Fotograma de la película. Ágata (Mia Wasikowska). ©Whitefalk Films Produktion Productions WEB

“El impulso detrás de las ideas de esta película surgió de la intensificación y escalada del imperialismo y de las guerras que este provoca en todo el mundo. Al igual que muchos artistas, observo cómo esto se desarrolla en tiempo real y me siento impotente e inútil: crear una obra de arte no detiene la tragedia ni la guerra imperialista; sin embargo, optar por no crear arte que aborde esta realidad resulta igualmente vacío y frustrante. ¿Cómo puede un artista enfrentarse a la injusticia, la opresión y el genocidio? ¿Se limita acaso a publicar en redes sociales o a crear obras didácticas que señalan una postura como una especie de marcador de identidad? Todo arte es político, ya sea de forma explícita o implícita, y considero que los artistas tienen la obligación de comprender a quién sirve su práctica y quién se beneficia de su voz.” Kuba Dorabialski

La película Agata the writer (Ágata la escritora) del artista visual y director, Kuba Dorabialski, se estrenó, el pasado 6 de septiembre, dentro del programa de la sección Giornate degli autori del Festival Internacional de Cine de Venecia.

Ágata (Mia Wasikowska) es una escritora polaco-australiana satírica, algo insatisfecha con el estilo que ha ido tomando su producción literaria que se identifica más con la comedia de lo que ella quisiera. Viaja a Sarajevo con la intención de escribir una novela sobre la guerra y así cambiar un poco el estilo, nada más serio y aciago que la guerra. 

Para documentarse, consigue entrevistarse con una serie de habitantes locales esperando que le aporten información que le pueda servir para su cometido, pero a medida que conversa con los supervivientes de lo que fue, más que una guerra, un genocidio, su proyecto empieza a desmoronarse, ya que invariablemente le cuestionan sus motivos: el por qué hacer una novela sobre algo tan doloroso para ellos; y Ágata empieza a dudar y cuestionar sobre la ontología, pero sobre todo la ética de su proyecto. Especialmente, respecto de hasta donde tiene ella, una extranjera blanca y privilegiada, formada en occidente, el derecho de involucrarse en un asunto tan traumático. Situación de la que no había tomado consciencia hasta enfrentarse a sus dolientes. Por si esto fuera poco, en la casa donde se aloja, comienzan a desaparecer, de la manera más misteriosa, objetos de arte obscenos.

Toda esta vivencia hace que Ágata, en palabras del director de la película: desarrolle una comprensión más profunda del acto de narrar y de las profundas responsabilidades que conlleva ser narradora.

Kuba Dorabialski es también un artista visual que se ha desarrollado principalmente en el área de las vídeo-instalaciones: “El videoarte me brindó la libertad inmediata de crear obras que podían ser lo que quisieran. Fue una etapa de formación muy fructífera para mí. Sin embargo, me considero ante todo escritor; tanto para esta película como para algunas obras recientes expuestas en contextos de videoarte en galerías y museos fui comprendiendo que necesitaba cambiar de registro hacia una forma en la que la narración ocupara el lugar central de la obra.

Su vocación artística se nota en la manufactura de la película, que es una obra con cimientos y un enfoque completamente en esa dirección: Los encuadres son cuidadosamente detallados en cuanto a la escenografía, la distribución de la imagen, el uso de los colores y la simetría. Se nota que cada encuadre en las tomas en interiores fue estéticamente dispuesta con mayor atención posible en el efecto visual que quiere ofrecerse al espectador, siempre agradables. 

Así mismo, el arte tiene presencia a nivel protagónico en la historia, no sólo porque parte de la trama será la sustracción misteriosa, de las piezas de arte obscenas de la casa a la que llega Ágata, sino porque en pequeños detalles se demuestra esta directriz como las pinturas que adornan la mencionada morada, que no solo están allí por accidente, sino que tienen una intención, aunque sea meramente estética, y sobre salen a la vista del espectador, o por el hecho de que Ágata sea escritora o una de las personas a las que entrevista sea una directora de teatro. Se ve, pues, que el director quiso imprimirle su universo al filme, y los resultados son magníficos en ese sentido.

Kuba Dorabialski. Crédito de la foto: Nicholas Smith

Otra característica de la película, intencionada absolutamente para ser parte de la valoración de los cuestionamientos morales y políticos que propone, es que se hace desde una visión burguesa: Los personajes pertenecen a esta clase social, pero además se puede ver esta circunstancia en muchos de los planos donde las charlas maridadas con sendas copas de vino o donde la escenografía esta llena de arte o de muebles de diseñador, en espacios arquitectónicamente modernos.

Dorabialski ha dicho que el arte siempre es político, ya sea directa o indirectamente, con intención o sin ella, pero lo es. Eso es algo que también queda bien plasmado en su obra. Como ya se ha mencionado la película plantea el problema ético y político de hasta donde una persona extraña a una comunidad, pero además, occidental, blanca y privilegiada, puede ir a remover los recuerdos más aciagos de ésta, con lo que: o puede ser un compromiso social y político para construir memoria y visibilizar o recordar ciertas situaciones de injusticia; o sólo se haya visto un tema altamente comercializable, una oportunidad de abordar un asunto, que para muchos sólo es cuestión de morbo, y para ella de vender libros. ¿Dónde termina el activismo y dónde empieza la pornomiseria?

No es una cuestión fácil, sobre todo en un mundo globalizado en donde los sufrimientos también han sufrido ese efecto expansivo, pero en un mundo también extra mercantilizado, con mucha competencia, escasa ética y pocas oportunidades, y donde muchas personas olvidan fácilmente los escrúpulos con tal de cumplir el sueño de empezar a ser invitados a las grandes ferias internacionales del libro.

Creo que no hay una regla general y sería injusto tratar de estipularla. Cada caso es un motivo de análisis. Yo conozco a cantidad de gente que solo va a las comunidades originarias solamente a sacar material comerciable y pocas que realmente tienen un sentido de compromiso, pero, insisto, sería un error generalizar, un tremendo error. Lo único que si puedo decir, es que si una persona no es de la comunidad de que se trate, se interesa por un problema actual o pasado de ésta, con la intención legitima de proporcionar justicia y/o memoria, tiene que demostrar un compromiso más allá del voy hago mi película y no vuelvo nunca más; o vuelvo solo para hacer la segunda parte o porque encontré la piedra filosofal de mi “arte”. El director, dice lo siguiente al respecto: 

“Una preocupación central de mi obra es la historia política y la manera en que los artistas se relacionan con ella. Agata the writer explora las responsabilidades de quienes abordan traumas históricos, planteando interrogantes sobre la cercanía, la autoría y el permiso. La obra reconoce que todo arte es político y que esta condición conlleva obligaciones complejas.

Quería que la protagonista se adentrara en Europa del Este con esa especie de confianza arrogante propia de quien se siente medio ajeno al entorno, creyendo ingenuamente que las semejanzas pesarían más que las diferencias y que podría hablar con cierta sensación de familiaridad. Pero, claro está, ella es una extranjera; su cercanía a la identidad bosnia será siempre la de quien observa desde la distancia de Occidente. Se percata de ello muy pronto durante su estancia en Sarajevo, y esta revelación trastoca por completo la premisa original de su novela.

Ágata aborda la guerra de Bosnia de los años 90 como un tema que desea genuinamente tratar como escritora; sin embargo, pronto empieza a percibir las múltiples capas de responsabilidad que conlleva esta tarea, así como los verdaderos dilemas éticos que implica el proceso. ¿Es responsabilidad suya escribir sobre este trágico episodio de la historia reciente, o es una historia que simplemente no le corresponde contar? ¿Ayuda ella —como alguien ajeno a los hechos— al dar a conocer la historia al mundo y, de ser así, quién se beneficia realmente? ¿Qué ganan los supervivientes de Srebrenica con la atención que ella atrae? Por supuesto, soy consciente de que, al explorar este dilema ético y creativo, estoy haciendo algo parecido a lo que hace Ágata: señalar algo y, al mismo tiempo, llevarlo a cabo; tal vez para protegerme de la acusación de estar haciéndolo de manera inconsciente.

Y, al igual que Ágata, no estoy seguro de cuál es la respuesta. Ni siquiera sé si existe una respuesta clara sobre cómo abordar artísticamente una historia trágica y realidades políticas, o sobre quién puede hacerlo. Lo cierto es que las injusticias ocurren y tenemos el deber de responder; y resulta infinitamente preferible incomodar a algunos al cumplir con ese deber que limitarse a observar con cautela, fingiendo que el asunto es intocable por su excesiva complejidad.”

Otro punto que nos deja el largometraje, gracias a la intencionada y generosa voluntad de Dorabialski es, en este caso completamente artístico, la relación de amor odio o puro amor o puro odio que existe entre el cine y la literatura en el ejercicio cinematográfico. Qué tan importante es la literatura en el cine, el compromiso en construir un buen guion y/o comprometerse con la narrativa.

Tolstoi, en su magnífico ensayo ¿Qué es el arte? —lectura que debería de ser obligatoria en toda escuela de arte, en cualquiera de sus disciplinas, pero por supuesto que no lo va a ser, porque Tolstoi repudia los efectos que la labor de estas instituciones educativas han hecho en el arte—, dice que no es posible la mezcla de distintas disciplinas artísticas, que cuando ésta se da, como  el caso de la opera, hay una sola disciplina que impregna de arte la obra y la otra solo es complementaria. Ósea que en términos tolstoianos, aunque para empezar habría que ver si consideraría al cine arte, supongo que sí, al menos algunas piezas históricas, de ser así, la literatura en el cine solo sería complementaria y el verdadero arte solo estaría en el lenguaje cinematográfico.   

Para mí, el guion es una parte fundamental y de mayor valía en la labor cinematográfica, un guion, que a veces parece ser escasamente literario porque no tiene los grandes diálogos ni una retórica avanzada, pero que cumple con una función vertebradora de la obra, siempre será esencial, sobre todo cuando se aspira a realizar una obra que trascienda. Pero he oido a más de un director decir que han filmado sin guion, que lo fueron escribiendo sobre la marcha de la película o que a lo mejor ni siquiera lo escribieron. Para no ir más lejos, recordar al gran Jean-Luc Godard partidario de esta técnica y quien veía al guion como una limitante creativa.

Kuba Dorabialski, respecto este punto dijo que: “Durante años había estado pensando en una obra de teatro en la que una maestra lee un cuento a sus alumnos, y toda la obra consiste simplemente en la maestra leyendo en voz alta: una historia dentro de otra historia. Agata the Writer no profundiza tanto en esa idea, pero me intrigaba cómo la literatura —y la lectura en concreto— es un acto mayoritariamente solitario, mientras que el cine suele ser una experiencia colectiva. Queríamos convertir la intimidad de la lectura en algo que un grupo de personas pudiera experimentar en común dentro de una sala de cine.

Ágata la escritora reserva un final innovador, experimental, que por dicha circunstancia, que implica la toma de riesgos, merece ya la pena y es de agradecer y que es a lo que se refiere en esta última declaración el directo. Situación en la que no abundo para mantener la posibilidad de la sorpresa, si llegaran a tener la oportunidad de ver la película.

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