Grabado de Gustave Doré. Del paraíso perdido de Milton por Robert Vaughan, D.D. Chicago y Nueva York 1885

En este texto haremos un breve recorrido por un personaje tan presente en la cultura occidental: el diablo. Nos basaremos en la Historia del diablo realizada por Robert Muchembled.

El diablo, esa figura tan socorrida en estas fechas del año, se ha transformado a través del tiempo. El concepto del mal representado por medio de una imagen o de descripciones, no ha sido el mismo en el siglo XII que en el siglo XIX. El imaginario colectivo de cierta época mantiene una relación directa con la cosmovisión e ideologías dominantes, de modo que la representación del diablo pone de manifiesto la influencia religiosa, así como su declive o resurgir, según el tiempo y lugar de referencia.

De izquierda a derecha, el triunfo del Diablo en el tarot de Vieville, de París y de François Chossons.

Satanás y sus primeras apariciones

Satanás se mantuvo con un bajo perfil durante el primer milenio del cristianismo. El problema de la representación del Mal no tomaba protagonismo ni en el arte ni en las discusiones teológicas, al menos no en su representación “física”. Fue una gestación lenta que alcanzó su apogeo hasta finales de la Edad Media.

Ángel caído, Ricardo Bellver

El cristianismo se comenzó a preocupar por unificar criterios en cuanto a la figura del mal conforme vio la necesidad de posicionarse sobre otras concepciones religiosas. Al inicio, los Padres de la Iglesia y los teólogos les dieron un toque muy intelectual, a modo de un arcángel caído o que se rebeló contra Dios, bello e inteligente.

Comenzó siendo más un seductor que trataba de hacer caer en la tentación a hombres y mujeres, que un ser terrorífico. Aquí todavía se le confería una constitución más cercana a lo humano que a lo animal, sin embargo esto se fue transformando. La belleza propia de un ángel caído dio paso a jorobas, malformaciones, mentones pronunciados, hasta llegar a caracterizaciones que tenían más de animal que de humano.

En todas partes de Europa tenía distintos nombres: Satanás , Lucifer, Asmodeo, Belial o Belcebú. Teniendo reminiscencias paganas en sus representaciones. Y los lugares privilegiados para su aparición siempre han estado asociados con la noche y la oscuridad. Un terreno más propicio a lo no visible, aquello que inspira miedo, como lo es la muerte o lo desconocido.

Pese a lo mencionado, las nociones del Bien y el Mal estaban en vías de adquirir límites cada vez más definidos. Las luchas de religión aún estaban lejos de requerir de una figura maligna a quien utilizar como estandarte enemigo.

Siglo XIII: el diablo deja de ser guapo y comienza a causar temor

Es a partir del siglo XIII que Lucifer comenzó a inspirar miedo. Justo cuando Europa buscó la coherencia religiosa y se dio a la tarea de construir nuevos sistemas políticos que le dieran mayor poder sobre su territorio, lo cual le daría la fuerza para expandir su dominio más allá de sus fronteras.

Lucifer, Lodovico Cigoli

El miedo fue una obsesión al final de la Edad Media, fue un medio para unificar ideologías o propósitos. Se requería unión para poder embarcarse en una lucha contra el Otro y las demás religiones. Los rasgos negativos del demonio se dan realmente a partir de este siglo y llegan a su apogeo en el siglo XIV.

El discurso sobre Satanás deja de ser cosa de monjes o pequeñas comunidades de pobladores, para llegar a ser parte de la lucha por el poder político que poco a poco se comenzó a centralizar. Así, la figura de Satanás deja atrás la imagen de ángel divino, de animal emparentado a las tradiciones paganas, para dar lugar al ser maligno que se sienta en su trono de terror. Esta imagen tenía como fin ser un arma de control social.

Y llegan las brujas

A partir del siglo XV se inicia un periodo donde se crea una ciencia del demonio, la demonología. Las supersticiones como manifestaciones de múltiples tradiciones y cosmogonías, comienzan a sucumbir ante una sola imagen: la del diablo. De esta manera, el cristianismo no sólo se hacía del dominio del Bien sino también del imaginario del Mal, dándole los toques que le convenían.

La magia como sistema explicativo del mundo comienza a desaparecer a manos de la cosmovisión cristiana, de allí la acérrima cacería de brujas. El poder no podía estar más que de un lado, y los saberes paganos o de corte tradicional debían dejarle el camino libre al poderío instaurado por la Iglesia.

El diablo fue el soporte, el detrás de, que daba poder maléfico a las brujas. En la cacería de brujas, Satanás fungió como el autor intelectual y las brujas como meros objetos a manipular, y más tarde, a incendiar. El poder masculino detrás del femenino, que en la realidad era este último al que se quería desaparecer. La mujer, guardiana de muchos deberes transmitidos oralmente, era un factor que la Iglesia y el poder político no veían con buenos ojos, no encajaba con el poder centralizado.

Comienza el declive

Luego de la cacería de brujas, la presencia del demonio poco a poco empezó a debilitarse a finales del siglo XVI, para entrar en una fase de declive de la que el diablo no se ha “recuperado”. El darle a la religión cristiana un toque menos angustiante, menos repleto de castigos, infiernos y maldad acechando el mundo, generó que el Príncipe de las Tinieblas también perdiera poderío.

Comenzó a perder terreno en la medida en que entró en escena con mayor presencia en el mundo literario, el de la ficción. Cada vez que se escribían más obras literarias sobre el demonio su imagen aterradora pasaba de ser una amenaza real, física, a uno imaginaria. Satanás pasó del infierno a instalarse en la mente del hombre y así se dio el desplome de su reino sobre el mundo mediato.

Ópera «Mefistófeles»

Con el Mefistófeles del Fausto del Goethe, obra comenzada en 1808 y terminada en 1832, el diablo entra de lleno en el mundo literario con fuerza protagónica. Conserva características antiguas como los pies hendidos, no posee cuernos ni cola, convirtiéndose en una imagen sombría del sujeto pensante. Así, Satanás ha perdido su dominio sobre el ser humano, tanto que incluso su imagen deja de ser terrorífica y se le humaniza de una manera supeditada a la misma imagen del hombre.

La pintura también hace lo suyo en pos del declive de Lucifer, representándolo más como una figura teatral que como un ente maligno y poderoso.

Sin embargo, para el siglo XIX, el diablo no desaparece ni con los ataques directos de los filósofos de la Ilustración, ni con la ciencia o la industrialización. Su imagen terrorífica se ha matizado, ha perdido su trono como rey de las Tinieblas, cierto, pero eso no significa que se haya ido del mundo, lo que ocurrió es que se interiorizó en la psique humana.

En el ámbito religioso, lejos de la crítica filosófica, el demonio siguió resguardando su territorio, en el plano social, se volvió una representación del lado oscuro de la naturaleza humana. La literatura y el arte en general, lo siguieron explotando, siendo incluso el héroe del teatro. La novela también lo tuvo en la lista de personajes preferidos, camuflajeándose en singulares figuras o personajes, tales como Drácula.

El demonio del siglo XX e inicios del XXI

En la primera mitad del siglo XX, Satanás deja de tener preeminencia. No así el concepto del Mal. Las dos guerras mundiales lo tienen muy presente. Pero no ya como una representación tangible, sino como concepto: llegamos a la abstracción del Mal. Podríamos decir que el demonio se vuelve invisible.

Drácula

El diablo ha sido siempre, como lo indica Muchembled, un producto del tiempo. Cada etapa en la historia de Occidente le ha conferido sus características. La misma transformación de una sociedad religiosa en laica, al menos en su constitución sociopolítica, impactó en la difuminación del demonio. El miedo adquirió otras fauces más humanas.

Los mitos fundadores han desaparecido no sólo en Europa, sino en buena parte del planeta. En un universo hedonista, con un arraigo en lo individual como nunca antes en nuestra historia como civilización, el diablo se ha vuelto un producto más de consumo. El cine, la publicidad, la literatura, las artes gráficas, el cómic, han hecho del diablo una producto de placer o el antagonista que muchas veces cautiva más que algún lindo protagonista.

El diablo, Satanás, Belcebú, Lucifer, el demonio o como deseemos llamarle, no ha muerto, sólo se ha vuelto más sofisticado y rentable, su poder se transmutado de maligno a consumible.

 

 

Bibliografía

Muchembled, R. (2002). Historia del diablo. México: FCE.

 

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