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No sabemos si el gusto actual por la novela histórica se debe al gusto por la aventura (una fantasía material) o al gusto por desvelar lo secreto (una fantasía intelectual), porque, así, el lector se siente formando parte del círculo de los iniciados  a quienes guía el maestro escritor.

En la antigüedad, los hombres veían hechos que podían explicar como efectos de causas conocidas, pero había otros de origen incierto. Intuyendo que estos, también, debían de tener un origen, supusieron la existencia de poderes sobrenaturales invisibles y que, para comunicarse con ellos y pedirles favores, entendían que debían hacerlo de forma diferente a como lo hacían generalmente en su grupo. No había nada mágico ni estaban entrando en un mundo sobrenatural, aunque ellos lo creyeran. A eso se lo llama superstición. Y a la superstición podían recurrir quienes desconocían la ciencia, pero no quienes la conocen. 

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La transmisión de conocimientos puede presumirse que ocurre desde la prehistoria, aunque las imágenes parietales más antiguas no tienen capacidad de expresar más que uno o dos conceptos, por lo que esas imágenes tendrían un carácter simbólico. El pintor plasma una figura que representa un concepto o una idea, de modo similar a como lo hacen las palabras. Concepto que es anterior a la pintura, no su consecuencia. La calidad de la obra, muestra la calidad de su fe y la coherencia entre forma y contenido. Y, conste, que yo no niego los valores trascendentales, pero no los creo destinados a buscar alimentos o a aplacar la furia del volcán. 

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Las obras prehistóricas no se desarrollaron en todas partes al mismo tiempo y de la misma forma. Por ejemplo, en la cultura occidental, el neolítico empezó hace doce mil años en el creciente fértil y tardó siete mil en cruzar Europa y llegar a nuestra península. Las pirámides mayas son distintas de las egipcias y muy posteriores. Las representaciones prehistóricas de las cuevas de Célebes, con más de  40.000 años de antigüedad, tienen escenas narrativas que, hasta donde sé, no existen en las cuevas de Francia y España con esa datación.

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Las representaciones prehistóricas no abren una puerta a otro mundo desconocido que contendría secretos que no serían conocidos por la humanidad –si  es eso lo que pretenden decirnos–, y que nos los habrán revelado unos seres superiores que después desaparecieron. Salvo que quieran decir –haciendo uso de las necesarias pero molestas aclaraciones–, que esa ilustración fue fruto de la expansión cultural realizada, por una parte más aventajada de la humanidad, en áreas menos desarrolladas, como cuando los europeos difundieron su cultura al llegar a América –o sea, de una forma perfectamente explicable con hechos y razones sin necesidad de recurrir a explicaciones mágicas o fantásticas–.

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Las obras con secretos, símbolos o enigmas, ya sean primitivas o modernas, contienen un conocimiento previo a su ejecución y que, en unos casos, sería el motivo de su realización y, en otros, se aprovecharía una obra para incluirlos. La puerta que abre el paso a ese tipo de conocimientos no será nunca a un mundo desconocido, sino a una alacena en la que el pensador ya habría depositado la verdad –o su verdad–, y de  la que el maestro y los demás iniciados tienen la llave. 

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No negamos que, en las representaciones de cualquier época, se haya podido incluir alguna verdad mediante símbolos o presentada de forma evidente, pero indescifrable sin un código o una explicación. De lo que tratamos, es de establecer qué relación o dependencia tiene el arte, si la hubiera, con esa enigmática verdad.

La cuestión sería muy fácil de resolver si los iniciados y sus aspirantes tuvieran claro qué es el arte. Pero lo resolveremos de otra manera. Hagamos un experimento

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Algunas de esas verdades nos dicen que las podemos encontrar en ciertas pinturas renacentistas en las que el autor ha incluido representaciones de órganos humanos, mostrando un conocimiento prohibido –pues era ilegal manipular el cuerpo humano– y que para el no iniciado era imperceptible por incomprensible. Pues bien, si, como entiende el círculo de iniciados,  el arte tuvo su origen en la magia –que mejor se diría en el pensamiento mágico– si el artista hubiera pintado ese mismo cuadro sin esa verdad, ¿Esa obra dejaría de ser una obra de arte?

Por otra parte, este hecho, que presentan los propios iniciados (y aclaro innecesariamente, que no ha sido universal ni generalizado), desmonta la tesis que ellos mismos sostienen como origen de la verdad, pues ese conocimiento no tuvo por qué revelársele ningún ser superior. Lo más probable es que diseccionaran un cadáver ‒o que presenciaran una disección‒ para conocer su interior, a pesar de la citada prohibición. 

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Y podemos refutar el origen mágico o simbólico del arte de otra forma: Los iniciados nos dicen que el arte encierra un misterio. Pero ¿Por qué solo hablan de la pintura? Pues porque, en otras artes, como la arquitectura, la escultura, la música o el baile, no es fácil ni introducir ni generar verdades distintas de lo que dice la expresión explícita. ¿Significa eso que las demás “artes” no son “arte”?. No. Lo que prueba es que el arte no tiene un origen mágico. 

Es decir, el arte existe con independencia de su contenido, mistérico, simbólico o explícito. Si, en la prehistoria, las representaciones tienen, en general, un carácter simbólico es debido a que lo que querían trasmitir los autores era ese concepto simbolizado. Eso respecto del paleolítico, porque en el neolítico ya encontramos en Europa representaciones con escenas narrativas, sin ese anterior carácter simbólico o totémico de los animales. No puede aplicarse el mismo concepto al sentido de todos los períodos de nuestra cultura, pues cada periodo tiene el suyo, y el arte tiene la capacidad  de presentarlos, porque puede presentar un concepto u otro contenido, lo mismo que una representación no artística. Sin símbolo, puede haber arte y lo simbolizado se puede expresar de otras formas no artísticas y, ni siquiera, figurativas. 

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