoy seguro de que no volverá a levantarse. Quisiera decirle que lo deseé durante tantos años que ahora no sé qué hacer con el resto de mi vida. Pero Leda está en su propio mundo; mira hacia el mar y me parece que está escuchando algo que viene de muy lejos. No quiero interrumpirla. Nunca la he interrumpido. Siempre he sido capaz de atribuirle una razón para su silencio.
He apagado la luz de la cocina. No quiero que Padre vea el calendario si llega a despertar durante la noche. Antes de salir, me acerco a la mesa y le retiro el fideo que todavía cuelga de su oreja. Está frío y se rompe entre mis dedos. Padre no se mueve. Le acomodo la servilleta sobre las rodillas, como hacía Madre cuando yo era pequeño. Después cierro la puerta con cuidado. No quiero despertar a los seres sin ojos. Han tenido un día muy largo y merecen descansar. Además, mañana tendré que hablar con Leda. Debo contarle que Padre ha muerto. Debo encontrar la manera de hacerlo con naturalidad, sin que parezca una buena noticia. No quiero que piense que soy un desalmado.
En la oscuridad del pasillo escucho un ruido que viene de la cocina. Es pequeño, húmedo, casi imperceptible. Podría ser una mosca atrapada en el plato. Podría ser el mantel deslizándose lentamente hacia el suelo. Me quedo inmóvil, esperando que vuelva a repetirse. No sucede nada. Entonces pienso en Padre, en su boca llena de fideos, en la paciencia con que ha muerto tantas veces, y en lo mal que lo hace. Es un hijo de puta. Pero también, en el fondo, es un niño; un niño perdido en el deber por hacer algo que nunca llegará a concluirlo adecuadamente. Siento ganas de regresar y sentarme a su lado. No lo hago. En cambio, cierro los ojos, si todavía los tengo. Abro a tientas un libro y busco con las manos la barandilla del crucero.
Leda sigue allí.
El mar está completamente oscuro.




























