Ayer la maestra volvió a obligarme a abrazar a Liz.
Sentí entre mis manos la piel que se le cae a pedazos y, sobre mi mejilla, el roce desesperado de las moscas que tanto detesto. Para mí el olor es soportable. Son las moscas lo que no resisto. Las que siguen a los muertos son distintas de las otras: grandes, de un verde metálico que cambia a azul cuando les da el sol, con un zumbido más intenso y unas patas que parecen aferrarse a la piel antes de picar. No se asustan cuando uno las espanta. Dan vueltas, retroceden apenas unos centímetros y vuelven a reunirse formando una nube obstinada, imposible de dispersar.
Mi madre y la señorita Collins dicen que es de mala educación taparse la nariz o mirar hacia otro lado cuando un compañero fallecido necesita afecto. Dicen que los muertos ya hicieron la parte más difícil y que ahora nos corresponde a nosotros ayudarlos a sentirse incluidos. Yo lo intento. De verdad lo intento. Pero no puedo controlar las arcadas cuando veo a las moscas caminar sobre los labios de Liz, como si la besaran. O perderse entre las grietas oscuras que tiene en el cuello. A veces se quedan inmóviles dentro de una de sus cuencas durante varios minutos, como si estuvieran bebiendo algo que nosotros no alcanzamos a ver.
Lo extraño es que nadie más parece notarlas. O quizá ya se acostumbraron. En Cedar Creek uno termina acostumbrándose a casi todo. Al viento que hace vibrar los vidrios durante la noche. A las sirenas de tornado que ensayan el primer lunes de cada mes. A que los perros desaparezcan durante la temporada de coyotes. Incluso a los muertos.
Mi madre dice que cuando yo muera también tendré mi propia nube de moscas. Lo dice con la tranquilidad con que otras madres hablan del primer día de secundaria o del permiso para aprender a conducir. Por eso no quiero morirme. Por eso no moriré. Bueno, por eso y porque entonces tendría que volver a encontrarme con padre. Y él es malo.
Liz murió muchos años antes de que yo naciera. La encontraron en el fondo del silo de los Hensley, durante la cosecha de otoño. Algunos dicen que resbaló mientras jugaba entre los montones de trigo. Otros juran que alguien cerró la compuerta sabiendo que seguía adentro y que golpeó el metal durante días y días. Nadie habla demasiado del asunto porque hacer preguntas sobre la muerte de otra persona es considerado una falta de respeto (en la escuela incluso hay una regla escrita en el manual de convivencia: No se interroga a los compañeros sobre las circunstancias de su fallecimiento. A mí me parece estúpido). Desde entonces Liz volvió a la escuela. Aunque no sé para qué. Como está muerta, aprender le cuesta muchísimo. Olvida todo al terminar el día. La señorita Colllins dice que los fallecidos olvidan las cosas al terminar cada jornada y por eso necesitan más paciencia que los demás. Lleva tantos años ocupando el mismo pupitre que algunos de nuestros padres fueron compañeros suyos cuando eran niños. Ellos crecieron, se casaron y ahora nos llevan cada mañana a la misma escuela donde Liz sigue copiando las mismas operaciones con una mano temblorosa e insegura, mientras las moscas recorren lentamente cada parte de su cuerpo.
Y yo sigo sin entender por qué un muerto tiene más derechos y más consideraciones que cualquiera de los que todavía seguimos vivos.
El recreo es el único momento en que los vivos podemos olvidarnos un poco de los muertos. Ellos casi nunca salen al patio. El sol y el viento los reseca demasiado y las moscas se vuelven más inquietas cuando el calor empieza a subir desde la tierra. Permanecen dentro de los salones con las persianas entrecerradas mientras nosotros corremos detrás de un balón, o buscamos bichos entre los matorrales que crecen junto a la cerca. Desde el patio puede verse toda la llanura. El trigo todavía está verde y el viento lo mueve como si debajo de las espigas hubiera un río enorme atravesando el condado. Más allá sobresalen los silos de los Hensley. Desde esa distancia parecen los campanarios de una ciudad enterrada.
Ayer, sin embargo, Liz salió.
Nunca había visto a un muerto salir durante el recreo.
La vi quedarse inmóvil bajo el único olmo que todavía daba sombra. Como siempre, las moscas la seguían fielmente formando una nube oscura sobre su cabeza, pero ninguna se alejaba demasiado. Era como si una cuerda invisible las mantuviera siempre a la misma distancia de ella. Los demás niños siguieron jugando. Algunos incluso la saludaron con la mano al pasar. Liz levantó apenas los dedos, despacio, como si aquel gesto también tuviera que aprenderlo todos los días. Apesta. Liz apesta y nadie puede negarlo.
—¿Ya le pediste perdón? —preguntó la señorita Collins plantándose frente a mí, con los brazos en jarra.
Negué con la cabeza. No recordaba haberle hecho nada. Quizá fue cuando me cambié de lugar para no sentarme junto a ella. O a lo mejor porque una mañana pensé que las moscas olían peor que ella.
—Hazlo. Y quiero ver que la abraces.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Pero está muerta.
La señorita Collins me miró como si hubiera dicho una grosería.
—Precisamente.
Liz no lloró, pero yo sí. Y vuelvo a llorar al recordarlo.
Al terminar el recreo es cuando la abracé. Después las moscas empezaron a girar también alrededor de mi cabeza. Por abrazarla. Odio abrazarla, verla. La señorita Collins explicó Ciencias como si el recreo hubiera transcurrido exactamente igual que todos los demás. Cuando terminó la última clase, cerró el libro, acomodó las hojas sobre el escritorio y esperó a que dejáramos de guardar los cuadernos.
—Permanezcan sentados.
Lo dijo con una tranquilidad que hizo que nadie preguntara nada.
Después abrió la puerta.
—Pueden retirarse.
Los primeros en salir fueron Owen y Martha.
Después los demás. Yo tomé mi mochila. Di apenas un paso.
—No, tú no.
La voz de la señorita Collins sonó a mi espalda. Me di la vuelta.
—Quédate.
Miré por la ventana. Era Liz atravesando la puerta del salón y después la entrada principal. Si nunca la había visto salir al recreo, menos de la escuela. Madre ya la estaba esperando. Ésta usaba su mejor vestido, el que se pone los domingos para ir a la iglesia. Abrazó con fuerza a Liz mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Ambas tomaron por el camino de tierra que conduce hacia los campos de trigo.
Miré otra vez hacia la puerta. La distancia era enorme. Noté que una mosca caminaba por mis labios. Esperé las arcadas. Nunca llegaron. No me atreví, o no pude espantarla. Sentí otra entre el cabello. Luego otra más detrás de la oreja. La señorita Collins se acercó despacio. Me acomodó el cuello de la camisa con la misma delicadeza con que una madre arregla a su hijo antes de una fotografía.
—No tengas miedo.
Sus dedos apartaron una mosca de mi frente. No la espantó. Apenas la hizo caminar hasta el nacimiento del pelo.
—Ya aprendieron a encontrarte.
Afuera ya no quedaba nadie. Sólo el viento.




























