No hay mayor satisfacción que la que llega inesperadamente. Nada es más inesperado que lo que nos trae la sorpresa. Nadie te puede sorprender más que de quien no esperas nada en momentos en los que la desesperanza inunda nuestros corazones. Después de presenciar la tristísima debacle del Festival Internacional de cine de Berlín y de haber estado en las ediciones 27 y 28 del Festival de Málaga, con balances regulares, la verdad es que, aunque con el entusiasmo indemne, pocas expectativas me generaba la edición 29 de este festival andaluz.

Y no es que crea que este evento cinematográfico sea malo, ni mucho menos; vamos, de ser así, me hubiera pasado mejor los días tirado al sol en la Malagueta (aunque fuese con chubasquero) con una botella bien fría de Verdejo, una baguette y un queso para untar; o en un bar flamenco de El Perchel exento de guiris (extranjeros blancos, casi siempre turistas). Sino que, más bien, pensé haber comprendido la dinámica del festival, en donde la perniciosa presencia de las grandes casas productoras y distribuidoras predominan, quizás no como en San Sebastián, pero bastante cerca de ello, y dejan poco espacio para el cine que prioriza el arte, que es el que a mí me interesa. Lo que nos resigna a ver 3 o 4 películas muy buenas, y un grueso de malas comedias o películas españolas de entretenimiento tipo Hollywood, llenas de estereotipos, con discursos banales y reivindicaciones hegemónicas.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

En estas condiciones llegué, a las 6 de la mañana, a Málaga, en un autobús que había tomado la noche anterior en Madrid, después de haberme dado una vuelta por ARCO, la Feria de Arte Contemporáneo de aquella entrañable ciudad, así que por superficialidades no parábamos. Esperé a que amaneciera para caminar al Cervantes a recoger mi acreditación, perseguido por una chica, aparentemente de la calle, con una especie de tuberculosis meníngea que se negaba a creer que no tuviera un par de euros para darle por lo que decidió seguirme, sólo para intimidarme. Justo unos minutos antes había visto un vídeo en el que un tipo golpeaba con una piedra a otro hasta dejarlo casi inconsciente, en alguna calle transitada de la ciudad de Oaxaca, solo para quitarle los 200 pesos que llevaba en la cartera y que el segundo trato de defender hasta quedar noqueado. Así que más que la tuberculosis, lo que me preocupaba era la piedra, por lo que la invité a caminar a mi lado.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

Pasando la Avenida de Andalucía, poco antes del Corte Inglés, la chica decidió dejarme en paz y pude introducirme en la medina malagueña con toda calma y disfrutar del aire fresco que acompañaba los primeros rayos de sol que evadían los altos edificios de la zona, recoger mi credencial, desayunar bolleria del supermercado Día sentado al sol en una de las bancas de cemento y madera de la plaza de la Merced y esperar con calma a que dieran las 11 de la mañana para asistir a la proyección inaugural en los cines Albéniz.

El festival declaró sus intenciones desde esta primera película inaugural, se trataba de Calle Málaga de la directora marroquí Maryam Touzani, una película que cristianiza, castellaniza y occidentaliza la bella Tánger, ciudad de fuerte influencia española y occidental (la única de las ciudades marroquíes que he visitado, que no son pocas, en la que se pueden ver escuadrones de la muerte, de blancos, en los parques injiriendo alcohol) que hace creíble que en el largometraje todo el mundo hable español de mutuo propio. Una historia, sólida, bien contada, con una magnifica Carmen Maura.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

Calle Málaga abrió paso una serie de películas de extraordinaria calidad, gracias a las que Berlín quedaba en el olvido y ponía en duda la necesidad de atravesar Europa para ver buen cine. Así, vimos pasar películas como Altas capacidades de Víctor García Léon, una comedía que no cayó bien en el público español más conservador, quizás porque pone en tela de juicio el racismo y el clasismo buena ondita que tanto abunda en Hispanoamérica, el aspiracionismo clasemediero y la doble moral de la alta burguesía, la verdad es que la he pasado muy bien; Corredora de Laura García Alonso, un drama deportivo bien contado; El Guardián de Nuria Ibáñez, una película con alma y corazón mexicano que rompe las convenciones estéticas de lo humano, aunque no lo haga con esas intenciones y con esa misma ausencia de intenciones, que podríamos llamar inocencia, habla de temas interesantes como la defensa de intereses ajenos (condición indispensable del capitalismo), o el problema de la pesca ilegal en las Bajas Californias; por supuesto, la ganadora: El jardín que soñamos de Joaquín del Paso, que pasó por Berlín sin tanta suerte; la que, creo (ante tanta calidad, difícil tener certezas en este sentido), fue mi favorita abyayalense: Hangar Rojo de Juan Pablo Sallato, un drama histórico en blanco y negro que aborda el golpe de Estado de los gringos del 73 al gobierno de Salvador Allende, desde el punto de vista de los militares.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

El ejercicio resulta magnifico, está película también estuvo en Berlín. La que, creo, fue mi favorita española: Iván & Hadoum de Ian de la Rosa, un fantástico drama romántico con un profundo aspecto político social de una de las varias circunstancias de explotación laboral y humana que ocurren en Almería; Juana, la opera prima de Daniel Giménez Cacho, que aunque con un guion un tanto deficiente e incompleto, inacabado, a pesar de tener un buen argumento, no deja de ser, en absoluto, una extraordinaria experiencia cinematográfica, que pone el acento, como no podía ser de otra formar, en sus grandes actuaciones, esta película con un guion más pulido, sin duda hubiese ganado sino todo, algo; La hija cóndor de Álvaro Olmos Torrico, película boliviana que lo tiene todo: excelente fotografía, buen guion, buenas actuaciones, muestra la eterna lucha entre la modernidad hegemónica y colonizadora y la tradición; Lapönia de David Serrano, la mejor comedia española de mucho tiempo, que rompe con aquella creencia personal de que los españoles no saben hacer comedia, con un gran guion y extraordinarias actuaciones, si una comedia tiene que ganar algún día un festival de cine, esa debe ser Lapönia; entre otras, pero ya no menciono más porque estoy casi transcribiendo el programa de la Sección Oficial. Dejo fuera muchas que trascienden los estándares de calidad como la ganadora Yo no moriré de amor de Marta Matute, que sin ser de mis favoritas, resulta ser una buena película, o la magnifica pieza cubana: Neurótica anónima de Jorge Perugorría.

Por si esto fuera poco, las otra secciones que componen el festival, también nos regalaron grandes momentos, por ejemplo: Los justos de Jorge A. Lara y Fer Pérez de la Sección Oficial fuera de concurso, otra de las 3 magnificas comedias que nos regaló Málaga. Películas arriesgadas con una propuesta de resistencia frente a las tendencias actuales del cine que tanto daño hacen al arte como Aquella sombra desvanecía de Samuel Urbina, película peruana con una característica cámara fija que llega al exceso, que sin ser una película extraordinaria, su propuesta, poco ortodoxa, ciertos destellos fotográficos y sus buenas actuaciones, la hacen digna de ser destacada; o We are the Jungle (Somos la jungla) de Gwai Lou, una gran historia contada de una manera muy particular, que por características similares a la sombra, como la defensa de otras maneras de hacer cine, su propuesta creativa respecto al lenguaje cinematográfico que utiliza y su estética, la vuelven necesaria; ambas de la Sección Zonazine.

También hubo películas bastante regulares que, aunque podría dejar de mencionar dada la nimiedad que representan, creo que no hacerlo iría en contra de la naturaleza del crítico férreo y odiado por los burgueses mercaderes del arte que pretendo algún día ser. Así que en este rubro puedo mencionar —tomando en consideración que evité asistir a las proyecciones de las grandes producciones de RTVE que casi siempre traen los mejores ejemplares de lo que se puede dejar de ver— a películas como Mala Bestia de Bárbara Farré, una película que, aunque con una muy buena estética, es tremendamente ambigua, con muchas carencias narrativas, que toma personajes o elementos como la propia Bestia que nunca sabremos a ciencia cierta quien o que es; o Ángeles de Paula Markovitch, un largometraje con un excelente final que casi justifica todo su recorrido, pero que debió ser un corto; y, El corazón del lobo de Francisco J. Lombardi, una película que con el pretexto de abordar el tema de Sendero Luminoso, se vuelve una manifiesto anticomunista. Todas las películas de la Sección Oficial a competencia.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

Y aunque, como he dicho, trate de evitar las producciones de RTVE, de la que no me pude escapar, por descuido, fue de una producción de Atresmedia —si RTVE es mala, Atresmedia supera ese mal gusto con creces—, me refiero a Cada día nace un listo de la reconocida y galardonada directora Arantxa Echevarría, una película con un guion muy regular, llena de estereotipos y banalidades, en donde el traficante de cocaína es un colombiano y los rusos los malos que pagan con oro, quizás, el oro de Moscú que nunca pudo recuperar el franquismo.

Repaso el programa al escribir estas líneas y solo puedo confirmar que fue un enorme privilegio haber estado en esta 29 edición del Festival de Málaga que, afortunadamente, ha redescubierto el camino hacía la confirmación de uno de los más importantes festivales de cine, lugar al que siempre ha aspirado. No sé a quien habrá que felicitar, cuáles fueron los cambios humanos o estratégicos que lograron esto, pero de la edición 27, que fue a la primera que asistí, a la 29, que es la que acaba de concluir, se nota un progresivo y significativo avance en la calidad de su programación.

Todo parece indicar que lo mejor está por venir. Málaga vibra hoy más que nunca en la escena de festivales españoles e internacionales, y no ha necesitado de grandes estrellas internacionales ni de espectaculares galas, lo ha hecho a base de una formidable programación, cosa que me da mucho gusto y llena de esperanza frente a lo sucedido en Berlín a inicios de este sangriento 2026.

Foto: Eduardo Aragón Mijangos

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