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Evan Marlowe conoció a Layla Grey una noche tibia y lluviosa en The Blue Lantern, un bar ubicado en Capitol Hill que siempre olía a madera mojada, a café reciclado y a los abrigos empapados de los oficinistas que buscaban escapar sin demasiado afán de la rutina. Evan había pasado el día revisando informes en su pequeña oficina del edificio Smith Tower, desde cuya ventana podía ver los ferris cruzando Elliott Bay como si se trataran de criaturas pacientes y domadas. Cuando Layla entró al bar, su presencia le pareció un resplandor improbable, una desviación luminosa en medio de la vida ordinaria.

Ambos charlaron tal y como se espera cuando la ciudad te vuelve breve y te encuentras frente a una copa: con frases que avanzan sin saber si buscan una verdad o sólo compañía. Layla tenía una belleza difícil de ubicar, un aire de alguien que había leído demasiado a autores poco conocidos y que vivía en los bordes de algo que los demás no alcanzaban a ver. Tras un par de horas ella vio el reloj que se encontraba en una de las paredes y dijo que se tenía que ir. Evan, sintiendo el impulso torpe de quien cree reconocer un destino donde sólo hay azar, le propuso continuar la noche en su apartamento de First Hill. Layla lo observó con una tranquilidad tan evidente que él sintió con claridad cómo su deseo retrocedía no un paso, sino dos, como un soldado cobarde que se niega a ofrecerse voluntariamente para participar en la batalla.

—No puedo acostarme contigo —dijo ella, sin ambigüedad ni dureza.

Él preguntó por qué, con una sonrisa nerviosa e intentando no parecer un crío patético dominado por las hormonas.

—Porque cuando eras niño comprabas bolsas con peces rojos —respondió—. Los tirabas al piso de tu habitación. Te gustaba el sonido que hacían cuando los pisabas: plaf, plaf… Y te regocijabas cuando morían de un solo pisotón. Ése era el reto: que murieran de un solo pisotón. Plaf. Te gustaba ese sonido, ¿lo recuerdas?

Evan se sorprendió, naturalmente. No era posible que ella lo supiera. Nadie lo sabía. Ese recuerdo era un fósil enterrado, algo que él había decidido olvidar incluso antes de saber cómo se olvidan las cosas. Le avergonzaba, pero todos saben lo crueles que son los niños, ¿o no?

—Eso fue hace mucho —dijo Evan, mientras se llevaba su copa a la boca mirando el techo y sintiendo una vergüenza resinosa pegándose al interior de su garganta y que quizá llegaba a teñir de escarlata sus mejillas (Evan era un hombre que se ruborizaba con facilidad)

Layla señaló los zapatos de él.

—Mira —dijo—. Aún llevas el pasado contigo.

Confundido, bajó la mirada y vio que el cuero negro de sus zapatos parecía hincharse, como si respirara. Las costuras temblaron y se abrieron un poco, dejando salir un poco de agua que olía a peceras viejas y a tardes infantiles conteniendo secretos, secretos que para él eran terribles y que ningún adulto (hasta ese momento) había conocido. Layla no pareció afectada y repitió que era tarde y debía irse. Evan, avergonzado y consciente que para él la noche estaba arruinada, ofreció llevarla a su  apartamento.  Llovía intermitentemente, y en el auto de Evan bordearon Pike Street Market, que a esa hora ya dormía con sus puestos cubiertos de lonas azules. Los faroles se reflejaban en los charcos como pequeñas galaxias rotas. Cuando llegaron al apartamento, la humedad seguía pegada a la ropa de ambos, y la ventana de la sala mostraba la ciudad como un dibujo borroso hecho sobre papel húmedo. Ella permitió que Evan entrara para secarse. Fue entonces cuando los zapatos de éste terminaron de abrirse, primero con un suspiro, luego con una grieta más profunda de la que cualquier material debía soportar. De su interior surgió un líquido rojizo de peces licuados, flotando como un enjambre tenue. Avergonzado, trató de ocultarlo. Inútilmente, pues surgió un  sonido lejano de aquel pasado renacido.

Plaf.

Luego otro. 

Plaf.

Y entre el sonido, los peces emergieron reconstruyéndose a sí mismos de su dolor con una disciplina silenciosa, como si obedecieran a una memoria más extensa que la del propio Evan. Layla retrocedió, pero no por miedo, sino por reconocimiento. Su sombra se alargó sobre el piso de madera como si estuviera preparándose para cambiar de forma. Evan quiso hablar, excusarse, pero sólo consiguió expulsar una burbuja de aire salado que lo hizo toser con violencia. Los peces se colaron bajo su ropa y los vio —con un asombro que bordeaba la náusea— moverse como pensamientos que nunca había querido tener. Por primera vez reparó que el departamento de Layla tenía paredes de cristal, como una enorme pecera esférica. 

—La infancia no desaparece —murmuró ella—. Solo cambia de cuerpo.

El apartamento se llenó de un espacio fluido: las paredes se estiraron como membranas vivas, la lámpara sobre la mesa del comedor osciló como si colgara de un barco en movimiento, y el sonido de la ciudad —lejos, constante, casi familiar— se volvió un rumor que no pertenecía del todo a este mundo. A través de la ventana, Evan creyó ver un océano vertical, un muro gigantesco de olas moviéndose en cámara lenta,  lleno de criaturas que lo observaban con una paciencia insondable. Cayó de rodillas mientras los peces escapaban de su piel para formar un círculo perfecto alrededor de ambos.

Layla abrió la ventana. Los peces que los rodeaban huyeron con rapidez para unirse a los que nadaban afuera. Allí,  sobre el perfil húmedo de la ciudad, los peces formaron un cielo alterno, flotando como constelaciones vivas entre los edificios. Cardúmenes que se quedaron suspendidos sobre Pine Street. Evan temió que Layla cruzara esa frontera líquida.

—No quieren lastimarte —dijo con una voz que parecía provenir de dos bocas distintas—. Quieren que recuerdes.

Algunos peces regresaron para rodearla con una reverencia suave. Layla extendió su mano.

—Evan, es tu turno —dijo—. La memoria ya abrió la puerta. Falta que decidas si vas a entrar o no.

Él la tomó, sintiendo una vibración cálida que parecía provenir de todas las edades de Layla al mismo tiempo: la niña silenciosa, la joven que miraba peceras como si fueran mapas, la mujer que ahora lo guiaba a través de su propia culpa.

Y entonces llegó el final distinto, inesperado, nuevo

Layla cerró la ventana. Los peces quedaron afuera, golpeando el vidrio con un sonido tenue, casi un tic-tac líquido. La habitación recuperó su forma, aunque algo en ella había cambiado para siempre. El polen de escamas cayó sobre la alfombra y se volvió polvo común.

—El recuerdo ya no necesita perseguirte —dijo ella—. Ahora necesita que lo elijas.

La ciudad volvió a ser ciudad: ruidos de autos, un ferry lejano, la sirena sorda de un buque en la bahía. Ya no había cardúmenes clavados en la polución.  Layla se acercó al umbral de la puerta.

—Evan —dijo sin voltear—, lo que destruiste no podrá revivir del todo, pero tú sí puedes. Ése es el trato que la memoria te ofrece.

Él no respondió de inmediato. Miró sus zapatos vacíos, abiertos como dos heridas antiguas. Llenos de muerte antigua, de dolor silencioso. Miró el polvo de escamas que se había fundido con la alfombra. Miró la noche esperándolo. Miró sus zapatos llenos del dolor de los peces. Y miró su pecho que sangraba, que nunca había dejado de sangrar a causa de una mujer que había amado con locura y que lo había abandonado hace años. 

Luego respiró hondo.

—Ya nos tenemos que separar, Evan. Me voy.

Y por primera vez en su vida, éste sintió que el aire no estaba hecho para castigarlo.

—No, Layla —dijo titubeante, con un hilo de voz—. Quiero aprender.

Ella sonrió con una luz tranquila, casi terrenal.

A Evan le pareció ver todavía un pez que se alejaba lentamente, último eslabón de una cadena que parecía serpentear hacia el cielo como un hilo rojo que alguien recogía allá arriba muy, muy lejos. 

Layla fue hacia la puerta, pero sólo para cerrarla. Caminó hacia él.

—Yo también pisé muchos peces, Evan. Y mira: tanto tú como ellos siguen aquí. 

Y ella no desapareció.

No se transformó.

Y no lo salvó.

Y pese a todo, se quedó con él.

A veces, ése es el milagro que todos esperamos.

Y Seattle, con sus cuestas húmedas y sus luces que parecían flotar entre la niebla y el rumor constante de la lluvia contra los techos, envolvió a sus habitantes en un cansancio generoso y amable que pocas veces volvieron a experimentar.

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(Ciudad de México, 1972) Es cuentista. Sus trabajos han aparecido en los periódicos Excélsior, El Financiero, y en La Jornada Semanal. Tiene un libro de microrrelatos (“Arco voltáico”, Los Reyes, 2005). Tras haberse enamorado de Perrucha, cada noche muta con misteriosos resultados.

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