Desde su más tierna infancia le dijeron que moriría si usaba su veneno. No se lo dijeron con alarmismo, sino con la serenidad con que se comunican las leyes naturales: no mires directamente al sol, no respires bajo el agua, no liberes aquello que te habita. Las maestras pronunciaron la advertencia con una dureza comprensiva, como si ellas mismas hubieran conocido alguna vez a alguien que no obedeció y cuya ausencia todavía pesara en el aire del colegio.
—Debes prometer que no lo usarás nunca —le dijo una de ellas, arrodillándose frente a él para quedar a su altura.
Él no respondió de inmediato. Sentía las manos de la maestra sujetándole los brazos, apenas con los pulgares y los índices, temblando. Como si sostuviera algo invisible y corrupto.
—¿Dónde está? —preguntó al fin.
La maestra dudó.
—Debes aprender a no buscar. Y sobre todo a no usar. Es todo.
Tenía siete años cuando desoyó la orden. No lo hizo por odio, sino por una forma primitiva de tristeza. Un niño lo empujó y él cayó sobre la grava. Recuerda la textura de las piedras incrustándose en la piel de sus manos, la humillación más que el dolor. Entonces sintió un movimiento interior, una agitación breve y luminosa, como si algo en su cuerpo hubiera despertado y se inclinara hacia el mundo con curiosidad. No llegó a suceder nada porque las maestras lo separaron del otro niño con una urgencia que no parecía destinado a protegerlo a él, sino al agresor.
Esa noche le repitieron que el veneno no debía usarse jamás. Jamás. Primero morir que usarlo.
Pasó el tiempo y seguía desconociendo dónde se encontraba éste. Extendía sus brazos y los observaba imaginando que corría por su sangre. A veces pensaba que estaba en su pecho, porque allí sentía una presión leve cuando se enfadaba. Otras veces creía que habitaba en su garganta, porque en ciertos momentos las palabras le sabían a metal. Los médicos, convocados con discreción y protegidos con caretas y guantes, examinaron su cuerpo sin encontrar nada. Auscultaron su respiración, presionaron su abdomen, iluminaron sus pupilas. Finalmente se retiraron con un gesto ambiguo, como si hubieran comprendido que buscaban algo que no pertenecía del todo a la carne.
Uno de ellos, un hombre joven aún, permaneció más tiempo que los demás. Antes de irse, se inclinó ligeramente hacia él.
—¿Lo sientes? —preguntó en voz baja.
El niño negó con la cabeza.
El médico pareció decepcionado, pero también aliviado.
—Es mejor así —murmuró, aunque no estaba claro si lo decía por el niño o por él mismo.
Es claro que ese niño tenía un nombre. Pero nadie lo pronunciaba porque quizá allí radicaba la ponzoña. Y a fuerza de no pronunciarlo lo olvidaron. También es indudable que tenía padres, pero nadie los vio nunca y las maestras se convencieron que lo habían abandonado en un acto de autoconservación.
Creció con cuidado. Aprendió a no correr demasiado rápido, a no desear demasiado intensamente, a no permitir que ninguna emoción alcanzara su punto máximo. Vivía en una forma de moderación que no era virtud, sino cautela. A veces, al quedarse solo, apoyaba la mano sobre su pecho y esperaba sentir el latido del veneno, distinto del suyo. Nunca estaba seguro de percibirlo, pero tampoco podía afirmar lo contrario.
Era inevitable que cada mañana despertara abrazado a su miedo, que lo veía fijamente, sin parpadear.
Con el tiempo comenzó a notar que el veneno no permanecía inmóvil. Había días en que parecía dormir, y él se sentía ligero, casi transparente. Pero en otros momentos, especialmente al anochecer, algo en su interior adquiría densidad, como si una segunda presencia se acomodara en el espacio que él ocupaba. Era doloroso. Y además era una forma de atención.
Empezó a sospechar que el veneno lo observaba, lo acechaba.
No con ojos, sino con una paciencia profunda, anterior a su nacimiento. A veces despertaba en mitad de la noche con la certeza de no estar solo en su cuerpo. Permanecía inmóvil, escuchando. Entonces sentía una vibración tenue, un pensamiento que no le pertenecía del todo, pero que tampoco le era ajeno. No era una voz, sino una inclinación, una expectativa.
El veneno esperaba. Esperaba algo.
Durante años creyó que se trataba de una oportunidad para destruir. Pero poco a poco esa idea comenzó a parecerle insuficiente. El veneno le hablaba inclemente, pero no se agitaba cuando odiaba. Callaba cuando él experimentaba ira o humillaba a los demás. El veneno permanecía locuaz ante las pequeñas miserias cotidianas, y por el contrario callaba complacido cuando clavaba alfileres en los genitales de los perros callejeros.
Fue entonces cuando comenzó a comprender que el veneno deseaba suceder.
La advertencia de las maestras regresó con una claridad nueva: morirás si lo usas.
Pero ¿qué significa morir?, se preguntó. ¿Significa desaparecer, o significa convertirse en aquello que uno ha evitado ser? ¿Cómo se puede usar el veneno y que éste no lo use a uno?
El veneno, mientras tanto, había adquirido una forma más definida en su conciencia. Ya no era una presencia difusa, sino una certeza. Lo acompañaba como una sombra interior, una posibilidad intacta. Le hablaba, con voces del pasado y también del futuro. A veces tenía la impresión de que el veneno sabía cosas que él ignoraba. Cosas sobre el tiempo. Cosas sobre el final.
Una noche soñó que caminaba junto a sí mismo. El otro era idéntico, pero más sereno. No intercambiaron palabras. Sin embargo, supo, sin saber cómo, que ese otro era el veneno, o aquello en lo que él se convertiría si dejaba de contenerlo.
Al despertar, sintió una tristeza que no era suya.
Comprendió entonces que la verdadera amenaza no era la muerte, sino la espera. El veneno no lo mataría. Al menos no de la manera que él esperaba. Lo estaba agotando. Lo obligaba a vivir en un estado de aplazamiento perpetuo, como una frase que nunca alcanza su verbo.
Comenzó a preguntarse si la advertencia había sido una forma de protección o una forma de control. Tal vez quienes se lo prohibieron no querían salvarlo, sino retenerlo en ese estado de latencia, donde su existencia servía como promesa, pero nunca como acontecimiento.
El veneno, en los días siguientes, se volvió más pesado. No dolía, pero ocupaba espacio. Respirar requería un esfuerzo nuevo, como si compartiera el aire con alguien más.
Una tarde, al inclinarse sobre el agua de un río, vio su reflejo fragmentado por la corriente. Por un instante no supo cuál de los dos era él: la imagen que temblaba en la superficie o el cuerpo que la observaba desde la orilla.
Sintió entonces una claridad absoluta.
Tal vez morir no significaba desaparecer. Tal vez significaba dejar de dividirse.
Cerró los ojos.
—Si estás ahí —susurró, sin saber a quién hablaba—, termina de una vez.
No realizó ningún gesto visible. No extendió la mano ni pronunció palabra alguna. Simplemente dejó de resistir. Permitió que aquello que lo había acompañado en silencio durante toda su vida encontrara su forma.
Esperó el dolor.
Esperó el final.
Pero nada terminó.
El mundo permaneció intacto: el río continuó su movimiento, los árboles siguieron inclinados hacia su propio reflejo, el aire conservó su tibieza indiferente.
Sólo una cosa había cambiado.
Por primera vez, el silencio dentro de su cuerpo era completo. Ninguna voz, ningún murmullo. Nada, ni siquiera el viento o el canto de un ave. No quedaba nada del deseo de seguir matando prostitutas o de torturar a negros.
El veneno ya no estaba.
Y en su ausencia, comprendió con una tristeza irreparable y desgarradora que nunca había sido su enemigo, sino su única compañía.




























