En la cosmovisión mesoamericana más original (es decir, antes de la invasión española), el nahual era una entidad o persona chamánica con la capacidad sobrenatural de transformarse en un animal o vincularse espiritualmente con él. Entes venerados por su sabiduría y conexión con el universo, guardianes, guías y compañeros hasta la muerte.
“Los nahuales representaban una manera de explicar la dualidad del ser humano y su relación con el cosmos. Cada individuo poseía un “tonal” (una energía vital vinculada al sol) y un “nahual” (su alter ego), que generalmente se manifestaba en forma de un animal o fenómeno natural. Esta creencia reflejaba la interconexión entre el individuo y su entorno, así como las fuerzas naturales.”.
La perra, (ver aquí la importancia de la coma) de Dominga Sotomayor, se estrenó en la Quincena de los Realizadores de la presente edición del Festival de Cannes. La película esta basada en la novela homónima de Pilar Quintana, trasladando el desarrollo de los hechos de la selva colombiana, país de donde es oriunda la escritora, a una isla en la Patagonia chilena, país que vio nacer a la directora.
La trama se centra en Silvia (Manuela Oyarzún) que vive con su pareja, Mario (David Gaete), en esta inhóspita, pero a la vez bella isla chilena donde el viento corre todo el tiempo a gran velocidad y para meterse al agua hay que usar traje de neopreno. No obstante, los paisajes son estéticamente atractivos o por lo menos imponentes. Silvia vive de la recolección de alga marina, al igual que la mayoría de la comunidad y, a pesar de las duras jornadas de trabajo, lleva una vida tranquila y yo diría que hasta potencialmente apacible. Sin embargo, Silvia parece estar siempre a disgusto, atribulada, poco a poco iremos descubriendo por qué.
La vida de Silvia cambia completamente cuando encuentra una cachorra de perra callejera que se encuentra en la playa, objeto de disputa de una pandilla de niñas que quieren quedársela. A partir de ese momento la adopta y la cuida, tratando, quizás de ejercer una maternidad frustrada que es parte fundamental de su pesadumbre, aunque no única.
Así, la perra, que Silvia ha decidido llamar Yuri, como la cantante veracruzana a la que admira (todos admiramos a Yuri, sobre todo a esa Yuri de los ochenta, inolvidable), y ella (Silvia) se vuelven inseparables y van juntas a todas partes, sin que la perra pierda la condición de perra, es decir, sin humanizarla, sin volverla su perrhija. Yuri, crece en un ambiente de libertad, propio de la isla en la que se encuentra, a la mitad entre los salvaje y lo rural. Explora y conoce todo lo que la rodea hasta que logra familiarizarse con su medio ambiente. Al contrario de Silvia, Yuri disfruta de su vida, de su libertad y de la isla, quizás más que nadie más.
Un día la perra desaparece, por primera vez, eso hace recordar a Silvia una tragedia de la infancia que la marcó de por vida y que no ha podido superar. Con el tiempo Yuri regresará, embarazada, en contra de su voluntad. Si Yuri hubiese conocido sus derechos hubiese exigido el aborto, pues ha sido, ostensiblemente, violada. Pero como los avances legislativos no llegan a tanto, Yuri tiene que tener a los cachorros. Los cachorros son una molestia constante, la vida de la perra prácticamente se acabo, los cachorros se han llevado todos sus sueños de libertad. Por eso Yuri se siente desesperada ha perdido el bien más importante que tiene. En estas circunstancias, vuelve a huir y abandona a los cachorros. Algo monstruoso para alguien como Silvia que lo que más deseaba en la vida era tener hijos y no pudo.
A lo largo de la película nos iremos encontrando con este cruce de caminos entre Yuri y Silvia, un encuentro de caminos que más que eso parece, un viaje cósmico, una exploración mística de los miedos, sueños y frustraciones de Silvia, a través de su guía y guardiana, de su nahualli, que viene siendo la Yuri. En estas circunstancias y gracias a la perra, su nahual, Silvia tendrá que enfrentarse a si misma, una batalla que ha postergado durante muchos años y que no la ha dejado vivir.
Dominga Sotomayor representa, en su largometraje, esta lucha interior de Silvia, en una pelea que tiene con Yuri, una lucha con su nahual, una confrontación con sus miedos, que la perra, la nauhualli, la guía espiritual, la obliga a sostener, aparentemente con la perra, pero es con ella misma.
Materialmente, fuera de cualquier interpretación mística, como la que propongo, Silvia y Yuri pelearán, no les diré que resultado tendrá dicho evento porque es medular en la historia, solo adelantar que pueden resultar imágenes sensibles para los animalistas, quienes, de no ser esto una ficción y de no haber al principio un gran letrero que dice que ningún animal fue lastimado durante la filmación, como mínimo funarían o funearían (esto de las palabras nuevas es todo un reto para mí, pero tengo que fingir, de alguna manera, mi edad) a Silvia y la expondrían a un linchamiento mediático digital, a pesar de que la primera en pegar haya sido Yuri, es decir, que Silvia bien podría alegar legitima defensa ante el tribunal correspondiente.
La película resulta harto interesante, incluso sin la interpretación mística que acabo de aportar. La música es un detalle magnífico a destacar. La fotografía, ante ese lugar tan desconocido (tan desconocido que en realidad no existe, porque fue grabada en distintas locaciones) e imponente, resulta muy bien llevada. En algunos momentos clave, como el hecho traumático del pasado que no deja vivir a Silvia, que no podría comentar más a fondo sin hacer revelaciones, el diseño de sonido destaca en su labor descriptiva y hace que el público se terminé de convencer de lo que los personajes están sintiendo. Ello complementado con un extraordinario manejo de la cámara, que en situaciones complicadas de representar cinematográficamente como la pelea entre Silvia y Yuri, está siempre en el lugar y momento adecuado, haciendo un buen uso de los acercamiento y alejamientos y de los encuadres. Todo esto, en su conjunto, hacen de La perra una obra destacable.

Adenda. Crítica amistosa al animalismo
Cuando uno ve el título de la película y algún fotograma parece que se va a enfrentar a una historia propia o dirigida a público animalista. El animalismo, esta doctrina de origen occidental, blanco o anglosajón, que tiende a humanizar a determinados integrantes del reino animal (en particular a los perros y a los gatos aunque se puede extender a cualquier otra mascota convencional), cosa respetable, desde luego, de la que no tengo nada en contra, pero lamentablemente no comparto. No sólo por su origen cultural, sino por su incongruencia en sí misma, con el equilibrio natural y la realidad actual. Todavía el antiespecismo, doctrina también occidental de origen blanco (anglosajón), que tampoco comparto, pero que respeto un poco más por ser un tanto más congruente en sí misma, aunque siga siendo incongruente con todo lo demás.
Aunque no es mi intención profundizar en el tema, porque ello merece muchas páginas y un largo debate bizantino al que en este momento no quisiera entrar porque hay otras batallas culturales que hay que ganar antes, si decir brevemente que mi falta de adhesión a estas doctrinas es principalmente porque yo soy un nativo mesoamericano (hoy conocido como indio o indígena) y mi cultura y creencias no empatan con la visión blanca de los animales y el equilibrio natural reflejados en estas doctrinas.
Nosotros, los ahora llamados indígenas, respetamos la vida natural en dimensiones bastantes considerables, Dios sabe que así es, hemos platicado con el pájaro desde tiempos inmemorables, convivimos con los monos, admiramos al águila y al jaguar por sus atributos físicos, pero nunca dejaríamos de cazar lo estrictamente indispensable para tener una dieta balanceada, ni sacarle un poco de leche a la vaca o comer unos huevos, sin llegar a la industrialización de ninguna de estas actividades, cosa que sí resulta un crimen. No es lo mismo tomar de la naturaleza lo estrictamente necesario para vivir, que hacer comercio o negocio con ello.
La vida natural, incluso la salvaje, a la que pertenecemos todos, aunque el cemento y la vanagloriada y alienante civilización occidental nos quieran convencer de otra cosa, tiene otras dinámicas que no permiten humanizar al resto de especies de nuestro mundo, mucho menos, solamente a un par de ellas (perros y gatos). Y esto no quiere decir, de ninguna manera, que seamos partidarios del maltrato animal, ni mucho menos, como dije, hemos hablado con el pájaro desde tiempo remotos, pero el lobo se ha querido comer a la gacela desde el principio de los tiempos y bajo esa lógica el humano ha pescado desde épocas muy primigenias. El día que lobo deje de comer gacela por voluntad propia, quizás, ese día considere dejar de pescar.
Un verdadero animalista, para empezar, considero que debería de dejar a los perros y a los gatos libres y dejar que se reproduzcan a placer, y que se autoregulen. ¿A quién le gustaría ser castrado o perder la posibilidad de la descendencia o del simple acto sexual que quizás es lo único importante para los más bestias? El perro a lo mejor también tiene deseos carnales y se los estamos arrebatando, ¿eso no es maltrato animal? No nos planteamos esa pregunta porque no hacerlo así puede llevar a la constitución de una plaga y quizás hasta una crisis sanitaria. Entonces el animal ya no es tan igual al humano ¿no?
Solo los blancos han encontrado en estas doctrinas una lógica, una congruencia. Aunque más bien es un descargo moral, un descargo de consciencia, respecto de las atrocidades de las que son responsables. Claro, es más complicado voltear a ver las guerras (en las que también mueren perros y muchos animales de todo tipo, por cierto, habría que ver que resultados tuvo para el mundo animal no racional el genocidio en Gaza), colonizaciones (no del pasado, sino actuales), mala distribución de la riqueza y demás actos que no solo los vuelven responsables del malestar humano o animal, sino de la desgracia de todo el planeta. Si poniendo un plato de croquetas afuera de mi casa puedo considerarme una buena persona, caray, creo que no hay mucho que pensar, pero no sé si es lo más justo.
No pienso que seamos una especie superior o que merezcamos más consideración, de hecho, si de merecimientos se tratase, como especie, merecemos la extinción. Solo creo que somos especies distintas, a veces incompatibles, en una convivencia estrecha, con un equilibrio que esta más allá del entendimiento humano o al menos del hombre blanco; y que estas interpretaciones no dejan de ser antroprocentristas por raro que parezca.
La naturaleza tiene mecanismos de equilibrio propios y el humano, incluso el animalista o antiespecista con toda su sensibilidad y buenas intenciones morales, no es capaz todavía de comprenderlos. Aun así, quiere implementar sus propios equilibrios, pero el lobo va a seguir comiendo gacela y los leones comerán herbívoros para que no haya un exceso de población y acaben con vegetación o la tierra y el coyote va a seguir cazando conejos, así como los humanos tendremos que seguir haciendo exterminaciones masivas de ratas y cucarachas, antes de que La peste, de Camus se vuelva realidad.
Por eso, para mí fue una muy grata sorpresa que Dominga Sotomayor no haya romantizado, estilo Hollywood, ni a Yuri ni a la relación entre ambas, haciendo, más bien, una representación cinematográfica de la situación desde una perspectiva más acorde con una visión abyayalense.




























