La película La ciudad de los vivos, del actor y director Edoardo Gabbriellini se estrenó este 4 de septiembre en la sección Orizzonti del Festival Internacional de Cine de Venecia. Será proyectada también, el 13 de septiembre próximo, en otro de los grandes festivales, el de Toronto, y se tiene previsto su estreno en cines italianos el 1 de octubre.
El largometraje es una adaptación libre de la exitosa novela del 2020 de Nicola Lagioia del mismo nombre, sobre un caso real que conmocionó a Roma y a toda Italia, generando un gran impacto. El libro fue preseleccionado para el Premio Literario de Dublín.
Mi tocayo, Edoardo, mencionó en una entrevista que: “Lo que me impactó de esta historia —primero cuando sucedió y luego al leer el magnífico libro de Nicola Lagioia— fue, ante todo, la cercanía del horror con el que convivimos a diario, aun cuando nos sentimos engañosamente seguros. No se trata de un horror proveniente de un mundo ajeno o excepcional, sino de algo capaz de gestarse en el seno de una normalidad reconocible, muy próxima a la nuestra. La idea de llevar esta historia a la pantalla surgió, pues, de esa sensación: de la disolución de la distancia que solemos interponer entre nosotros y aquello que nos aterra.”

Aunque inspirado en la novela, el director, más allá de poner el foco en el morbo y la reconstrucción de los hechos que constituyen la esencia de la historia, a los que incluso, podríamos decir que los deja en un nivel secundario, centra su relato en un lugar distinto: en el ser-ahí —el Dasein en términos de la filosofía existencialista de Heidegger—, de su protagonista, Luca (arrojado al mundo sin que le avisaran), en sus relaciones humanas, su entorno, su cotidianidad, su círculo familiar, que no le escatima cariño; así como en la incertidumbre, que no angustia —al menos no en términos heideggerianos—, que comparte con muchos jovenes (y no tan jovenes) de nuestra actualidad, de no encontrar su lugar en el mundo ni un sentido a la vida, porque el propio mundo no se las ha puesto fácil y porque no han tomado consciencia de que, tarde o temprano, van morir, y esa es una situación personalísima e intransferible de la que no podemos escapar. Ósea que se le está pasando la vida esperando que el capitalismo les cumpla la promesa del sueño americano.
Gabbriellini dice a este respecto que “No se trataba de intentar reducir o reproducir la historia original, sino de construir una narración más íntima y cercana, capaz de cobrar vida propia mediante los recursos del cine. Resultaba fundamental evitar tanto la pornografía del dolor y el tono sensacionalista que suelen acompañar a las noticias de este tipo, como cualquier complacencia ante la violencia y el misterio que la envuelve.”
Luca (Emanuele Maria Di Stefano) tiene veintitrés años. Vive con la familia que lo adoptó y lo ama. Reprobó (suspendió) en la escuela y va a la nocturna para tratar de sacar el título que le permita acceder a los estudios superiores, que le permitan a su vez conseguir un trabajo prometedor. Mientras, se mueve entre los suburbios y el centro de la ciudad, Roma, con sus amigos; juega a las maquinas tragamonedas como las de las Vegas (el paraíso perdido de los soñadores americanos) como si fuera su única esperanza de un futuro mejor y tiene una novia, Marta, con quien comparte un amor joven pero profundamente significativo y sincero. Luca busca su camino, su estar en el mundo, en una edad en la que todo parece posible y a la vez perdido, y en esta búsqueda, en algún momento empezará a llevar una doble vida. Una noche, tras un encuentro aparentemente casual, la trayectoria de la vida de Luca se hace añicos, destrozada por un acto de violencia ciega e insensata.

El director ha dicho, además, que “La película aspira a ser una observación cercana de los últimos meses de vida de Luca Varani; a intentar discernir lo absurdo de su destino en la ciudad que lo rodea, en las grietas y derivas de los sueños de un joven que aún no es hombre. La idea era crear un microcosmos más allá de todo: más allá de la Ley, la Moral, la Palabra y todas las categorías que definen y aprisionan. Categorías que utilizamos a diario, pero que son incapaces de explicar la lógica primordial e ineludible que impulsa a Luca. Esta película no ofrece explicaciones sobre la tragedia, ni análisis ni teorías acerca de los adolescentes o la sociedad actual. Es una historia de iniciación interrumpida, marcada por toda la humanidad que rodea al protagonista, la cual se convierte en un coro, o mejor dicho, en la música que dicta el ritmo y la atmósfera de la ciudad por la que él se mueve. En pantalla, la intención fue mantener un estilo a la vez conciso, naturalista y lírico.”
A pesar de ello, la película si que muestra algunas de las problemáticas a las que se enfrentan los jovenes (y no tan jovenes) en la actualidad, no como una crítica construida o intencionada, como bien dice el director, sino más bien como parte de la descripción del mundo al que fue arrojado Luca. Esta narrativa, precisa y muy bien llevada al lenguaje cinematográfico, nos permite darnos cuenta, por ejemplo, de las dificultades que tienen las jovenes parejas para independizarse y tener su propio hogar, con la gentrificación y las rentas inaccesibles. De la precariedad laboral y la falta de oportunidades, en donde a lo más que puede aspirar Luca es a entrar de aprendiz a un taller mecánico sin pago alguno y en donde la novia es camarera y por mucho que hacen cuentas nos les alcanza para un alquiler.

El filme también muestra los atajos que, ante tanta incertidumbre y desventaja, quieren tomar los jovenes remisos de la entelequia meritocrática de la prosperidad de mercado, ya sea jugando a las maquinas tragamonedas como Luca, queriendo convertirse en influencers del tik tok o del only fans, millonarios espontáneos de las criptomonedas, prostituyéndose o, incluso, iniciar una vida en la delincuencia formal.
En este sentido Gabbriellini dijo que “Roma es un lugar que parece ofrecer infinitas posibilidades de vida, sin garantizar realmente ninguna. Creo que de ahí nace también la desorientación de Luca: de la búsqueda de su propio lugar en un mundo que parece, a la vez, cercano e indescifrable. La búsqueda de una identidad que abrazar, de una forma en la que reconocerse; algo que hoy parece más difícil que nunca.”
¿El estar-ahí nunca había sido tan difícil de estar? Quizás, sobre todo porque Heidegger nunca contó con que la propaganda del sistema y la epifanía de un futuro de derroche y diversión iba a fortalecer al Uno (la borregada sumergida en la inautenticidad) e iba a anular cualquier posibilidad de vislumbrar una vida auténtica, sin miedo a la angustia que viene incluida en el vivir de frente a la muerte.

Aunque yo tengo un velocímetro cinematográfico atípico para los tiempos que corren, en donde si no pasa algo espectacular o interesante en los primeros 15 minutos, estamos hablando de una película lenta, me parece que el largometraje se va desarrollando con fluidez, de manera muy natural. El director cumple su objetivo de meter al espectador en el mundo de Luca de manera magnífica, de tal forma que lograremos ponernos en sus zapatos, además, porque también, desgraciadamente, muchas de la cosas que le pasan a Luca no nos son ajenas.
Las actuaciones de todo el elenco son fantásticas y resultan clave para que la historia funcione, porque, sin un texto que explique cada situación (como debe de ser), logran transmitir al espectador lo que están viviendo cada uno de ellos. Gaia Merlonghi es Marta, la novia de Luca; sus padres son: Simona Senzacqua y Valerio Mastandrea. El tocayo comentó que consideraba que su experiencia como actor influyó, ante todo, en su relación con los actores y en la confianza en su trabajo. “Me interesa permitir que un gesto o un silencio existan sin necesidad de explicarlos de inmediato, y que el actor no se vea obligado a demostrar el significado de lo que el personaje está viviendo.”
El recorrido de la película apenas empieza y es muy posible que la encuentren en su camino en algún momento, de ser ese el caso, no pierdan la oportunidad de ver La ciudad de los vivos. De mientras léanse El Ser y el tiempo, la obra cumbre de Heidegger, o, de perdida (no porque sea una obra menor, sino porque es un estilo más amigable con el lector), La muerte de Ivan ilich del maestro de maestros Tolstoi.

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