Un día después de que Win Wenders decía que hay que separar el cine de la política, casi en el mismo momento en que otra bomba estallaba en Palestina, se estrenaba, en el mismo Berlín, la película Gelbe Briefe de Ílker Catak. Largometraje turco que resultaría ganador del máximo reconocimiento que el Festival Internacional de Cine de Berlín ofrece, el Oso de Oro. Gracias a que, más bien, el filme convalidaba la posición política de Wenders que quiso hacer pasar por una posición no política. Lo anterior, sin menoscabar el arte de la película que, aunque bastante bueno, no le daba para ganar este premio.
Cartas amarillas trata de una pareja de artistas turcos dedicados al teatro, Derya (Özgü Namal) es una exitosa actriz y su marido Aziz (Tansu Biçer) un reconocido dramaturgo. Ambos, aunque intelectuales burgueses, con tendencias ideológicas de izquierda que los ponen, por distintas razones, en el foco persecutor de un gobierno autoritario que se puede deducir es de derecha.
La pareja tiene además una hija adolescente cuya historia y problemática sobra en la película, no es necesaria, no hace falta y, en cambio, sí que la abstrae del núcleo temático principal que debió haber sido la esencia de la historia. Sólo sirve para rellenar (complementar) los vacíos que el guion deliberadamente no quiere abordar —tratando de seguir, un poco, los consejos pusilánimes de Wenders—. Es una forma que el director utiliza para evadir profundizar en la cuestiones políticas.
El filme está muy bien actuado, esa es, quizás, su mejor valía. Las líneas generales del argumento son bastante buenas, su otro gran valor. El problema es que nunca se concreta, se falla a la hora de desarrollar ese argumento, que se puede resumir en dos vertientes: por un lado, aportar los elementos para responder la pregunta de sí el arte puede salvar al mundo; y por el otro, explorar algunos de los compartimientos de los gobiernos autoritarios y de los mecanismos que utilizan para someter a sus pueblos sin tener que llegar a a acciones extremas como el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o la desaparición forzada.
El argumento queda abandonado por el guion. Un guion muy ambiguo, con muchos vacíos que dejan lo importante a la deriva. Por esta razón se puede afirmar que la historia no está bien contada. En lugar de centrarse en los interesante ejes temáticos antes descritos, se distrae demasiado, a propósito, en el conflicto familiar, de la pareja y en los problemas de la hija adolescente que, como ya se dijo, si lo vemos fríamente, no vienen al caso, se convierten en un recurso para evadir la profundización de los pilares narrativos en los que se sostiene la película.
Aziz, crea, escribe sus obras de teatro con la convicción de que el arte puede cambiar el mundo, se supone que escribe un teatro contestatario y reivindicativo, que busca denunciar los problemas a los que se enfrenta la sociedad. Hace obras completamente artísticas, que, como toda obra artística, da poca entrada, o ninguna, al entretenimiento y sus valores superficiales y banales que tienen como prerrogativa la diversión del “gran público”.

Así mismo, Aziz es maestro universitario. En dicha labor aprovecha para transmitir a sus alumnos estas posiciones reivindicativas y de lucha. Él está convencido que puede cambiar el mundo, y yo coincido, porque no es que Aziz vaya a cambiar el mundo por si sólo, sino que es un engrane de muchos, de un millón quizás, que se necesitan para que el arte funcione como motor de concientización social. La conciencia social que hemos perdido y que es el punto de partida de cualquier cambio. El engrane Aziz no cambiará nada por si sólo, pero unido a otros esfuerzos en el mismo sentido, sí que obtendrán resultados favorables a la justicia y la igualdad.
Para bien o para mal cada expresión artística abona a las consolidación de ciertas posturas sociales. Cuando un director de cine (o un actor o cualquiera que en ello participe) hace una película infame y luego para justificarse dice: no, es que mí película es una más, otra en un millón que no cambia nada, es cierto, por sí misma y viéndola aisladamente es así, pero si la integramos a las tendencias hegemónicas que van en ese mismo sentido, sí que fortalece una postura. Si una película, por ejemplo, fomenta el racismo, la criminalización de la inmigración o cualquier otro asunto que busqué la consolidación de la desigualdad y la injusticia, por sí sola, quizás, no va a marcar una tendencia, no volverá a nadie racista, pero si esto se integra a una tendencia hegemónica en el mismo sentido, desde luego que la pieza es un elemento más que consolida la postura a la que se afilia ideológicamente y así se crea un espectro comunicacional que influye en nuestras sociedades.
Lo mismo pasa con las personas. Está claro que una sola no cambiará nada, pero no es una, todo ser humano tiene la posibilidad de actuar con responsabilidad política y social y al hacerlo, o incluso no hacerlo, nos sumamos a un espectro ideológico, queramos o no. Me explico: Ir a una marcha es político, dejar de ir también lo es, porque los que no van a la marcha consienten los actos contra los que esa marcha se configura y pasan a formar parte, automáticamente, sin mayor trámite, de una mayoría que si no mata a la vaca, sí que le esta agarrando la pata.
Por otro lado, no es el mismo caso el de Derya, quien más bien no tiene convicciones, se deja llevar por la corriente y en su momento será incapaz de renunciar al menor de sus privilegios por la causa social que parecía defender. Mientras no le afecte demasiado Derya será revolucionaria, cuando las cosas se pongan difíciles, empezará a convencerse que no tienen ningún sentido sacrificarse por un mundo que de por sí ya no tiene remedio (suena conocido el discurso ¿no?). Derya es, digamos, la mayoría de nosotros quienes nuestra capacidad de indignación es directamente proporcional al mantenimiento de nuestra zona de confort, una vez disminuida ésta, la indignación se reduce en proporciones similares.
La película, a través de está estructuración de los personajes, pone sobre la mesa la pregunta de sí el arte puede cambiar el mundo, de sí lo que hace Aziz (Aziz, en este sentido, puede ser cualquier persona comprometida con la justicia social) es suficiente para generar cambios que impacten de manera representativa en todo lo que está mal en este mundo. ¿Piensas que salvarás al mundo con el teatro? Le pregunta la hija adolescente a Aziz. El contesta con toda firmeza que sí.

Pero, como se ha dicho, la película no concreta nada, navega con miedo por lo temas que quiere abordar como si le preocupase que los autoritarios a los que crítica se pudiese enojar (como cuando peleas con uno más grande que tú y piensas no pegarle muy fuerte para que no se enoje), viendo los tiempos que corren, no le falta razón.
Las Cartas amarillas se vuelve extraordinariamente ambigua. Nunca sabremos ¿quién es el gobierno opresor? Nunca sabremos nada de éste, ya no hablemos de ponerle un nombre, como por ejemplo Erdogan o Trump o Merz. Nunca sabremos si quiera ¿de qué? o ¿por qué? protestan, tanto en las movilizaciones que se insinúan en la película, como el propio Aziz ¿Cuál es la causa que defiende?
Tampoco se vincula al espectador lo suficiente como para pensar que se deja abierto a cualquier causa, es decir, no hay un enlace narrativo de identificación con todas las causas o con cualquiera de ellas. Más bien se deja abierto a nada, a ninguna causa, porque pareciera que al final lo que menos importa es la causa, porque parece que la conclusión final es que no hay causa que valga lo suficiente como para sacrificar la vida, ni siquiera el estado de confort, cualquiera que sea este —pienso en particular en el proletariado defendiendo las causas de las derechas del mundo—.
El director evita los detalles políticos, quiere eludir cualquier responsabilidad, İlker Çatak sería más Derya que Aziz. Y la mejor manera que encontró para evitar la profundización política fue desviando los ejes rectores del argumento hacía la cuestión familiar. De esta forma, en el largometraje no hay un compromiso ni social ni político con la actualidad o la realidad que estamos enfrentando en los días que corren que hacen tan necesario ese arte no sólo político sino combativo (militante de la justicia). Tal y como le hubiera gustado a Win Wenders, que de hecho, coincidencia o no, terminó otorgándole el Oso de Oro.
Hay otro detalle que es bastante representativo: Hay una situación en la que Aziz, cuando se enfrenta a una crisis familiar debido a la desaparición de su hija, actúa de manera autoritaria, casi igual o igual a cualquier régimen del que parece se queja. Con lo que queda la sensación de que Aziz, sino es un hipócrita, sí mide con doble rasero las cuestiones éticas, tiene, por decirlo más claramente, una doble moral.

Dentro de todas estas ambigüedades que contiene el largometraje, hay una que resulta un tanto positiva: La película empieza con un letrero que dice Berlín como Ankara, y después, cuando se trasladan a Hamburgo, dirá Hamburgo como Estambul. Esto, en realidad es porque la película es filmada en estas ciudades alemanas, pero, a lo mejor, el director quiere que el espectador se imagine que son las ciudades turcas. Puede haber mil explicaciones, desde miedo a la censura en Turquía hasta cuestiones de financiamiento.
No obstante, hay una interpretación fabulosa, que a lo mejor el director ni se la imagina, pero que me gustaría hacer valer, massea como únicamente propia: Este juego de filmar en una ciudad pensando que es otra o pidiendo que se piense que es otra, de alguna manera universaliza la situación, está filmado en Hamburgo, pero puede (o debe) ser Estambul, o cualquier lugar del mundo en donde se den las condiciones que narra la película que desgraciadamente se están volviendo más comunes de lo deseado: autoritarismo y persecución por parte de los gobiernos. De tal forma, que puede ser el Washington, por ejemplo, o Roma o Londres o el propio Berlín, que es la ciudad que se quiere aclarar que no es. Una Alemania, por cierto, que no esta lejos del autoritarismo mostrado en la película, persiguiendo a manifestantes pro-palestina o tratando de censurar festivales de cine por un ejercicio de la libertad expresión que no es de su agrado.
Otra cosa positiva de la película es que muestra, como ya habíamos dicho, las diversas estrategias “suaves” que los gobiernos autoritarios utilizan para controlar a su población digna (combativa), antes de desaparecerla. La principal de las mostradas es la de cortar todas las posibilidades de subsistencia económica (bloqueos económicos que no sólo se dan a naciones, sino también a personas), haciendo que pierdan sus trabajos, imposibilitando la viabilidad de proyectos independientes, ahorcándolos financieramente al grado de tener que ir a vivir con la madre. En este caso, a la pareja primero le suspenden la obra de teatro que presentaban y la prohíben, después separan a Aziz de su trabajo como profesor universitario, con lo que ambos se quedan sin ingresos económicos.
Luego viene el señalamiento público y el aislamiento social, señalándolos casi casi como terroristas, esta nueva estrategia de llamar terrorista a todo aquel que no comulga con las ideas del gobierno en turno o que le resulta incómodo. Más de un manifestante que se opone al genocidio en Palestina, ha sido acusado de terrorismo (sino formal y legalmente, si social y mediáticamente), y para eso no hay que ir a Turquía, está ha sucedido en EEUU, en Londres o incluso en Berlín.
Y por último, la persecución legal, sometiendo a los “rebeldes” a juicios absurdos, por delitos nuevos o inventados, que en algunos casos llegan a penas de prisión, a expulsiones masivas de las universidades como sucedió en EEUU, deportaciones, de ser el caso, o cualquier otro castigo ejemplar, en las que el individuo revolucionario lo pierde todo.
Revelaciones profundas
Aunque hasta ahora hemos hecho algunas revelaciones, para concluir el presente análisis tendré que ser más claro respecto de lo que pasa en la película, Así que quien quiera verla sin esta información que les puede arruinar la capacidad de sorprenderse con el desarrollo de la trama, le sugerimos esperar a verla para leer lo que sigue.
Al final, todas estas presiones gubernamentales, antes descritas, llevan al rompimiento familiar, la pareja se separa, la adolescente se quiere fugar con un novio mucho más grande que ella, etc. Aziz termina conduciendo un taxi y Derya se convierte en estrella de televisión. Lo interesante de todo esto es que la película ofrece los dos caminos a los que nos enfrentamos todos cuando pensamos en luchar por la justicia y la igualdad, por un lado esta mantener la dignidad y terminar sufriendo mil inconvenientes y dificultades; o, por el otro, reintegrarse al sistema y volver a la zona de confort bajo el compromiso de nunca, nunca más levantar la voz, tener ideas propias y, mucho menos, por supuesto, atreverse a defenderlas.
En este contexto, Derya termina aceptando un papel en una gran televisora pro régimen y termina volviendo a su estado de confort aumentado, como una gran estrella llena de privilegios y con un buen sueldo (supongo). Por su parte, Aziz termina separado de Derya y de la hija, conduciendo un taxi, sin “éxito” convencional, sin fama, sin lujos, pero, continúa haciendo el teatro reivindicativo o no, pero el teatro artístico que el quiere hacer.
Derya se suma a la industria del entretenimiento que es esa que tanto les gusta a los regímenes, autoritarios o no, porque te lleva a no pensar, a volverte un autómata, a aceptar todo, vivir la vida que el Estado piensa que tienes que vivir con la única ilusión de de vez en cuando ver un cosa que te divierta, que te distraiga de la cruda realidad. Por el otro lado, Aziz se ciñe a las limitaciones y restricciones que hoy en día implica el ejercicio del verdadero arte, ese arte contestatario, reivindicativo, político, porque contrario a lo que dice Win Wenders, el arte tendrá que ser político o no será, será entretenimiento —en otro tiempo, quizás, esta formula pudo ser distinta o variable, en la época que vivimos es fija—.
Win Wenders dijo, más o menos lo siguiente: Las películas pueden cambiar el mundo, no en el sentido político, ninguna película ha cambiado realmente la opinión de ningún político, pero podemos cambiar la idea que tiene la gente de cómo debe vivir. Y en este planeta existe una gran discrepancia entre las personas que quieren vivir sus vidas y los gobiernos que tienen otras ideas. Así que creo que las películas entran en esa discrepancia con suerte.

Y sí, Cartas amarillas nos presenta dos formas de vida, dos elecciones últimas, la de Derya y la de Aziz. Es malintencionadamente ambigua ante las causas, las nociones de justicia, las razones de la lucha. En estas condiciones ¿Qué porcentaje de la población occidental, que sueña con tener dinero, lujos y comodidades, escogería el camino de uno y qué porcentaje el de otro? Este es el cine que le gusta el Win Wenders, es el cine que ganó el Oso de Oro y que bien podría ser otro mecanismos de coerción de cualquier gobierno autoritario.
Adenda
Al inicio de la película, Derya provoca la furia e indignación de un representante del gobierno, cualquier que sea este, porque se niega a saludarlo y tomarse una foto con él después de haber asistido a una de las funciones de la obra. Y a partir de allí el gobierno empieza a actuar en contra de la obra, suspendiéndola y cerrándole los caminos. Esto se parece mucho, si lo piensan, al episodio sucedido —y que puede continuar— en el Berlinale, en donde Tricia Tuttle estuvo a punto de ser despedida por no tener la capacidad de censurar las manifestaciones pro-palestina que se suscitaron en el festival, en particular las declaraciones del director sirio-palestino Abdallah Al-Khatib que cuando recibió el premio que le fue otorgado a mejor película en la sección Perspectivas por Chronicles From The Siege, dijo que el gobierno alemán era complice del genocidio en Gaza. El ministro alemán de cultura salió de la gala en protesta y días después convocaron a una reunión del Comité que lleva el Berlinale con la intención de despedir a Tuttle.
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