Fotograma de la película

Yunan es la segunda parte de una trilogía anunciada por su director Ameer Fakher Eldin. La primera parte fue The Stranger, película seleccionada como la representación de Palestina al Mejor Largometraje Internacional en el 94 edición de los Premios Oscar.

El largometraje sigue a Munir (Georges Khabbaz) un escritor sirio que vive en el exilio en Alemania. Quien pasa por una terrible depresión que lo llena de angustia y desesperación, al grado quitarle el aliento. El exilio, principalmente; quizás (porque nunca se sabe si es causa o efecto), un bloqueo creativo; y la enfermedad mental de su madre, son las principales causas del estado anímico de Munir. 

En estas circunstancias, decide ir a una isla al norte de Alemania a ponerle, de una o de otra forma, fin a tanta tristeza. Pero, allí encontrará un conjunto de personajes y circunstancias que le harán replantearse su tristeza y tener alguna pista del significado de su existencia y, en consecuencia, una razón de vivir. Motivos de llenar ese vaso medio lleno, pero, vacío del todo, que es su vida.

Porque Munir es un vaso medio lleno, pero vacío del todo, como se dice en una parte de la película, haciendo alusión a un cuento, a una historia, que su madre suele contarle y que al le gusta escuchar. Una historia que, a pesar de haberla oído mil veces, en su depresión, no logra recordar al completo. Por eso Munir es ese recipiente llenado a medias por su cultura de origen, a la cual tuvo que renunciar al huir de la tierra que lo vio nacer, no se sabe por qué, muy probablemente por la guerra, y a la que no puede volver, por los mismos motivos que ignoramos; territorios y pueblos eternamente castigados por la violencia. Un vaso que no puede o no quiere terminar de llenar con la nueva cultura, con la cultura del país en el que ha encontrado cierto refugio, en contra de la voluntad de sus ciudadanos más reaccionarios (muy probablemente afiliados a Alternativa para Alemania). Hasta que conoce ese pintoresco pueblo alemán y sus habitantes; y consigue recordar quién es y quizás renunciar a ello.

El largometraje de Fakher Eldin es estéticamente magnifico, una gozadera envuelta en la melancolía más profunda, porque la tristeza también puede ser disfrutable; y si no me creen o siquiera lo dudan: preguntarle al poeta. El director le saca todo el jugo a los impresionantes paisajes alemanes que vienen muy a tono con el estado de desolación y nostalgia que la historia quiere transmitir. Hay mucha sensibilidad e intencionalidad en el manejo de la cámara al grado que se vuelve trascendente. Trasciende su papel de mero instrumento técnico y se convierte en narrador legitimo de la historia. Le da un significado, un sentido, al proceso técnico que se integra armoniosamente al lenguaje cinematográfico en su conjunto. Cine de verdad mucho más allá del entretenimiento.

Fotograma de la película

La cámara fija, en más de una ocasión, hará un recorrido circular lento e irregular, es decir, subiendo o bajando ligeramente, por distintos escenarios, lo que le un papel a desarrollar, el papel de guía (del espectador) o interprete del mundo de Munir. Un detalle cinematográfico del que a pesar de que no le acabo de encontrar todo el significado, me pareció estéticamente enriquecedor.

Fakher Eldin, además de a la cámara, le da a la naturaleza otro papel protagónico a desarrollar, mucho más allá del marco majestuoso que en sí ya representa. Tomas abiertas, cerradas, aéreas, que captan por momentos al viento, por momentos al agua, por momentos a un grupo de vacas o de flores, como principales protagonistas.

Las actuaciones son bastante completas, cumplidoras. Con el atractivo extra de que Valeska, la misteriosa señora que administra la pensión en la que Munir pasará los días en aquella tan bella como melancólica isla, es interpretada por Hanna Schygulla, reconocida actriz alemana, principalmente famosa por su trabajo con el famoso director de teatro y cine Rainer Werner Fassbinder. Que el día de la rueda de prensa en Berlín fue significativamente aplaudida al pedir un poco de sensatez frente a los nacionalismos, tan perniciosos, en la tierra del nacionalsocialismo, increíble que los seres humanos no aprendamos de la historia, por más duro que hayamos tenido que pagar los errores cometidos.

Narrativamente a Yunan le falta cierta contundencia. El director maneja una historia alterna, la historia que le cuenta la madre a Munir del pastor maldito, que tanto le gusta escuchar. La historia que alguna conexión tiene con la realidad del exiliado, pero que no se complejiza (problemátiza), que se queda en una mera introducción, y por lo tanto, no se desarrolla ni mucho menos se cierra, y al no cerrarse, el gran argumento que todos esperamos queda demasiado vacío como el vaso medio lleno, pero vacío del todo.

En términos generales Yunan es un deleite estético, que a pesar de la melancolía que la envuelve, tanto por la historia como por la escenografía, es muy disfrutable, porque, como ya he mencionado, a veces, la tristeza, sino se puede disfrutar, por lo menos se debe de vivir con intensidad, sentir a plenitud y esto es lo que la película logra.

El filme tuvo su estreno mundial en la 75 edición del Festival Internacional de Cine de Berlín y se estrena en cines en España el próximo 30 de enero. Una gran oportunidad para ver cine de calidad, cine que se enfoca en el arte más que en el entretenimiento, del que cada vez es más difícil disfrutar y más en sala.

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