El edificio del número 34 de la Avenida Saratoga parece mantener una expresión de cansancio permanente. Los ladrillos han perdido el color hacía décadas y de las cornisas se desprenden pequeñas escamas de cemento cada invierno. En el East Brooklyn abundan construcciones semejantes: edificios que han sobrevivido a propietarios, incendios menores, administradores corruptos y generaciones enteras de inquilinos sin que nadie pueda explicar del todo por qué —y para qué— siguen en pie. A unas calles pasa la línea elevada del metro; cada pocos minutos los vagones hacen vibrar los vidrios de las ventanas, aunque en el cuarto piso aquel temblor apenas llega convertido en una respiración lejana.

En el apartamento 4C vive Iris Bell.  No desde hace muchos años. Desde siempre.

Los vecinos más viejos aseguran que es inglesa. Otros dicen que llegó allí cuando era muy joven, cuando el barrio todavía estaba lleno de familias judías y aún se podía salir a tomar una cerveza con los amigos en la calle. Una mujer del segundo piso insiste en que Iris había sido profesora y escritora. El portero asegura haber recibido paquetes para ella desde hace más de treinta años, aunque no puede precisar si alguna vez la ha visto bajar las escaleras. Alguien más sostiene que es una viuda que se mudó de Manhattan. 

Todos están equivocados: Iris nunca ha sido joven.

No recuerda una infancia, ni una enfermedad, ni un primer amor. Recuerda, en cambio, haber usado siempre la misma andadera de aluminio, haber necesitado siempre los mismos lentes gruesos y haber sentido desde el principio aquel dolor sordo en las rodillas que anunciaba la lluvia con varias horas de anticipación. Si alguien le hubiera preguntado cuándo cumplió setenta y cuatro años, habría sido incapaz de responder. La cifra no es una edad; es una condición. Recuerda una canción, pero no recuerda lo que hizo ayer. Porque en su mundo no hay ayer.  

Su relación con el exterior cabe en el círculo de cristal de la mirilla. Es un mundo con forma de ojo de pescado del que ha aprendido los horarios de todos los vecinos. A las siete con diez sale corriendo el enfermero del 4A. La pareja del fondo discute siempre los jueves antes del mediodía. Los Testigos de Jehová aparecen el segundo sábado de cada mes y permanecen exactamente cuarenta segundos frente a su puerta antes de resignarse. El técnico del cable sube dos veces por año. El repartidor del supermercado deja las bolsas sobre el tapete, anota algo en su teléfono y desaparece escaleras abajo sin esperar respuesta. Cinco minutos después, las bolsas ya no están.

Iris nunca se detiene demasiado en ese detalle.

Hay otras cosas igualmente difíciles de explicar. El televisor solo transmite episodios de The Andy Griffith Show. A veces el capítulo cambia; otras veces el mismo episodio puede repetirse durante mucho tiempo, por ello, Iris sabe el momento exacto en que debe reír, o callar. Siempre es lunes. Siempre es el día de Andy Griffith. El refrigerador siempre contiene comida suficiente. Las fotografías sobre el aparador muestran personas que ella reconoce con una nostalgia absoluta y, sin embargo, ninguno de aquellos nombres acude nunca a su memoria. Los relojes funcionan con una lentitud distinta en cada habitación. Hay una silla que jamás proyecta sombra después de las cuatro de la tarde. Nada de eso le parece extraño. Del mismo modo que afuera existen estaciones del año o semáforos, allí dentro existen otras reglas. La primera de ellas es, la puerta nunca debe abrirse. No porque haya algo peligroso al otro lado, sino porque afuera y adentro no pueden ocupar el mismo lugar.

Iris nunca habría sabido explicarlo con precisión. Es un conocimiento parecido al que permite distinguir el borde de un escalón en la oscuridad o reconocer el olor de una casa antes de verla. Si el cerrojo girara, el apartamento dejaría de ser únicamente un apartamento. Algo del pasillo entraría allí. O algo de allí saldría al pasillo. Nunca ha conseguido decidir cuál de las dos posibilidades es la peor.

Por eso observa ese mundo únicamente a través de la mirilla.

Aquella lente deforma el pasillo hasta convertirlo en un pequeño planeta. Los vecinos aparecen con cabezas hinchadas y piernas diminutas. Las paredes se curvan como si el edificio respirara lentamente. Iris ha terminado por pensar que ésa era la verdadera forma del mundo y que las personas lo ignoran. Y que prefieren vivir así.  

Una noche, alguien llamó a la puerta. Nadie había tocado de noche. 

No fueron golpes impacientes, fueron tres toques suaves, casi amigables. Golpes separados por el mismo intervalo.

Iris acercó el ojo a la mirilla.

No había nadie.

Esperó unos segundos.

Iba a regresar al sillón cuando escuchó una voz. Muy baja. Tan cercana que parecía pronunciada contra la madera. Una voz asexuada y sin edad. Colocó su oreja contra la madera. 

—Iris.

Hacía mucho que nadie decía su nombre. O quizá ése fue el momento en que la bautizaron.

La voz guardó silencio durante unos instantes.

Después preguntó, con la serenidad de quien no tiene prisa alguna:

—¿Puedo entrar?

Y no volvió a decir nada más.

Iris no respondió. No se atrevió a acercar el ojo a la mirilla. Sólo permaneció junto a la puerta hasta que el edificio recupera sus ruidos habituales. Primero el ascensor ascendió con un quejido metálico. Después una llave giró en la cerradura del 4B. Alguien dejó caer una botella de vidrio en el contenedor del callejón. Un tosido al final del pasillo.  Finalmente volvió a pasar el metro. No hubo ruido de pisadas alejándose. Sólo entonces se apartó de la mirilla. No supo si debía sentir miedo. Nunca lo ha experimentado. No sabe qué es y para qué sirve (los viejos que no le temen a la muerte no le temen a nada).

No volvió a acercarse a la puerta aquella noche.

Entró a la cocina. La tetera todavía estaba tibia. Sirvió el líquido con la lentitud de siempre y se sentó frente al televisor. Andy Griffith sonreía antes de pronunciar una frase que Iris conocía desde hace años. Sin embargo, por primera vez, la réplica tardó unos segundos más de lo habitual. No fue suficiente para alterar la escena. Apenas un silencio, una vacilación que cualquier otra persona habría atribuido a un problema de transmisión.

Iris dejó la taza sobre la mesa. Permaneció inmóvil. Después miró el reloj de la sala. Marcaba las diez con dieciocho. Sospechaba la hora porque Andy Griffith termina a las diez. El reloj del pasillo marcaba las diez con doce. 

El de la cocina, las diez con veintitrés.

Nunca habían coincidido. Tampoco era necesario que lo hicieran. Pero aquella noche las diferencias parecían mayores. Iris recorrió lentamente el apartamento comprobando uno por uno los relojes. Ninguno marcaba la misma hora.

Respiró con alivio: Eso significaba que las reglas seguían ahí.

Antes de acostarse, Iris realiza las mismas acciones de todas las noches. Endereza una fotografía que nunca amanece torcida. Dobla una manta que nunca utiliza. Cierra una puerta que siempre encuentra abierta. Nadie le enseñó esa rutina. Del mismo modo que sabe que no debe abrir la puerta principal, sabe que esas cosas deben hacerse antes de dormir. En su mundo debe haber un orden antes de dormir. 

Cuando apaga la lámpara del dormitorio advierte algo que la obliga a detenerse.

El silencio.

No la ausencia de ruido.

El apartamento nunca ha sido completamente silencioso. Siempre cruje alguna tubería. Algún vecino tose detrás de una pared. El refrigerador respira con un zumbido tenue. Pero esa noche el silencio tiene otra consistencia, como si todos aquellos sonidos hubieran retrocedido unos pasos para dejar espacio a algo más. Iris permanece de pie durante un largo rato.

Escucha.

Nada.

A la mañana siguiente los víveres esperan frente a la puerta.

Las bolsas son las mismas de siempre.

La fruta es la misma.

La leche tiene la misma fecha de caducidad.

Sólo hay una diferencia: una bolsa de café que Iris nunca ha pedido.

La toma entre las manos.

Lee la etiqueta. No reconoce la marca.

La deja sobre la mesa y continúa con su desayuno. No vuelve a pensar en ello.

Hasta que, al pasar frente al espejo del recibidor, tiene la impresión de que el apartamento es apenas un poco más grande que el día anterior. No mucho. Lo suficiente para que la distancia entre la puerta y la ventana le parezca distinta. Sin embargo, no intenta comprobarlo.

Nunca se miden las cosas que llevan toda una vida acompañándonos. Nunca se duda de lo que sostiene nuestra vida.  

Iris ordena a los elefantitos de cerámica que están sobre la vitrina del comedor. Hay uno nuevo, más pequeño que los otros. No importa.

Durante el resto de la mañana Iris intenta convencerse de que el elefante siempre estuvo allí. Lo toma entre los dedos. Es de porcelana blanca, con una pequeña grieta en la trompa. Igual que los demás. Lo coloca entre el más grande y otro que sostiene una pelota azul sobre el lomo. Da un paso atrás, como un pintor que dimensiona lo que está plasmando. Entonces comprende que no recuerda haber decidido el orden de aquella colección. Siempre había sido ése.

Nunca había necesitado pensarlo.

Permanece observándolos durante varios minutos. Después sonríe con una satisfacción tranquila: el apartamento todavía sabe dónde debe ir cada cosa.

Eso basta.

A media tarde se acerca a la mirilla.

No acostumbra hacerlo a esa hora. Los martes el pasillo suele permanecer vacío. El enfermero ya salió. Los niños aún no regresan de la escuela. La pareja del 4D trabaja hasta las seis. Sólo queda el zumbido lejano del elevador y, muy de vez en cuando, el golpeteo de alguna tubería. Algún tosido. El rumor de un televisor.  

Apoya el ojo sobre el cristal.

El pasillo está desierto, sin embargo, tarda varios segundos en apartarse.

Tiene la impresión de que falta algo.

No una persona. Algo más sencillo. Como cuando una palabra conocida desaparece de una frase y la frase continúa manteniendo su sentido, su propósito y su efecto.

Vuelve a mirar.

Entonces lo descubre. Frente a la puerta del apartamento 4B hay un tapete de hule negro. Siempre lo hubo. Sólo que ahora dice WELCOME. Iris está segura de que antes estaba al revés. No recuerda haber visto jamás aquella palabra. Retrocede. No vuelve a mirar durante el resto de la tarde.

Cuando cae la noche prepara la cena. Enciende el televisor. En blanco y negro, Andy Griffith entra caminando en la oficina del sheriff. Se sienta. Dice lo de siempre. Ríe. Todo ocurre exactamente igual que siempre.

Excepto por un detalle.

En una escena muy breve, apenas unos segundos, Andy se detiene frente a la cámara. No sonríe. Permanece inmóvil. Como si esperara que alguien terminara de hablar. La escena continúa.

Nadie parece haber advertido aquella pausa.

Iris tampoco está segura de haberla visto.

Aumenta el volumen del televisor.

El episodio sigue exactamente donde debía seguir. Sin embargo, apaga el televisor antes del final.

Es la primera vez que lo hace.

Aquella noche Iris no se prepara un té para sentarse a ver a Andy Griffith. Permanece de pie junto a la puerta.

No escucha nada.

Ni el ascensor. Ni el metro. Ni las tuberías.

El edificio entero parece contener la respiración.

Entonces llegan los tres golpes en la puerta.

Los mismos. Separados por el mismo intervalo.

Iris no se mueve. Ya conoce la pregunta antes de escucharla.

—¿Puedo entrar?

No responde. No sabría qué  decir. 

Apoya lentamente una mano sobre la madera. La siente tibia. Como si alguien hubiera permanecido del otro lado durante horas. Después ocurre algo tan pequeño que apenas merece ser contado: la puerta deja de pesar.

Durante toda su vida Iris había sentido el peso de aquella puerta incluso desde el otro extremo del apartamento. Un peso discreto, constante, semejante al de una persona dormida en la habitación contigua.

Ahora no. Ahora la puerta es únicamente madera.

Iris comprende que algo ha cambiado.

No afuera.

Dentro.

Camina hasta la vitrina. Los elefantes de porcelana ya no son doce, sino trece. No intenta recordar cuándo apareció el último. Los acomoda con el mismo cuidado de siempre. Luego endereza la fotografía. Dobla la manta. Cierra la puerta del dormitorio. Cuando termina, descubre que no queda nada más por ordenar.

Nunca había ocurrido.

Permanece inmóvil.

Tiene la extraña impresión de haber concluido un trabajo muy antiguo. Vuelve a la entrada. Del otro lado nadie insiste. Nadie golpea. Nadie repite su nombre.

Sólo espera.

Iris acerca el rostro a la mirilla.

No mira el pasillo.

Por primera vez mira el cristal. Durante unos segundos sólo encuentra el reflejo deformado de su ojo. Después comprende. La mirilla no refleja a una anciana. No refleja a nadie. Retrocede despacio. No siente miedo (un viejo que acepta a la muerte no puede tener miedo). Tampoco sorpresa. Como si hubiera sabido aquella verdad desde antes de recordar cualquier otra cosa.

Regresa al sillón.

Observa el televisor apagado. No se anima a encenderlo. Aunque da igual. Ya sabe qué pasará con Andy. 

La habitación parece un poco más amplia. O quizá más vacía.

Cierra los ojos.

Cuando vuelve a abrirlos, la taza sobre la mesa ya no está. Después desaparece la andadera. Luego los relojes.

El aparador.

Las fotografías.

Los elefantes.

Todo ello no desaparece de golpe. Van dejando de ser necesarios.

Uno por uno.

Iris observa cómo el apartamento recupera un orden que ya no la incluye. La última en permanecer es la puerta.

Continúa cerrada.

A la mañana siguiente el repartidor deja las bolsas frente al 4C. Anota algo en su teléfono. Espera unos segundos. Frunce el ceño. Toca el timbre una vez. Nadie responde. Golpea la puerta sin obtener respuesta. Entonces, por vez primera, recoge las bolsas y se marcha. Aquella misma tarde el administrador abre el apartamento con la llave maestra.

Está completamente vacío.

No hay muebles. Ni fotografías. Ni relojes. Ni vajilla. Ni señales de que alguien haya vivido allí.

Sólo una puerta interior, al fondo del departamento. Una puerta que ninguno de los planos del edificio registra. El administrador intenta abrirla. No puede. En un impulso absurdo, la golpea. Le parece que alguien sostiene el picaporte desde el otro lado. Decide dejarla cerrada. Al salir, coloca un sello sobre la cerradura del apartamento.

Dos días después el sello aparece intacto.

Pero los vecinos del cuarto piso comentan que, algunas noches, una voz pregunta con infinita paciencia detrás de la puerta del 4C:

—¿Puedo entrar?

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