Llegué a Valladolid el mero día de inicio de actividades de la Seminci. Con maleta en mano, o más bien mochila a la espalda, me fui directo de la estación del tren al lugar donde entregaban las acreditaciones, a un costado del monumental Teatro Calderón. Tenía el tiempo contado para llegar a la primera función de la programación, la película que inauguraba la Seminci: Tres adioses, de Isabel Coixet y luego regresar corriendo al Calderón, donde iba a ser la rueda de prensa con Coixet y volver a correr a donde sería la siguiente función. 

Así pasaría todo el día hasta primeras horas de la madrugada del siguiente. No me preocupaba correr entre actividad y actividad con mi ligero equipaje tanto como recoger la llave del cuarto que había rentado para dormir. Alejado del centro porque es lo que podía pagar. Vi un punto de oportunidad para ir al hospedaje a la hora de la comida. Tenía el tiempo justo para ir en autobús al cuarto, recoger la llave, tomar de nuevo el autobús y llegar a tiempo para ver The Mastermind, de Kelly Reichardt.

No lo logré, no conté con que el autobús no estaba a mi disposición y tenía que esperar a que pasara. Tampoco tomé en cuenta que era de mínima educación platicar por lo menos 5 minutos con mis anfitriones, en lo que me explicaban lo que me tuviesen que explicar respecto a la logística del alojamiento. Muy pronto me di cuenta que había que renunciar a Kelly Reichardt, una directora cuyo trabajo me parece interesante. Habrá quien me diga (y lo agradezco): no te preocupes pronto estará en MUBI y yo tendré que responderle que desde que supe que recibe dinero sionista cancelé mi suscripción a dicha plataforma del mal.

Así perdí, una de las dos películas que, en empate o ex aequo como le llaman en España, sería una de las galardonadas con el mejor premio del certamen, la Espiga de Oro. La otra fue Magallanes de Lav Díaz.

Magallanes era la última película que tenía agendada para ver de la fabulosa programación de la Seminci. Tenía el tiempo justo para, después de la función, tomar un tren para Madrid y de allí viajar de noche a Sevilla y no gastar en una noche más de hotel, ni en Valladolid que es caro, ni en Madrid que está más allá del bien y el mal y por lo mismo mas allá de lo caro también. 

De igual manera tenía toda la semana de dormir poco y la maleta a cuestas; además de que lo único que sabía de Magallanes es que la película duraba más de dos horas y media, cosa que a mí usualmente no me preocupa, pero dado el cansancio acumulado, tengo que aceptar que fue un punto a considerar en esta ocasión. Con lo que quiero decir que también estuve a punto de perder la proyección de la otra gran ganadora de la Espiga de Oro. Afortunadamente, no fue así. 

Magallanes tuvo su estreno mundial el pasado el 18 de mayo en la sección Premiere del Festival de Cine de Cannes, antes de su exitoso paso por la Seminci. También fue seleccionada como la película filipina candidata a la 98.ª edición de los Premios Óscar a la Mejor Película Internacional.

La película está dirigida por el reconocido cineasta filipino Lav Díaz, quien se caracteriza por ser pionero del Cine Lento (Slow Cinema dicen los gringos) y por la larga duración de sus piezas cinematográficas. Magallanes, con sus dos horas y cuarenta minutos, resulta ser una de sus películas más cortas y con un formato que se acerca más a lo comercializable, a color y con actores de fama internacional como Gael García Bernal, que no le falla a la hora de realizar el papel protagónico.

Sólo para que se den una idea Lav Díaz tiene películas de casi once horas como Evolution of a filipino Family de diez horas con cuarenta y tres minutos o Norte, The End of History de más de 4 horas o A Lullaby to the Sorrowful Mystery de más de 8 horas. De hecho, se rumora que hay una versión de Magallanes de 9 horas que quizás algún día verá la luz.

El filme, como resulta fácil de predecir, tiene como eje central de la historia la vida del explorador portugués Fernando de Magallanes, desde 1511 cuando participa en la toma de Malaca, bajo el mando de Alfonso de Albuquerque y resulta herido de una pata en combate. Hasta su muerte en la Batalla de Mactán, en Filipinas, el 27 de abril de 1521. La película pasa por sus negociaciones fallidas con el rey Manuel I de Portugal para emprender una nueva exploración por esas tierras o más bien mares; su matrimonio con Beatriz Barbosa, interpretada de manera destacada por Ângela Azevedo; los acuerdos con la corona española que le permiten continuar con sus ambiciosos planes; el tortuoso viaje de 3 años que emprendió antes de llegar a lo que hoy es Filipinas; así como, sus días allí hasta su muerte.

La verdad es que la película es estéticamente magnifica. Sin perder la característica de cine lento, Lav Díaz y su director de fotografía Arthur Tort hacen un fantástico trabajo visual. El largometraje, es más bien una serie de óleos bellamente capturados durante casi los 160 minutos de su duración. Algo que desde luego nos da algo en que ocuparnos, a pesar de su ritmo lento. Es como un recorrido de domingo por un museo local, sin prisa y con las disposición de invertir el tiempo necesario para apreciar la belleza de la obra expuesta.

Para lograr estos resultados, optaron por utilizar casi siempre, casi en todas las secuencias, una cámara fija que graba a una distancia prudente, nunca muy cercana,  de hecho podríamos decir que hay una tendencia a evitar los “close ups” (como dicen los gringos). Lo cual es muy lógico porque, claro, el uso de primeros planos no es compatible con la expresión oleográfica que se le quiere dar al film, que necesita tomar distancia para abarcar la totalidad de la belleza del cuadro. Característica que se logra y que termina siendo su principal virtud. Toda esta estrategia cinematográfica convierte a la audiencia, más que en un espectador, en un testigo silencioso que desde el proscenio observa el curso de los acontecimientos históricos que se nos narran, como si estuvieran sucediendo por primera vez en ese preciso momento.

Las escenas en los espacios abiertos, casi siempre enmarcadas con alguna playa, también son de un ojo diestro y educado, con un increíble gusto estético; y un alma anticapitalista despreocupada por el desparramamiento del tiempo. La belleza requiere tiempo sin restricciones y el paso del tiempo prefiere la belleza. Las secuencias en el mar fueron rodadas en carabelas reales, al menos una, que al parecer consiguieron en Sevilla. 

Hay una secuencia final que es poesía, poesía pura y dura. Una declaración de intenciones; un compromiso, expuesto en código cinematográfico, de lealtad con el arte; un deleite estético que debe pasar a los anales de la historia del cine como una de las escenas mejor logradas artísticamente hablando —junto con aquella de Sound of falling, de Mascha Schilinski, en la que unas campesinas sobreviven a una ventisca rodilla en tierra, mientras otras se elevan por los aires en forma de cruz y en términos de redención. Por lo que hace a este 2025—. 

Se trata de un plano abierto de una playa ensangrentada, en el ocaso de la gran batalla de gloria y muerte, que toma la unión de arena y mar de frente. Al fondo, caminando lentamente hacía el occidente de su vida, cogiéndose las costillas y arrastrando un pie, como quien está muriendo, se observa un hombre que avanza hacía la lejana cámara imperturbable, esquivando una cantidad enorme de cuerpos inertes mientras el viento sopla fuerte y sin descanso, haciendo agitar con violencia una bandera incolora y meciendo una pequeña embarcación que parece ajena a los hechos sangrientos que acaba de presenciar, como cualquier sociedad moderna. La secuencia dura lo que tarda aquel hombre en recorrer, semi-agónico esos 50, quizás más, metros de playa que representan su último aliento, es decir, un rato. Aun así cada segundo es de un goce absoluto.  

Las actuaciones en lo general son bastante buenas, sin que sobresalgan, porque claro, en una película como esta las actuaciones y los diálogos resultan hasta secundarias, todo el esfuerzo artístico se centra en lo visual más que en lo dramático. Gael García Bernal tiene un muy buen desempeño, nos muestra a un Magallanes contrahistórico, por momentos frágil, enfermo, endeble; pero a la vez oscuro y peligroso. El actor mexicano aprendió portugués para desarrollar las partes de sus diálogos en ese idioma. Lav Díaz también acierta en la selección de actores al escogerlo a él, nadie puede dudar del Magallanes que nos presenta García Bernal que es el mismo que Díaz quería.

En este sentido, hay un dato que me pareció curioso, en alguna entrevista que encontré por allí dentro de la documentación que revisé para escribir el presente texto, le preguntan al director sobre el actor mexicano: ¿Cómo fue trabajar con Gael en este proyecto? Y Díaz responde: Aprendí mucho sobre temas de humildad, humanidad y la oscuridad del hombre. Fue todo lo que dijo, saque cada uno sus propias conclusiones respecto de lo que quiso decir. Otro dato curioso es que Darío Yazbek Bernal, medio hermano de Gael, aparece en la película como Duarte Barbosa, que viene siendo el cuñado de Magallanes. 

La música es inexistente y el sonido más relevante es el del viento golpeando las palmeras de una Filipinas, que no es Filipinas todavía, libre. Lav Díaz tampoco se empeña mucho en abundar en datos históricos de fechas, lugares y cronologías. Proporciona lo justo para que el espectador se pueda situar en espacio y tiempo, porque entiende que son relativos en esta circularidad de la Historia.  

Lo anterior, no quiere decir que la película no esté documentada a fondo, ni mucho menos, sino solamente que el director no se centra en los datos, sino más bien en los hechos. Dice Lav Díaz que tardó 7 años en hacer la Investigación para la realización de la película.

Sabiendo que la producción se preocupó por encontrar una carabela en funcionamiento, tal vez esté de más decir que tanto las vestuarios como las locaciones y la escenografía están tremendamente cuidados. De otra forma no podía ser si se le iba a apostar tanto al protagonismo visual y estético del largometraje. 

Además de la fuerza visual y estética que son la gran valía de la película, su otro gran valor es el trasfondo social del filme; y su utilización como un conducto de reflexión, esa gran cualidad del cine que tantos creativos olvidan o menosprecian. Lav Díaz hace una revisión histórica muy pertinente, reta a la historiografía oficial de su país e invita al espectador a cuestionarse las historias oficiales construidas desde la hegemonía de los vencedores para manipular a las masas.

Hay un punto trascedente, que no el único, con el Lav Díaz pone el dedo en la llaga con toda premeditación y sabiendas de que iba a ser controvertido, pero la finalidad valía asumir los riesgos. Un objetivo que no es otro que el que ya hemos mencionado, el de cuestionar las historias oficiales de los países que no siempre acaban de cuadrar del todo con la realidad pasada ni presente. Me refiero a lo siguiente:

La historiografía oficial filipina señala como uno de los principales héroes de la defensa de aquellas comunidades frente a la invasión y colonización extranjera a un personaje conocido como Lapulapu. A él se le atribuye el liderazgo de la resistencia frente a los españoles en la Batalla de Mactan, en la que terminan derrotando a las fuerzas invasoras lideradas por Fernando de Magallanes, mismo que resulta muerto.    

“La sociedad filipina moderna lo considera el primer héroe filipino por su resistencia a la colonización española. Se han erigido monumentos a Lapulapu por todo el país para honrar su valentía contra los españoles . La Policía Nacional de Filipinas y la Oficina de Protección contra Incendios utilizan su imagen como parte de sus sellos oficiales.” (Wikipedia).

El punto es que en Magellan, Lav Díaz no reconoce la existencia real (física) de Lapulapu y le da el tratamiento de un mito, un mito invocado e inventado por el jefe de la isla Cebú, Rajah Humabon, que sí resulta ser un personaje con mayor presencia en el filme, contrario a lo que parece tener en la historiografía filipina, como instrumento de guerra para enfrentar a los fanáticos invasores. 

Como el propio director lo esperaba hubo más de una crítica al respecto, pero Díaz sostiene que después de 7 años de investigación puede sostener sin titubeos que nadie vio o que no consta de los testimonios existentes que alguien haya visto a Lapulapu. Y efectivamente, parece que solo hay un historiador italiano de apellido Pigafetta que habla respecto de su existencia.

Lapulapu no es al único personaje histórico que Lav Díaz desnuda o deconstruye. A Fernando de Magallanes también lo despoja de cualquier tinte heroico que sí le ha dado con toda desfachatez la cultura occidental ilustrada, y su influencia hegemónica en la redacción de los libros de historia de los pueblos colonizados y semi-independizados, obsequiándole la imagen del gran explorador, descubridor, evangelizador y civilizador (la tarea “civilizatoria” clásica quimera justificadora de la barbarie colonizadora).

Magallanes es presentado como un hombre esencialmente ambicioso, en muchos momentos débil, frágil, debido a que gran parte de la película se muestra maltrecho por aquella herida en la pierna que le tardó tanto en sanar. Un personaje cuya soberbia y menos precio por el prójimo, sobre todo el de las culturas que pretendía someter, lo llevaron a la muerte. Al mismo tiempo que él llevó a la muerte a amigos y enemigos por igual.

El largometraje también se enfoca en mostrar lo terrible y pernicioso de las campañas colonizadoras, no sólo para los nativos de las tierras expoliadas, sino para los propios colonizadores. Lav Díaz toma su tiempo para hacer largos paneos y recorridos de la cámara de cadáveres, cuerpos heridos, torturados y ensangrentados, en distintos momentos de la historia, al principio, en medio y al final del largometraje. De hecho, la secuencia magnifica del final que he descrito se sostiene por una alfombra de cadáveres que cubre la arena de aquella playa lúgubre.    

Lav Díaz no muestra como nativos de aquellas islas invadidas a unos salvajes que necesitan ser civilizados, que no se gobiernan y hasta se comen entre ellos, la clásica percepción occidental que vende a sus ciudadanos. Al contrario, muestra a sociedades pacíficas, organizadas, con sus propios sistema normativos, religiosos y de convivencia bien establecidos. Aldeas con sus cabañas o jacales respetuosos de la naturaleza, en una cosmovisión de respeto al medio ambiente que el hombre blanco quiere adoptar 500 años después de su fracaso “civilizatorio”. Comunidades con su organización política y económica, que descubren, a pesar de su pacifismo e ingenuidad, la perversidad y ambición del visitante bárbaro que los quiere ultrajar. Magallanes, lejos de civilizar llega a destruir, destruir para imponer y saquear.

Por todas esta razones y muchas más, y aunque 160 minutos de una película lenta suenen duros y hasta amargos, si tienen la oportunidad de ver Magallanes, no la dejen pasar. Yo, al salir del teatro Cervantes aquel día que dudé en entrar a la proyección, por las razones antes expuestas, salí por demás satisfecho, incluso sin saber en ese momento que, con todo merecimiento, iba a obtener ex aequo la Espiga de Oro de Valladolid, por lo que me atrevó hacer tan temeraria recomendación.  

Adenda

Sirva este texto, también, como pretexto para rendir un pequeño y humilde homenaje a José Luis Cienfuegos (dep), director de la Seminci fallecido repentina y recientemente. Aunque no tuve el gusto de conocer a Cienfuegos, su trabajo habla por él y es indudable que deja un vacío importante en el quehacer cinematográfico español.

José Luis Cienfuegos, antes de ser director de la Seminci, fue director del Festival de Sevilla de cine europeo, en el que dejo unas bases sólidas que, con las grandes aportaciones de los nuevos encargados de la programación del festival hispalense, siguen sirviendo de guía y cimiento. Luego pasó a la Seminci donde hizo un gran trabajo del que escribí aquí en la Vagabunda por lo que hace específicamente a su última edición, la 70, en la que pude estar. 

Sin duda, José Luis Cienfuegos fue un defensor del cine independiente. Una persona que siempre puso el arte por encima del entretenimiento y que supo defender a los festivales de cine por los que pasó, como el último reducto del cine de autor en el que se han constituido. En estos tiempos en los que cada día encuentran menos espacios de proyección frente a la ambición desmedida de los intereses mercantiles que contaminan la realización cinematográfica y su distribución, y que la ponen en peligro como séptimo arte. 

José Luis Cienfuegos recibirá en España la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes a título póstumo. Festivales, políticos, cineastas e instituciones de toda España y Europa han alabado cómo iluminó el cine de autor durante 30 años a través de su labor al frente de algunos de los festivales más destacados de España en la Seminci, Gijón y Festival de Sevilla. 

Ante lo inevitable sólo queda desear que José Luis Cienfuegos descanse en paz, pronta resignación para sus dolientes, que la Seminci sepa conservar su línea histórica respetuosa del cine de autor y que esta tragedia no abra la puerta a un nuevo director con una visión más mercantil de la realización cinematográfica.

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