Fuente de imagen: Etsy

Quisiera haber conocido a la mujer serpiente en un prado dorado donde la luz no pesa y las cosas no necesitan nombre para existir. Quisiera haberla tomado de la mano sin pensar en la duración de ese gesto. Pero ella vive en un frasco. No es grande ni pequeño: es exacto. Tiene la medida precisa de una canción: For your precious love, de Otis Redding. Y cuando la canción termina, algo —no sé si ella, no sé si yo— se repliega.

A veces acerco el oído al vidrio. No siempre hay sonido. Pero cuando lo hay, no proviene de un lugar fijo. La voz de Otis parece surgir desde el aire mismo, como si la habitación recordara una melodía que nunca terminó de aprender. Hay días en que la canción se repite sin principio. Otros en que apenas alcanza a insinuarse, como un hilo que se rompe antes de tensarse.

Quisiera dormir con la mujer serpiente. Acompasar mi respiración a la suya, si es que respira. Pero su presencia no es continua: aparece en los intervalos, en lo que queda entre un pensamiento y otro. Cuando creo haberla encontrado, ya está en otra parte, como si siguiera una lógica que no coincide con la mía.

Ella habla. O eso supongo. Cuenta su historia de amor a todo aquel que quiera escucharla. Pero su lengua bífida distorsiona los sonidos y se interpretan como un mensaje amenazante. A veces creo entender: “Quédate.” No lo sé. Es difícil sostener una frase cuando cada sílaba parece deshacerse antes de tocar la siguiente. Quizá entre siseos me  ha advertido que siempre seré suyo. 

La casera vino ayer en la tarde, sin avisar, con ese modo suyo insolente de golpear la puerta como si no esperara respuesta sino confirmación de su autoridad. La vieja pija dijo que había ruido a todas horas, que los vecinos empezaban a quejarse, que no era normal repetir una misma canción durante tanto tiempo. Pese a su actitud, le ofrecí pasar. Se detuvo en el umbral, mirando hacia dentro como si el aire tuviera una densidad distinta. “¿Vive usted solo?”, preguntó. Asentí, aunque en ese instante me pareció una respuesta imprecisa. “Es que se escucha… como si alguien hablara”, añadió, bajando la voz. Sonreí: “Debe ser el disco”. Dudó. Dio un paso, apenas uno, y su mirada se detuvo en la mesa. “¿Y ese frasco?”. Dije que era viejo, que había sido de café. Que ya estaba allí desde antes que llegara.  “Parece… tibio”, murmuró, sin tocarlo. La canción volvió a empezar en ese momento, con una claridad que no había tenido antes. La casera frunció el ceño. “No es normal”, repitió, pero ya no sonaba molesta, sino asustada. “Debería ventilar más. Aquí el aire… se queda.” Prometí hacerlo. Antes de irse, se volvió una vez más hacia el interior, como si quisiera decir algo distinto, pero no encontró las palabras. Yo tampoco. Solo asentí, mientras la música seguía, insistente, como si intentara completar por nosotros esa conversación que no debimos sostener.

En el frasco hay objetos. No recuerdo haberlos visto llegar. El collar de perlas, por ejemplo, apareció una mañana sobre la mesa. La lámpara, encendida, aunque no recuerdo haberla conectado. Un cuadro: dos mariposas, una sobre la otra, detenidas en un rectángulo vertical. Me parece haberlo visto antes, en otro sitio, pero no logro precisar dónde. También tiene un dintel con plantas que florean en primavera. 

Cada objeto perteneció a alguien más. Manos anteriores, miradas de amantes que se detuvieron en los mismos bordes, que pensaron lo mismo que yo pienso ahora: que todo esto tiene sentido si se observa el tiempo suficiente. En buena medida, la historia de la mujer serpiente es la historia de sus amantes. 

Leo casi todo el tiempo, pero ahora cuando lo hago, me detengo más de lo habitual. No porque no entienda, sino porque algo se interpone. Abro un libro y tengo la sensación de que ya lo he leído, o de que alguien lo ha leído por mí. Subrayo frases que no recuerdo haber elegido. Pienso: esto le gustaría a la mujer serpiente.  Luego me corrijo: esto me gusta. Pero la corrección no se sostiene mucho tiempo. Es un mundo cada vez más pequeño donde ella no llega a ceder terreno de manera visible. 

Anoche en la tina, el agua estaba tibia, inmóvil, como si hubiera sido preparada para otra persona. Cerré los ojos. Sentí algo —una presión leve, apenas perceptible— en las piernas, en  los pies. No era incómodo. Tampoco era exactamente agradable. Era, más bien, una forma de compañía que no exige confirmación. Intenté estirar los pies. No pude. Sentí en mis pies la suavidad de unas escamas.  Abrí los ojos. No había nadie. Pero el espacio junto a mí no estaba vacío. ¿Así se sentiría Ewan McGregor con Vivian Wu en aquella escena de una película cuyo nombre no puedo recordar?

Pensé en el frasco. En su tamaño exacto. En la canción que lo mide. Me levanté, aún con el agua escurriendo por el cuerpo y fui hacia la mesa. El frasco estaba allí, como siempre. O casi. Me pareció —no estoy seguro— que el vidrio tenía una leve opacidad, como si hubiera sido tocado desde dentro.

La canción comenzó de nuevo. No recordaba haberla puesto.

Apoyé la mano en el frasco. El vidrio estaba tibio. No retiré la mano. No supe cuánto tiempo pasó. La voz seguía, insistente, como si repitiera algo importante que no logra terminar de decirse.

Volví a mirar el frasco.

La lámpara iluminaba un poco más que antes. El cuadro de las mariposas parecía ligeramente inclinado. El collar de perlas no estaba en su mesa. No me alarmé. Pensé que la mujer serpiente lo había movido sin darme cuenta.

La imaginé acercándose hacia mí sin prisa, como si el deseo no fuera una urgencia sino una forma de respiración. Hay algo en su piel —o en lo que asumo como piel— que no termina de decidirse entre la suavidad y una leve aspereza que invita a recorrerla con más cuidado. No la toco de inmediato: dejo que la distancia se cargue, que el aire entre nosotros adquiera esa densidad tibia que precede a todo contacto verdadero. Cuando al fin roce su cuerpo, no sabré si es ella quien se adaptará a mi mano o mi mano la que aprenderá otra forma de tacto. Su cercanía no arde: envuelve. Y en ese envolvimiento, lento, casi imperceptible, comienzo a perder la precisión de mis propios límites, como si cada movimiento suyo —apenas insinuado— reescribiera el contorno de mi cuerpo desde dentro.

Me senté, desnudo, excitado aún. Traté de recordar en qué momento había comenzado todo esto. No encontré un inicio claro. Solo una serie de pequeñas coincidencias: la primera vez que vi el frasco, la primera vez que escuché la canción, la primera vez que sentí que alguien estaba conmigo sin estarlo del todo.

Quizá no hay principio. Quizá las cosas no empiezan, solo se vuelven visibles.

La mujer serpiente —si es que así puedo llamarla— permanece donde siempre. A veces creo verla, otras veces solo intuirla en la forma en que el aire se acomoda alrededor del frasco. Ya no intento sacarla. No estoy seguro de que quiera salir.

Me acerco. Escucho.

Los siseos continúan. A veces creo distinguir mi nombre. O algo parecido. A veces gemidos excitados. No importa demasiado. Hay una tranquilidad extraña en no entender del todo.

La canción vuelve a empezar.

Me recuesto. Cierro los ojos.

Pienso que mañana podría ordenar los objetos de mi departamento. Darles un lugar definitivo. Tal vez escribir sus historias. Tal vez recordar de dónde vienen. Probablemente sentir la necesidad de volver a vestirme. Quizá escribir un cuento sobre todo esto y tratar de rodearlo de ficción. 

Pero el pensamiento no se completa.

Algo —un ritmo, una respiración que no es del todo mía— lo interrumpe suavemente.

Y entonces me quedo allí, sin avanzar, sin retroceder, como si bastara con escuchar.

Como si bastara con permanecer.

Artículo anteriorDesiertos de hielo
Alejandro Rosen
(Ciudad de México, 1972) Es cuentista. Sus trabajos han aparecido en los periódicos Excélsior, El Financiero, y en La Jornada Semanal. Tiene un libro de microrrelatos (“Arco voltáico”, Los Reyes, 2005). Tras haberse enamorado de Perrucha, cada noche muta con misteriosos resultados.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí