Imagen obtenida de Infobae

Annie Ernaux es una novelista francesa, de origen normando, diplomada en Letras, premiada, que practica sin dudas la escritura femenina, dicho esto como un blasón que la ubica entre las necesarias a la hora ir equilibrando nuestro programa de profundización en este asunto: ¿hay una sola literatura y es masculina y el otro debe imitarla o el iceberg de la escritura de las mujeres está empezando a flotar como un cadáver inocultable? Descubrir al asesino es leer y leer ese mundo simbólico encubierto que apesta de antiguos olores y dolores.  Y que cada vez más, y a través de la incomodidad, el malestar y la sensación de que nos desubicamos en la disneizona en que se empeñan en hundirnos la cabeza, por la nuca y sin descanso, estas lecturas nos ponen a analizar y pensar, a toda máquina.

Ernaux escribió Les armoires vides (1974, Gallimard), La femme gelée (1981, ídem), Passion simple (1992, ídem), La honte (1997) y L’événement (2000, ídem) (1) entre otros, pero a los efectos de lo que aquí nos interesa, que es trazar un mapa de su universo en vista a aclararnos qué aspecto de la temática, la estética –vamos, fondo y forma- y qué procedimientos son específicos de la ficción de mujeres que campea delante de nuestros ojos, bastan estas historias cardinales. Ejemplo de lo que no hemos leído aún, ellas pueden orientarnos.

Y para más datos, sus protagonistas no son producto total de su fantasía.

¿Autoficción, a la manera de Delphine De Vigan? Es lo que se lleva, pero más incorrecta, más revulsiva, más escatológica. De Vigan no mueve de su quicio el mundo masculinista. Presenta interesantes personajes femeninos, No y la  niña prodigio, la profesora de Las Lealtades, la joven anoréxica, pero las planta en un universo cuya física es la por todos conocida. Es que no es fácil salirse, hay todo por crear e implica hasta el lenguaje y sus gramáticas.

Nos centramos en El acontecimiento, porque ese es el texto que ilustra lo dicho, un “usted está aquí” útil para irradiar la región Ernaux.

El relato se abre en el hospital, en espera del resultado de unos análisis que le dirán a Annie si tiene o no SIDA. Y la ocasión le despierta el recuerdo de otro momento allí: cuando siendo una joven estudiante de letras de la ciudad de Ruán, y habiendo iniciado el proceso de abortar en lo de una comadrona del pasaje Cardinet, en París, debe, en vista de la hemorragia que sobreviene, atenderse de urgencia allí.

En su tardía adolescencia, o primera e inmadura adultez, Annie vive su vida de estudiante y tiene sexo con un muchacho de Burdeos, estudiante de ciencias políticas. Nunca pensó que el cuerpo y su placer pudieran traerle consecuencias tan graves, un embarazo. El mal uso de medios anticonceptivos poco eficaces (Ogino) y las variantes del interruptus le habían evitado hasta entonces confirmar el causa -efecto más femenino que existe.

Ella es Annie Duchesne (en Francia se lleva, aún, el apellido del marido y en lugar del del padre) el relato es autobiográfico, de modo que podría considerarse un testimonio. El mismo personaje nos encuentra desde las otras novelas con algunas variantes, por ejemplo, en Los armarios vacíos Annie es la niña Denise Lesur, con sus padres y su ambiente. Ella vuelve sobre su origen, su intelecto, su clase social y sus estudios, que le permiten dejar la mugre en la que creció. La vergüenza es un hecho de la infancia que tiñe de oscuridad su vida: su padre intentó estrangular a su madre. De allí la niña se siente incapaz de todo logro. En La mujer helada, ella repasa su infancia, sus ilusiones, la lectura compulsiva de novelitas, la literatura, el diploma universitario y por fin, el noviazgo. Citando a Camus, el joven, de Burdeos, le propone casamiento. Incauta, acepta, (de todos modos ella tiene estudios, podrá ejercer tanto como él). Pero los niños vienen. Y la muerte en vida.

En El acontecimiento estamos en Ruán, octubre de 1963. La menstruación no llega, y minuciosamente ella va dejando constancia de los momentos en que la certeza toma forma. Hay un par de objetos culturales en estos días de Annie que visten el cuadro: un film italiano sobre la rutina de los oficinistas, tema en boga en esos años y una obra de teatro, Huis Clos,  el clásico sartreano que nos pone en el infierno de un tiempo fijo, sórdido y asfixiante. Refuerzo para la trama.

Decide ver a un ginecólogo, para confirmar lo que teme y la consulta se cierra con un “enhorabuena” formulario que va anticipando el perfil de los personajes varones. La ausencia de datos sobre el resto de la “familia” que se estaría gestando borra de un plumazo cualquier asomo de “romanticismo” en la cuestión. Claro que notifica al interesado, un tal P., le escribe a Burdeos, complacida por molestarlo. Aunque también le aclara su intención de no seguir adelante, que seguro ha de tranquilizarlo con respecto a su futuro. Lo verá una vez más, en los tiempos de preparación y concreción del aborto, pero nada se agrega a esta indiferencia sin un ápice de amor, que nos deja en claro que Annie ha hecho el amor sin amor. Habráse visto.

Alguien la deja embarazada, el sujeto es alguien y el modalizador indica pasividad, estado, ella es objeto, pronombre “la”, acusativo. Alguien la embaraza, ella es embarazada por alguien. ¿Cómo ponerlo en voz activa? Ella queda embarazada. Este modalizador repite al otro. Ernaux  se vuelve objetivista, a la manera de los novelistas franceses de esa década del sesenta. Evita subjetividad al extremo, se queda en el neutro ça, así llama a eso que tiene dentro. No se cuestiona la humanidad del hecho, sea lo que fuere que eso significa.

Una paradoja: el acontecimiento es vivido/narrado sin pasión, sin dramatismo. Como hecho de sangre que ella misma inflige. Es aquí activa: ella aborta, ella se hace hacer un aborto. No lo hace sola, como no hace sola el embarazarse. Es sorprendida en su pasividad y toma las riendas. No busca un hijo, no se hace hacer un hijo, porque es lo último que desea, entonces, aborta, verbo intransitivo, la acción comienza y termina en el sujeto, se basta a sí misma.

Es lo que ocurre cuando los hechos se ponen en palabras.

Con una total conciencia de escritura, pondrá entre paréntesis algunos párrafos en los que se ve a sí misma, ya mayor, tomando la decisión de hacer público un hecho que si bien ya no era ilegal, la ponía en evidencia de haber cometido el delito. Y razona: ¿era un crimen porque era ilegal o a la inversa? ¿En Francia ya no es un crimen puesto que es legal? Seguro, pero observa que el pasado se tiñe de silencio y clandestinidad, y teme que ese ocultamiento ensombrezca el acceso a los nuevos derechos.

Hace una semana que empecé este relato sin la certeza de continuarlo, dice apenas comienza. Sueña con un libro que no puede abrir, como con un tabú. Entonces tenía veintitrés años.

Barthes, en su enorme Preparación de la novela, recomienda no escribir sobre el escribir, y Ernaux no lo evita. Recurre a una agenda suya de entonces, para rescatar las expresiones exactas con que calificó lo vivido. En su autopercepción de niña que no ha recibido la más mínima noción de anatomía genital, ni una educación sentimental que no venga de las novelitas, las canciones, el cine, ella porta una cosa, esa cosa. Que demuestra que es una puta, condenada a esto y que debería animarse a recurrir a agujas, inyecciones de jabón y otros medios folklóricos. Sabe que las aborteras causan dolor y quizá muerte, pero está dispuesta. No salió en vano del sórdido bar-almacén de sus padres semianalfabetos. Es la niña Denise Lesur quien despliega en casi doscientas páginas esta infancia francesa.

¿Serían relevantes aquí las razones de su decisión? No tiene vocación de madre, no desea atender a otro ser, no le provoca emoción el verse con una criatura. Lo que esperemos que aparezca, no aparece. Ella está, si no furiosa, enojada con ese destino. Y decide cambiar el rumbo. Jamás nombra al hijo como hijo, al niño como niño, como persona. Y nos obliga a percibirlo, a entenderlo, porque eso es lo que hace la literatura. Hacernos pensar, por ejemplo, que vencer a todos los nobles de una isla, siendo un anciano que vuelve después de diez años de guerra es posible; que la vieja y profunda enemistad entre dos familias poderosas puede terminarse con la muerte caprichosa de dos mocosos; que un viejo ridículo, lector de literatura mediocre que juega a los superhéroes, encarna la dignidad humana y todos los sueños. Y así es. Aquí se trata de que creamos que una mujer no quiere ser madre ahora. Contra toda la cultura, contra todo el mundo símbólico unisex diseñado por uno solo de los sexos, que contiene lo que debe sentir, hacer y llevar adelante una mujer, el relato nos muestra a una joven que se niega a seguir adelante, a un destino que no eligió.

Ernaux presenta unos pocos personajes masculinos, además del amigo que embaraza a Annie. Su amigo Juan T., que admira su decisión y aunque es partidario de la planificación familiar le promete buscar a L. B., que abortó hace poco tiempo (y de paso la acosa sexualmente, total, qué podría pasar). Y así, al detalle, verificamos que los abortos literarios tienen dos momentos, el antes y el después, rara vez el cómo. Aquí está el cómo, el mientras, el con qué.

En otro de los paréntesis la narradora cita su agenda, donde recuerda que en esos días de decisiones se le pegó la cancioncita Dominique, nique, nique. Y cómo después supo que la monja que la cantaba terminó alcohólica, loca, de la peor manera. El parecer y el ser de lo femenino.

También están los médicos, el primero  N., que la diagnostica y le receta algo que le dice es para retomar la menstruación, pero que en realidad son hormonas para fijar el embrión. De nuevo lo ve para contarle que lo intentó con una aguja de tejer y le aconseja que tome penicilina. Vuelve a verlo después y sigue con los antibióticos, siempre desde una incomodidad cobarde. El de emergencias le increpa lo que hizo, y se lleva su dinero como pago. El que termina la intervención  en el hospital público la maltrata de palabra hasta que se entera de que es estudiante y se disculpa. Y finalmente el doctor N. se comunica con el médico de su pueblo para seguir su recuperación. Este mismo, con liviandad le pregunta por qué fue a París a abortar, si en su ciudad, frente a la plaza, hay una mujer muy eficaz. Ironía y crueldad.

Es posible que el relato choque por el mal gusto y cause repulsión, agrega en otro de los paréntesis.  Pero vivir algo da derecho a escribirlo. No hay verdades inferiores. Y siente que si no sigue hasta el final –hacer público el acontecimiento- la realidad de las mujeres se oscurecerá y se pondrá del lado de la dominación masculina del mundo. Así de simple.

No sabemos si esta actitud metaléptica (metalepsis: intrusión del narrador en la trama de forma explícita, desde su sillón de pequeño dios, o como aquí, de quien es el protgonista, pero ha adquirido distancia) conspira contra o refuerza ese objetivismo desnudo de los actos. En un paréntesis, por ejemplo, explica que no hubo emoción en los momentos que la llevaron al pasaje Cardinet dos veces para completar el aborto, pero sí la hay, y es una emoción diferente a todas, en el momento de la escritura, en el acto que la lleva a minar el patriarcado de alguna manera. Se libera, exponiéndose, de la única culpa posible: que su sufrimiento no sirva a otras mujeres.

Annie experimenta un gran cambio una vez que se ha librado de esa cosa. Siente una sensación de inamovible desgracia, descubre que su cuerpo ya no será el mismo, ha sido vuelto del revés, expuesto. Descubre que la naturaleza es automática y cruel,  su cuerpo no debe producir leche. Y vuelta a su ciudad, se encuentra en un estado de conciencia pura, dueña de sí. Ebria de una inteligencia sin palabras. Un orgullo semejante al que sentirán los marginales, los que han transgredido leyes y morales. Define al aborto como una experiencia que pone en juego la vida, la muerte:

He acabado de poner en palabras lo que se me revela como una experiencia humana total de la vida y de la muerte, del tiempo, de la moral y de lo prohibido, de la ley, una experiencia vivida desde el principio al final a través del cuerpo.

Y agrega que esa prueba la habilitó para tolerar pasar por la violencia de la reproducción, o sea la maternidad. Para desear tener niños, para ser instrumento de las generaciones. Una violencia tal que necesita consentimiento.

Algo que nunca hemos leído. Y es que no hay metáfora posible para el aborto, el tabú no se nombra ni por evocación. Puede compararlo con el estallido de una granada o de un obús, así resulta en su vida. Las imágenes, básicas, dan cuenta de que el territorio de la experiencia femenina no es hollado sino encubierto con estereotipos milenarios.

Frida Kahlo dibuja su aborto. Son imágenes a lápiz, sin designio estético, apenas para entender qué pasaba en su cuerpo. En Passion simple, contrapartida de La mujer rota, el yo de la narradora expresa su deseo de que hubiera sido una pintora la autora del cuadro L’origine du monde de Courbet. Es preciso explorar los lenguajes.

Hace poco hemos visto una película, Fragmentos de una mujer (2021) del húngaro Kornél Mundruczó, en la que la protagonista, una mujer a punto de dar a luz, diseña la dramaturgia de su parto. Diseña los decorados, distribuye los roles, detalla las locaciones, diván, bañera, lecho, en que va a desarrollarse la acción. Ella ha elegido parir en casa, hacer un parto casero, dar a luz en la intimidad, donde la lleve la acción que ella ha previsto. Con el marido y la comadrona, son tres los roles que van a jugarse allí. Los tres, de una enorme belleza, cada cual en su género. Él, impecablemente masculino, con su barba de leñador, secundario pero atento, pendiente. La comadrona, etérea, eficaz, bella como vestal, lavada y pulcra, de mirada diáfana y voz suave. Pero sobre todo la madre: el vientre redondo, el rostro liso, una belleza dorada. La inminencia del parto la enfrenta con la realidad del dolor y allá va y viene, como heroína griega en pos de lo que no puede detenerse ni diferirse. El proceso se inicia. Y uno se pregunta si ella no ha pensado que el riesgo, lo imprevisto, puede presentarse. Estamos en Nueva York, o Chicago, o Boston, en alguna de esas grandes ciudades americanas, y suponemos que el nivel cultural y económico de los personajes ha cubierto todas las eventualidades y nada puede fallar. Pero si algo tiene la vida humana y las humanas disposiciones es que pueden fallar. El cálculo, las previsiones que podamos tener se escurren en un instante. Y así las ilusiones de esa mujer de darse un parto perfecto, íntimo, estético, que irrumpa en su hábitat y no la mueva de su confort híper controlado. Su vida se destroza, estalla en mil pedazos. Esa mujer que ha elegido ser madre, inflada por un narcisismo inmenso, ve morir a su bebé.

La comadrona es llevada a juicio a instancias de los allegados que se indignan por lo que califican de mala praxis, y la acorralan para que lleve adelante la acusación. En verdad, y esto está en el fárrago de esa primera secuencia de veinticuatro minutos que vale toda la película, la acusada ve que es necesario llamar a la ambulancia, con urgencia, y trasladar madre e hija al hospital, el bebé no está bien. Quizás, quizás, algo podría haberse hecho. Pero la madre, y aquí se barajan de nuevo las razones de las conductas, se empecina en que todo salga bien, porque así ha sido planeado. Y se niega. Todo va a estar bien, es la frase de las películas. Y el padre no le lleva la contraria. La niña muere. Las culpas están repartidas, según se nos muestra a los espectadores que hacemos de jurado. Sin embargo, el entorno, buscando alguien que pague –en dólares- señala a la comadrona, que si se quiere también se vio desbordada por la seguridad de los otros, sus clientes. La trama nos lleva entonces a seguir estas vicisitudes pero también a ser testigos de la nada que asalta a esta mujer fragmentada,  devastada, que debe enfrentar algo que no corresponde a lo que había soñado y planeado. En esa realidad había un niño que no está por culpa de. Esta mujer deambula desarmada por las calles, vestida con un tapado rojo, que indica que ha habido un hecho de sangre. Su belleza está rota y hay un duelo que sólo grita.

Hasta que de alguna forma ella recorre ciertas instancias, ciertas estaciones de una especie de vía crucis de la vida de su niña. Y recorriéndolas, logra darle a este ser, todos estamos de acuerdo en que se trata de una persona, además de un nombre, un propósito, un sentido.

Y acá develamos el desenlace, aunque ciertamente el film merece ser visto: la última escena nos la muestra con una niña, otra hija, jugando en un jardín. Asumimos que la pérdida le valió la compensación. Que ser madre ha sido corregido y pasado en limpio, que ha comprendido la maternidad, la violencia de la reproducción, diría Ernaux y ha madurado su deseo, permitiendo la vida del otro.

Obras de Annie Ernaux

Los armarios vacío. Madrid, Galba, 1976

La mujer helada. Madrid, Tusquets, 2015

Pura pasión. Madrid, Tusquets, 2019

El acontecimiento. Madrid, Tusquets, 2019

La vergüenza. Madrid, Tusquets, 2020

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Genoveva Arcaute
Genoveva Arcaute nació en La Plata, en 1953 y siempre ha vivido allí. La sátira es su elemento natural, aún rigiendo el lenguaje poético. Durante la primavera democrática se puso en escena De dulce de leche y de chocolate, obra humorística en coautoría con Jorge Goyeneche, Resultó premiada en el Festival de Teatro Independiente de 1989. En 2007 publicó una novela breve, Mandorla, y el poemario Todas somos Frida en 2010 por Huesos de Jibia. Otros poemas y algunos cuentos también fueron publicados en revistas virtuales. Después vino Diario de inminencia, poemas, en 2015, también por Huesos de Jibia. Sus blogs: www.revista-humor.blogspot.com, www.somosfrida.blogspot.com. En 2019 publicó un poemario: Partes del Simbionte (por Densas Producciones, editora artesanal) y una novela, Kiosko, (por Parque Moebius).

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