Cottombro

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Decía Henrik J. Ibsen en  Un enemigo del pueblo  que la base de nuestra sociedad está corrompida por la mentira. Los hipócritas lo reconocen como verdad, pero son ellos quienes la corrompen.

Simon

Hay dos tipos de hipócritas, los poderosos y sus subordinados. Los poderosos imponen su ley defendiendo sus intereses y acaban creyéndose sus mentiras. Lo hacen porque saben que, dado su poder, mucha gente no podrá oponerse a sus deseos y que tendrán un apoyo mayoritario. En eso consiste el poder, en subyugar a los demás y, en la sociedad racional, no se hace por la fuerza ni por la amenaza de la fuerza, se hace con la promesa de recompensas. Los subordinados, entonces, no son tan insensatos como parecía a primera vista, puesto que saben que aceptar la mentira va a ser más rentable que defender la verdad. Al igual que los poderosos, acaban creyendo ciegamente en las mentiras y olvidando la verdad.

Cottombro

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Aunque sea más compresible la verdad presentada con ejemplos artísticos, ya sean literarios o cinematográficos, porque muestran el mundo sin hacernos sufrir la miseria que encierra, los ejemplos reales nos permiten entender que es cierta la referencia que hace el arte del mundo social, y es preciso hacerlo ya que la mayor parte de la gente, al ver una obra crítica, solo percibe un contenido abstracto (la maldad de los poderos, la mentira, la verdad, la injusticia, la justicia…) que no es capaz de identificar con una realidad concreta, y la verdad no se reconoce.

Por ejemplo, cuando la gente se cuestiona cómo pudo Gertrudis desposarse con el asesino de su amadísimo Hamlet lo hace sin plantearse que una persona real pueda renunciar a sus valores cuando una fuerza superior se impone en una parcela del mundo.  Ese es el sentido de exponer inmundos casos reales que no pueden ser convertidos en abstracciones mentales ni en actos ajenos a nuestros vecinos porque han tenido lugar. Aunque, si asumimos que toda la sociedad está completamente corrompida, ninguna exposición servirá para demostrar la verdad del mundo ni para despertar conciencias.

Gustavo Fring

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Un caso increíble pero real es el del médico que no cree que un colega haya perjudicado deliberadamente a su paciente, porque ha hecho el juramento hipocrático. Esa persona a la que se informa de un hecho cierto, como ciudadano ejemplar de su comunidad, empieza negando los hechos que se le relatan y, cuando se le demuestran, busca una  justificación, como error, cansancio o confusión, pero no admite la mala fe de su colega ni cuando se prueba, lo que ocurre por una razón, porque esa mala fe es también la suya. El cambio de explicación (pasando de negar los hechos a justificarlos, a medida que se le presentan argumentos) indica que hay una falsificación, cuya finalidad es la de justificar la calidad de la sociedad aunque para ello se tenga que negar la realidad. Esa es la capacidad que tiene el poderoso en la comunidad, la de imponer su verdad.

Lo presentado es un caso real en el que  un galeno hizo deliberadamente una prescripción incorrecta. Hechos de este tipo en otros ámbitos son tan frecuentes que la sociedad ni los tiene en cuenta, acostumbrados, como estamos, a que nos den gato por liebre. Es lo mismo que denuncia Ibsen en el libro citado, en el que nos dice que la gente prefiere ocultar un problema de salud pública antes que reconocerlo porque hacerlo supondría cuestionar nuestras creencias sobre la justicia social. En la sociedad, la mentira es más valiosa que la verdad porque el mentiroso se apodera del poder del verídico, cosa que no lograría con la verdad.

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Pero ventilar estas prácticas solo sirve para cuestionar nuestra comunidad por lo que la gente prefiere ocultarlas y este es el segundo hecho que se desprende del caso citado y el más grave, que se defiende la injusticia porque la ejerce el poderoso.

En Un enemigo del pueblo no se muestra esta cuestión pues, en la historia que se relata, los implicados mantienen de forma personalmente interesada una u otra postura. Lo que no se muestra en esa obra es otra realidad más oscura y profunda, ya que, en la historia de Ibsen, hay hechos que se pueden constatar y que pueden acabar por conocerse y ser juzgados, por eso, decimos que Ibsen hace un análisis más bien superficial del problema social, ya que, aunque ha vislumbrado el problema, no ha llegado al fondo de la cuestión porque se limita a poner en evidencia lo que no es más que un delito que muchos tapan por conveniencia. Lo que la obra no alcanza a ver es que, en la sociedad racionalizada y, por ello, jerarquizada, se produce una  conversión de los inocentes ‒que han sido educados en la creencia en unos valores morales y legales por lo que piensan que la sociedad defendería siempre la verdad y la justicia‒ en unos acólitos respetuosos, no faltaba más, con la realidad social y con el poderoso que les domina (y que necesita de ellos para mantener su poder), olvidando cualquier tipo de principio y de valor. El poder, en una sociedad racionalizada, es enemigo de la ética y de la razón y, por la incongruencia entre lo que se predica y lo que se practica, afirmamos que vivimos en una sociedad sin valores y de hipócritas.

Esa renuncia a los principios universales es una renuncia peculiar ya que, aun observando lo que ocurre en su entorno, ni comprenden que ellos han perdido la fe en los principios ni que los poderosos les obligaron a perderlos ni que estos carezcan de toda obligación moral. Son ciegos, creen en unos valores que pisotean sin ver la incongruencia, y, así, sus dueños, les respetan, es decir, no pueden creer que sus dueños carezcan de moral, bien que sus actos sean inmorales. Cualquiera llamaría a una persona con tan mal juicio imbécil o demente.

Ron Lach

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El poderoso que defiende la mentira lo hace por un interés personal, el subordinado lo hace por respeto a las jerarquías. El tercero perjudicado ve la injusticia impuesta porque sufre un perjuicio. Desde ese punto de visa sincero, nos hallamos ante un delito y se muestra la verdadera condición humana que ocultan los poderosos, resultando que el hombre social no es un ser tan adorable como él mismo se pinta y que, por más que se defina como racional, no vemos otra cosa que conductas emocionales e irracionales. Lo más lamentable es que el subordinado obre así en nombre del poderoso, pues queda como un lameculos que actúa como sicario –hasta ese punto se ha degradado– y que se mancha las manos para quedar bien con el de arriba, que no es Dios, aunque se le tenga por tal entre los barriobajeros.

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La verdad es que, en el mundo, no existe ni la ética ni la moral. Ambas son creaciones del hombre que vive en sociedad cuando, por la experiencia, se advierte que las acciones de unos causan perjuicio a otros y unos pocos sabios se plantean ideas acerca de la conducta humana. Entiende la sociedad que, al integrar a los hombres en su seno se deben establecer unas normas de convivencia, de forma que se limita la voluntad del hombre, y esa limitación, para imponerse, debe tener un fundamento aceptable por los subordinados. En un tiempo, ese fundamento le establecía la religión y se llamaba moral;  los filósofos establecieron normas racionales, y crearon la ética; y los gobernantes, crearon sus normas mediante leyes; y, las costumbres de la comunidad,  el derecho consuetudinario.

Antonio Dillard

La creencia en esos valores elevados ha sido implantada bien mediante el miedo, como hace la religión, castigando al inmoral a la condenación eterna de su alma, o, como hacen los gobiernos, castigando al delincuente con terribles penas y suplicios a su cuerpo o a su economía; bien mediante la educación, por lo que algunas personas creen que esos valores deben respetarse, quedando en desventaja frente a quienes no los respetan. Si los valores no son asumidos por todos, carece de sentido que una parte de la población crea en ellos, porque son un lastre en su relación con los demás.     

Raphael Schaller

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No hay que suponer que la mayoría de la gente ni sienta ni padezca. Al contrario, renunciar a la verdad y la justicia, aunque juren y perjuren que respetan ambas, es la forma de sobrevivir en un mundo de valores falsos, de hecho, asumen que los valores falsos son los verdaderos porque, o juegas aceptando esas normas, o te quedas fuera del juego.

La gente vulgar solo trata de subsistir. A esta gente le ocurre lo mismo que decía Nietzsche de los griegos, al término del gran período clásico, eso que llamaba el gran dilema griego, que era la decisión que debían tomar entre degenerar, aceptando el nuevo teatro –una nueva forma de pensamiento–  o sucumbir.  Y eligieron renunciar a la grandeza que habían tenido para subsistir.

Para comprender cómo la gente asume los valores falsos, al negar la lógica y la verdad, basta referir el síndrome de Estocolmo, que se produce cuando una víctima se identifica con las ideas de su secuestrador aunque les perjudiquen. Posiblemente, sea un mecanismo de defensa para sobrevivir a una situación en la que una persona teme por su vida. Aparentemente, se trata de una inversión de la lógica, un absurdo, pero se observa su lógica cuando se valoran lanecesidad de subsistir y los efectos emocionales  de oponerse a una fuerza muy superior.

Peter Blanken

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En la sociedad, se practica una perversión del concepto de autoridad por parte de las instituciones por la que alteran, a su conveniencia, los conceptos de poder, justicia y verdad, mediante la perversión de las ideas de la moral, la ética y la ley.

El objeto es someter a otros todavía no sometidos y castigar a quienes les hayan cuestionado. Esto lo cuentan muchas películas, pero la forma artística aleja al hombre vulgar de la comprensión de lo relatado con la realidad social. No obstante, aunque un hecho real similar fuera probado, el hombre vulgar y respetuoso con los valores invertidos implantados lo consideraría un hecho aislado, lamentable, pero anecdótico.

Yan Krukau

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En el mundo institucionalizado, los poderosos actúan con total impunidad. Ponen normas de funcionamiento interno en el clan que crean ‒y que hasta quieren imponer a los demás‒, al incorporar seguidores porque saben que la ley no les afecta, la mayoría de sus delitos no son violentos, son delitos de guante blanco. Casi nunca se puede demostrar ese tipo de delito puesto que su clan les arropa, si nadie habla, a nadie se condena. Pero, incluso cuando se puede demostrar, otros clanes con el poder social adecuado les defienden y les tapan sus delitos. Sus actos carecen de consecuencias y hasta fingen poseer una superioridad moral de la que carecen. Con esa impunidad, sus delitos aumentan, dado que no hay nada que ponga límite sus acciones.

Cottonbro Studio

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La sociedad está dando más y más poder a las instituciones y reduciendo la capacidad de actuación del individuo. Solo quedan con libertad de actuación los responsables de las instituciones, quienes rigen, ante todo, los actos de los miembros del clan.

SHVETS production

Pero las instituciones, por muy respetables que parezcan, tienen todas, en el fondo, una conducta ilícita que solo se revela cuando alguien se rebela. El poderoso pasará de mostrar una simpatía, que hasta parecía auténtica, a mostrar su verdadero rostro, el de un indignado represor que tiene la capacidad de actuar impunemente. Nadie lo cree porque nadie se atreve a cuestionar el orden establecido. Los grupos que parece que lo hacen no cuestionan el poder, lo que cuestionan es quien debe tener el poder.

SHVETS production

La anulación de la voluntad individual y la implantación de instituciones llega hasta el punto de que una persona incapacitada puede quedar bajo la tutela de una fundación en lugar de ser tutelada por los familiares directos porque la sociedad desconfía de los individuos pero confía en las personas que rigen las instituciones, como si fueran seres diferentes de los demás.

Olia Danilevich

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La hipocresía de los responsables de estos clanes se aprecia en las declaraciones institucionales, y son la guinda del pastel.

Ejemplos de este tipo de hipocresía es frecuente encontrarlos en artículos periodísticos de muy respetables miembros de nuestra sociedad. Y, paradigmático, resulta el de un juez que había tenido un alto cargo en la judicatura, que criticó duramente una sentencia dictada por un tribunal EEUU contra un español por la injusticia que contenía. La hipocresía se produce porque nadie en los EEUU va a leer lo que él diga y, si lo hicieran, no irían a darle ningún valor. El hipócrita hace un brindis al sol, queda bien con su clan, al que tapa sus faltas, y queda bien con la sociedad, al hacerla creer que la justicia en España no tiene nada que corregir.

Sarah_Loetscher

Para ser justo, lo primero que tendría que haber hecho sería barrer su casa y no pensar en qué hacen los demás en las suyas. Pero la buena gente no tiene el valor necesario para aplicar esa justicia verdadera que pedimos en donde debe, por lo que, moralmente, está incapacitada para juzgar a nadie. Esta persona bien integrada en su comunidad  no tiene interés en criticar la conducta de los miembros del clan que le han arropado ni el orden de la sociedad en la que vive y que le da de comer. Tapa las injusticias que cometen los suyos en tanto afectan a otros y no a él. En contrapartida, su clan y su comunidad quedan a salvo de sus críticas, como si, de esa manera, no tuvieran mancha, aunque para mantener esa falsa imagen de perfección de su mundo nos obligue a soportar una justicia que no siempre sea justa. La buena gente solo se pone a arreglar lo que no está en su mano arreglar ¡Hipócritas!

Pero la injusticia jurídica, como cualquier otra, carece de importancia en nuestro mundo, porque lo que persigue esta sociedad es la defensa de las instituciones, no de la verdad ni la de los derechos individuales, que quedan, injustamente, anulados.

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