Joan Blondell estaba convencida de que Shirley Temple vivía dentro de ella como una muñeca viva alojada en algún pliegue secreto de su cuerpo. No era una metáfora, sino una certeza física. En su película de 1937 —Stand In— Joan se había nombrado a sí misma “la Shirley Temple de esta época”, y desde entonces la frase se le volvió carne. Tales palabras no eran producto de la egolatría, sino de la desesperación. Shirley era tan diminuta que podía esconderse en el hueco de una clavícula, en la cavidad tibia del ombligo, o en esa hondonada invisible donde se guardan todos los temblores. Si Joan se quedaba inmóvil, si dejaba de pensar, escuchaba el golpeteo leve de unos zapatos de charol y una risa afilada, infantil, que no pedía permiso. Joan vivía en un permanente letargo y unas ojeras que a duras penas cubría el maquillaje; ambas cosas producto de las noches de insomnio que su huésped le provocaba.
Había días en que la voz tipluda emergía con claridad, como una gota insistente dentro del cráneo. No decía palabras completas: tarareaba, contaba hasta tres, ordenaba el mundo con palmadas. Esa presencia explicaba muchas cosas. Explicaba por qué los libros terminaban cerrados sobre su pecho como lápidas breves, entre bostezos que parecían ajenos. Explicaba también la imposibilidad de atravesar las imágenes lentas. la niña no toleraba el agua estancada ni los silencios largos; pedía ritmo, brillo, un escalón donde zapatear. Era demandante, malcriada. Pedía helados, juguetes a todas horas.
Como era de esperarse, el médico no encontró nada: Shirley sabía esconderse. Bajó la cabeza cuando Joan abrió la boca y dijo aaaaah; la luz de la lamparita recorrió pasillos en apariencia vacíos. Apagó la respiración cuando el estetoscopio helado se aferró a la espalda como un insecto metálico. Cerró los ojos cuando las pupilas de Joan se dilataron frente a la luz. “Está bien, totalmente sana”, sentenció el hombre, y escribió estrés con letra rápida, como quien tapa una grieta con papel. El clonazepam no hizo más que adormecer aún más a Joan mientras que a Shirley la volvió más ligera, más juguetona, como si el fármaco fuera un columpio. Shirley bailaba incansable. Bailaba sin música, marcando el compás desde adentro. Joan intentaba resistirse, pero los pies se le adelantaban, obedientes, como si recordaran una coreografía aprendida antes del lenguaje.
En el borde de la locura, Joan se trasladó a los estudios de la Century, durante la filmación de Little Miss Broadway, Buscó a la niña con una desesperación silenciosa recorriendo los pasillos del estudio como si atravesara un cuerpo ajeno. Habló con Irving Cummings pero nadie sabía de ella, pues ese día no grabarían sus escenas. Sin embargo, Joan miró debajo de los decorados, entre los cables, en los camerinos que olían a talco y sudor infantil, convencida de que Shirley podía haberse encogido aún más para esconderse en una rendija del set. Observaba a la niña bailar bajo los reflectores, contando los pasos con una sonrisa exacta, y sentía que algo dentro de ella respondía al mismo ritmo, como un eco tardío. Joan se acercaba todo lo posible, inclinaba la cabeza, contenía la respiración, esperando oír la voz tipluda llamándola desde adentro o desde afuera —ya no estaba segura—, y entendía, con un miedo lento, que Shirley no necesitaba ser encontrada: era ella quien estaba aprendiendo a perderse.
Esa noche, al regresar a su casa, Joan durmió después de tantas horas de insomnio. Sintió cómo Shirley se acomodaba por fin, estirándose dentro de ella como quien llega a una casa prometida. Primero fue la voz, clara y mandona; luego, los gestos que ya no le pedían permiso. Al amanecer, Joan intentó decir su nombre frente al espejo y sólo salió una risa tipluda, precisa, antigua y se cubrió la boca, asustada, pero con un gesto juguetón. Sus piernas se movieron solas para ensayar un paso, y el cuerpo obedeció con una memoria que no le pertenecía. Desde el fondo, Joan golpeó una vez, dos veces, tres, como quien pide salir. Nadie respondió. Quiso gritar y sólo brotaron las primeras estrofas de On the good ship lollipop. La niña dio una palmada final, satisfecha, y ocupó el escenario completo, entre los aplausos que nunca llegarían a terminar.

























