Obra: Infinito. Autor: Fernando Ramires. Obtenido de: ArtMajeur

Para Leda Rendón, en su cumpleaños

El símbolo

La idea se me ocurrió una noche en que la lluvia convirtió a la luna en un anzuelo torcido sobre el asfalto, aunque con toda seguridad el verdadero germen se encontraba en mi adolescencia, cuando gustaba de bailar y beber como un tonto. Como sea, ahora más que un capricho, me parecía urgente y hasta vital. Se trataba de cumplir uno de mis deseos más profundos de párvulo: viajar a Las Vegas a ver el último concierto de Rick Astley. A mis cincuenta y tres años muchos lo considerarían una crisis de la edad; seguramente era cierto. Y también era cierto que ardía en deseos de ver a Astley fuera cual fuera la razón.

Al escribir, Leda es dueña de un silencio de agua profunda y gestos hechos de terciopelo tardío. Cuando se lo dije se bajó los anteojos de grueso armazón hasta la punta de la nariz y me miró desde el umbral de su computadora, donde la luz de ésta le teñía la piel de un azul frío.

—¿Astley? ¿El hombre sesentón que apenas se mueve? Claro, suena a la mejor manera de gastar nuestro dinero. Por favor, dime que es una broma. 

Traté de explicarme. No se trataba solo del concierto; era un símbolo, un último gesto antes del declive que ya intuía en mi propia vida. Además, últimamente las cosas no habían marchado bien entre los dos y un viaje nos caería estupendo.

—Quiero estar allí cuando se cierre el telón de esa época —dije—. Y quiero que estés conmigo, ¿y bien? ¿qué dices?

Ella sonrió mientras veía al techo moviendo la cabeza con lentitud, suspirando. Y esa sonrisa fue un permiso, y —posteriormente lo sabría— un abismo. Ambas cosas a la vez.

La geometría rota del viaje

El camino fue un presagio disfrazado de postal turística. La realidad parecía haberse deshilachado para castigar mi ridículo capricho.

El vuelo inicial se canceló por una lluvia torrencial.  Tuvimos que tomar un avión de hélice ruidoso e inestable, y cuyo piloto se disculpaba citando tontamente a Baudelaire. La travesía literalmente fue un infierno pues no funcionaba adecuadamente el aire acondicionado. Al fin, después de seis horas, llegamos a Nevada y alquilamos un coche que olía a ambientador barato. Condujimos por la autopista entre rectas interminables y cerros secos. El sol caía a plomo, tan fuerte que deformaba los colores del asfalto.

—Es increíble que quieras ver a Astley después de tantos años —dijo ella, sudando a mares, como si estuviera hablando del pasado más que del cantante.

—Era importante para mí. Es importante para mí —respondí, manteniendo la mirada en la carretera. Aunque suponía que Leda, al igual que yo, no acababa de entender en qué radicaba esa importancia, considerando que mis gustos musicales giran en torno a Tool, Phillip Glass o Sisters of Mercy, entre muchos otros intérpretes muy ajenos al pop ochentero.

Mientras veía distraídamente las cactáceas al borde del camino, Leda me contó que la noche anterior había soñado que en el desierto se convertiría en una constelación de estrellas, y que tenía miedo que la gente la bautizara porque sabía que en ese momento ya nunca podría regresar a su cuerpo humano. El calor de esa carretera era el mismo con el que recordaba el inicio de nuestro amor, un ardor que ahora se sentía como una quemadura estéril, pasiva, domada.

Hicimos parada en un motel de carretera que parecía sacado de la memoria de una película de bajo presupuesto. Leda indiferente a las miradas descuidadas de los transeúntes, se desnudó frente a la ventana por donde se filtraba una luz amarilla y polvorienta.

«Que este viaje sea un himno,» dijo, y su cuerpo era un poema caligrafiado en sombras.

Mi lengua buscó la suya con la desesperación del náufrago que encuentra agua potable. Explorando el contorno salado de su boca, su aliento sabía a tabaco y a destino. Pero también a tristeza. Sobre todo a tristeza. 

No pude evitar sentir que la intimidad era ahora un ritual desesperado, un intento de fundir nuestros cuerpos para evitar que nuestras almas tomaran rumbos opuestos. Nuestros besos eran largos y lentos, como si estuviéramos contando el tiempo hacia atrás. Cuando mi miembro rozó su ingle, el vello oscuro y sedoso marcó un portal que sentía se cerraba a pasos agigantados. Ella era, en mis manos, una rosa de mármol que se deshacía y cuyos pétalos producían un sonido cada vez más rápido, ansioso, semejante a dos cuerpos chocando entre sí al hacer el amor.

El fin de una era

Llegamos a Las Vegas justo a tiempo, al House of Blues, en el Mandalay Bay Resort, donde el aire vibraba con la expectación del kitsch más ramplón de los ochenta.

Tras dos horas de espera, Rick Astley apareció en el escenario. Estaba muy lejos de ser el joven de gabardina y voz elegante. Ahora era una estatua cansada con un aura de melancolía pop. Se le notaba entre molesto y aletargado. Las arrugas parecían ser una máscara fundiéndose sobre la cara del joven Astley. Pese a ello, sentí que mi corazón se hinchaba de una alegría absurda y pura.

Las luces se apagaron. El concierto comenzó.

Y fue un desastre.

Astley no cantó sus clásicos con el pulso exacto que yo recordaba, ese beat que había marcado tantas noches de mi adolescencia y, secretamente, el inicio de mis fantasías femeninas que culminarían con Leda. En su lugar, el cantante ejecutaba versiones distorsionadas de aquellos temas que lo hicieran famoso.

Never Gonna Give You Up se transformó en una balada gótica con un solo de violonchelo desafinado. Together Forever fue reinventada como un lamento jazz lento, casi un blues fúnebre acompañada con unos coros innecesarios y ruidosos semejantes a los que usó Elvis Presley en sus últimos conciertos.

La voz de Astley, antes un torrente de promesa juvenil era ahora un eco ronco, cubierto de arena y de distancia. Olvidaba las letras y movía confundido la cabeza cuando eso pasaba. Todos lo notaban, menos él. Seguramente estaba ebrio pues se tambaleaba constantemente. El griterío inicial se fue transformando en piadosos y discretos aplausos.

Yo, sentado junto a Leda, sentí que mi alma se encogía hasta el tamaño de un guijarro. Mi capricho se había vuelto una farsa. La clausura prometida era una burla. El final de los ochenta no era épico, sino embarazoso. Me reí de mí mismo, de Astley, de mi deseo absurdo. Leda no reía. Tenía los ojos fijos en el escenario. No era el concierto lo que la inquietaba. Era algo más. En medio de una versión desfigurada de Cry for Help, me incliné hacia ella e intenté tomar su mano, la cual evitó. El ruido del público, extrañamente, era un silencio que solo nosotros dos habitábamos. Comprendí la verdad con una punzada fría: ella ya no estaba viendo a Astley. Estaba viéndome a mí. Estaba viendo nuestra relación.

Leda volteó. Su piel estaba pálida, bañada por las luces multicolores que provenían del escenario, y por primera vez en años, sus ojos brillaban con una lágrima cristalina que no quería caer.

—Lo siento, sé que es horrible —dije gritando por encima del ruido, con un intento de sonrisa—. No era así como imaginé el final.

Leda apartó la mirada del escenario y me observó de frente. Su aliento era un aroma dulce y trémulo.

—¿Qué esperabas? —respondió elevando la voz para superar la música—. ¿Que el final fuera perfecto? Nunca lo son. Esperabas que el final de una canción pop fuera diferente al de todo lo demás. Que fuera limpio, que fuera la nota más alta y clara. Pero no. El final es siempre esto: un eco mal hecho, una versión que ya no nos convence. Y que nos hace llorar.

Sentí cómo esa frase se me clavaba con fuerza. Lo entendí: no hablaba del concierto. Ninguno de los dos hablábamos del concierto.

Cerré los ojos y sentí el fracaso del concierto y el fin de nuestro amor como un solo acorde. Entendí que la actuación de Astley no era más que la señal, la manifestación física del colapso que ya había ocurrido en el plano de mi alma y la de Leda.

El cantante desafinaba de forma cada vez más clara, era una parodia de sí mismo. Sus promesas de nunca abandonar y nunca defraudar eran una burla. Como todo en la vida.

Leda me abandonaba porque yo había dejado de ser el ancla para ser la costumbre. Ella necesitaba sentir que su vida avanzaba, pero al lado mío solo encontraba la repetición de los días y la previsibilidad de los gestos. Su abandono no era una traición, sino una necesidad de rescate. Habíamos dejado de alimentar el fuego para solo mirar las cenizas, y el profundo silencio que crecía entre nosotros, aun compartiendo la cama, se había vuelto una carga insoportable para su espíritu creativo. Yo le ofrecía la seguridad de la parálisis, y Leda, con su alma de agua profunda, necesitaba el riesgo del movimiento. Dejó de quererme porque, al final, se dio cuenta de que no había espacio para ella en mi deseo, sino solo una cómoda silla en un paisaje ya definido.

Abrí los ojos. Ella seguía allí, pero ya no estaba. Una figura de luz y sombra. Extendí mi mano hacia ella. En esta ocasión no la rechazó. Entrelacé mis dedos con una suavidad definitiva. No dije nada. Simplemente apretamos, y sentí el peso de una respuesta que contenía gratitud, nostalgia y una despedida irrevocable. Ambos sabíamos que era el último contacto, la última canción antes de que cada uno se encaminara hacia un silencio diferente.

El concierto continuó en su triste parodia. Yo, sujetando la mano de Leda, supe que el amor, como las melodías de la juventud, siempre terminan convertidos en una versión rara y melancólica de sí mismos, pero que esa rareza no le quita la intensidad de la memoria. Todo lo contrario. 

Pese a lo horrible del concierto, nos quedamos hasta el último acorde, no por Astley, sino por el placer sutil y terrible de presenciar juntos la demolición de una ilusión hasta la caída de la última piedra, hasta que el polvo se disipara, hasta que el tiempo hiciera lo suyo.

Epílogo: La última nota

Al salir del auditorio, caminamos en silencio hacia el estacionamiento. Las luces de Las Vegas brillaban con esa mezcla de exceso y abandono que yo siempre había confundido con energía. Esta vez solo vi desgaste.

Cuando llegamos al coche, Leda abrió la puerta y, antes de subir, dijo:

—Gracias por traerme. Fue… necesario.

Intenté responder, pero no encontré palabras. Ella cerró la puerta con suavidad. Yo rodeé el vehículo y me senté al volante. No arranqué, pero encendí la radio. Curiosamente la estación que sonó fue una de oldies, Sony 106.5. E irónicamente escuchamos al verdadero Rick Astley. Aunque para mí, ya nada ni nadie era real.

Vi a Leda mirando las luces de la ciudad con una leve y verdadera sonrisa que no le había visto en años. Sus ojos ya no buscaban lo que yo no podía darle; ahora miraban hacia adelante, hacia un horizonte sin mapa, donde solo ella decidía el ritmo.

Nos quedó claro entonces que el concierto había sido el final de dos cosas: de la época en que Astley significaba ilusión, y del tiempo en que Leda sostuvo la mía.

So don’t stop me falling/ It’s destiny calling/ A power I just can’t deny

Las luces de Las Vegas nunca volverían a arder con tanta fuerza.

Súbitamente mi pie se movió por un impulso propio, y pudimos avanzar perdiéndonos en el horizonte, como el fade con el que concluye toda canción pop de los ochenta.

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