Hace un tiempo, quizás un par de años, empecé a escribir un libro inspirado en una anécdota que tuve con Víctor Erice que terminó hablando de todo menos de Víctor Erice. Complejicé demasiado el libro y terminé por abandonarlo, pero hoy que veo publicada una nota en el periódico que trae en su portada un fotograma de la película Perfect Days, del hoy abyecto Win Wenders, y de toda la controversia suscitada por el mencionada cineasta en el pasado Berlinale, me acordé de este pasaje del libro y quise rescatarlo a manera de crítica sobre la película. Cabe mencionar que la esencia del presente texto (98%) se escribió antes de que supiera la pusilánime posición de Wenders frente al cine:
“…Al oír hablar al Mesero encontré cierta razón en sus argumentos, me puso a pensar en la situación y en qué es lo que yo haría en su lugar. La verdad es que si yo soy el que tiene que lavar el baño, no se lo prestaría a todo el que quisiese usarlo. Sí, pensándolo bien, no lavo ni el baño de mi casa, la verdad es que no, tampoco me gustaría lavar un baño público y a lo mejor por eso tampoco tengo mucha autoridad moral para juzgarlo.
YO: Con toda esta situación me acordé de una película: Perfect Days de Win Wenders. ¿Ya la viste?
MESERO: Me gustaba Wenders, antes de saber cual era su posición política respecto del cine, pero creo que esa no la he visto.
YO: Su protagonista es un hombre llamado Hirayama (Kōji Yakusho, que ganó el premio a mejor actor por esta película en Cannes), tiene como ocupación limpiar baños públicos, tarea que asume con total responsabilidad y dignidad —no como otros, pensé, pero no lo dije para no provocar más al Mesero—:
“Ése es Hirayama, mi superior en el trabajo. Es un gran trabajador, pero no un gran hablador. Ni siquiera conozco su voz.” Dice Takashi (Tokio Emoto) el ayudante de Hirayama.
Hirayama es un hombre maduro. No sabemos nada de su pasado, aunque hacia el final de la película se develará algún detalle, el director quiere hacernos ver que lo que importa es el presente, para lo cual hay que olvidarnos del pasado y del futuro, unas reglas que deben aplicarse si uno quiere tener Días perfectos como Hirayama.
Vive de una manera muy sencilla, minimalista, su cama es una colchoneta individual, tiene una pequeña mesa que nunca ocupa porque casi todo el tiempo come en la calle. Una sencilla cámara fotográfica analógica, una bicicleta y un reloj son sus casi únicas y más valiosas posesiones. Bueno, aunque también tiene una envidiable biblioteca y una colección de casetes que cualquier alemán nacido en los setenta o más atrás adoraría.
Tiene un rutina estricta y bien diseñada, que religiosamente trata de cumplir todos los días: se levanta muy temprano antes de que salga el sol, con los primeros escobazos del barrendero —otro puesto que nadie quiere y que es igualmente mal pagado y nada reconocido a pesar de ser fundamental—.
Recoge su cama, acomoda el libro que estaba leyendo la noche anterior antes de quedarse vencido por el sueño y se asea (no ducha): se lava los dientes, se arregla el bigote con unas tijeras, se rasura con una maquina eléctrica y finalmente se lava la cara.
Luego riega sus plantitas. Se pone el uniforme y sale de su casa. Afuera, lo primero que hace es aspirar profundamente el aire “fresco” de la mañana, percibir los olores de la calle, del barrio, de la vida; luego compra una bebida, que “dicen” que es café, en la máquina automática que está en la parte exterior de su casa. Para ir al trabajo y casi en cada traslado pone uno de sus viejos casetes de música anglosajona (el director es occidental eso justificaría la incongruencia, la dislocación entre la música y la filosofía de Hirayama —pienso que un minimalista y naturalista como Hirayama oiría otro tipo de música—).
Llega puntualmente a trabajar labor que hace escrupulosamente. El almuerzo lo hace en un jardín de una especie de templo, consiste en un sándwich de esos empaquetados y un tetrapak individual de leche —algo que no sonará raro a ningún proletario en ningún lugar del mundo capitalista—. Donde aprovecha para tomar algunas fotografías a la enramada de un árbol con la que sueña todas las noches.
Después del almuerzo regresa a terminar su jornada de trabajo. Luego va a su casa, se quita el uniforme, descansa un momento, toma su bicicleta y se va a bañar en un lugar público muy tradicional que en Japón llaman “sento”, existen desde el siglo VI y son muy populares.
Come en el mismo lugar siempre, probablemente lo mismo, en un restaurante popular que se encuentra en una estación de metro. Regresa su casa, pone su cama y se pone a leer un libro hasta dormirse. Sueña, Win Wenders le da una representación a los sueños de Hirayama que no logré descifrar.
Como es obvio, los fines de semana la rutina cambia. Se levanta un poco más tarde. Lleva la ropa sucia a la lavandería, que básicamente es su overol de trabajo. Antes pasa a un altar budista a hacer una jaculatoria. Revela las fotos que tomó en la semana. Regresa a su casa a limpiar las zonas que más usa, archiva sus fotografías y rebobina sus casetes.
Vuelve a salir en la bicicleta, esta vez a una librería de viejo donde compra el libro que leerá esa semana. Va a comer a un restaurante diferente en donde atiende una mujer que se ve que se atraen mutuamente. Es el único lugar y con la única persona con la que habla espontánea y voluntariamente.
En su trabajo, los usuarios de los baños públicos ni siquiera lo saludan, ya no hablemos en dar alguna muestra de agradecimiento, entran a pesar de que el baño se esté limpiando, claro con la urgencia que todos hemos tenido alguna vez por la sensación de una vejiga que parece que va a explotar. Él lo entiende y no dice nada, solo se sale.
Evita discutir con quien sea, solo una vez discute en toda la película (con la patronal) cuando Takeshi renuncia y tienen que cubrir un doble turno. Pero por lo demás, se evita el desgaste de la discusión, incluso con su ayudante Takeshi que es bastante irresponsable, llega tarde y hace mal su trabajo. Hirayama solo lo ve, trata de predicar con el ejemplo, pero aun cuando ve el mal trabajo de su subalterno, prefiere no decir nada.
La película no romantiza, ni trata de ocultar lo perturbador, yo diría, denigrante del trabajo de limpiar baños públicos: “Odio el primer turno…” —Dice Takeshi mientras trata de hacerse el gracioso por llegar tarde— “…siempre hay vomito por todos lados…”
Aun así, Hirayama hace su trabajo próvidamente: “Hirayama, tómelo con calma…”, dice Takeshi, “…Se ensuciará de nuevo de todos modos…”. Luego en otra ocasión el discípulo despistado afirma: “Hirayama, realmente te gusta este trabajo ¿eh? Tienes tus propios artilugios y esas cosas ¿Cómo puedes invertir tanto en un trabajo como este?”.
No deja lugar sin limpiar y utiliza algunas herramientas propias para facilitarse el trabajo y que sea un poco menos molesto para él, inversión que Takeshi no alcanza a comprender, pero que le hace la vida más sencilla a Hirayama.
Hay una secuencia que puede resultar muy significativa:
Takeshi quiere hacerse de una novia, una chica que inesperadamente llega a su trabajo. Takeshi necesita desesperadamente dinero para salir con esta chica y prácticamente obliga a Hirayama a ir a una tienda a vender sus casetes. Ambos descubren que las piezas valen una fortuna, pero para no venderlas, Hirayama prefiere prestar dinero a Takeshi, a sabiendas que muy probablemente ese dinero no va a regresar. Hirayama trata de ser solidario con Takeshi, aunque este sea un egoísta.
En algún momento Takeshi se pregunta: “¿Ni siquiera se puede estar enamorado sin dinero? ¿Qué pasa con este mundo de mierda? … ¿Es esta la era moderna?”
Las preguntas de Takeshi, se pueden interpretar como una crítica al capitalismo, nos pueden llevar fácilmente a la injusticia de este mundo, y quizás allí ronda el mensaje central del filme: porque inevitablemente uno volteará a ver a Hirayama, que aun ejerciendo el peor trabajo del mundo, con todas las limitaciones, incluso la del amor, sabe valorar esos pequeños momentos de felicidad que uno se puede ir construyendo y tener días perfectos, ser feliz. Es decir, se puede sobrevivir al capitalismo sin vivir frustrado toda la vida, porque Hirayama es realmente feliz por momentos y está contento con su vida.
Así que, con la actitud adecuada, incluso en la pobreza dentro un sistema devastador como el capitalismo, se puede ser feliz, solo hay que seguir el ejemplo Hirayama y dejar de quejarse tanto como Takeshi que se auto sabotea y ocuparse, ocuparse de la vida, además de que Takeshi, resulta ser más un parásito de la sociedad. Las buenas personas se conforman y tiran pa´lante.
MESERO: Bueno, es un mensaje pernicioso ¿no crees? De conformismo. Es papá capitalismo diciendo deja de hacer tanto alboroto por el sistema, mejor ve el caso de Hirayama, confórmate y trata de ser feliz con lo que tienes, como dice la canción de Napoleón: Trata de ser feliz con lo que tienes, vive la vida intensamente, luchando lo conseguirás… La propaganda del conformismo es el complemento de la doctrina de la meritocracia.
Es lo que los capitalistas siempre han deseado, que los explotados se conformen y traten de ser feliz con lo que tienen, calladitos, quietecitos, sin protestar, sin alegar, mucho menos irse a huelga o hacer movilizaciones sociales y protestas. Para que el capitalista esté más cómodo y ni siquiera se le moleste. Es el tipo de cine que le gusta a Win Wenders, sólo que lo llama empático, empático, con la suela de la bota que te aplasta el cuello y casi no te deja respirar.
YO: Sí, conozco la canción: “Abre tus brazos fuertes a la vida, No dejes nada a la deriva, Del cielo nada te caerá…”
Y también me pasó por la cabeza ese truco manipulador, no creas que no, la película fue nominada a los Óscares, para mí eso es mala señal. Pero, sinceramente creo que al final lo que la película quiere es que valoremos vivir de manera distinta, desapegados a lo material, austeros, valorando las cosas verdaderamente importantes de la vida, como no deber dinero al banco, o cuidar de las plantitas, leer, escuchar la música que te gusta, apreciar los olores de la mañana y una buena comida de vez en cuando.
Ya que está visto que difícilmente la revolución social triunfará, creo que los seres humanos, como lo hace Hirayama, tenemos que luchar por construirnos mundos alternos al capitalismo, aunque paralelos, porque no queda de otra, donde los pobres también podamos aspirar a cierta felicidad sin tener que morir en una manifestación o ser acusado de terrorista en la lucha por la libertad. Si dejamos de caer en el juego de la ambición materialista del capitalismo, de la quimera del sueño americano, también estamos dando una batalla importante.
Como quiera que sea Hirayama es feliz. Hirayama es un hedonista, un hedonista clásico, no la tergiversación del concepto que las juventudes modernas degeneradas y viciosas han acomodado para justificar sus miserias. Es decir, lleva una vida ascética, pero no se priva de placeres terrenales ni de deseos que podrían clasificarse como superficiales como disfrutar de música anglosajona. Hirayama encuentra felicidad en algo tan rutinario como darse ese baño diario en el sento de su barrio, en sus paseos en bicicleta, en su comida del fin de semana platicando con la señora que le gusta (una amor silencioso que no le importa que sea correspondido algún día, ni se quiebra la cabeza en ello), leyendo un libro interesante de segunda mano, sin necesidad que sean las novedades del momento de a 400 pesos la pieza, el paga menos de 50 por una buena novela…
MESERO (Interrumpe): Música anglosajona… Superficial, propagandística. Hasta el punk surgió por accidente.
YO: Hombre sí, por eso te digo… es hedonista… Y al final es música emotiva que de alguna forma alimenta el espíritu, a pesar de venir de donde viene, además, no podemos condenar a todo lo anglosajón solo por todo el daño que le han hecho al mundo, algunas cosas buenas tienen también.
MESERO: ¿Si? ¿Cómo cuáles?
YO: Algunas expresiones artísticas y filosóficas que han luchado por contrarrestar todos los embates imperialistas y capitalistas, movimientos revolucionarios que han fracasado, movilizaciones, protestas, el anglosajón también es un pueblo oprimido, la cosa es que no se dan cuenta, jajaja.
MESERO: Jajajajaja. Todas las revoluciones anglosajonas fueron burguesas disfrazadas de proletarias, las verdaderas revoluciones proletarias fueron aplastadas por ellos mismos, por la burguesía.
Uno puede ser feliz sin tener que limpiar las vomitadas de los hijos capitalistas, acostumbrados a que alguien más les limpie lo que ensucian, por un miserable sueldo, mientras ellos sin hacer nada, absolutamente nada, se dan la gran vida y pueden, por ejemplo ir a un concierto en vivo, leer el mejor libro del momento, comer los manjares más exclusivos o simplemente pasar sin hacer nada productivo todos los días o lo que es peor, dedicar sus días a seguir robando y despojando a los que menos tienen.
YO: Pero tampoco podemos seguir esperando una revolución social que ya no va a llegar o que si llega volverá a fracasar, la verdad es la gente está cada vez más hipnotizada (idiotizada) por la falacia del sueño americano. Hay que hacer nuestro propio mundo, apelar al ejemplo y esperar que las catervas algún día se convenzan de que el dichoso sueño americano no es más que una quimera para que trabajen como estúpidos sin protestar.
MESERO: También lo he pensado, pero si todos los que pensáramos igual, quisiéramos hacer un mundo para nosotros alejados al capitalismo, aunque paralelo, es decir, sin tratar de destruirlo. Cuando este mundo empiece a tomar forma, el capitalismo lo va a aplastar porque no le conviene que se demuestre que hay mejores formas de vivir, ya ha pasado, pasa todo el tiempo, cuantos ejercicios de comunas aplastados o acosados hasta su destrucción.
Por lo que cuentas en la película no se ve, pero el capitalismo real, no dejaría que Hirayama tuviese tiempo ni cabeza para disfrutar de nada, o quizás en Japón, pero en la Abya Yala eso no es posible, trabajos de 8 horas que te den para estar tranquilo no existen aquí, y menos limpiando baños. Aquí necesitas un turno para lavar baños y otro para fregar losa y ni así llegas a fin de mes. ¿Quién paga una renta justa por un lugar decente? Nadie. ¿Quién vive en un barrio tranquilo o céntrico como para moverse en bicicleta con sueldo de limpia baños?
Ahora, Hirayama debe ser un hombre que tuvo cierta preparación, es casi un sabio, sólo una persona preparada a un nivel importante puede tener la claridad para tomar ese tipo de decisiones, ¿tú crees que la turba va pensar como Hirayama? Pero si ni el propio Takeshi, suponiendo que fuese cultural. Por supuesto que no. La muchedumbre no ve más allá de sus narices y en sus narices lo único que encuentra son deseos materiales, está ciega, no puede llegar a las conclusiones a las que Hirayama llega, ni llegará, ni en lecho de su muerte, es más ni si volviera a vivir.
YO: Sí, es posible que tengas razón, pero no hay que descartar de plano la posibilidad de construir mundos individuales, idealmente colectivos, paralelos a este capitalismo que nos desgracia la vida. Sólo para terminar de comentarte la película, si no te molesta, ¿no sé si ya te la arruiné? Quisiera dar dos apuntes más.
MESERO: No, está bien, oír comentarios sobre películas que no he visto, que tienen fondo y trasfondo, lejos de quitarme las ganas de verlas, me provocan más.
YO: Ese día que Hirayama prefiere dar dinero a Takeshi que vender sus casetes, se le acaba la gasolina sin darse cuenta. Cuando busca dinero para comprar, no encuentra nada y entonces recuerda que le ha dado todo a Takeshi, que por cierto y un poco en línea con tus impresiones propagandísticas sobre la película, la verdad es Win Wenders lo quiere hacer ver como un parásito de la sociedad (ósea que tendría que conformarse), cuando realmente es una víctima del sistema.
Bueno, la cosa es que a Hirayama no le queda de otra que terminar vendiendo uno de sus casetes, que es el de Lou Red, el de la bellísima canción Perfect Days, que cuando suena en la película alimenta el corazón maravillosamente, en marca un momento fantástico, aunque sea anglosajona y aunque, a lo mejor, efectivamente la película está mañosamente escrita y dirigida.
Just a perfect day
drink sangria in a park
and then later
when it gets dark we go home
Just a perfect day
feed animals in the zoo
and then later a movie, too
and then home
Y aquí lo que se muestra, es el desapego de Hirayama y que todos debemos de tener sobre las cosas. A Hirayama no le cuesta, primero, prácticamente regalarle su dinero a Takeshi, y después, vender uno de sus casetes que son como tesoros, para salir del problema que se le presenta.
MESERO: Sí, ojalá que los capitalistas se desapegaran de sus privilegios, no de lo esencial, de sus privilegios ¿Tú lo ves?
YO: Y, por último, en el transcurso de la película, aparece una sobrina de Hirayama, que es el conductor por el que conoceremos parte de su pasado. La sobrina, Niko (Arisa Nakano), representa la modernidad y con esto Win Wenders nos presenta y nos representa esa vieja dualidad o dicotomía entra la tradición y la modernidad, y para mi nos muestra cómo podemos ser felices incluso sin que la modernidad invada nuestras vidas del todo. Porque Hirayama lo es (feliz a ratos), sin necesidad de perderse en la superficialidad y banalidad de la que muchas veces viene acompañada la modernidad hegemónica, la que nos venden como modernidad única, sobre todo en las artes ¿no? Porque los ejemplos que Wenders presenta son muy precisos, primero confronta la cámara de un IPhone, con la cámara sencilla y análoga de Hirayama, luego los casetes con el Spotify y alguna otra confrontación entre tradición y modernidad que por ahora se me va, pero donde el director muestra siempre ganadora a la tradición de manera indiscutible.
MESERO: Espero ver pronto la película.
Tan concentrados estábamos con la plática de la limpieza de los baños que no nos dimos cuenta de que el viejito del baño ya había salido. El Mesero se había puesto detrás de esa barra morada del Café, donde era su lugar habitual, y había dejado de lado por un momento su computadora; yo estaba del otro lado de la barra, recargado como podía porque la barra me quedaba un poco alta y no me podía acomodar bien. El señor se había puesto a un lado de mí, aunque guardando la siempre aconsejable distancia de 3 metros, quién sabe desde qué hora. Yo creo que el Mesero tampoco se dio cuenta de la presencia del señor…”




























