—¿Me escuchas?

Cada día, la llama a la misma hora desde un viejo teléfono público de Santa Clara. Ella lo llama Ethan Morales y en consecuencia, él la bautizó como Luna Reyes. Presuntamente ambos habían crecido en el sur de California, y pese a ello hablan como si hubieran aprendido a escucharse desde mundos diferentes. Todo comenzó un día en que Ethan marcó un número al azar. Luna en vez de colgar, accedió a hablar con él imaginando que se trataba de un migrante al igual que ella. Lo cierto es que al que vemos allí ni siquiera sea Ethan; quizá Ethan sea un obeso cincuentón, un pederasta que llama desde prisión. Quizá ni siquiera se llama Ethan. Quién sabe, todo es posible. Pero ella quiere confiar. Y quiere creer en sus palabras cuando él le dice que le llama desde 1969 y que su principal preocupación no es ser deportado, sino ser reclutado y enviado a Cambodia. Le dice que cada noche ve en los noticiarios imágenes de ese lugar y que ya sus pesadillas huelen a napalm. Quizá por eso llama a Luna todos los días; quizá por eso transgrede las normas del tiempo, porque ella se ha convertido en su esperanza, su asidero de que en algún momento se acabará la guerra y llegarán tiempos mejores. Luna, por su parte quizá simplemente sea una mujer hermosa que está aburrida del mundo del siglo XXI, cansada de que los hombres se pajeen ante sus fotos que circulan en las redes sociales. Como dije, todo es posible.

Ella es tan joven que no sabe, o no quiere creer que alguna vez existieron teléfonos públicos donde la gente depositaba una moneda y hablaba de pie, en una cabina. Por ello, no se imaginaba que todas sus conversaciones con Ethan son escuchadas por las personas que hacen fila detrás de él esperando su turno para usar el teléfono; personas que fingen hartazgo, que fijan la mirada hacia el cielo mientras aprietan los labios o ven su reloj, o mueven nerviosamente los pies. Pero en realidad aguzan los oídos sin intención de no perderse una sola palabra. Ethan, por su parte, no tenía idea de lo que son los móviles y no quiere saberlo porque paradójicamente no le gustan las fantasías. Desde un inicio ella intuyó que había algo extraño: la llamada estaba enmarcada en un hiss perenne, una respiración ajena que no pertenecía a ninguno de los dos. Quizá es sólo producto de los años que los separan. Repito: todo es posible. 

—¿Me escuchas, Luna?

—Te escucho… como si estuvieras dentro de una pecera.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre suena igual. Como si hablaras desde un lugar que no termina de existir.

—¿Estás ahí o solo respiras?

—Estoy aquí. Siempre estoy aquí —dijo él, sin saber bien a quién se lo decía.

¿Se encuentran a medio camino en el tiempo o ambos corren de un extremo a otro a través del cable telefónico? Nadie puede saberlo. Es curioso que sus conversaciones siempre se asemejan al sonido de un cepillo de dientes, arriba y abajo, arriba y abajo, siempre regresando al mismo lugar, siempre pasando por los mismos puntos sensibles. A través del ruido, Luna intenta construirlo y reconstruirlo sin demasiado afán. Imagina la boca de Ethan suspendida en el aire, pronunciando su nombre sin labios que lo contengan; imagina un pecho que sube y bajaba sin torso, una mano que sostiene el auricular sin brazo. No es Ethan, lo sabe, pero era la única forma de sostenerlo: inventándolo.

—Si cierro los ojos, te veo mejor —dice ella.

—Entonces no los abras —responde él, casi en un susurro.

Del otro lado, quizá Ethan hace lo mismo. Mientras habla, se figura a Luna inclinada sobre la mesa, con el teléfono apoyado en la oreja como si fuera un secreto pesado. Le atribuye gestos que no ve, silencios que no puede comprobar. Cada respuesta de ella es corregida mentalmente, pulida, completada con una intención que quizá no existe. Ethan no escucha solo lo que Luna dice, sino lo que necesita que diga para que la llamada no se rompa.

El hiss era el territorio común donde ambos se equivocan. Allí, entre la interferencia, cada uno fabrica al otro con materiales precarios: recuerdos, deseos, suposiciones. La relación avanza no porque se entiendan, sino porque ambos aceptan la ficción. 

—¿Crees que algún día hablaremos sin ruido? ¿O sin otras personas interviniendo en la conversación?

—Tal vez —dice él—, pero ya no seríamos nosotros.

Sin saberlo, se hablan menos entre sí que con la versión que han construido del otro. Y quizá toda relación es eso: dos personas imaginándose con cuidado, con torpeza, aferradas a una voz incompleta, repitiendo el movimiento del cepillo, arriba y abajo, arriba y abajo, con la esperanza de que la fricción baste para desaparecer aquello que no deseamos.

—Te veré dentro de muchos años. Mientras puedes imaginarme —decía él.

—¿Por qué, ¿qué esperas de mí? Ambos sabemos que nunca nos encontraremos. 

La primera vez que Luna hizo esa pregunta, Ethan apretó el auricular como si pudiera doblarlo. El plástico estaba tibio, saturado de otras manos, de otras urgencias. Quizá el teléfono público estaba anclado a la banqueta de El Camino Real, a la altura de una licorería que ya nadie miraba, bajo un letrero desteñido por el sol de Santa Clara. Era mediodía, y el aire olía a asfalto caliente y a eucalipto. Detrás de él, alguien suspiró con impaciencia. Más allá, el tráfico avanzaba con una prisa que no le pertenecía. El hiss seguía ahí, constante, como una respiración prestada.

—Nadie llega nunca a encontrarse —matiza ella con tristeza. 

—Yo lo único que espero es que sigas hablando —dijo finalmente—. Que no cuelgues.

No es una respuesta brillante, pero es suficiente. Del otro lado, quizá Luna apoya la espalda en la silla de su departamento y mira el techo blanco, liso, interrumpido apenas por una grieta mínima que avanzaba como una línea de tiempo torcida. Afuera, Santa Clara es otra cosa: edificios de vidrio, bicicletas eléctricas, una luz más fría reflejada en los ventanales. Ella vive en una calle que antes había sido residencial y que ahora parece provisional, como si nadie pensara quedarse demasiado tiempo. Seguramente Ethan vivía en un Santa Clara más próspero, más inocente en cierto modo. 

—Eso puedo prometerlo —dijo Luna—. Hablar es fácil cuando no hay que verse.

El ruido parece asentir. Se quedan un momento en silencio, escuchándose, imaginándose existir. Luna piensa que la voz de Ethan tiene algo gastado, como un objeto que ha pasado por demasiadas manos sin pertenecer a ninguna. Piensa también que esa voz no coincidía con la ciudad que veía por la ventana: demasiado lenta, demasiado porosa. Burda y ordinaria. Ethan, por su parte, se la imagina descalza, acostada en un sofá, con los pies apoyados en la pared. No sabe por qué; quizá porque descalza era una palabra que no pide pruebas, como las casas bajas que aún sobreviven en algunos barrios de Santa Clara, rodeadas de oficinas que crecen sin memoria.

—¿Cómo es el lugar desde donde llamas? —pregunta finalmente ella.

—Pequeño —responde él—. Siempre huele a metal y a monedas viejas. Y hay una sombra que cae exacta a la misma hora.

Luna no acaba de entender la referencia pues le cuesta trabajo creer que en la época de Ethan a los teléfonos se les depositan monedas. Intenta ubicar esa sombra de la que habla Ethan en su propia ciudad, en la Santa Cara de su tiempo, pero no la encuentra. En su Santa Clara, las sombras son rectángulos perfectos proyectados por edificios altos, por cafeterías con nombres en inglés que parecen intercambiables e infinitos. Aun así, decide creerle.

—Entonces te imagino rodeado de cosas que ya no sirven —dijo—. Me gusta eso.

Ethan sonríe, sorprendido por la precisión involuntaria. Mira alrededor: un estacionamiento casi vacío, una palmera solitaria, un cine cerrado desde hacía años. Piensa que quizá Luna vea mejor que nadie, precisamente porque no ve nada. Cuando cuelga, se queda un instante mirando su reflejo deformado en la carcasa del teléfono, preguntándose cuál de sus versiones había hablado y en qué año exacto está parado.

Mañana, el cielo de Santa Clara tendrá ese azul plano que parece no pertenecer a ningún día en particular, con ese viento que no se encuentra en otra parte del mundo.  La fila ya estará esperando a Ethan. Cuando llegue, le abrirán paso y lo animarán a hablar. Algunos fingirán no escuchar; otros lo harán abierta, cínicamente. El hiss llegará antes que la voz de Luna, como si anunciara su entrada.

—¿Me escuchas?

—Te escucho —dirá ella—. Hoy suenas más lejos.

Ethan no sabrá si ha cambiado algo o si Luna necesitaba que hubiera cambiado. Tal vez la distancia no era espacial, sino temporal. Como siempre, ambos aceptarán la lejanía como se acepta una grieta en el paisaje.

—Tal vez soy yo —dijo—. O tal vez la ciudad se está moviendo.

Luna mirará por la ventana. Un tren ligero pasará sin ruido visible, como si se deslizara sobre una idea. Pensará en la Santa Clara de la que hablaba Ethan: más baja, más horizontal, con teléfonos públicos aún en pie como pequeñas ruinas funcionales.

—Eso sería peligroso —respondió—. Acostumbrarse es empezar a creer que compartimos el mismo ahora.

El ruido subirá y bajará, arriba y abajo, arriba y abajo, como ese cepillo de dientes insistente que nunca los ha abandonado. Luna cerrará los ojos. Esta vez lo imaginará sentado, encorvado, con una sombra que no coincidirá del todo con su cuerpo. Le agregará una cicatriz mínima en la ceja, una que solo ella será capaz de conocer. Detrás de él, la ciudad será más lenta, como si aún no hubiera aprendido a acelerarse. Ethan, mientras tanto, le corregirá mentalmente una pausa, le cambiará el tono a una risa que nunca oyó completa. La estará editando con cuidado, puliéndola para que encaje en la Santa Clara de ambos: calles amplias, árboles jóvenes, un futuro todavía prometido.

—Si algún día hablamos sin ruido —dijrá Luna—, creo que no te reconocería.

—Ni yo a ti —responderá él—. El hiss es lo único que no miente. Es lo único que no pertenece a ningún tiempo.

Se quedarán callados. No será un silencio incómodo, sino uno trabajado, como una pieza que encaja porque ambos la empujarán desde lados opuestos de la ciudad, desde décadas que se rozan sin tocarse. En ese espacio, cada uno hablará con la versión que ha construido del otro: la más dócil, la más necesaria.

—¿Sabes qué hago cuando no llamas? —preguntará de repente Luna.

—¿Qué?

—Te corrijo. Repaso lo que dijiste y lo digo mejor por ti. Te traigo a mi tiempo y te amo con locura. Te describo como un personaje de ficción para que te descubras en un cuento. 

Ethan reirá, pero sentirá una punzada leve. Él hacía lo mismo: acomoda a Luna en su Santa Clara detenida, la hacía caminar por calles que quizá ya no existían, la sentaba en bancas que habían sido retiradas. Tal vez no se hablaban; tal vez se estaban traduciendo.

—Luna —dirá él finalmente—, ya no podremos hablar. Me enrolaron. Hoy me enrolaron. Me voy mañana a Cambodia. 

El hiss no se romperá; se reorganizará. Luna colgará sin despedirse, antes de que el silencio intente parecer una respuesta. Ethan no pensará en Cambodia como un sacrificio ni como una tragedia personal: lo pensará como una ocupación más, una tarea asignada a quienes ya no saben qué hacer con su nombre. Ahora se dedicará a eso: a desaparecer de manera organizada, con uniforme, con coordenadas. Con una placa de metal al cuello evidenciando aquello que el napalm no podrá borrar. Luna, por su parte, no soporta la idea de la guerra y no soportará la idea de que Ethan la llame de nuevo y se escuche al fondo el tableteo de las ametralladoras. Eso le alteraría los nervios. No le importa la guerra y desea que ésta siempre sea parte de un libro de historia que ella nunca abrirá. Seguirá haciendo lo único que sabe hacer bien desde hace tiempo: llamar. Siempre habrá otros hombres. Siempre habrá otros tiempos. No lo hace por nostalgia ni por fe. Llama como quien ejerce un oficio menor, aprendido sin manual: hablar con hombres que ya no son quienes eran, hombres desplazados de sí mismos por una guerra, por una frontera, por el simple paso del tiempo. En cada llamada detecta rápido la fisura: la frase que se repite, el miedo mal disimulado, el ruido que los delata. No busca salvar a nadie. Busca ese instante preciso en el que la voz duda y se vuelve verdadera.

A veces pensará en Ethan, no como pérdida, sino como entrenamiento. Cambodia fue solo la versión extrema de una regla antigua: siempre hay un lugar donde los hombres van a dejar de reconocerse. Ella se queda del otro lado de la línea, recogiendo esas sobras temporales, esas identidades en tránsito. Siempre habrá otros hombres. Siempre habrá hombres que se pajean violentamente mientras ven sus fotos en las redes sociales. No puede, ni quiere evitarlo.

—¿A qué te dedicas ahora que ya no eres quien eras? —pregunta de nuevo, en otra llamada, otra voz, ahora quizá del futuro.

El hiss responde primero, fiel, profesional. Afuera, Santa Clara sigue cambiando sin pedirle opinión a nadie. Ella sigue ahí, trabajando con lo único que permanece: la distancia, la repetición, el ruido.

Eso es lo que hace ahora.

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