Fuente de imagen: Invdes

Estoy soñando con el doctor Carl David Anderson —si realmente existe, si no lo estoy inventando mientras duermo— en un aula del MIT, en 1932, para explicar qué es la antimateria. La clase está ocurriendo en un anfiteatro estrecho y oscuro donde las lámparas parecen suspendidas dentro de una niebla azulada. No recuerdo cómo he llegado ahí. Tampoco estoy preguntándomelo. Los estudiantes permanecen sentados en filas perfectas, inmóviles, como si llevaran horas escuchando la misma explicación. Nadie está escribiendo nada. Nadie está tosiendo o mueve los pies con impaciencia pensando en un amor que los espera en el Copley Square. Lo único que se mueve es la proyección detrás de Anderson: una araña atrapada dentro de un vaso de agua. El animal está luchando por nadar, extendiendo las patas hacia las paredes transparentes, buscando una superficie imposible a la cual aferrarse. Desde su mundo convexo no existe salida alguna, pero sus extremidades siguen obedeciendo al instinto y no a la razón. El agua está deformando su cuerpo hasta volverlo una criatura distinta, una mancha negra que parece abrirse y cerrarse igual que un corazón diminuto bajo la luz del proyector. Anderson sostiene el vaso entre las manos y lo hace girar lentamente frente a nosotros mientras su voz atraviesa el aula con una serenidad insoportable. “Vean”, está diciendo, “las antipartículas llevan a la materia a entrar en conflicto consigo misma. No es una cuestión de decisión. Es un desacuerdo anterior a la voluntad. Un conflicto derivado del Big Bang”.

Mientras él habla, mis manos comienzan a crisparse debajo de las sábanas. El dolor no aparece de golpe; está ascendiendo lentamente por mis dedos como un animal húmedo que trepa por el interior de los tendones. En mi cama estoy intentando abrir y cerrar las manos con discreción, fingiendo normalidad, pero las articulaciones están endureciéndose hasta convertir mis dedos en patas rígidas, torcidas, obedientes únicamente a un espasmo que no comprendo. Siento que algo dentro de mí está reaccionando a las palabras de Anderson con un terror físico, antiguo, como si mi cuerpo hubiera estado esperando durante años escuchar exactamente esa explicación. Quiero esconder las manos bajo las sábanas, pero Anderson ya está observándome desde el otro extremo del sueño. No deja de hablar mientras me mira. Afuera de las ventanas no hay noche ni día; únicamente una claridad gris, inmóvil, extendiéndose detrás de los cristales como una superficie de ceniza. Tengo la impresión de que el edificio entero está hundido bajo el océano y de que nosotros continuamos respirando únicamente por costumbre. Desde el aula puedo ver fragmentos del MIT extendiéndose detrás de las ventanas altas y empañadas: edificios de ladrillo ennegrecido por la humedad, cúpulas pálidas atravesadas por una niebla que parece salir del río Charles en lugar del cielo, corredores iluminados a medias donde algunas siluetas avanzan lentamente sin llegar nunca a ninguna parte. Todo el campus posee una quietud antinatural, como si hubiera sido abandonado apenas unos minutos antes de mi llegada o como si aún no terminara de existir por completo. Las torres y laboratorios aparecen deformados por el vidrio ondulado del salón, curvándose igual que objetos observados bajo el agua. A lo lejos, una hilera de ventanas permanece iluminada en plena madrugada y tengo la impresión de que detrás de cada una hay alguien inclinado sobre un experimento imposible. Pareciera que el instituto entero estuviera conteniendo algo capaz de alterar la estructura secreta del mundo.

Mientras, la araña golpea el vidrio con violencia y constato que sus movimientos coinciden exactamente con los de mis manos. Cuando mis dedos se arquean, las patas del animal también se contraen. Cuando intento resistir el espasmo, la araña parece hundirse un poco más en el agua. Anderson se acerca al pizarrón y escribe palabras, fórmulas, con lentitud. Un hilo de agua comienza a deslizarse hasta el suelo, como si el pizarrón estuviera filtrando el contenido del vaso. Ningún estudiante parece sorprendido. Algunos incluso están perdiendo lentamente los contornos del rostro. Estoy viéndolos volverse más pálidos, menos sólidos, como fotografías olvidadas demasiado tiempo bajo el sol. Anderson continúa caminando entre las filas mientras habla con una voz baja, casi compasiva. “Hay partículas”, dice, “que consiguen permanecer estables durante años mientras nadie las observe demasiado de cerca”.

Noto que el dolor no proviene realmente de mis manos. Está viniendo de otra parte. De algo que lleva demasiado tiempo encerrado dentro de mí y que ahora intenta atravesarme para salir. Estoy pensando en todas las verdades que he evitado durante años, en las frases detenidas antes de alcanzar la boca, en las conversaciones donde he preferido el silencio para no destruir algo que parecía frágil: una relación, una amistad, una rutina, la imagen que otros conservan de mí. Estoy entendiendo que mi vida entera ha sido organizada alrededor de pequeñas falsedades necesarias, diminutas partículas dóciles manteniendo unidas las paredes de una realidad soportable. Pero ahora esas estructuras comienzan a resquebrajarse. Las antipartículas de sinceridad están entrando en conflicto con todo lo demás dentro de mí y mi cuerpo parece saberlo antes que mi conciencia. Mis dedos se abren de golpe con un crujido seco. La araña hace exactamente lo mismo. El agua del vaso comienza a elevarse lentamente, abandonando el fondo, ignorando la gravedad, atendiendo únicamente a las leyes de mi sueño.

Anderson regresa al frente del aula sosteniendo el recipiente entre las manos con una delicadeza casi religiosa. La araña permanece suspendida en el centro del agua, inmóvil ahora, mientras una grieta finísima aparece sobre el cristal. “Después del origen del universo”, está diciendo Anderson, “hubo que separar ambas fuerzas. De otro modo todo habría desaparecido en un instante”. Yo trato de preguntar si habla de la materia y la antimateria, pero él tardaría demasiado en responder. Él observa mis manos deformadas. Después observa el vaso. Finalmente vuelve a mirarme como si acabara de reconocer algo que llevaba años esperando encontrar. “No”, responde adivinando mi duda. “Estoy hablando de la soledad y la sinceridad”.

Entonces el frío comienza.

No está entrando desde afuera. Está naciendo dentro de mí, detrás del estómago, como si una cavidad enorme estuviera abriéndose lentamente bajo mis órganos. Intento respirar, pero el aire parece espesarse antes de llegar a los pulmones. Miro alrededor buscando a los estudiantes y noto que casi todos han desaparecido. En sus asientos sólo permanecen manchas oscuras, húmedas, como marcas dejadas por cuerpos que estuvieron demasiado tiempo sumergidos. La claridad gris detrás de las ventanas ya no parece cielo: ahora se mueve lentamente, igual que una membrana gigantesca adherida al otro lado del edificio.

La grieta del vaso continúa extendiéndose.

La araña deja de luchar.

Entonces comprendo algo mucho peor que el dolor: la criatura no está intentando escapar. Está intentando entrar.

Mis manos comienzan a abrirse solas. La piel de las palmas se estira hasta volverse translúcida y debajo de ella alcanzo a distinguir movimientos diminutos, patas agitándose frenéticamente bajo la carne. Intento cerrar los dedos, pero ya no me pertenecen. Anderson continúa observándome con una expresión serena, clínica, como si todo estuviera ocurriendo exactamente del modo previsto.

—La sinceridad no destruye la vida —dice—. Sólo destruye aquello que fue construido para evitarla.

Quiero levantarme. Quiero despertar. Pero el aula no es un lugar: es un proceso, una región donde las cosas son obligadas a encontrarse con su contrario exacto.

La grieta del vaso alcanza finalmente el borde superior.

Y entonces algo empieza a salir del agua.

No la araña. Algo mucho, mucho más grande.

Primero aparece una pata negra, articulada como un dedo humano quebrado al revés. Después otra. Después una masa húmeda que pulsa lentamente contra el cristal roto mientras el agua continúa suspendida en el aire, negándose a caer. Estoy sintiendo movimientos violentos bajo la piel de mis brazos, debajo del pecho, dentro de la garganta. Como si mi cuerpo hubiera estado incubando durante años una criatura hecha únicamente de todo aquello que nunca dije.

Anderson da un paso hacia mí.

—Toda verdad tiene hambre.

La cosa dentro del vaso emite un sonido viscoso, casi infantil. Entonces mis dedos comienzan a desgarrarse desde adentro.

No hay sangre.

Sólo agua.

Agua fría derramándose de mis manos abiertas mientras pequeñas patas negras emergen lentamente entre los huesos. Intento gritar, pero algo se mueve también bajo mi lengua. La mandíbula empieza a deformarse. Siento patas diminutas aferrándose a mis dientes desde la garganta.

Anderson sonríe apenas.

Los muros del aula empiezan a desaparecer uno por uno hasta revelar, detrás de ellos, una oscuridad absoluta llena de cuerpos suspendidos. Miles. Tal vez millones. Personas inmóviles flotando verticalmente en el vacío, con las manos crispadas y el rostro abierto por la misma expresión de terror silencioso. Algunos todavía conservan arañas saliendo lentamente de los ojos y de la boca.

Entonces comprendo qué está ocurriendo realmente en ese lugar: La antimateria no está aniquilando a la materia. La sinceridad está devorando a quienes lograron sobrevivir demasiado tiempo sin ella. Nunca he estado observando a la araña dentro del vaso. Nunca he ocupado uno de los pupitres del aula. Soy yo quien está atrapado ahí desde el principio, agitando inútilmente las extremidades contra una transparencia imposible de atravesar mientras algo inmenso me contempla desde el otro lado. Las manos crispadas, el dolor, el terror de la sinceridad, todo pertenece a la criatura sumergida. Anderson no me está enseñando una teoría: me está observando reaccionar al contacto con un universo incompatible conmigo. Comprendo entonces que el vidrio no está conteniendo a la araña, sino al mundo entero, y que cada palabra callada durante años ha ido llenando lentamente el vaso hasta convertirlo en una prisión sin oxígeno. Intento trepar por las paredes curvas mientras el agua entra en mis pulmones y mis patas —mis manos— golpean desesperadamente la superficie transparente, el borde del sueño que está cada vez más lejano.

Anderson se inclina hacia mí mientras las patas continúan avanzando bajo mi piel.

—No tenga miedo —susurra con una claridad que rebasa a la de cualquier sueño—. Lo peor ya pasó cuando decidió callar por primera vez.

Después la oscuridad entra finalmente en mi boca, como un ave que ha encontrado un refugio seguro, olvidado del mundo.

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