Cuando exploramos escritura de mujer lo hacemos por varias razones. Seguro ya no por encontrar una especificidad de la escritura femenina porque no creemos demasiado en eso. Es más, si tal cosa existiera se haría patente más tarde o más temprano y no creo que haya que destinar tiempo o fuerza a dilucidar si existe o no. Recordemos que hasta no hace mucho se elogiaba a una escritora diciendo que escribía como un hombre, de tal forma que la expresión “escribir como una mujer” puede contener un menosprecio, una discriminación. No, lo hacemos por puro disfrute, en primer lugar. Pero también y más en este caso, en beneficio y defensa de las lectoras. No olvidemos que desde hace siglos la mujer que lee no encuentra en las grandes obras un espejo de su alma, de sus conflictos, de sus potenciales cursos de acción si no una ventana, donde otros circulan, actúan y deciden. En todo caso un espejo opaco, oscuro, donde le cuesta encontrarse e identificarse. Nada sobre sus conflictos, sus abismos, sus dilemas, sus claves. Sólo se encuentra en función de esos mismos temas en el otro género.

Cuando abordamos escritura de mujer, entonces, lo que buscamos es ver cómo el género femenino se despliega en forma central, contundente, dándonos a las lectoras la oportunidad de encontrarnos, en versiones de nosotras mismas, de ficción, claro, pero mucho más verdaderas que las que nos devolvían los escritores varones, proyección de sus necesidades y deseos. Pero además, en busca de un universo femenino, que pueda ordenarse, desplegarse y avanzar con otras leyes, con otro horizonte simbólico. Que logre, sobre todo, otros resultados.

Todo escritor mujer, sostenemos, debe dedicar una obra, un libro, ficción o no ficción, a esclarecer su mirada sobre este conflicto de identidad. Para después libremente asumir la temática, el formato, el canon que más le cuadre. Esa obra informará sobre su plan para completar el ominoso vacío en la obra de la humanidad producido por el silencio de una mitad de ella.

«Por cierto, si la mujer sólo existiera en las obras literarias masculinas, la imaginaríamos como una criatura de gran importancia, diversa, heroica y mediocre, magnífica y vil, infinitamente bella y extremadamente repelente, con tanta grandeza como el hombre, y hasta más, según algunos. Pero ahí se trata de la mujer a través de la ficción. En realidad, como lo indicó el profesor Trevelyan, la mujer era encerrada, golpeada y arrastrada a su cuarto.»                                                                     

Virginia Woolf, Una habitación propia.

Virginie Despentes cumple con esta premisa con su Teoría King Kong (aquí arriba su epígrafe) un folleto impactante, definitivo, sobre la condición femenina, de lectura indispensable, para todos. Ahí, en las primeras páginas, despliega un friso de mujeres, a quienes dedica su texto.

De modo que escribo desde ahí, desde aquellas, las no vendidas, las piradas, las rapadas, las que no se saben vestir, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen el comedor podrido, las que no saben cómo manejarse, a las que los hombres no les regalan nada, las que cogerían con cualquiera con tal de que acepte cogérselas, las más putas, las trolitas, las mujeres que siempre tienen la concha seca, las que tienen panzas gordas, las que quisieran ser hombres, las que creen que son hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les chupan un huevo los hombres pero les interesan sus amigas, las que tienen un culo gigante, las que tienen pelos tupidos y bien negros y que no se van a depilar, las mujeres brutales, ruidosas, las que rompen todo al pasar, a las que no les gustan las perfumerías, las que se ponen rouge demasiado rojo, las que están demasiado mal hechas para vestirse como calentonas pero que se mueren de las ganas, las que quieren ir con ropa de hombre y barba por la calle, las que quieren mostrar todo, las que son pudorosas por complejo, las que no saben decir no, a las que encierran para someterlas, las que dan miedo, las que dan lástima, las que no dan ganas, las que tienen la piel fláccida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con que les rompan la nariz para hacerse otra pero que no tienen dinero para hacerlo, las que ya están demasiado feas, las que sólo cuentan con ellas mismas para protegerse, las que no saben dar seguridad, a las que les importan tres carajos sus hijos, a las que les gusta tomar hasta revolcarse por el suelo de los bares, las que no saben portarse;  

Esa enumeración anda escrita por las paredes, en las ciudades, convertida en texto popular. Son las desplazadas por no cumplir con los mandatos del género masculino. Allí estamos todas.

Y decimos folleto en comparación con su extensa novela, Vernon Subutex, que como todas las grandes obras de mil páginas, suscita innumerables reflexiones. En primer lugar porque contiene un universo, en el que hallaremos respuestas a todas las preguntas y estarán completos todos los círculos que la autora admita. Todos los continentes, océanos, polos, que se le antoje incluir.

Es una novela en tres partes, en tres tomos. No importa saber cómo fue concebida. Si el primero estaba destinado a ser el único, si la saga podía continuar y se le pensó otro fin, si el nudo que surge se muestra apto para revelar la historia de París, de Francia, de Occidente en germen, en los destinos de esos personajes. No lo sabemos. El primer tomo puede leerse y dejarse ahí. El personaje ha llegado al mejor punto de su posibilidad de desarrollo, ha cumplido un destino. El segundo, evidentemente no, nos arrastra con fuerza al tercero y final. Como podríamos leer Justine, pero quizá Clea o Mountolive nos dejaran dudas. Es sin duda una historia completa en su integridad. Y es de agradecer. Queremos saber qué más pasó con Vernon y con todos ellos.

Porque Vernon es el protagonista, sin duda. Es un perdedor, un vendedor de discos en el año 2000, cuando la digitalización de la música hunde a las disqueras. Un tiempo en que los objetos desaparecieron, dejaron de ocupar espacio y todo aquel que tuviera algo que ver con ellos fue condenado a la aniquilación. Vernon ilustra cómo en el capitalismo los seres humanos van quedando en el camino del progreso técnico, desechados literalmente. Pero lo suyo, su tienda, Revólver, no era una mera tienda de repuestos, sino un imán para toda clase de consumidores, fruidores de música. El rock, en Francia, fue particularmente tecno, electrónico, algo alejado del rock sajón inglés o americano. La fiesta con DJs, el pincha discos como estrella, el culto al sonido puro, todo eso es el fuego interno del personaje. Más unos bellos ojos azules, un desgano poco viril, pero seductor para ellas y ellos. Algo tiene Vernon y su local que se hace inolvidable.

Y aquí se nos plantea el primero de los puntos: autora mujer, personaje varón. Nace una desconfianza, ¿podrá meterse en la psicología de un varón una autora? ¿Ha podido, durante todos estos siglos el autor varón darnos un personaje femenino creíble? ¿O Mme Bovary es de verdad Flaubert y sólo le importó al autor pasar su letra creando una muñeca con exteriores visibles para todos? ¿La visión de la maternidad mostrada a través de Emma, es válida? ¿Trasciende ella el absoluto de telenovela risible en el mundo real como Quijote trasciende sus superhéroes desnudando un mundo mediocre? ¿Representa aquélla como éste una ética y una poética valorable y eterna?

¿Es Vernon Subutex Virginie Despentes? Sabemos, por sus textos y declaraciones que Despentes es bio mujer, y así continúa, se asume mujer, queer, en todo caso. Fue pareja de Paul Preciado, bio mujer pero tecno varón. Esa flotación, habilita en su escritura una comprensión nueva con respecto a los personajes, que parecen disfrutar de una importancia igualitaria en su despliegue a lo largo de la historia. Sabemos tanto de Vernon como de Patrice, de Aicha, de Celeste, de Kiko o de Pamela. O de Daniel, la actriz porno que tomando testosterona llega a ser un mec refinado y feliz de asumir los privilegios banales del sexo fuerte. Virginie no desertó, su imagen es descuidada, se la ve poco producida, despeinada y demacrada como mi vecina en esa entrevista en Barcelona de más de una hora. Aunque su éxito le permitiría retocarse como una muñeca, no lo ha hecho. No adopta la mascarada femenina que denuncia Irigaray y que Butler encarna con su figura hollywoodense. En fin, autora y criaturas, una feliz alianza omnicomprensiva.

Vernon es el protagonista, presente en el tiempo de la narración y como alter ego o complemento, Alex Bleach. Estrella del rock, black, pero para nada cultor de hip hop o rap sino de rock blanco francés, carismático, bello, arrastrando la culpa de su raza en el megaéxito, muere de sobredosis, suicidio o no. La belleza como atributo del varón, necesario. Figura trágica de gran generosidad, sostiene a Vernon en sus crisis financieras y en las resacas de coca.

Una noche, en el departamento de su amigo, en un bajón de droga y ya en el pozo del final, graba una larga explicación donde revela sus motivos. Ya estaba delirando con sonidos de ondas alfa, experimentando viajes musicales poco consistentes. Deja las cintas en lo de Vernon, muere y ese tesoro va a ser buscado por una banda de personajes con diferentes intenciones.

Sin develar cuestiones de la trama diremos que hay una estrella porno víctima de un productor cruel hasta la carnicería, una lesbiana hacker que sostiene que nunca ha sido violada, una bajista que sigue su carrera hasta que la edad la expulsa de todo grupo, un guionista facho que hizo una sola película de éxito y fue un fracaso después. Hay neonazis que apalean rumanos o gitanos, hay un financista drogón hipermillonario, una trans brasileña bellísima, una groupie envejecida y pobre, y los SDF, homeless o sin techo, que tienen muchos nombres, con mascota o sin, en Buttes Chaumont o frente a los Franprix, un metalero marxista golpeador y una profesora que se hace echar de la función pública por insultar por mail al director de la escuela estando borracha. Un empleado de correo borrachín que gana un millón de euros y no dice nada a nadie pero se da sus gustos. Un profesor árabe que se ha occidentalizado pero su hija adopta el velo y el Islam con fanatismo.

Esta es, sin agotarla, la tribu de Vernon, que sin quererlo asume su identidad de DJ exclusivo para ellos y sin quererlo se crea un ritual, las convergencias, que consisten en reunirse sin teléfono, sin alcohol, sin drogas para escuchar las combinaciones de Vernon y bailar. Esto se vuelve tan poderoso que atrae a los que buscan la confesión de Bleach, a productores ambiciosos y a vengadores de crímenes atroces.

Dejemos la trama. Vamos a la estructura. Cada personaje tiene su nouvelle, que podría desgajarse y leerse completa. Cada personaje en tercera persona, se explica frente al otro: qué ve Vernon en Sylvie, qué ve ella en él. No hay yo narrador, no es novela coral. Quien narra es omnisciente en cada uno de ellos, que tiene su espacio de acción y expresión. No hay saltos en el tiempo, sí simultaneidades, hay que poner atención. Y es novela política: el desempleo, la crisis europea, el crac de Grecia están y el cinismo de los ciudadanos a quienes todo enferma sin remedio. Los atentados están, vistos por los personajes, discutidos desde el marxismo y desde la derecha. El islam, la polémica si el velo sí o no, que dividió a las feministas, como da cuenta Le Doeuff.

Despentes nos explica al neonazi desde el neonazi que argumenta con descaro. La educación, la maternidad, la vida burguesa son discusiones en las que queremos entrar. El violento marxista llega a la conclusión de que no se puede ser marxista para liberar al oprimido si en cuanto uno puede oprime y degrada a la otra mitad de la humanidad. Así de claro.

En esta distopía del pasado París es un mapa a medida de los clochards. La historia reciente no da un paso contrafáctico, es foto de ayer. Y si Houellebecq avanza al futuro despiadado de lo europeo, drogado con serotonina artificial, añorando una erección, los deshauciados de Virginie encuentran la manera de producir la propia serotonina para seguir viviendo. Los malvados de Modiano, que van a la carrera por París, en busca de delatores y ladrones de joyas a cuenta de los nazis son acá tiernos, pobres y generosos, en cuanto hacen la tribu. Aquí se trata de varones ineptos y mujeres no fatales. Quizá la fantasía apocalíptica de La broma infinita, otro entrañable bodoque, pueda evocarse, pero la marca yanqui de la eficiencia y la presión del éxito las aleja. Y destruye a David.

Con respecto al lenguaje, aquellos que hayan hecho la Alianza completa dejad afuera la esperanza, el argot de hoy, los modismos del rock, abundan, sin llegar al franglish de Beigbeder, deliberado e irónico, la lengua es ágil y desafiante. La puntuación es el ritmo. Tener el Reverso abierto se aconseja. La versión española es ibérica, ya se sabe.

Para terminar diremos que si hubiera que reducir Vernon Subutex a una palabra, como en un ejercicio escolar diríamos primero venganza y luego justicia. En muchos sitios Virginie cuenta el hecho fundacional de su adultez: la violación por varios después de un concierto. Ella no utilizó la navaja que tenía en su mochila, lo que le valió más escarnio todavía, más humillación. Y cuenta que halló la manera de superar esto en la prostitución, haciendo voluntariamente y por paga, con límites, lo que había sufrido con violencia impune. Sintiéndose dueña de la situación en la que ponía su cuerpo. El primer éxito de su carrera fue un film, Fóllame que dirigió ella misma, en el cual y en forma explícita se da cuenta de esto. Pero aquí se pone gore, la venganza de la violada es sangrienta, crímenes en cadena explotan ante el espectador de forma explícita. El film se difundió todavía más que el texto precedente, pero entre ambos instalaron, en códigos masculinos, la cuestión, que en la novela que nos ocupa se despliega con matices, con emociones, con belleza.   

Hay que decir que Despentes es optimista. Ella declara que si las cosas empeoraron tanto en tan poco tiempo, es posible que mejoren mucho en un lapso parecido. No sabemos si creerle, pero de alguna forma, en esta banda de personajes sin brújula, perdidos, salidos del sistema y sin ganas de volver a él, ella ve una fuerza primitiva, positiva y redentora que es la música que los une, la conexión en comunidad, entre muchos, y que –quizá como algo generacional-  por su edad y su tiempo es el punk. Probablemente la música haya representado para ella liberación y rebelión. Esa redención que provoca Vernon en sus performances como DJ en los grandes encuentros en lugares abandonados. Aislados de la ciudad sienten la pureza total del cuerpo entregado a los sonidos. Encuentra Virginie en esa raíz,  absolutamente humana y atávica, la posibilidad de una salvación, de seguir vivo, de conectarse con lo más profundo de lo humano, de anular el tiempo y el deterioro. En esas convergencias, la música que les da Vernon no es ningún secreto. Hay una banda de sonido en la novela que según dicen es magistral (no puedo en absoluto confirmar esto, no es mi paño, pero cualquier mix podría servir llegado el caso). Pero a esto se suma el loco hallazgo de Alex Bleach, ese sonido cósmico con el que deliró sus últimos tiempos y que está en las cintas famosas. Una forma de hacer música que hace un efecto de felicidad en los oyentes y que los hace bailar en un viaje superior y benéfico.

Ninguna dosis de serotonina nos salva en soledad. La maldad existe, hay hombres chacales y son poderosos, pero la bondad, el desapego, el silencio, la mirada que no culpa ni juzga, existen en la experiencia, si hay música, si se puede bailar con otros.

Virginie Despentes. Foto: Alberto Gamazo, obtenida de Jot Down.

King Kong Théorie, Melusina, 2007

Vernon Subutex, Bernard Grasset, 2017

Vernon Subutex, Random House, 2019

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