Imagen obtenida de Babycenter

A Carmen Martín Gaite, In memoriam, quien con una de sus novelas inspiró esta historia

I

La Isla de los Pájaros Blancos queda al Sur de Argentina, en una zona inconmensurable de lagos, bosques y algunos bloques de hielo, entre los que se agazapan ciervos y casi no hay flores. Surcada por los vientos que asolan la Patagonia, la isla tiene una costa rocallosa, frente a la que han sucumbido varios navíos empujados por vientos mortales y aún pueden verse los restos de algunos de ellos, como magníficos cadáveres de cetáceos, varados sobre la arena.

     La isla debe su nombre a unas aves marinas, lejanamente emparentadas con las gaviotas y los albatros, que rondan por todo el perímetro y se arraciman formando colonias. Es un lugar misterioso. Sus habitantes refieren leyendas (probablemente heredadas de los aborígenes) que, alimentadas por la soledad, se convierten en relatos fabulosos. Ya nadie sabe a ciencia cierta qué es verdad y qué es producto de la imaginación de los narradores orales.   

     Pocas personas conocen este sitio. Los cartógrafos, en sus mapas, olvidan registrarla o quizá temen hacerlo, precisamente por las historias que los marinos han tejido en torno de ella. No ha interesado a los naturalistas, ni al turismo internacional, que celosamente la omite en el inventario de posibles destinos.

     Más allá o más acá de las leyendas (que no es este el caso), fue el lugar que Magdalena Heredia eligió para retirarse de la gran ciudad. Sin apremios económicos, sin una familia que cuidar, fallecidos sus últimos parientes en un accidente automovilístico y con pocos amigos, nada la ataba demasiado a ese caserón que le quedaba grande.

     Habló con su abogado e hizo las últimas diligencias. Alquiló sus propiedades según un arreglo conveniente y gestionó que el monto total de esa renta le fuera girado periódicamente a una oficina de la Isla, donde había comprado una casa sobre la costa.

     Hizo un largo viaje en barco, única manera de acceder a la isla. En ese viaje llevó lo indispensable: ropa, algunos muebles, sus libros, sus cuadernos y sus lapiceras, un piano y un par de largavistas de su abuelo Alfredo. Lo demás lo compraría en el pueblo. Pensó, al elegir todo eso que sería suficiente para mantenerla a salvo de la monotonía de esa tierra llena de ausencias.

     La Isla de los Pájaros Blancos tiene una población estable de setecientos habitantes, la mayoría de los cuales son pescadores. Hacia el sur, un sólido muelle se interna en un mar de aguas profundas, donde fondean los barcos pesqueros o las lanchas. 

     Mucha gente ha elegido esta isla para olvidar su pasado, para empezar de nuevo o sencillamente para morir. Quizás por ese aire de paz soleada que invita a la bienvenida. Pero también a una partida diáfana, transparente, sin opacidades. Cuando el sol alumbra en su punto culminante es posible apreciar el lugar en todo su magnífico esplendor. 

     Al poner Magdalena su primer pie en tierra, el corazón se le encogió. Tenía poco menos de cuarenta años, pero le parecía haber vivido el doble, tan satisfecha estaba de sus decisiones. Con autoridad, supervisó el desembarco de su piano alemán, que fue encomendado a los portentosos brazos tatuados de cuatro estibadores.

     Conocía la casa por fotos. La había comprado meses atrás a un martillero que se ocupaba de la venta de propiedades en el Sur argentino. Había pertenecido a un matrimonio que, cansado de la vida a solas, había quemado las naves y retornado a Buenos Aires. Precisamente el camino inverso al que aspiraba Magdalena para recuperar  algo que se le había vuelto imprescindible. Al ver la imagen en una revista de turismo, sintió que ése era su lugar en el mundo.

      Al frente, la casa tenía dos enormes ventanales sin postigos pero con gruesas cortinas interiores que la preservaban de la luz del amanecer o del mediodía por si aspiraba a una siesta en un sillón hamaca de mimbre. También del miedo incierto de las noches. Entre ambos, una puerta de roble de doble hoja con llamador de bronce y un pasador de hierro. Era lo que había estado buscando: un hogar sin lujos pero cálido y hospitalario.

     Una vez que los estibadores hubieron dejado todo en su lugar, tarea que demandó casi cuatro horas, Magdalena aunque hiciera frío abrió todas las ventanas y las puertas e hizo circular la brisa marina por el interior de esa casa que tenía olor a encierro y a soledad. Más tarde, satisfecha con el cambio de aire y el revoltijo de las ráfagas con aroma a sal, desembaló los paquetes. Fue guardando celosamente todo en las alacenas y los roperos mientras encendía el hogar que alcanzaba para calentar todos los ambientes (que en verdad eran sólo dos).

     Cuando miró el reloj era más de medianoche. Estaba agotada por el viaje, largo y sinuoso y necesitaba descansar. Se puso la ropa de cama y durmió hasta que el sol la despertó, rebotando contra los espejos de su cuarto.

 

II

 

-Quiero un poco de jamón. Un kilo de azúcar. Ah, ya me olvidaba. Y unas ciruelas pasas para compota. 

-¿Está segura de que no se olvida de nada?-preguntó el almacenero. -Mire que el camino desde su casa hasta acá es largo. No quisiera que tuviera que hacerlo dos veces. 

-Sí, nada más, gracias.

     El hombre tomó un cucharón de metal con asa de madera y lo introdujo en la bolsa de arpiyera de la que fue sacando las ciruelas de a enérgicas paladas hasta llenar una bolsa de papel madera, que luego pesó en una balanza de metal algo oxidada.

-¿Se siente a gusto en su nueva casa?

-Sí, gracias. Vine en busca de esto porque quería cambiar de vida. Y no me siento defraudada. Si todo sigue así, pienso instalarme definitivamente.

-¡Cuánto me alegro, señora Magdalena! Es tan raro ver caras nuevas por acá. Es como si uno viera el mismo paisaje todo el año. O toda la vida.

-Sí, me imagino. A mí me pasaba justamente lo contrario. Veía tantas caras diferentes que ya no reconocía a ninguna. Si la ciudad era sinónimo de anonimato, este pueblo es un paraíso  para comenzar a poblar. Hasta luego Fermín.

-Hasta luego, señora Magdalena.

     Emprendió el regreso hacia su casa cargada con las compras. Habían pasado dos semanas desde que estaba en la isla y ya se sentía parte de la comunidad. Tal vez por eso de que la gente era amable. O de que los nuevos les provocaran una mezcla de curiosidad y atracción. Ella no hablaba demasiado. Apenas intercambiaba unas pocas y cordiales frases de cortesía con los comerciantes, los empleados del correo, o alguno de los vecinos más cercanos, a quienes cruzaba en sus paseos.

     Disfrutaba mucho de sus rutinas. Por la mañana, se levantaba muy temprano. Se daba una ducha, desayunaba un café negro con medialunas que primero entibiaba en el horno u otras veces tostadas con mermelada de damascos y salía abrigada a caminar. Todos los días proyectaba itinerarios diferentes. En ocasiones iba hacia el pueblo. Pero la mayoría de las veces, cuando estaba más necesitada de soledad, se dirigía hacia los acantilados y bordeaba el mar durante kilómetros. Regresaba cuando el frío ya le quemaba las manos. Después almorzaba un caldo con pan de centeno que ella misma amasaba, una ensalada y una compota. Se recostaba para una siesta. Tomaba el té y tocaba el piano, leía o se sentaba a escribir en la larga mesa de madera junto a uno de los ventanales, cerca del hogar. Llevaba un diario.

 

11 de septiembre

Hoy he caminado pensando en por qué no visité antes estos parajes. Y me pregunté también qué hubiera sido de mí al haber nacido en una isla como esta, en plena Patagonia, en lugar de en esa metrópoli insufrible que es Buenos Aires. Aquí la gente es apacible y colaboradora. Probablemente, lo más parecido a mi lugar en el mundo.

 

     Por la noche solía recostarse en el sofá a beber una copa de cognac, mientras miraba crepitar los leños al compás de las llamas que bailaban una danza colorida y sinuosa. Sucumbía, como casi todos los mortales, al encanto magnético del fuego, que tira de nosotros como si fuera un abismo o un espectáculo prohibido.

     Sus amigos sentían por ella una mezcla de envidia, piedad y preocupación. Envidia, por la nueva vida que llevaba, alejada del ruido del mundo y por haberse decidido con seguridad emprendedora a alejarse a solas a un territorio desolado. Piedad, porque no entendían cómo una mujer joven y de fortuna podía enterrarse en un páramo (como meterse a monja). Preocupación, porque no terminaban de comprender cómo ella podría arreglárselas con una casa en un lugar inhóspito como ese. A lo mejor la imaginaban posible blanco de un asalto. O sufriendo por fantasmas del pasado. Magdalena los tranquilizaba con cartas en las que les refería su asombro frente a un amanecer o un sol de todos los naranjas que pudieran acumularse en el horizonte. También les contó que en la isla habían estado a punto de cerrar el puesto de policía porque no se registraban delitos de ninguna clase desde hacía años. Aquí los vecinos se conocían todos y a la menor señal de alarma se ponían todos en contacto. Equivocada o no, lo cierto es que sus amigos debían trabar las puertas con siete cerrojos y guardaban sus casas llenándolas de perros de guardia mientras ella dejaba abierta su puerta toda la noche y bebía su oporto o su cognac.

 

III

 

     La primera vez que lo vio no se atrevió a dirigirle la palabra, por más que era lo único que deseaba hacer. Él estaba sentado sobre las rocas, imponente, recogiendo su caña de pescar con ímpetu, seguro de que algo traía. Evocó a Heminway pero, algo irritada, espantó esa idea del intelectual que se aplica a comparaciones que pasan por referencias cultas. Quedó estupefacta viendo la fuerza de ese hombre ya mayor, parado en cueros sobre las piedras, en tanto un mar bravío roía la base de la plataforma. Se quedó inmóvil, viendo actuar a ese ser de manos grandes, callosas por el trabajo y espalda poderosa. Él no advirtió su presencia sino cuando ella ya se iba. Supuso que lo había estado mirando porque un hombre en esa soledad sin lugar a dudas no pasa desapercibido. Él tampoco pudo evitar pensar de un modo flotante en quién sería esa extraña audaz que caminaba a solas al amanecer por esas latitudes. La imaginó una mujer intrépida. No se equivocaba.

     Una semana más tarde, volvieron a quedar frente a frente en un atardecer cerca del mismo acantilado. Ese era un lugar secreto para ambos, que no compartían con nadie. Por separado descubrieron que era su reducto. Esta vez no pudieron hacerse los distraídos. Si bien a él se lo adivinaba reacio a los intercambios demasiado conversados, tampoco era descortês.

     Ella se le acercó, sonriendo.

-¿Cómo le va? ¿Hace mucho que anda por acá?

-Hace exactamente dos horas. Vine a las cuatro de la tarde.

-Descubrí este lugar hace muy poco, durante mis caminatas. Me maravilló el agua cayendo a pico allá abajo, golpeando contra estas rocas.  

-Sí, pienso lo mismo. Es algo increíble. Hay pocos lugares así en la Isla. Le gusta la soledad por lo visto.

-Sí. De hecho vivo sola en una casa sobre la costa oeste. Fue una decisión que tomé hace poco. Venirme a vivir a este lugar, abandonar una vida llena del hastío de largas caravanas de autos, basura en las veredas, inseguridad, en fin, en lo que sabemos consiste la vida urbana. Prefiero estas otras turbulencias meteorológicas a las del tránsito o las muchedumbres-, agregó. Ambos rieron.

-Más o menos en algún momento de la vida a todos nos asalta ese pensamiento. A algunos les pasa a los cuarenta, a otros a los cincuenta y así siguiendo. Lo peor es que a mí me sucedió al final de la vida, cuando ya es un poco tarde para empezar cualquier cosa. ¿No le parece?

      Magdalena permaneció en silencio unos minutos. Sobre sus cabezas revoloteaban algunos  pájaros blancos. Levantó la mirada al cielo. Después, moviendo un poco la cabeza, respondió:

-No lo creo. Pero para serle totalmente honesta puedo considerarme una afortunada. 

-Pienso lo mismo. Vine a vivir a la isla hace diez años. Mi esposa acababa de morir. No teníamos hijos. Mis negocios habían dejado de interesarme. Vendí todo y me mandé mudar. Elegí un confín. El fin del mundo. El Sur del Sur. Un lugar que parece caerse del planisferio.

-No lo dude. Estamos cayéndonos. A mí me parece que el mundo es más mundo en este lado del planeta. El sol es más rojo. Las ráfagas más frías. Azotan los ventanales. Se cuelan por debajo de la puerta. Los colores no se mezclan. El mar tan azul.

-Acá también las mujeres se vuelven más lindas. Tal vez porque dejan de preocuparse de los asuntos que no valen la pena.

Magdalena no contestó. Un sutil piropo, que le agradó, agitó su corazón. Estuvo a punto de sonrojarse.

     Siguió conversando después con el hombre hasta que la luz comenzó a languidecer y el entorno a desdibujarse. Ya casi no podía ni distinguir sus facciones.

-Me llamo Domingo-dijo al dejarla frente a su casa, mientras le estrechaba la mano.

     Magdalena se fue a dormir tarde esa noche. Y le costó conciliar el sueño.

 

 

IV

 

     Los encuentros en el acantilado de la cascada se repitieron tantas veces hasta que por fin, un buen día, decidieron salir a hacer los paseos juntos. Domingo la pasaba a buscar muy de mañana, a veces sin equipaje, a veces con su caña, y enfilaban para el acantilado. Era irresistible ese sitio, el sonido seco que provocaban los arrebatos del mar contra la base indestructible de las rocas, el movimiento alocado de las pocas plantas por el viento, el sonido musical de la cascada al derrumbarse sobre la cresta de las rocas, el movimiento de las algas. Todo allá abajo.

     Pasaban un buen rato caminando de un extremo al otro del acantilado, bordeándolo, hasta que por fin elegían un lugar al reparo y se sentaban. Él a armar y lanzar sus líneas. Ella simplemente a verlo hacer, a verlo jugar a ese juego tan antiguo, tan lleno de ceremonias, al que los hombres suelen entregarse con dicha y sonambulismo. Otras veces leía. Esa tarde una novela de Carmen Martín Gaite titulada La reina de las nieves cuyo comienzo le había inspirado el argumento  de uno de sus cuentos.

     Lo vio lanzar una y mil veces al mar sus anzuelos. Lo vio mirar caviloso el horizonte: ir descubriendo los colores y las tonalidades del mar: verde, azul, celeste, turquesa, verdeazulado. Grisáceo los días nublados. El mar desplegaba una verdadera escala cromática según sus estados de ánimo o los del cielo, su gemelo invertido. Como ellos dos, que algunos días estaban contentos y no dejaban de hablar un momento o de rugir de alegría y otros, en cambio, se hundían en un ensimismado mutismo. Sin embargo, plagado de complicidades. Pero ese silencio no era melancolía sino contemplación. Estaban juntos pero a la vez gozaban de una intimidad permisiva.

     Magdalena solía contarle a Domingo todo lo bueno que había ganado con su nueva vida, al lado de esa existencia anodina y la grisura que  no se parecía precisamente a la de estas rocas. Esa ciudad que no dormía le impedía serenarse. Él, en cambio, era un hombre que no hablaba mal de nada ni de nadie. Ni siquiera de los que le habían hecho daño. Un poco porque había aprendido que nada es absolutamente malo en la vida, ni absolutamente bueno. Todos son matices. Un poco porque sentía que a la suya no le faltaba nada. Tenía el descanso. Tenía el mar. Tenía techo, tenía comida. Sabía que había misterios que jamás lograría desentrañar y eso no lo inquietaba. Más bien le provocaban una intensa curiosidad.

     ¿Pero no le faltaba amor acaso? Ella no se atrevió nunca a hacerle esa pregunta. Pero sí experimentó una viva curiosidad. Sentía que algo la detenía cuando estaba a punto de interrogarlo. Quizás la autoridad que imponía su estatura de gigante. Quizás el miedo a obligarlo a referirse a un pasado que  no quería evocar y hacerlo sería forzarlo a recordarlo. Tampoco quería pecar de indiscreta o, peor aún, de apresurada.

     Una tarde volvieron a su casa de la mano. Ella empezó a entender que hasta la isla más remota puede ser el escenario de la pasión.

 

V

 

     Cenaron sobre un mantel de hilo crudo de la abuela materna de ella. Magdalena había preparado pollo al horno con papas y batatas como plato principal. Y unos huevos rellenos de entrada. Domingo había traído el vino: un chablis helado que descorcharon inmediatamente porque estaban urgidos por brindar. Un poco a la salud del mar. Otro poco a la salud de ambos, de ese amor que les brotaba desde las yemas hasta esa zona del cuerpo en la que uno se estremece en el momento del amor.

     Junto al ventanal abierto que daba a la noche, en esa larga mesa de madera en la que Magdalena solía escribir, cenaron con felicidad. Pero ahora la casa se había poblado de nuevos sonidos: el tintineo de las copas, las risas, el entrechocar del metal de los cubiertos, el crujido de la corteza del pan, el crepitar de los leños. Y, sobre todo, las risas. 

    Esa noche Domingo, que era de tomar el toro por las astas, dijo que él era un viejo. Ella lo miró como si hubiera dicho un mal chiste o como si hubiera pronunciado algo ridículo, sin pensar deja de pensar para sí que no había faltado a la verdad.

-Nada puede separar a dos personas que se aman. Eso lo sé-dijo Domingo. -Pero también sé que me quedan pocos años para ofrecerte. Al menos en mi familia no se cuentan casos de longevos.

-Soy grande para tomar decisiones. Y puedo asegurarte que eso ya lo pensé. Por otra parte, nunca se sabe.

     Domingo, que era un hombre serio, en ese momento experimentó un temblor que le recorrió toda la columna y lo tumbó sobre la mesa. Emitió un sollozo, procurando disimular la emoción que esa frase le había provocado. Ella, más expeditiva, se levantó, rodeó la mesa y llegó hasta donde estaba él. Lo abrazó y lo besó en la frente. Era el  gesto de ternura más sabio que él, en el fondo, estaba acariciando.

     Esa noche, como todas las siguientes, durmieron juntos en la casa de los grandes ventanales, que Domingo descorría antes de que Magdalena siquiera diera el primer bostezo. Estaban grandes para desperdiciar el tiempo.  Más bien, el vértigo de un rugido los mantenía con una inmensa vitalidad.  

Fuente: Unsplash

 

VI

 

     Fueron años perfectos sin ser ideales. Domingo aumentó de peso, producto de las especialidades que le preparaba Magdalena. La espalda, encorvada por tantos agobios, se rectificó. Su pelo, antes desordenado, fue amorosamente recortado por la mano y las tijeras diestras de Magdalena.

     Los cambios en ella, por el contrario, no fueron visibles de ese modo. Aprendió a no ahogarse en un vaso de agua. A hervir el arroz a punto. A lanzar la línea como nadie. A levantarse cuando todavía era de noche. A beber jerez en lugar de cognac.

     El pueblo recibió alborozado la noticia pero también con los inevitables chismes no exentos de malicia. Un poco porque ambos eran gratos a la comunidad por su discreción, otro poco porque parecían vivir de forma inconsulta cada instante, eso los mantuvo a salvo. Nada pudo opacar el desperezo de ese amor. 

    La casa se pobló de viejos tangos, que Domingo le rogaba a Magdalena que interpretara en su noble piano alemán. Ella se animaba por meandros que jamás había transitado. Y lo  introdujo en el repertorio de Chopin pero también el de Brahms. 

     Se amaron así durante varios años. Los años en que a Magdalena el cabello comenzó a volvérsele color ceniza y a Domingo en terminar de caérsele. Calvo ahora, convengamos que siempre sienta mejor eso que los residuos de una cabellera desprolija. Lo encontraba en la almohada, por la mañana, al levantarse. En el sumidero de la ducha. Pero eso no les importó.

     Un viernes 9 de noviembre, a Domingo se le escapó la vida entre los dedos. Lo descubrió Magdalena al intentar despertarlo porque, alarmada, a media mañana todavía permanecía en la cama. Ella no se desesperó ni se alteró en ese momento. Pero después lo lloró un día entero, para no volver a derramar una sola lágrima más. Se recuperó de la pérdida porque el recuerdo de Domingo no era el de alguien con quien perduran asignaturas  pendientes. Habían jugado limpio, habían sido honestos. Personajes de principios, que se confiaban el uno al otro. Se sinceraban hasta en sus zonas más recónditas. Domingo le contaba sus sueños o sus pesadillas. Ella clandestinamente tomó registro de otros. ¿Acaso los sueños no son la parte más descarnadamente honesta de una persona?   

 

VII

 

     La escena no data mucho más que de unos cinco meses después. Claro que ya el verano se ha marchado y crudas y fortísimas ráfagas de viento azotan la Isla de los Pájaros Blancos. Magdalena está sentada delante del hogar, frente a ese fuego cautivante. Es cierto que ya no es la mujer impetuosa y solitaria que supo llegar a la Isla años atrás. Nadie lo diría al verla ahora, sentada en el sofá, cubierta con un vestido amplio que deja entrever un vientre enorme y abultado, abrigada con una manta de lana color malva. Mientras prepara mermeladas, mira fotografías, acomoda partituras de algunos tangos y custodia un equipo de pesca que no fue el suyo. También relee viejas cartas. Da vueltas a alguna idea insospechada. Por las tardes escribe en un cuaderno ciertos recuerdos que no quiere se esfumen como el vapor del té verde que en ese momento está bebiendo. Mientras tanto, piensa que la Isla de los Pájaros Blancos es el sitio que muchos han elegido para morir o para marcharse después de una temporada. Pero que también, en cambio, es el lugar perfecto en el que otros han de nacer. Han de ser criados como mirando con obstinación el cielo tan diáfano de las mañanas. Se acaricia el vientre y se acerca a la puerta. Pese al frío, la abre, huele la noche (con aroma a sal marina), se aparta, y deja que la luz de la luna inunde el cuarto como una marea blanca. Una nueva historia comienza a ser escrita. La luna, que todo lo ha visto, que todo lo ve, es la única que, una vez más,  sería la indicada para contarla. Bajo esta luna nueva, Magdalena se toca el vientre. Se dirige al piano, y premonitoriamente toca un Nocturno de Chopin. Ese que tanto le gustaba a Domingo. La música la embriaga. De modo más íntimo, un tango de Discépolo. La luz de la luna tiñe las ventanas. El futuro, incierto, también le permite conjeturar escenas previsibles. Y en ese cuerpo que es uno pero también son dos, la vida vuelve una vez más a conversar. 

 

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Nació en La Plata, Argentina, en 1970. Es Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Es escritor, crítico literario y ejerce el periodismo cultural. Publicó libros de narrativa breve, poesía, investigación y una compilación temática de narrativa y prosas argentinas contemporáneas en carácter de editor, Desplazamientos. Viajes, exilios y dictadura (2015). Su libro más reciente, Sigilosas. Entrevistas a escritoras argentinas contemporáneas (2017), fue seleccionado por concurso por el Ministerio de Cultura de la Nación de Argentina para su publicación. Cuentos suyos aparecieron en revistas académicas de EE.UU., en revistas culturales y en libro en traducción al inglés en ese mismo país. En México se dieron a conocer cuentos, crónicas, series de poemas y artículos críticos. Escribió reseñas de films latinoamericanos en revistas académicas o culturales de EE.UU. También en México y EE.UU. se dieron a conocer trabajos interdisciplinarios, con fotógrafos profesionales o bien artistas plásticos. Colabora habitualmente con revistas de cultura de EE.UU., México, Chile, Venezuela y Argentina. Escribe también cuentos para niños. Obtuvo tres becas bianuales sucesivas de investigación de la UNLP y un Subsidio para Jóvenes Investigadores, también de la UNLP, todos ellos por concurso. Artículos académicos de su autoría fueron editados en Francia, Alemania, EE.UU., España, Israel, Brasil y Chile en revistas especializadas. Se desempeñó como docente universitario en dos Facultades de la UNLP durante diez y tres años, respectivamente. Participó en carácter de expositor en numerosos congresos académicos en Argentina y Francia. Realizó cinco audiotextos y dos videos en colaboración. Participó de dos colectivos de arte de su ciudad (en la actualidad se ha sumado a uno de Chile). Realizó dos libros interdisciplinarios entre fotografía y textos con fotógrafos profesionales, inéditos. Obtuvo premios y distinciones internacionales y nacionales.

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