“No solo de pan de vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en maquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.”
Federico Garcia Lorca
La nueva película del exitoso director surcoreano Park Chan-wook, mayormente conocido por su obra maestra moderna Oldboy, No other Choice, después de un largo recorrido por varios festivales de prestigio como el Festival Internacional de Cine de Venecia, donde se llevó a cabo su estreno mundial el 29 de agosto pasado; el de Toronto, donde ganó el Premio del Público y otros tantos, llegó con muchas expectativas al Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya, mejor conocido como Sitges, que es el bello pueblo con mar en el que desde hace 58 años se celebra este fantástico festival.
La película, se basa en la novela de 1997: The Ax de Donald E. Westlake, que ya había tenido una adaptación previa a cargo del gran Costa-Gavras, Le couperet. Vuelve a estar en boca del mundo cinematográfico, ya que en días recientes obtuvo 3 nominaciones a los Globos de Oro gringos que se celebrarán el próximo 11 de enero. Dichas nominaciones son a Mejor película, en su modalidad de Comedia; Mejor actor principal, en la misma modalidad, para su protagonista: Lee Byung-hun y Mejor Película de habla no inglesa.
Las entradas para ver la película en Sitges se agotaron muy rápido, prueba de la expectación que generaba, principalmente por su director Park Chan-wook que está a punto de convertirse en un cineasta de culto, si no es que ya lo es para muchos de lo más jóvenes cinéfilos de la rica y variada fauna cinematográfica de la actualidad; pero también porque, aunque sin ganar premio alguno, pasó con éxito por Venecia y salió con premio de Toronto, dos festivales de primera categoría.
En Sitges, las primeras funciones por día en sus sedes principales son, por lo regular, sin boleto comprado o reservado, es decir, que sólo tienes que llegar a la sala a la hora indicada, o recomendablemente antes, y puedes acceder con tu acreditación hasta agotar el foro. Esa innovadora y excelente opción fue la que me salvó de pasar por Sitges sin ver una de las películas más esperadas.
La película trata de un hombre, Yoo Man-su (Lee Byung-hun) que lo tiene todo, según su perspectiva y el modelo de éxito capitalista. Vive el sueño americano en carne propia con una familia nuclear, con hijo e hija y una bella esposa dedicada a la familia y al hogar, siempre dispuesta a impulsar al marido cuando los embates del capitalismo lo derrumban; una casa con jardín para las parrilladas o barbacoas familiares de los domingos; un buen trabajo con generosos ingresos y hasta dos perros de raza clásica del sueño americano, seguramente con pedigrí, chip y certificado de autenticidad.
Pero la vida de Man-su se viene a la deriva en caída libre sin escalas cuando los nuevos dueños de la fabrica de papel donde ha trabajado durante mucho tiempo, deciden prescindir de sus servicios intempestivamente. Man-su trata con todas sus fuerzas y hasta la desesperación de encontrar otro trabajo (en la misma área), va de entrevista en entrevista hasta la humillación y no consigue nada. Esto lo lleva a implementar un macabro plan para recuperar el trabajo deseado y volver a ese sueño americano en el que vivía tan “felizmente”.
Sin ser su mejor película, Chan-wook no decepciona, su nueva pieza cinematográfica tiene ese poder visual que lo caracterizan, con una estética magnifica, acompañada de un buen diseño de sonido, extraordinario manejo de la cámara y unas actuaciones, sobre todo la de su protagonista, excepcionales. No es gratis su nominación a los Globos de Oro. Un Lee Byung-hun que sabe ir, en cuestión de segundos, de la comedia a la tragedia, de la alegría a la angustia, de la satisfacción al dolor, sin dejar duda de la montaña rusa de sensaciones que su personaje vive, gracias a su habilidad de transmitir emociones al espectador, solamente con su lenguaje corporal.
Por si esto fuera poco, lo mejor de la película, es su argumento, el trasfondo del derrumbe de la aparente vida idílica de Man-su. Pero, sobre todo, que dentro de esa clara, generosa y evidente crítica al capitalismo que el director introduce, sin sutilezas, en el filme, hay una crítica también a nuestras sociedades y sus individuos, alienados, enajenados, hipnotizados, idiotizados —“con perdón, más faltaba, y el debido respeto”, como despide su columna el día de hoy Martín Caparrós—, por un sistema cruel que se mantiene por la creencia absurda en el espejismo de éxito que vende y por la añoranza de deseos, que incluso obtenidos, nunca encuentran saciedad, basados en el surrealista sueño americano y su más surrealista veneración por las masas. Es en esta crítica subrepticia a las sociedades modernas y sus individuos, donde yo encuentro la gran valía de No other choice.

La película, sí, habla y crítica sin miramientos el capitalismo en su versión más salvaje que en la actualidad podemos encontrar en apogeo. Un sistema para el que somos instrumentos, herramientas desechables, como pañales, y cada vez más prescindibles en la medida en que la tecnología avanza, bajo el asombro y admiración de las catervas, sin darse cuenta que están cavando su propia tumba. La Era Tecnológica anuncia lentamente su llegada y la gente, como los dinosaurios, no se enteran que eso significa su fin como especie en un sistema como en el que vivimos. Por el contrario se encuentran felices dejando que Chat GPT les consuma la vida, no sólo el pensamiento.
Sí, muestra, sin centrarse mucho en ello, la sangre fría y crueldad de la patronal, su insensibilidad, su inhumanidad para ser más claros. Nos enseña, quizás, llevado al extremo, de manera magnifica y, por lo tanto, reconfortante, el principal ingrediente de este capitalismo salvaje del que hablamos, que es la competencia inmisericorde, la competencia sin contemplaciones. Cómo nos expone el sistema a este mecanismo que nos hicieron creer que es natural (selección natural) en una de las más perversas interpretaciones de la ciencia; y cómo nosotros nos sometemos sin miramientos a esta interpretación de la vida, como si realmente no hubiera otra opción, no other choice. La competencia por un puesto de trabajo “bueno” o mejor, la carrera por el ascenso, por los falsos privilegios burgueses, por la pareja, el coche, la casa, por todo. El sistema nos enseña a competir desde que nacemos.
Sí, la película exhibe la fragilidad del bienestar burgués, de la estabilidad en la clase social a la que creemos pertenecer, de la felicidad capitalista. Vemos cómo Man-su pasa de un día para otro de la burguesía a la pobreza, de la felicidad al martirio, de cortar papel a cortar cabezas, sin escalas ni pausas que atemperen su caída. La fragilidad del estatus en un sistema para el que eres básicamente desechable y sustituible no deja de ser sorprendente y nos recuerda toda esa gente que cree que es clase media cuando realmente está a una decisión del sistema de ser lumpen.
Si, nos enseña todo eso con una claridad y abundancia que es imposible no verlo, llevárselo a casa quizás será más difícil. Pero, para mí, el principal mensaje de la película y su mayor valía, es la crítica a nuestras sociedades modernas, a lo que podemos llamar el ser social capitalista posmoderno pretecnológico o prototecnológico si lo prefieren. Un individuo abstraído en el nomos remasterizado de la antigua Grecia (esclavista, misógina, clasista, plutocrática) que tanto les gusta y defienden los capitalistas; un individuo encarcelado en una sociedad artificial (no natural) impuesta y restringida por una aristocracia mundial, convenientemente sin opciones. Es decir, sin una noción de la “realidad” más allá del imaginario construido por el propio sistema, sumergido en la alegoría platónica de la caverna, en donde la caverna es el mundo capitalista. Un individuo estercolero que, en tales circunstancias, ha perdido la noción de lo verdaderamente importante, apegado a sueños y deseos absurdos, a vacuidades, a lujos innecesarios, que consideramos indispensables para ser felices.
La importancia que hoy en día ha tomado la apariencia, pero ni siquiera la apariencia de ser, sino de tener, porque ya no eres lo eres, eres lo que tienes o, más bien, aparentas tener. Hemos comprado esa falsa idea de éxito y de felicidad que nos vendió la quimera del sueño americano, que radica en tener más que en ser. Ya no es: pienso luego existo, ahora es: tengo luego existo. Una sociedad absurda que finca su parroquia en la propiedad privada, para rezarle al Dios del dinero que bajo esta religión todo lo puede, es decir, es omnipotente.
La frase no other choice se repite varias veces en la película y desde distintas perspectivas. El patrón le dice al empleado que no tiene otra opción cuando lo corre. Man-su piensa que tiene que hacer lo que hace porque no tiene otra opción, porque cree que no sabe hacer otra cosa, pero más bien porque no sabe que se puede ser otra cosa. Man-su como todos nosotros no se ve sin casa, sin familia, sin coche, sin esposa, sin hijos, sin trabajo. Eso es lo que el sistema nos ha enseñado que somos y el sistema es el primero que nos ha dicho no other choice, y lo tenemos tan asimilado. No hay vida más allá de la propiedad privada, no hay vida más allá de la familia nuclear, no hay vida mas allá del trabajo subordinado, no hay vida más allá de la competencia, de la insensatez, de la sobrevivencia del más fuerte, del dinero. El dinero, una cosa tan abstracta como Dios en cualquier religión, que requiere de un acto de fe masivo para tener validez.
A pesar de todas esta cosas buenas, no todo en la película es así: sus más de 2 horas (139 minutos) de duración se hacen largos, y más largos en un filme de este estilo con una estética y narrativa que demanda cierta velocidad. Hay secuencias que también se prolongan más de lo necesario y aunque el final recompensa, llegar a él con toda la atención requerirá un esfuerzo no presupuestado.
Resulta paradójico que Man-su fuese empleado de una fabrica de papel —no sé si fue una genialidad del director o del escritor de la novela en que se basa la película o una simple coincidencia—. El papel, cuyo uno de sus primeros usos, sino es que el primigenio, fue el de ser soporte ideal de la escritura, con lo que se lograba la inmortalidad —y posterior difusión con la imprenta— del pensamiento crítico. Un pensamiento crítico que, a pesar de su inmortalización, difusión y ahora hasta digitalización, lo que ha abierto un mundo infinito de posibilidades para su distribución y acceso, hoy en día ha perdido vigencia, ya que la gente dejó de leer o lee lo que tiene a su alcance, lo que le llega más fácilmente, que por lo regular es propaganda de la hegemonía, del sistema; información que los mantiene durmiendo el eterno sueño americano, que los sumerge en una ignorancia supina. Ignorancia que les hace creer que no tienen otra opción.
Como colofón les dejo esta cita del libro: No me tapes el sol. Cómo ser un cínico de los buenos, de Eduardo Infante. Los cínicos apostaron por volver a la vida natural y encontraron otro camino hacía la felicidad, otra opción, de esas que el sistema oculta:
“El cínico se rebeló a ser un hombre civilizado porque creía que los seres humanos somos felices por naturaleza y que es la vida social la fuente de nuestras desdichas. La sociedad de los hombres se ha construido contra la naturaleza y rompiendo los lazos que nos unen a todos los seres vivos. Muchos cínicos decidieron recuperar el paraíso perdido y vivir en comunión total con la naturaleza sin dinero, sin casa, sin familia, sin patria, sin moral y sin religión. Cuestionaron las estructuras sociales que dividen la humanidad en razas, naciones, ciudades y clases diferentes, y proclamaron una igualdad natural de todos los seres humanos.”
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